Capítulo 41
Nubes de tormenta
Llovía.
Lo hacía como si oscuras y aglutinadas nubes castigaran la tierra, horadándola con afiladas agujas de agua, penetrándola hasta las entrañas, mancillando con su fiero ímpetu cuanto había brotado de ella. Quizá para recordarle su poder, para empaparla con su furia, o inundarla con su crueldad.
El viento aullaba, sesgando apenas aquella rotunda y abrumadora cortina de agua.
El amanecer, oscuro y lúgubre, sobrecogedoramente iluminado por violentos rayos que rasgaban el cielo y rugían coléricos, más se asemejaba a una tétrica noche que al despuntar de un nuevo y aciago día.
El furor de los elementos resultaba espeluznante.
Y, aun así, palidecían ante la tormenta que devastaba mi interior.
Gunnar había pasado la noche a la intemperie, atado a una burda cruz de madera, semidesnudo y sangrante, aguardando su destino, cabizbajo y laxo.
El resto habíamos sido hechos prisioneros, acusados de traición, excepto Eyra. Una extraña dispensa que solicitó la reina y que le fue concedida. Aquel súbito interés de Ragnhild por Eyra sumaba angustia a mi tormento; la araña tejía su tela de nuevo y justo en el momento de más indefensión.
Maniatados en el cobertizo, con dos guardas apostados cerca de la puerta, sentados indolentes sobre el heno y cabeceando en una duermevela inquieta, nos miramos con la ansiedad pintada en nuestros rostros.
—Tenemos que liberarlo —siseó Hiram apremiante.
—Para eso hemos de liberarnos nosotros —replicó ceñudo Erik.
—No tenemos nada afilado a mano —gruñó Ragnar abatido.
—Tenemos dientes —susurré fijando la mirada en los adormilados guardas—. Ya escapé en una ocasión gracias a ellos. Ahora que el cansancio los ha rendido, es el momento.
Los guerreros se miraron entre ellos sopesando mi sugerencia. Thorffin arrugó el gesto y negó con la cabeza.
—Tenemos que salir ya —urgió—; ha amanecido, pero la tormenta retrasará la ejecución, es el mejor momento para escapar, no podemos perder ni un instante.
—Pero... ¿cómo...? —planteé intrigada.
—Poneos todos en pie —interrumpió Thorffin, al tiempo que se revolvía para incorporarse—. Intentad no hacer demasiado ruido.
Nos levantamos con las manos atadas en la espalda y actitud expectante.
—No podemos luchar sin usar las manos —murmuró Jorund desconcertado.
—¿Quién las necesita? —respondió Ragnar con una aviesa sonrisa velada, pareciendo adivinar lo que tramaba Thorffin.
—Dispersaos —aconsejó éste mientras avanzaba con sigilo hacia los durmientes guardianes—. Si despiertan, me atacarán de frente; en tal caso, rodeadlos y abalanzaos sobre ellos. Jorund, tienes el resto del cuerpo para pelear.
Valdis me miró con aversión y temor. Asentí con un mohín confiado para tranquilizarla y, como los demás, conduje mis pasos hacia los laterales del almacén.
De repente, uno de los guardas se sobresaltó tras un sonoro bufido y abrió los ojos sorprendiendo a Thorffin casi encima de él.
Dejó escapar un gemido sorpresivo antes de que el gigante rojo lo aplastara con su cuerpo, dejándolo inconsciente de un brusco cabezazo.
El otro hombre parpadeó confuso, fijó espantado toda su atención en Thorffin y, cuando ya empuñaba su espada apresurado, Erik, Ragnar e Hiram rugieron a la carrera y saltaron como chacales sobre él.
No tardaron en cortar las ataduras y en liberarnos a todos.
—Bueno, tenemos dos espadas, una tormenta y nuestra furia —apuntó Thorffin—, pero necesitamos caballos.
Freya y yo liberaremos a Gunnar, dudo que pueda caminar.
Cargaré con él y lo subiré a su caballo, tendremos que amarrarlo para que no caiga; Freya, tú llevarás las riendas.
Huiréis como si os persiguiera el mismo Odín en su carro.
Iremos detrás, no nos detendremos hasta que las monturas desfallezcan.
Todos asentimos, intercambiando miradas graves y decididas. Thorffin cogió una espada, Hiram la otra.
—¡Vamos!
Salimos bajo aquel infierno de agua, corriendo con el corazón en vilo. El grupo se desvió hacia los establos. Thorffin y yo enfilamos a la carrera, entre profundos charcos y tierra enlodada, hacia la explanada frente al gran skáli , donde estaba Gunnar.
Verlo allí, atado a una cruz, con el pecho al descubierto, cabizbajo, con su largo cabello empapado cubriéndole el rostro, con el cuerpo flojo y las espantosas laceraciones que surcaban sus costados, me partió el alma.
Era la viva imagen del Cristo Redentor agonizando en la cruz, y en verdad se trataba de un mártir, sacrificando su vida una y otra vez por salvar la mía.
Por fortuna eran sogas y no estacas lo que lo anclaba a los maderos.
El estruendo de la tormenta nos ensordeció. Thorffin se enzarzó con las cuerdas que afianzaban el cuerpo de Gunnar a los postes, mientras yo me abrazaba a su pecho e intentaba alzar su cabeza para reanimarlo.
