Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 44
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Capítulo 44

Bajo las garras del miedo

Me desperté con un sudor frío perlando mi frente, la boca biliosa y el corazón palpitante. Me incorporé agitada y busqué con la mirada el inmóvil cuerpo de Eyra a mi lado, en el jergón que habíamos dispuesto en una esquina del gran skáli .

Hallarla junto a mí no terminó de reconfortarme; la sensación de insidiosa alerta permanecía latente y viscosa, obligándome a agitarla ligeramente esperando que se removiera y espantar así mis temores.

Eyra emitió un molesto gruñido y se reacomodó en su lado bajo la manta.

Dejé escapar el aliento y me puse en pie refregándome los ojos.

A mi alrededor todos dormían plácidos y laxos. Necesitaba tomar aire fresco; el ambiente era rancio y pesado, demasiada gente se hacinaba en el salón, enrareciendo el aire con sus bufidos y ronquidos.

Me envolví en una piel y me dirigí hacia los portalones, con paso silencioso, apenas susurrante. Sorteé incluso cuerpos en el suelo, arrebujados unos contra otros, acomodándose en posturas y ángulos diversos y curiosos, encajándose como si fueran piezas sueltas formando un todo.

El hecho de que muchos habitantes prefirieran cohabitar y dormitar en la casa comunal se debía a esa necesidad grupal de apoyo, a ese anhelo de compartir y alargar los últimos instantes con sus seres queridos, vecinos y amigos, a ese aliento que pretendían transmitirles como si de un escudo se tratara.

La lealtad y solidaridad de aquellas gentes eran casi similares a los de una manada de lobos; todos cuidaban de todos en tiempos convulsos.

Entreabrí la pesada y quejicosa puerta y me dejé acariciar por la fresca brisa cargada de rocío que despertó mi piel en el acto.

La bruma, todavía pesada, algodonaba los rincones y deshilachaba los perfiles de esquinas y promontorios sombreados, perlando cada superficie con cuentas refulgentes, dejando su húmeda huella en cuanto tocaba.

El horizonte se aclaraba con indolente parsimonia, perezoso y lánguido, en un desperezar incipiente donde los añiles se entretejían con hebras de oro, donde las sombras comenzaban a tornarse en colores aún desvaídos, pero reconocibles.

Cerré un instante los ojos y aspiré una gran bocanada de aire.

Tenía un largo día por delante, una huida que pertrechar, y una vida que defender.

Exhalé lentamente, como si en aquel gesto lograra expulsar al tiempo la inquietud que me oprimía, los temores, y la ansiedad.

Debía tener la menta clara y el ánimo frío, pero algo me decía que, al igual que yo alertaba mis sentidos, la oscuridad afilaba sus uñas.

Permanecí ahí de pie, absorbiendo cómo el día engullía todo vestigio nocturno, cómo tibios haces solares doraban las lejanas y nevadas cumbres, derramándose ladera abajo, descendiendo melosamente como si una cascada de luz fluyera del cielo y cubriera con su radiante abundancia campos y cultivos, bosques y explanadas.

.. otorgando un brillo místico e irreal a aquellos salvajes parajes, tan hermosos que obnubilaban la vista y encogían el alma.

Di un hondo suspiro, asumiendo pesarosa que nada lograría sosegar mi ánimo aquel día, que ya se me antojaba cruelmente largo. Ni tan siquiera el recuerdo casi palpable de los labios de Gunnar sobre los míos. Los acaricié un poco, apenas rozándolos, y casi sentí su aliento. Me estremecí.

Tras de mí, la aldea despertaba; no cerré el portalón. El skáli no tenía ventanas, tan sólo unas estrechas aberturas casi en el techo, por las que escapaba el humo del hogar central. Durante el invierno solían cubrirse con vejigas de cerdo tensadas a modo de celosía.

Las esclavas comenzaron a avivar el fuego, atizándolo con vehemencia, enfureciendo los rescoldos para convertirlos en fuego vivo, del que emergían volátiles pavesas candentes que crepitaban rebeldes, diseminándose en torno al hogar.

Los leños quemados destilaron su peculiar fragancia a carbón, y la lumbre chisporroteó molesta por tan abrupto trato.

Eyra se alisaba la túnica con prolijo empeño cuando llegué hasta ella. Me miró inquisitiva y esbozó una sonrisa afectuosa y cálida.

—Muchacha, ¿de dónde vienes?

—He salido, sólo necesitaba un poco de aire fresco.

La mujer asintió mientras se peinaba con los dedos su largo cabello cano.

—Siéntate, Eyra, deja que trence tus cabellos.

Tomó asiento en el camastro, me arrodillé tras ella, cogí el peine de hueso que siempre portaba ella en su hatillo y ordené sus cabellos con extremo mimo.

Mientras los peinaba y formaba la trenza, mis pensamientos me llevaron al momento en que hacía lo mismo con mi propia madre, cuando apenas era una niña.

Aquel recuerdo humedeció mis ojos, mi garganta se cerró y la nostalgia me sepultó inesperadamente.

Até a conciencia el cordel sujetando el cabello y, movida por un impulso, me abracé a la espalda de la anciana con emotiva afectación.

