Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 43
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Capítulo 43

Una boda entre despedidas

Un emisario entró abruptamente en la sala, con semblante enfurruñado y paso apremiante. La impaciencia dominaba sus bruscos ademanes y el temor, su mirada.

Halfdan detuvo el cuenco a medio camino de su boca y se puso en pie en el acto, yendo al encuentro del angustiado heraldo.

—¡Han avistado la flota de Lodbrok, mi señor; están a pocas jornadas de viaje rumbo a Jutlandia!

Halfdan dejó escapar una brusca y estentórea imprecación y maldijo su fortuna a los cuatro vientos.

Sus negros y afilados ojos refulgieron coléricos.

Paseó inquieto y contenido, mientras su mente bullía buscando una solución.

Ni siquiera sus consejeros se atrevieron a importunarlo con sugerencias.

Halfdan era un hervidero de furia; su pecho subía y bajaba y sus facciones se estiraron en una mueca feroz.

—En este instante —rugió malhumorado— partirá una avanzadilla hacia Vestfold, ya están allí los snekkes equipados para el combate; los hombres elegidos embarcarán hacia Jutlandia, sin pérdida de tiempo.

Allí cercaréis Viborg hasta que llegue con el grueso de mi ejército.

No permitiré que Horik se esconda hasta que lo ampare su jarl .

Todos los guerreros se pusieron en pie, aguardando la selección de su rey para nutrir aquella avanzadilla.

—Avisad de inmediato al jarl Harald el Implacable —continuó impaciente—; quiero que me traiga lo que me prometió y recibirá su recompensa.

—Un fugaz vistazo en mi dirección plantó una desazón turbadora en mi pecho y una alerta tan punzante que secó mi garganta—.

Quiero que toda mi hird , al completo, se prepare para partir en el acto. Seréis mi vanguardia.

Hiram avanzó hacia la mesa real con semblante grave y manifiestamente contrariado, aunque en actitud servil, y se postró ante su rey.

—Con gusto ofreceré mi vida por vuestro reino, mi señor. No obstante, desearía partir ya desposado, para que mis escasas posesiones pasen a manos de mi mujer, en caso de que no regrese.

Halfdan frunció los labios con desagrado, se atusó la oscura y cuidada barba pensativo y finalmente asintió con cierta conmiseración.

—Te concedo la dispensa que me ruegas —accedió huraño—, si no retrasas la partida más de lo necesario.

En ese instante, Valdis emergió del cobijado rincón, caminando como si flotara, tan hermosa y solemne que provocó suspiros admirados entre la congregación.

Hiram se volvió ante las elogiosas exclamaciones de sus vecinos. Y su semblante se demudó, deslumbrado por lo que sus ojos contemplaban.

Sonreí queda al ver la reacción del guerrero. Quizá incluso él no fuera consciente de la intensidad de sus sentimientos, pero la amaba más de lo que imaginaba; aquella fascinada mirada cerúlea no dejaba lugar a dudas.

Mientras la novia avanzaba entre los aldeanos, Hiram palideció y enmudeció maravillado.

Unos brillantes ojos verdes se posaron en mí, plenos de recuerdos.

Y en ellos me sumergí mientras braceaba gustosa en aquel mar de puro amor, tan profundo y denso.

.. acariciada por suaves olas de compromiso eterno, y también arrastrada por turbias y cálidas mareas de pasión desmedida.

Y de esta forma, con las miradas entrelazadas, desbordantes de sentimientos y necesidad, escuchamos el ritual de la boda, como si aquella ceremonia fuera la nuestra, vibrando con cada palabra, con cada silencio, ambos hambrientos y emocionados.

Cada uno en un rincón opuesto, él todavía con el torso descubierto, y unas ceñidas calzas que acicatearon mi lujuria, y yo, trémula y receptora del tórrido deseo que manaba de Gunnar con la intensidad de un huracán.

Lo amaba con cada fibra de mi ser. Mi alma transida clamaba en cada exhalación el tormento que suponían aquellos pocos pasos de separación entre ambos.

Gunnar, grave y constreñido, palpitaba embargado por un sinfín de emociones que sacudían su interior, dejando sólo la secuela de aquella devastación brotando de su penetrante mirada afectada y húmeda.

Concluida la ceremonia, Hiram y Valdis se fundieron en un emocionado abrazo con sabor a despedida. No hubo celebración, ni algarabía, ni gritos soeces sobre la consumación, ni brindis, ni cánticos. Hubo apremio, gravedad y silencio.

Contemplé cómo Gunnar se vestía para el combate, enfundándose su jubón de piel curtida, negra como los oscuros preludios que insistían en acuchillar mi confianza.

Se colocó su refulgente cota de malla, un byrnie de eslabones planos, más cómodo y ligero, y, sobre él, un parapeto de cuero endurecido ajustado con correajes.

Reajustó el cinto a sus caderas, y se encajó el yelmo con la protección nasal, resaltando la luz esmeralda de sus ojos bajo la sombría cubierta del casco.

Finalmente, se cubrió con su capa roja como la sangre y me miró de nuevo.

Su revuelta y larga melena leonada cubría sus hombros y parte de su espalda.

Aguerrido y tan hermoso como cualquiera de los dioses que veneraba, dejaba sin aliento.

