Capítulo 43 #2
Se estrecharon temblorosos, liberando cuanto moraba en sus corazones. Era una despedida, un último adiós; eso gritaba mi corazón y, por mucho que intentara acallarlo, no conseguía enmudecer esa sensación, ni aplacar el dolor que mancillaba mi pecho.
Cuando Gunnar depositó a su madre en el suelo, descubrí en sus llorosos ojos una dicha plena, una ligereza desconocida, como si se hubiera reconciliado con una parte de su pasado, como si algo hubiera dejado de estrangular su interior, con un grato alivio teñido de cariño infinito.
Tras mirar larga y tiernamente a su madre, sus ojos me buscaron de nuevo.
Apenas fue un instante, pero suficiente para reafirmar la promesa de lucha y el amor que habíamos sellado con nuestros labios.
El león partía hacia la batalla y algo me decía que no a la que Halfdan creía, sino a la que él mismo había planificado para liberarnos.
Su gesto intrigante y confiado así me lo hizo saber.
Se volvió con porte altivo y salió del skáli seguido de sus hombres.
Sus pasos firmes atronaron en la sala, como si Thor golpeara el entarimado con su martillo.
Cada rotundo paso que lo alejaba de mí era una daga que se clavaba en mi corazón.
Respiré hondamente y tragué saliva con aspereza, para intentar disolver el amargor que agriaba mi paladar, y me dirigí hacia Eyra, rodeando sus hombros con el brazo y ciñéndola a mí.
—No volveré a verlo —afirmó en un hilo de voz—. Sin embargo, me llevo este abrazo en el corazón; creo que nunca he sido tan feliz.
—¡Volverás a verlo! —contradije malhumorada—. ¡Maldición, volverás a verlo!
Eyra dejó escapar una agotada exhalación y me observó frunciendo el ceño.
—A veces, muchacha, es mejor saborear los últimos momentos que luchar contra el destino y malgastarlos.
Me enfrenté a ella con semblante turbado e indignado.
—Tú eres la que siempre me ha impelido a luchar contra el destino, y ahora eres tú la que decide someterse a él —acusé contrariada y furiosa.
—Es mi final, Freya, y como tal he de aceptarlo; la rueda providencial se detuvo en la última muesca, es inútil intentar frenarla para que no encaje en ella, mi recorrido se acabó.
Y ahora, escúchame, condenada testaruda.
—Sus ojillos oscuros refulgieron fulminándome—: Gunnar ha aprovechado la despedida para darme un mensaje.
Parpadeé para contener las abrasantes lágrimas que pendían titubeantes en mis ojos. El amargor se instaló definitivamente en mí.
—Gunnar aprovechará que se adelanta para preparar un navío, y partirá con él hacia la costa de Jutlandia.
Apostará el snekke en la ribera del río Gudenåen más cercana a Viborg; en la confusión de la batalla, escaparéis en él.
Cuanto hará en el combate será buscarte y huir contigo.
Sus palabras para ti han sido: «Sólo mantente con vida hasta que te encuentre».
Dejé escapar un gemido estrangulado e hipé una suerte de sollozo agónico que quemó mi pecho.
—También ha dispuesto para mí un plan —continuó—. Huir con Valdis y Jorund hacia Hedeby, antes de que partan Halfdan y sus huestes. Allí nos recogeréis.
—Pues deberéis ir mañana por la noche sin falta, y no pienso admitir ni una réplica —intervine tenaz—.
Si, como dices, tu destino es que esa maldita flor acabe con tu vida, lo hará, aquí y donde sea, pero al menos no consientas en esperarla tendida en tu lecho.
Cumple la voluntad de tu hijo, ya se encargará el destino de perseguirte.
Tú misma acabas de decir que es mejor aprovechar los últimos momentos que malgastarlos; aprovéchalos, Eyra, saborea la libertad, poca o mucha, ya no importa.
La mujer me contempló meditabunda, con mirada enturbiada y gesto vacilante. Bajó la mirada hacia sus manos, como si en ellas estuviera escrita la decisión que había de tomar.
Por fin respiró profundamente y alzó el rostro de nuevo.
—Cumpliré la voluntad de mi hijo y la tuya, que el destino cumpla la suya cuando le apetezca —pronunció con determinación.
Sonreí triunfal y, a pesar del miedo y la angustia, saber que todos lucharíamos imprimía algo de luz a las tinieblas que se cernían sobre todos nosotros.
—Recuerda, no pruebes comida ni bebida, no salgas del skáli y mantente alerta en todo momento —advertí—; cazaré para ti, beberás sólo de mi odre de agua y procura no acercarte a Ragnhild en la medida de lo posible; del Oráculo me encargo yo.
Eyra sonrió conmovida y me abrazó con fuerza.
—Te quiero como a una hija, Freya.
—No se te ocurra despedirte, madre —repliqué con voz quebrada.
La mujer se separó de mí con lágrimas en los ojos y gesto trémulo. Asintió embargada por intensas emociones y se alejó con paso cansado para retomar sus quehaceres.
Tras la partida de la hird del rey comandada por Gunnar, decidí organizar la huida con Jorund y Valdis. No había tiempo que perder; la muerte acechaba implacable, y el destino cerraba filas sobre nosotros.
Los encontré en el campo de entrenamiento. Asleif adiestraba, para mi asombro, a Valdis.