Aquella que abrazaba era ahora mi madre, tanto como la que el destino me arrebató, pues me había devuelto la vida... y la cuidaba a diario. Aquella enjuta mujer que se revolvía para cobijarme en su pecho gobernaba buena parte de mi corazón y, sólo imaginar perderla, laceraba mi pecho.

—Ssshhhh... mi niña, no me perderás —susurró dulce, adivinando mis pensamientos—. Ninguno me perderá, porque, pase lo que pase, volveremos a encontrarnos. La muerte no es barrera cuando el amor es tan fuerte. Y, si de algo tengo en abundancia, es amor.

Sacudí la cabeza, airosa, con la sombra que se empecinaba en atraparme en pensamientos desazonadores.

No obstante, sentía la muerte tan tangible, tan acechante alrededor de Eyra, tan pesada y casi material, como si fuera un manto oscuro suspendido sobre ella.

Un manto que ya proyectaba su lúgubre sombra sobre su enclenque cuerpo.

El pavor me acicateó acuciante, instalando en mi ser una angustia que comenzaba a rayar en amarga desesperación.

Fui plenamente consciente de que el peligro asomaría del rincón menos esperado, taimado y sibilino, como una siseante serpiente que reptaría curvilínea presta para atacar. Y ese convencimiento fue el que me llevó a no esperar sentada su mordisco.

—No te separarás de mí en todo el día —musité recomponiendo mi angustiado gesto, forzando en su lugar un mohín furioso y decidido—. Yo misma te llevaré esta noche hacia los establos, y te veré partir con Jorund y Valdis.

—Sí —aceptó—, me verás partir.

Me negué a desgreñar un significado más oscuro a su respuesta y suspiré pesadamente.

De repente, me encontré reprimiendo el apremiante impulso de acudir a la cabaña del Oráculo.

No obstante, a pesar de que algo pujaba de mí hacia aquel hombre, revelándose en mi mente que sería la manera de atajar el mal de raíz, no podía dejar a Eyra sola, y a ella no se le permitía salir de las dependencias comunales.

Suspiré y me obligué a sonreír, imprimiendo confianza al gesto.

Eyra paseó la mirada sobre los calderos que ya comenzaban a humear sobre el foso empedrado de brasas excitadas y aspiró los efluvios que rezumaban las burbujeantes marmitas.

—Habremos de esperar que Jorund haya cazado algo, le dejé el encargo. Fenrir va con él; tengo más fe en el perro que en ese viejo gruñón —argüí provocando la sonrisa de Eyra.

—También yo —concedió con un deje de diversión titilando en sus ojos—. Me temo que comeremos ganso mordisqueado y babeado; ese condenado animal tiene predilección por mis aves.

—Tampoco le hizo ascos a la pierna de Jorund —recordé rememorando aquel día.

Eyra sonrió de nuevo, y asintió seguidamente chasqueando la lengua.

—Ese refunfuñón está vivo por la gracia de los dioses —murmuró con deje ausente, llevada por los recuerdos—. Todavía resuenan en mi cabeza sus alaridos. —Una sonrisa divertida prendió en ella, consiguiendo que la imitara.

—No, está vivo porque le salvaste la vida —maticé mientras me colocaba los ropajes de escudera sobre la liviana camisola—; lo que sí es favor de los dioses es no habernos quedado sordas ese día.

Ambas nos miramos y prorrumpimos en sofocadas carcajadas que aligeraron sucintamente nuestros ánimos.

—Bueno, ahí se acerca nuestro dagmál —adujo Eyra desviando la mirada hacia la entrada.

Jorund, acompañado de Fenrir , se encaminó hacia nosotras con semblante grave pero porte orgulloso, elevando ante nuestros ojos un par de gansos inertes.

Casi al mismo tiempo, ambas dirigimos la mirada hacia la boca entreabierta del perro, que dejaba entrever fragmentos de plumas quebradas entre los dientes.

Nos miramos de nuevo y estallamos en risotadas que confundieron la faz del guerrero y fruncieron su ceño.

—Eso sí es levantarse con buen ánimo, sólo espero que la mofa no haya recaído en mi persona.

—Esperar y conceder no van unidos —replicó Eyra con chanza.

—¿Así me agradecéis la comida? —profirió en tono ofendido, aunque escondiendo sin mucha fortuna una sonrisa aviesa.

—No sé por qué, creo que el artífice de esta dispensa camina a cuatro patas —rezongó burlona Eyra, se agachó y sacó una maltrecha pluma de las fauces del animal.

Jorund carraspeó molesto, acentuó su ceño y, con los brazos en jarras, nos regaló una mirada airada que incrementó nuestras risas.

—Fui yo quien le abrió el cercado —rebatió discordante.

—¡Por los dioses, Jorund!, ¿a eso lo llamas cazar? —Prorrumpí entre carcajadas.

El gran pelirrojo bufó exasperado y sacudió la cabeza cada vez más airosamente.

—Vuestras burlas os condenaran al ayuno, insensatas —amenazó socarrón.

Nos lanzó el atado de gansos sobre el regazo con desdén y un odre de agua, y se volvió mientras mascullaba por lo bajo, aunque en sus ojos bailaba la diversión. Fenrir se sentó a nuestro lado, relamiéndose ocioso.

—Voy a arreglar este estropicio —adujo Eyra cogiendo las aves—. Tan sólo las asaré en el fuego ensartadas en un espetón y comeremos enseguida, muchacha.