Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 49
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Capítulo 49

Buscando dos gemas verdes

Cabalgaba en la grupa de Tyr , abrazada a la espalda de un hombre roto, evitando pensar en toda la muerte que dejábamos atrás y en la que nos aguardaba delante.

Llevábamos varias agotadoras jornadas de viaje, y el cansancio comenzaba a hacer mella en mí.

Me había negado en rotundo a partir sin Fenrir , que nos seguía con infatigable vigor y encomiable lealtad.

Aquel perro era sin duda mi más fiel guardián; dormía a mi costado y corría junto a mi montura; no obstante, lo que más solaz me ofrecía era la capacidad para transmitirme su cariño y, a través de él, de alguna manera, sentía a Eyra a mi lado.

Nos habíamos reunido con las tropas acampadas ese mismo día y, a pesar de que yo deseaba regresar a mi puesto en la facción de las skjaldmö , junto a Asleif, Halfdan no permitió que me separara de él.

Habíamos embarcado en Tønsberg; no fue fácil tranquilizar a las inquietas monturas durante el trayecto por las turbulentas aguas del estrecho.

Y a pesar de que los langskip eran las embarcaciones más grandes, junto con los herskip , buques de guerra, snekkes y skeids , la travesía, aunque breve, no fue cómoda, pues la tormenta parecía querer perseguirnos, como si el cielo llorara con antelación las almas que pronto cobijaría en su seno.

Estábamos aproximándonos a Viborg, la ciudad donde se atrincheraba el rey Horik a la espera de la llegada de su jarl Lodbrok.

Varios espías jutos apostados en el lugar habían advertido a Halfdan de que la ciudad amurallada había sido fortificada y sus defensas, redobladas, convirtiéndola en un bastión inexpugnable; lo que más me angustiaba era que las tropas de Horik habían atacado a la avanzadilla compuesta por la hird del rey, liderada por Gunnar.

Corría una suave brisa primaveral que perfumaba la pradera y ondeaba los lanceados extremos de la alta hierba, de manera regular y rítmica, como una lánguida marea en un océano verde y brillante.

Incipientes semillas rojizas rompían el color de arbustos y matas.

Y los árboles, pletóricos de vida, lucían sus coloridos frutos, flores y brotes nuevos con orgullo, como jactanciosos padres de hermosos retoños.

Los arroyos descendían briosos de las colinas, colmando la sed de un paraje hibernado que reventaba a la vida de nuevo, insuflado por la magia que exhalaba Beltane.

Habría podido imaginar que estaba en el edén, si hubiera podido olvidar que esas praderas eran la antesala del infierno; que poco más allá nos enfrentaríamos a las tropas de Horik, y que desconocía si Gunnar estaba sano y salvo.

Y a medida que nos acercábamos a Viborg, esa incertidumbre fue convirtiéndose en aprensión y malestar.

Algo dentro de mí parpadeaba inquieto, como un aleteo incómodo en mi pecho; un mal augurio, hubiera dicho Eyra.

Y aquel nombre estrujó mi corazón, robándome el aliento y oprimiendo ese dolor que me esforzaba por aletargar para poder mantener la entereza que ahora necesitaba.

Sacudí la cabeza, alejando la quemazón de ardorosas lágrimas incipientes, y tomé aire profundamente, recobrando el ánimo y el aplomo.

Halfdan redujo la marcha y se irguió en la silla oteando el horizonte. Aflojé los brazos en torno a su cintura y me separé de su espalda, ladeándome un poco para atisbar al frente.

Se vislumbraba un nutrido grupo de guerreros apiñados bajo un gran nogal, pero a aquella distancia resultaba del todo imposible discernir si se trataba de la hird del rey.

El ahuecado y seco sonido de un cuerno anunció nuestra presencia a los hombres apostados bajo el gran árbol, que al cabo repitieron el mismo sonido y agitaron con particular frenesí varios estandartes rojos.

A aquella distancia no se distinguía la silueta de un cuervo negro en el centro, pero, sin duda, lo había.

Eran los guerreros de la hird . Mi pulso se aceleró, y mis deseos de ver a Gunnar me sepultaron en un alud de ansiedad.

Halfdan arreó con fuerza a Tyr y el caballo se impelió a una veloz cabalgada que a punto estuvo de hacerme caer de la silla.

El atronador retumbar de cientos de cascos sacudieron la tierra con violencia, acallando el sonido de la naturaleza y acompasando el corazón de los jinetes como si tambores de guerra los animaran para la batalla que pronto librarían.

Podía distinguir la alta empalizada de Viborg, y cómo en las atalayas se encendían hogueras, alertando de nuestra presencia.

Jadeé ansiosa; el viento ondeó mis negros cabellos y mi cuerpo se ciñó al de Halfdan en el movimiento acompasado del galope, alzándonos ligeramente de la silla para posarnos sobre ella, en un balanceo regular que nos fusionó como un solo jinete.

A raíz de los acontecimientos recientemente sufridos y la inevitable proximidad a la que nos había forzado el viaje, mi opinión sobre él había mejorado de forma ostensible.

