Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

Observé pensativa cómo se afanaba desplumando las presas y, cuando alcé la vista, me topé con la penetrante mirada de Halfdan sobre mí.

Parecía cansado y abatido, como si el desánimo opacara su espíritu y sombreara sus facciones con un velo anodino y una mirada vacua. Aprecié bolsas oscuras bajo sus ojos, y un rictus duro distendiendo su gesto.

Sostuve su mirada sin amilanarme y algo destelló en la suya. No supe percibir el qué, pues fue fugaz aunque luminoso, mas puso un regusto amargo en mi garganta.

Aparté la vista, aunque seguía sintiendo fija la de él sobre mí, justo para toparme con el rotundo cuerpo de Inga la Roja que ofrecía una torta de pan a Eyra.

Me incorporé en el acto, me abalancé hacia ella, le arrebaté la torta y la lancé al fuego, ante la estupefacta expresión de la rubicunda mujer.

—No pensaba comerla —me increpó Eyra contrariada; acto seguido, se dirigió a Inga forzando una sonrisa—. No me encuentro muy bien, Inga —se disculpó—. Freya teme que puedan sentarme mal.

Inga arqueó las cejas y arrugó el ceño con suspicacia.

—No era necesaria tanta brusquedad —alegó acusadora.

—Disculpa, Inga, últimamente ando algo alterada.

La oronda mujer me escrutó malhumorada y asintió queda. Advertí una solapada mirada hacia un rincón, y descubrí a Sigrid observándonos con interés. Algo en mi interior comenzó a gestarse inquieto.

Durante la mañana, esa sensación se acentuó de modo considerable, hasta tal punto que sentí el impulso casi irrefrenable de sacar a Eyra del skáli y huir de allí con ella en la grupa de mi caballo.

Cuando Halfdan se acercó a mí, era tal mi ansiedad que me sobresalté y retrocedí trastabillando unos pasos.

—¿Me temes? —inquirió jactancioso.

Recuperé el equilibrio y lo encaré altiva, irguiéndome ante él, con gesto adusto.

—Quizá como rey, no como hombre.

Lamenté en el acto mis palabras. El apuesto rostro de Halfdan se congestionó furioso y su mirada de ébano refulgió amenazante.

—Me obligas a mostrarte cuánto me has de temer como hombre.

Aferró burdamente mi brazo y me arrastró a empellones, sin conmiseración, al privado rincón donde el día anterior Valdis se había preparado para sus esponsales. Y en aquel pequeño reducto oculto a los ojos por mantos colgantes, me ciñó con su cuerpo a la pared y buscó mis labios con enojo.

Me debatí, esquivando su ansiosa boca e intentando fútilmente escapar de la jaula de sus brazos. No gozaba del espacio suficiente para zafarme de su presa, así que me detuve y permití que robara su premio.

Ante mi pasividad, Halfdan se recreó, volcando en mi boca todo el deseo reprimido.

Saboreé su amargura, su frustración, su encono y, entre esa amalgama de emociones, un toque salado me confundió.

Dejé que su imperiosa lengua frotara la mía, que sus labios duros plasmaran su rencor en los míos, que su brusquedad me sometiera, porque lo que en realidad me estaba mostrando no eran sus ansias de dominación, ni su orgullo herido, ni tan siquiera su furia, era su derrota.

Era un hombre vencido, rendido y dolido.

Sus lágrimas humedecieron mis mejillas, filtrándose entre mis labios, y algo dentro de mí se apiadó de él.

Quizá fue la reminiscencia de otro hombre roto de mi pasado, o la flaqueza que reverberaba en los estremecimientos de un hombre tan poderoso, lo que me conmovió.

Fuera cual fuese la razón, posé las manos gentilmente en sus hombros y mi cuerpo se aflojó.

Aturdido por mi docilidad, se apartó turbado y me contempló afectado.

Llevé la punta de mis dedos hasta su mentón y lo recorrí con suavidad.

El hombre inclinó la cabeza para besarlos.

—Freya... —suspiró trémulo—. No tenerte será mi mayor condena.

—Tenerme contra mi voluntad lo sería más. No me pertenezco ni a mí —susurré atravesada por su intensa mirada de obsidiana.

—Repíteme lo que hizo Gunnar para ganarte.

Respiré hondamente ante los recuerdos de Gunnar llevándome hacia los brazos de Rashid, en aquel viaje hacia Aalborg, a pesar de amarme más que a su vida.

—Renunciar a mí —respondí en un hilo de voz—, sacrificarse una y mil veces por mí, entregar su vida y su corazón en pos de mi felicidad y bienestar, eso hizo.

Halfdan repasó el contorno de mi rostro con extrema dulzura, incluso creí adivinar una sombra de una cogitabunda sonrisa aligerar su semblante.