Dejó escapar un débil y amortiguado gruñido, que alivió mi congoja y aligeró mi angustia.
—Gunnar, mi amor, pronto estaremos muy lejos de aquí —susurré sacudiéndolo ligeramente.
Otro gemido apagado. Aparté el cabello de su rostro y lo acaricié con mimo.
Libre ya de sus ataduras, el peso de su cuerpo me venció.
Ya trastabillaba hacia atrás cuando Thorffin se precipitó en mi ayuda, sosteniendo a Gunnar y cargándolo acto seguido sobre su espalda, como un pesado fardo que arrastró con paso raudo y esforzado hacia las caballerizas.
Sin embargo, cuando llegamos frente a la amplia construcción de madera, una figura oscura de porte amenazante emergió de los grandes portalones abiertos, atravesando el sombrío umbral con paso seguro.
Supe quién era incluso antes de vislumbrar sus facciones.
Me tensé y aferré el brazo de Thorffin para detenerlo.
Miré ansiosa en derredor; ni rastro de los guerreros de Gunnar.
—¡Soy hombre cauteloso! —exclamó Halfdan alzando la voz por encima de la tormenta—. ¡No en vano conservo mi reino!
Thorffin soltó a Gunnar, que cayó laxo sobre la tierra enlodada, y esgrimió la espada con ademán feroz.
Avanzó con decisión, dispuesto para el ataque; en cambio, Halfdan no desenfundó su acero, sólo lo observó quedo, con una sibilina sonrisa y gesto confiado.
De pronto, el rey alzó una mano y del lateral de las caballerizas aparecieron sus soldados apuntando con sus aceros a los guerreros de Gunnar, que caminaban abatidos y cabizbajos.
La implacable lluvia adhería el bruno cabello de Halfdan a su rostro. El agua resbalaba por sus angulosas facciones, y su mirada rapaz e intrigante se clavó en mí.
—¡Pero también soy un hombre magnánimo y juicioso! —agregó a voz en grito—. ¡Tengo motivos más que suficientes para ejecutaros a todos, mas no lo haré!
Caminó a grandes zancadas hacia nosotros y se detuvo frente a mí.
—Os daré la oportunidad de luchar por vuestras vidas si lucháis a mi lado en la batalla. Si logramos la victoria, permitiré que marchéis a donde os plazca, lejos de mí.
—¿Es un pacto? —inquirí desconfiada.
—No, es la única manera de obtener mi clemencia —apuntó con dureza—. Si derrotamos a Horik, seréis libres.
—Eso si sobrevivimos a la batalla —mascullé vencida.
—Aquí os aseguro que no lo haréis —concluyó antes de marcar un gesto vehemente con la barbilla.
Al cabo, un nutrido grupo de guerreros nos rodearon.
Instintivamente me precipité sobre el cuerpo de Gunnar, que permanecía inconsciente tendido sobre el barro; necesitaba sentir sus labios.
Me incliné sobre él y lo besé fugazmente antes de que Halfdan apresara burdamente mi brazo y me despegara de él.
Me revolví furiosa y lo encaré altanera.
—Lucharemos por ti —concedí airada—, pero, si no obtenemos lo que nos has prometido, juro por los dioses que no cejaré hasta acabar con tu vida y la de tu hijo. Yo misma exterminaré todo tu linaje, Halfdan Svarte el Negro, como ya lo hizo tu reina.
—¿Qué locura pone Loki en tus labios? —profirió lívido, al tiempo que me zarandeaba furibundo.
—¡Engendraste dos vástagos, gran rey; ambos descansan en el otro mundo!
Bufó iracundo sin dejar de sacudirme con violencia. Avanzó a grandes zancadas, arrastrándome tras él. Caía en un charco tras otro vilmente empujada con enconado ímpetu por la furia de Halfdan, que tiraba de mi brazo como si quisiera arrancármelo del cuerpo.
Embarrada, aterida y temblorosa, fui conducida al granero de nuevo, donde me lanzó con hosquedad sobre los fardos amontonados.
—Y ahora, maldita perra, vas a dar cuenta de tus perniciosos embustes.
—No miento —repliqué entrecortadamente. Me faltaba el aliento, la furia me sacudía y el miedo me atenazaba.
Miré angustiada a mi alrededor, buscando con qué defenderme.
No obstante, sólo tenía a mano mi astucia; la verdad era mi baza y bien esgrimida podía convertirse en mi escudo—.
Los hijos que perdió Sigrid eran tuyos. La misma Sigrid me lo confesó, por eso acudí a Agder; fui buscando la verdad, y la hallé.
Halfdan entrecerró los ojos que todavía chispeaban feroces; sin embargo, el recelo se instaló en su semblante como un paño oscuro que lo inmovilizó por un momento.
—Ragnhild lo descubrió. El Oráculo es su consejero y ambos trazaron a su antojo los designios a seguir para acabar con cualquier bastardo que pudiera reclamar tu reino, en perjuicio del que ella lleva en su vientre. Decidió con frialdad eliminar posibles rivales de su propio hijo.
Los ojos del rey se abrieron asombrados, brotando de ellos una duda que crecía a medida que su mente asimilaba mis palabras.