A nuestro alrededor, los guerreros se despedían de forma efusiva de sus seres queridos. Una afilada envidia y una tristeza infinita acongojó mi corazón, sabiendo que bajo la solapada mirada de Halfdan no podría acercarme a él.

Sin embargo, todo mi cuerpo se tensó ante el inesperado avance de Gunnar en mi dirección. No podía ser, pensé. De un modo inconsciente, retrocedí temerosa de la reacción del rey, pero Gunnar caminaba con aplomo y paso seguro, desprendiendo aquella aura de poder que subyugaba a quien lo mirase.

Se detuvo frente a mí; temblé ante su sola presencia. Cuando me cogió con firmeza por los hombros, mis rodillas flaquearon, pero, cuando me estrechó contra su pecho, mi corazón se derritió y mi cuerpo estalló en una exultante oleada de felicidad.

Clavó los ojos en los míos, se desprendió del yelmo y se inclinó sobre mí.

Sentir su aliento fue todo una tentación, una que no tardó en colmarse, en el momento en que su boca tomó la mía con denodada pasión.

Enlacé su lengua con delirio, y él frotó la mía con desespero arrancándome roncos gemidos placenteros.

Nos besamos con fruición, deleitándonos con tan apasionada entrega, sellando con nuestras bocas lo que rasgaba nuestros corazones.

Todo a nuestro alrededor se desvaneció, hasta creí dejar de notar el suelo bajo mis pies; la sensación de ingravidez se acentuó hasta que descubrí que no era una mera sensación, sino una realidad.

Gunnar me había elevado contra su pecho, como si quisiera fundirme en su interior.

Atrapada entre sus fuertes brazos, devorada por su implacable y ansiosa boca, envuelta en su calor, supe que me hallaba en el paraíso.

Y fue una serpiente, larga y helada, afilada como el hielo y puntiaguda como la muerte, la que nos arrancó de él.

La punta de una espada se filtró entre nuestros cuerpos como una velada amenaza a entrar en ellos si no atendíamos su mensaje.

Gunnar se envaró en el acto, y se apartó de mi boca sin dejar de mirarla con semblante grave y gesto insatisfecho.

Retrocedimos impelidos por la tallada hoja de un templado acero real. Halfdan ardía en cólera; su tez cetrina había enrojecido y sus ojos llameaban, pero en la mueca tensa de su rostro atisbé la contención que acumulaba para no matarnos en ese instante. Nos necesitaba.

Sin embargo, su mirada fue tan letal como si nos hubiera atravesado con su espada.

—Si vuelves a acercarte a ella —rezongó siseante el rey—, no dudaré en matarte.

Gunnar le dedicó una sonrisa circunspecta, alzó una ceja altivo y lo encaró, imponiéndole su altura y retándolo con su corpulencia.

—Os devuelvo la amenaza —susurró amenazante—, mi rey.

Halfdan tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no lanzarse sobre Gunnar. Tenía los puños cerrados, sus nudillos brillaban temblorosos; la faz, crispada con una mueca feroz que desencajaba sus facciones, y los labios, blanquecinos y tirantes.

—Partamos cuanto antes —interrumpió Thorffin, con tono ligero e impaciente, adelantándose y apartando a Gunnar del rey—. Tenemos una batalla que ganar, los caballos ya están dispuestos, y los guerreros tienen ganas de ser invitados al Valhalla.

Gunnar posó de nuevo la mirada en mí, asintiendo con firmeza; me regaló una luminosa y chispeante sonrisa, y yo se la devolví, conteniendo mis ganas de correr de nuevo a sus brazos.

De pronto avanzó de nuevo; esta vez llevó sus pasos hasta Eyra, la alzó en el aire y la estrechó con una inefable ternura que me conmovió.

La anciana se suspendió del cuello de su hijo, y cobijó su ajado rostro en el hombro del guerrero.

El amor que se profesaron caldeó mi corazón y humedeció mis ojos.

Eyra le susurraba palabras al oído, mientras Gunnar, con los ojos cerrados y semblante emocionado, asentía preso de una trémula sonrisa.

La imagen de tan fiero guerrero sucumbiendo a la emoción, mostrándose tierno y cariñoso, profesando abiertamente el amor y la devoción hacia aquella que lo había engendrado, enmudeció a cuantos presenciaron aquel entrañable gesto.

Eyra cogió con las manos el rostro de su hijo y, sonriendo entre lágrimas, musitó en voz alta:

—He aquí a mi hijo, el que da sentido a mi vida, el que hace latir mi corazón y el que revienta mi orgullo. No importa adónde vayamos, pues siempre estaré a tu lado. Nos llevamos en el corazón, de ahí nadie nos arrancará jamás.

La emoción me constriñó, el llanto contenido fluyó y mi pecho se agitó zarandeado por la incertidumbre y la agonía que nos aguardaba.

Gunnar sonrió afectado y con mirada húmeda abrazó con fuerza a su madre.

El pecho me ardía, pujado por sollozos contenidos que estallaban en mi interior, como impactan los relámpagos en la tierra, virulentos e inesperados.

—Ningún hombre pudo tener mejor madre —murmuró Gunnar con voz quebrada.

—Y ninguna madre, mejor hijo.