—Eso le honra —reconoció celoso—; yo, en cambio, no puedo renunciar a lo que únicamente logré saquear sin miramientos, como un vulgar ratero.

Y a pesar de mi bajeza, no me arrepiento, pues, sin mis patéticos intentos, ni el sabor de tus labios podría llevarme cuando muera.

Y eso, Freya, será lo más valioso que me acompañe al Valhalla.

Sujetó mi barbilla entre los dedos y me alzó el rostro para embeberse de él y hundirse en mis ojos.

—Llevo noches sin dormir, días sin comer; todos mis apetitos se han desvanecido como se desvanece un resuello en el aire.

Creo que estoy maldito, preso de tu hechizo y condenado a la desgracia de una vida vacía.

Pero aquí te digo que compartiré esa condena contigo, pues, si no me alimentas de sonrisas, me duermes con besos y enciendes mi pasión con tu cuerpo, no consentiré que otorgues tales gracias ni a aquel que se las ganó.

Bajé la mirada con honda tristeza, asimilando que nada podría desligarnos de la tragedia que pronto se cerniría sobre nosotros.

—Es tu decisión —musité cogitabunda—; no eres el único que las toma, gran rey.

Abrió la mano y apresó mi mandíbula, clavando la yema de sus dedos hoscamente en mi piel.

—Sé que trazáis vuestros propios planes —siseó furioso—. No sé qué ardides urdís, pero ten muy presente que un cuervo os acecha.

Me soltó en un ademán desdeñoso, gruñó ofuscado y me fulminó con una mirada retadora.

—Yo también me veo en la obligación de advertirte algo: ese camino que te empecinas en seguir no es el del corazón, no te engañes; ese camino es el del egoísmo.

¡No llames amor a la posesión, ni te atrevas a mancillar un sentimiento tan puro en nombre de la obsesión, pues ya pasé por eso!

No, no sufres de desamor, sufres de orgullo y amor propio, y te diré algo más: te compadezco, porque el gran hombre que creí que eras no es más que un niño caprichoso y testarudo que se aferra neciamente a un antojo.

—Dime, mujer sabia, ¿acaso te has atrevido a mirar en mi corazón para hablar con tanta ligereza de lo que siento?

—recriminó indignado—. No, no lo has hecho.

Sólo yo sé lo que siento, ¿me oyes, maldita?

Y, para mí, para alguien acostumbrado a ganar con sangre cuanto posee, no es fácil admitir una derrota como ésta, y no es posesión, ni obsesión, es tan sólo amar sin ser correspondido y ser incapaz de soportarlo.

En cambio, sí admito ser egoísta, porque te quiero para mí, porque no concibo tu felicidad si no va unida a la mía.

Sí, admito esa acusación, mas rechazo las demás.

Asentí pesarosa y me desasí de él con intención de escapar de su redes, pero al pasar por su lado me atrapó de nuevo entre sus brazos.

—No olvides, gran rey, que tu honor está en juego —le recordé furiosa—. Prometiste liberarnos si conseguíamos para ti la victoria que tanto ansías. Empeñaste tu palabra, y habrás de cumplirla; por tanto, asimila la posibilidad de no volver a vernos.

—Llegas incluso a que desee perder esa batalla, hasta ese punto me importas —confesó con semblante abrumado.

Me revolví contra él, pero no conseguí separarme un ápice.

—Tampoco olvides mi amenaza —resalté desafiante—: si no cumples tu promesa, meterás una loba en tu casa que se encargará de devorarte a ti y a toda tu estirpe.

Esta vez sí me soltó, como si mi contacto lo quemase. Sonreí para mis adentros. Ya me alejaba retirando los trapos que delimitaban aquel rincón cuando me volví nuevamente hacia él.

—Aceptar una derrota con honorabilidad tiene mayor valía que la más costosa de las victorias; no lo olvides, gran rey.

En la expresión de Halfdan relució una emoción nueva, el temor.

Me detuve un instante para recuperar el aliento y acompasar el pulso y me dirigí hacia el hogar en busca de Eyra.

Junto a las brasas se asaban los gansos destripados y desplumados que la anciana había dispuesto tan cuidadosamente en el espetón, pero no había rastro de ella.

Miré en derredor, imaginando que conversaba con alguna de las mujeres o desempeñaba alguna de las faenas que solían ocuparla, pero no logré encontrarla a golpe de vista.

Aquello me inquieto sobremanera, y mi pulso se desbocó como un potrillo alocado.

A buen paso recorrí cada rincón del skáli presa de las garras del miedo y la angustia.

Me dirigí a Jora y le pregunté por Eyra.

—Ragnhild la mandó al ahumadero, se le antojó pescado desecado; en su estado, ya se sabe...

Puso los ojos en blanco y resopló con hastío, reiniciando sus labores sin percatarse de mi expresión aterrada.

Corrí fuera del skáli como si Loki me persiguiera.