Contemplar tanto dolor en sus ojos, tan manifiesta desolación pintando su faz y tan acerba amargura dominando su rictus, y a pesar de ello, mantener la templanza en sus actos, liderar su ejército con rectitud y sensatez, y mostrarse respetuoso conmigo, no pudo más que ganar mi admiración.

No obstante, resultaba contradictorio que se apartara de mí cuando acampábamos, dedicándome una cortés indiferencia, y que se empecinara en que cabalgara en su montura.

No acertaba a interpretar aquella extraña conducta, ni pensaba que desdeñarla cambiaría las cosas.

En ocasiones, cuando lo descubría sentado solo frente a una de las fogatas, meditabundo y ausente, libre de la máscara que usaba durante el día para contener sus emociones, lo observaba subrepticiamente descubriendo en él un tormento que me conmovía.

No lloraba, no gesticulaba, ninguna mueca alteraba su semblante, pero el dolor que emergía de su mirada era tan atroz que encogía mi pecho, tanto que me costaba reprimir el impulso de abrazarlo.

Había perdido a dos mujeres y a cuatro hijos, la tragedia parecía perseguirlo como un estigma; podía ver cómo se apagaba poco a poco, reduciéndose a una sobria sombra de lo que fue.

Hubiera sido más fácil odiarlo, haber mantenido el rencor que siempre me había suscitado; la compasión era una emoción engañosa y peliaguda que debía controlar para no crear malentendidos.

Alcé la cabeza para atisbar sobre su hombro, y él repitió el mismo gesto; esta vez su mejilla rozó mi frente, el contacto le arrancó un profundo suspiro y, en ese preciso instante, supe por qué necesitaba cabalgar junto a mí.

Mi contacto era su consuelo, era una manera de que lo abrazara sin connotaciones confusas, sin complicaciones que nos incomodaran a ambos, sin albergar vanas esperanzas o cobijarse en sueños imposibles.

Y esa necesidad por ayudarlo a superar su pena se desvaneció; sin embargo, mi conmiseración por él creció.

Nos detuvimos frente a la hilera de guerreros de la hird , que nos aguardaban sonrientes.

Hiram, Sigurd, Erik y una veintena de hombres inclinaron sumisos la cabeza ante su rey.

Busqué con la mirada dos gemas verdes, que no encontré.

Presa de la desazón, hice ademán de bajarme, pero Halfdan me detuvo con gesto adusto.

—¿Dónde está el resto de mis hombres? —preguntó en tono grave.

—Guardan la puerta sur de la ciudad —respondió Hiram— para evitar que Horik escape, como ordenasteis, mi rey. Gunnar nos dividió cuando fuimos atacados; hemos repelido ya varias ofensivas desde la empalizada, pero nadie ha salido de Viborg, al menos vivo.

Dirigimos la mirada hacia la delimitada fortaleza que se alzaba sobre la pradera; era más grande de lo que había imaginado.

Por las flechas que había clavadas en el terreno, supuse que aquel árbol era el punto exacto donde no tenían alcance, los tentativos disparos de los arqueros apostados en la empalizada.

—No hay tiempo que perder —anunció Halfdan con apremio—. Tenemos que atacar la ciudad antes de que lleguen refuerzos. Rodearemos Viborg y prenderemos fuego a sus murallas; esa rata de Horik saldrá de su escondrijo. Avisa al resto de mi hird .

Hiram asintió quedo, clavó sus hermosos y profundos ojos celestes en mí y pronunció en voz alta y clara:

—Tranquila, lo traeré de vuelta a ti —prometió solemne.

Arreó a su caballo y partió presto con sus hombres a la puerta sur, donde vigilaba Gunnar.

Halfdan se volvió en la silla para encararse conmigo. Su penetrante y hosca mirada me sobrecogió.

—No le cuentes lo de Eyra —advirtió con firmeza—.

No hasta que estéis muy lejos de aquí. Hasta aquí llega mi promesa, Freya, con esto pago mi deuda.

Te he traído hasta él, a partir de ahora sois dueños de vuestro destino.

Luchad a mi lado o huid, la decisión es vuestra.

Y ahora, desmonta, nuestra historia acaba aquí, loba.

Por fin, y como tanto has ansiado, el cuervo vuela lejos de tu lado.

Y en ese adiós, y a pesar de que su semblante permanecía tenso y grave, sus ojos refulgieron con la llama de una despedida largamente meditada que rasgaba su alma, arrasada por el fuego de la derrota y el peso de la rendición.

Supe al punto que aquella batalla sería la última, que la chispa de la vida se había apagado en él y que lucharía no por la ambición de adherir aquella región a su reino, sino por entrar en el Valhalla buscando una paz que aquí ya no encontraría.

Sentí un nudo atorando mi garganta, y el calor de las lágrimas en mis ojos.

Al final, esa parte noble que siempre había albergado en su corazón ganaba su particular batalla.

Y, sin poder contenerme, me abracé a él, derramando en aquel gesto todo el cariño que fui capaz de mostrar.

En su apagado resuello percibí toda la emoción que lo constreñía.

Apenas un pequeño temblor lo sacudió, quizá conteniendo todo el llanto que se había empeñado en retener, quizá permitiéndose aquel casi imperceptible gesto de debilidad.