Capítulo 40 #3
Hiram se incorporó, lívido y desconcertado; susurró unas veladas palabras que provocaron que Gunnar negara rotundo con la cabeza. Ofuscado, se puso en pie y regresó apesadumbrado a la fila.
Me agité en mi lugar cuando el guerrero comenzó a balancear la vara, dejando escapar una ahogada exclamación. En ese instante, Gunnar alzó la cabeza y la giró hacia mí, lanzándome una mirada admonitoria.
Sé que debía permanecer impasible, que no tenía que reflejar la angustia que oprimía mi pecho. Pero cuando Halfdan, movido por un abrupto impulso, le arrebató la vara a su hombre y tomó su lugar, el pavor me dominó y un violento estremecimiento recorrió todo mi cuerpo.
Sentí una mano presionar la mía, y me volví para absorber la mirada de Eyra, quien, a mi lado, aparentemente serena, me transmitía su muda fortaleza, y el mensaje velado de que permaneciera inmóvil y tranquila.
El restallido de la vara sobre la piel de Gunnar me sobresaltó, pero fue la mirada escrutadora de Halfdan la que erizó mi piel. Tras cada azote, sus ojos me escudriñaban, buscando una emoción que paladear, un recelo que confirmar.
Una y otra vez, la vara cruzaba mordiente la piel de su espalda, abriéndola en finos tajos de los que brotaba la sangre, que se escurría sinuosa y lánguida por los ondulados músculos que se estremecían tras cada impacto.
La vara se arqueaba en cada sacudida, lamiendo afilada sus costados, y provocando que el cuerpo de Gunnar se contrajera bruscamente en dolorosos espasmos.
El odio prendió mi mirada, visceral y fulminante.
Apenas fui consciente de que cerraba con tanta vehemencia mis puños, que clavaba mis uñas en las palmas de mis manos, y de que apretaba mis labios en una tensa línea que perdió su color rosado natural.
Un color que arreboló mis mejillas, claro manifiesto de la ardorosa cólera que corroía mis entrañas.
Volqué cuanto sentía sobre Halfdan, que vareaba con saña a Gunnar sin despegar sus ojos de los míos, volcando en cada latigazo su propia frustración y el rencor que sentía por mí, y quizá por sí mismo.
Gunnar gruñía entre dientes, y aquel estremecedor sonido sofocado se mezclaba con el vibrante silbido de la vara cortando el espacio que la separaba de su presa, y el espeluznante chasquido pegajoso de la piel rasgada.
La sangre extendida en cada nuevo varazo teñía de un rojo brillante cada palmo de su magullada piel.
En la sala reinaba un sepulcral silencio, indignado y afectado, que flotaba insidioso en el ambiente, acompañado de un hondo estupor y un impresionado sobrecogimiento.
Algo se desató dentro de mí, una furia tan arrolladora, tan apremiante y feroz, que me abalancé hacia Halfdan al tiempo que un grito rasgaba mi garganta.
—¡¡¡Basta!!!
El brazo del rey se detuvo a mitad del arco trazado, para mirarme con asombro e irritación.
Y lo único que se me ocurrió para frenar aquella sangrante tortura fue colarme entre los brazos de Halfdan, rodear su cuello y besarlo con casi la misma saña que él mostraba en su castigo.
Mordí sus labios, cerqué su lengua y, con hosquedad brutal y rabia liberada, le procuré dolor y placer en igual medida.
Él soltó la vara al instante y me encerró en un constreñido abrazo, aprisionándome con evidente ansia.
Sufrió en aquel gesto tanto como yo, mostrando toda el hambre acumulada, toda la frustración que guardaba, y una desesperación nacida de su consabido fracaso.
Yo era su primera derrota, y si algo juraba a los dioses era que, además, sería su verdugo.
Pude sentir su erección palpitando contra mi cuerpo, su angustioso anhelo y sus atronadores y dolientes sentimientos, liberados en aquella sala, frente a sus súbditos, frente a su reina, incluso frente a él mismo.
Cuando me despegué de su boca y lo miré a los ojos, acuosos y afectados, nublados por la lujuria y teñidos de impotencia, me negué compasión alguna en el momento en que acerqué mi boca tentándolo de nuevo. Mirándolo lasciva, siseé entre dientes:
—Es a mí a quien quieres castigar; adelante cuervo inmundo, no te temo.
La mirada de Halfdan relampagueó peligrosamente. Contuve el aliento cuando alzó la mano y en un movimiento raudo la estampó contra mi mejilla con todas sus fuerzas, impeliéndome hacia atrás.
Frenó mi retroceso apresando con rudeza mi brazo y atrayéndome de nuevo hacia su pecho.
—Deberías temerme —amenazó colérico—, porque ahora mismo pienso someterte como la perra que eres.
Me llevó casi a rastras hasta la mesa. Apresó mi nuca, tomando en su mano parte de mi melena, y estampó mi cabeza contra el tablero de la mesa. Pude sentir la rugosidad de la madera en mi mejilla. Me debatí, pero Halfdan apresó mis muñecas en mi espalda y se ciñó a mis nalgas libidinoso.
—Voy a domarte ante mis súbditos, maldita. Voy a enseñarte sumisión y respeto, voy a hacerte aullar como jamás lo han hecho.
Grité impotente y me revolví furiosa al tiempo que rebuscaba el bajo de mi túnica.
—No, mientras yo viva —tronó una iracunda voz grave.
Gunnar se había puesto en pie, temblando visiblemente. Su rostro era un máscara de dolor contenido; su mirada, una flecha impregnada en odio, y su porte, amenazante y fiero.
Halfdan aferró de nuevo mi cabello y me incorporó con rudeza, me puso delante de él y, en un gesto veloz, sacó una daga de su cinto y la presionó contra mi garganta.
—Si es el único inconveniente... —replicó Halfdan con una sonrisa pérfida y demencial—. ¡Apresadlo, será ejecutado mañana al amanecer!
Fueron necesarios cinco guerreros para reducir a Gunnar, que luchaba como si los numerosos cortes que surcaban su espalda fueran meros dibujos escarlata.
Pero hicieron falta muchos más para contener a los hombres de Gunnar, que, espada en mano, se enzarzaron en una impetuosa revuelta, que fue sofocada instantes después, ante la enardecida turba que, confundida, vacilaba posicionarse, y que al final eligió sabiamente la sumisión.
La punta de la daga presionó en un punto determinado en un lateral del cuello. Al cabo, sentí un hilillo de sangre descender cosquilleante por mi cuello. Nada que ver con el puñal que masacraba mi pecho, empuñado por el miedo y la desesperación.