Fenrir me siguió entre ladridos, ayudando a que la gente se apartara de mi camino.

Enfilé sendero abajo, hacia la pequeña construcción de madera, donde se ahumaba pescado.

A cada zancada, la sangre bombeaba con tal fuerza mi corazón que pensé que me reventaría antes de llegar.

En la carrera me di de bruces con Jorund, que contrariado no atinó a preguntar qué sucedía, sólo dejo caer los leños que portaba y me siguió acelerando sus pasos.

Cuando llegué al ahumadero, abrí la puerta con vehemencia y me catapulté dentro. El humo era tan denso y blanquecino que cegaba.

—¡Eyra!

Me vi rodeada de pescados atados con cordeles que apartaba con ademanes bruscos e impacientes.

—¡Eyra! ¿Estás aquí?

Comencé a toser, el humo secaba mi garganta, y entonces noté algo diferente en él. Su aroma no era la madera de cedro que solían quemar para que la carne del pescado adquiriera esa peculiaridad y resultara más sabroso. No, ese olor era diferente, más ácido y picante, más agresivo.

Abrí la boca para llamarla de nuevo, pero mi voz se extinguió en un acceso de tos violenta. Los ojos me lagrimeaban y escocían y sentí una alarmante quemazón en mi pecho al respirar y una inesperada arcada me arqueó abruptamente.

Entonces, en mi avance, tapándome los orificios de la nariz y la boca con la mano, mis pies toparon con un bulto inerte.

Me agaché con el corazón en un puño y tanteé un cuerpo. Supe al punto de quién se trataba. Arrastré el cuerpo con premura hacia la salida, gruñendo, hasta que apareció Jorund a mi lado y lo alzó sin esfuerzo. Salimos del ahumadero entre toses y apremio.

Cuando Jorund depositó el cuerpo sin consciencia de Eyra en el sendero, otra arcada me dobló en dos y vomité con violencia, sintiendo todo mi interior revuelto y un agudo malestar mermándome.

Limpié mi boca con un ademán hosco y me abalancé sobre la anciana, sacudiéndola con frenesí.

Jorund posó su callosa mano en el pecho de Eyra y fijó su nublada mirada en la garganta de la mujer, negó de forma casi imperceptible y fijó los ojos en el hilo de sangre que manaba de una de las comisuras de su boca.

Un delgado y sinuoso rastro de sangre visiblemente oscura y densa, el mismo que recorría sus lagrimales, ensangrentando sus mejillas.

Su semblante contrito se oscureció. Negué con la cabeza y continué agitándola mientras la cogía por los hombros.

—¡¡¡Eyra, Eyra, despierta de una vez!!!

Jorund inclinó la barbilla a su pecho; su cabello rojo entrecano cubrió parcialmente su rostro, pero el temblor de sus hombros delató la emoción que lo constreñía en ese instante.

¡No, me dije, no la dejaría marchar!

Llevé mi boca a la suya y le insuflé lentamente todo el aire de mi pecho, mientras continuaba sacudiéndola, ya llevada por un paroxismo enloquecedor que oprimía mi corazón con la garra del miedo.

Tenía los labios fríos y azulados, la piel pétrea y las facciones laxas.

Ni una tibia señal esperanzadora; aun así, me afané en mi rescate, de manera cada vez más frenética y desgarradora.

—¡¡¡Eyra, lucha!!!, ¿me oyes? ¡¡¡Lucha, te lo ruego!!!

Mis ruegos se mezclaron con lamentos y sollozos rabiosos, mientras seguía inclinada sobre ella, derramando en su boca entreabierta mi aliento. Lloraba francamente, suplicaba, imploraba, y maldecía en una letanía infernal que me rompía por dentro.

No podía detenerme, a pesar de que la locura parecía desatarse mordiente en mi interior, desgarrando mi pecho, lacerando mi alma y apuñalando mi esperanza. Y esa locura se acumuló en una terrible bola de fuego que, además, quemó mis entrañas con una furia arrasadora.

—Detente, Freya; ha partido —susurró Jorund con voz quebrada.

El hombre me sujetó con tenacidad por los hombros, intentando separarme de ella. Me revolví contra él y lo golpeé con saña.

—¡Suéltame, maldito! —le escupí rabiosa—. ¡Está viva, no te atrevas a sugerir lo contrario!

Un apagado sollozo escapó del hombre, estremeciendo todo su cuerpo. Sacudió la cabeza, apretó la mandíbula y se cernió sobre mí, arrastrándome a su pecho y pegándome a la fuerza a él. Me debatí, luché y grité. Mi alarido atrajo a hombres y a mujeres que se acercaron impávidos y alterados.

—¡Ha muerto, Freya; Eyra ha muerto! —repetía Jorund sin cesar, apresándome con todas sus fuerzas.

—¡Nooo...! —sollocé agónica—. ¡Noooooooo... no... no... no...!