—¿Otra skjaldmö ? —inquirí a viva voz.
—No da tiempo —farfulló Asleif, sin apartar su vista del combate—, pero, al menos, que tenga alguna noción de cómo defenderse.
Valdis cayó despatarrada al suelo, ante el certero ataque de la atemorizante valquiria, perdiendo en la caída la espada de madera.
—¡Sí da tiempo! —contrapuso Valdis ceñuda—. Aprendo rápido y mi padre dice que tengo el temperamento de Tyr.
—Eso puedo asegurarlo —bufó Asleif exasperada—; el dios de la guerra a su lado es un inocente infante.
Jorund reprimió una carcajada que lo sacudió, emitiendo un extraño gorjeo que llamó peligrosamente la atención de su hija.
—¿Te burlas, padre?
El hombre abrió los ojos simulando ingenuidad.
—No se me ocurriría, hija, le tengo mucho apego a mi vida.
Valdis compuso una mueca furiosa y gruñó ofendida.
Me apoyé sobre la empalizada, junto a Jorund, que resoplaba aliviado cuando Valdis desvió la atención de nuevo al combate.
—¿Puedes creer que quiere seguir a su esposo incluso al campo de batalla? —masculló Jorund con evidente incomprensión—. Y dime, Freya, ¿cómo conseguiré disfrutar matando enemigos si tengo que estar pendiente de esta insensata que tengo por hija?
Su queja estiró las comisuras de mis labios en una débil sonrisa que no llegó a mis ojos. Negué con la cabeza y puse una mano en el hombro del rudo pelirrojo que continuaba lamentándose de su suerte.
—No entraréis en combate —musité lentamente, sin apartar los ojos de las mujeres que combatían—. Vamos a huir.
Jorund dejó escapar una exclamación sorpresiva; me observó como si hubiera perdido el juicio y agrandó sus almendrados ojos con mirada casi espantada.
—¡Eso es traición! —profirió indignado.
—No, es justicia, es libertad, es vida —repliqué con énfasis—.
Si permites que Valdis entre en batalla, morirá.
.. y es una batalla pertrechada por la ambición desmedida de un rey injusto.
El jarl Lodbrok acudirá a socorrer a su rey Horik, y nuestros hombres caerán bajo su espada.
Gunnar va a preparar un snekke cerca de Viborg, para huir en él.
Quiere que tú, Valdis y Eyra nos aguardéis en Hedeby, para que nos acompañéis, quizá a un mundo nuevo.
Pero, para estar a tiempo, tenéis que partir cuanto antes.
Jorund farfulló por lo bajo un instante, como debatiendo consigo mismo los pormenores de aquel acto. En su faz se mostraron con claridad sentimientos encontrados. Pero en el momento en que Asleif derribó con apabullante facilidad a Valdis de nuevo, el hombretón rezongó y se encogió de hombros.
—Cuando murió su madre —comenzó a decir en tono meditabundo—, fue como caer en un abismo, del que no imaginé salir, pero esa pendenciera que ves, terca como una mula y más vital que las aguas de un arroyo, me trajo de vuelta. Si la perdiera, caería de nuevo para no volver.
Giró la cabeza hacia mí y asintió casi imperceptiblemente.
—Creo necesario advertir que, si en ese barco no va Hiram, mi hija no subirá a él.
—Ya contamos con esa posibilidad, Jorund, y aunque tengamos que capturarlo y maniatarlo como a una virginal doncella, irá en ese barco.
—A buen seguro habrá que atarlo —manifestó el hombre soterrando una sonrisa—, pues ¿qué zafio preferiría el genio de mi hija a las melosas atenciones de cualquier valquiria del Valhalla?
—Un zafio enamorado —aduje sonriente.
Los ojos de Jorund se iluminaron un momento, llenos de orgullo y satisfacción.
—Mi Valdis siempre termina consiguiendo todo lo que ambiciona —murmuró jactancioso.
—Prepara las provisiones y los caballos, Jorund. Yo ingeniaré la manera de que Eyra salga del skáli con cualquier excusa.
Jorund se atusó su roja barba mientras me miraba pensativo.
—Cuando partamos, la ira de Halfdan caerá sobre ti —vaticinó preocupado.
—Sabré manejarla —argüí, escondiendo esa misma inquietud.
Jorund me escrutó sin mucho convencimiento. Palmeé su espalda con ligereza y esbocé una sonrisa confiada.
—Freya, no subestimes al rey; puede que hayas calado en su corazón, pero no en su cabeza. Su reino es lo más importante para él, es en extremo sagaz y últimamente está perdiendo mucho los estribos. No abuses de tus mañas, sé cautelosa y parte con nosotros.
Negué con la cabeza y suspiré queda.
—No, Jorund. Gunnar me buscará en el batalla, no cejará hasta encontrarme, y nadie podrá avisarlo de que lo espero en Hedeby. Además, Halfdan me perseguiría; a vosotros, no.
El hombre chasqueó la lengua con frustración y asintió compungido.
—De acuerdo pues, mañana por la noche huiremos los tres. Sólo pido a los dioses que te protejan y que nos reúna a todos en Hedeby.
Asentí con firmeza y dejé libres mis pensamientos mientras observaba la dura instrucción de Valdis a manos de la magnánima Asleif.