Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

Aquellas nuevas eran un varapalo para Halfdan; privado de un ataque inesperado, sus posibilidades se reducían a un enfrentamiento en campo abierto.

—¿Se sabe quién lo traicionó?

El muchacho negó con la cabeza, tragó saliva y, cabizbajo, perdió la mirada en el fondo de la jarra, como si quisiera meterse dentro.

Ya me alejaba cuando sentí una mirada artera sobre mí.

Ragnhild me observaba con tal encono en su faz que sentí un escalofrío recorrer mi espalda, como si una serpiente reptara por ella.

Esa sensación pegajosa y fría que apresaba mis entrañas era un claro aviso, una alerta instintiva, que corroboraba todos mis temores. Ragnhild lo intentaría de nuevo.

Cuando Halfdan despachó a sus consejeros, derramó su mirada por toda la extensión del skáli con el rostro contorsionado por la furia. Se puso en pie e hinchó el pecho dispuesto a bramar.

—¡Cerrad las puertas!

El silencio flotó incómodo y tenso por toda la sala. Varios guerreros se aprestaron a cumplir su orden.

—He sido víctima de una vil traición —anunció colérico—.

Y por alguien de mi confianza. Uno de mis súbditos ha osado aliarse con el rey Horik, ¡con mi enemigo!

Y puesto que nadie ha abandonado Hedemark, esto me lleva a pensar que el traidor está aquí, y presumo que bebiendo mi cerveza y comiendo mi comida.

Y éste es su pago, pero no tardará en recibir el mío.

Dio dos pasos, alzó de forma imperceptible la barbilla y sus hombres cerraron la puerta. Con gesto duro, se dirigió nuevamente a sus vasallos.

—Exijo que se presenten ante mí todos aquellos que hayan abandonado la aldea estos días. Si no lo hacen por voluntad propia, si me obligan a indagar, serán sus familias las que paguen semejante oprobio. Cualquiera que sepa algo tiene el deber de decirlo, aquí y ahora —sentenció con hielo en la voz.

Al instante, varios hombres y algunas mujeres se pusieron en pie, y caminaron temerosos.

Mi mirada voló buscando la de Hiram, que junto a Sigurd permanecían sentados a la mesa, como siempre acompañados por Valdis, Jorund y Eyra.

Tragué saliva nerviosa. Hiram me dirigió una velada negación con la cabeza y apartó raudo la vista.

Sin embargo, un mal presentimiento se instaló en mi pecho, imprimiendo un agudo desasosiego en mí.

Me retiré a un rincón y me senté en una banqueta. Respiré hondo e, indefectiblemente, busqué con la mirada a Gunnar. Me observaba con semblante grave y preocupado. Sus facciones estaban tensas y su expresión, torva.

—Quiero que cada uno de vosotros me diga adónde marchó y que nombre a quien pueda probarlo —anunció el rey—. Mis hombres buscarán pruebas que lo confirmen. Si mentís, o no las hallan, seréis ejecutados.

Uno a uno, fueron justificando sus salidas, nombrando a la persona que pudiera afirmar dónde estuvieron.

—¡Si descubro con posterioridad que alguien de esta sala me oculta información, será torturado hasta morir! —añadió a viva voz.

Una robusta figura avanzó entre soterrados murmullos. El corazón me saltó en el pecho cuando Inga se acercó a su reina y le susurró algo al oído. En la pérfida sonrisa de Ragnhild descubrí que acababa de delatarme.

Contuve el aliento cuando Ragnhild se levantó de su tallado trono y se acercó a su esposo, con paso regio y expresión victoriosa, apoyando su delicada mano en el hombro.

—Mi rey, te ocultan información.

Halfdan se volvió hacia ella con el ceño fruncido y ademán arisco.

—Freya, Hiram y Sigurd salieron hace tres lunas, en plena noche como proscritos. Regresaron antes del amanecer, para que nadie se apercibiera de su ausencia.

—¿Quién fue testigo de eso?

—Yo —respondió Inga—, yo los vi marcharse y regresar.

El pulso se me aceleró alocado cuando Halfdan depositó su fiera mirada en mí. Tragué infructuosamente saliva y palidecí. «De nuevo en el centro de la tormenta», pensé angustiada; ¿estarían esta vez los dioses de mi lado?

—¿Es eso cierto? —inquirió dirigiéndose a mí.

Si mentía y se descubría la verdad, daría igual lo que dijera, pagaría esa injuria con la vida. Así que opté por ser sincera, pues era la única manera de demostrar que no éramos traidores.

Pero antes de abrir la boca, Gunnar se puso en pie y avanzó hasta el sitial real.

—Mi rey, es imposible viajar en una noche a Jutlandia, son varias jornadas de viaje; creo que eso anula la acusación de traición.

Se sostuvieron la mirada con dureza, en un pulso tenso y desafiante.

—Es posible —concedió Halfdan—, pero también es posible que hubieran quedado en un punto cercano con algún mensajero que recibiera el encargo.

Sea como fuere, lo que resulta lamentablemente cierto es que no han acudido a mí, ocultándome la verdad.

Y dime, ulfhednar , ¿qué motiva semejante comportamiento?

, ¿para qué esconder nada, cuando nada se teme?

—Volvió a clavar su penetrante mirada de ónice en mí y agregó—: ¡Freya, Hiram y Sigurd, venid ante mí y contestad mis preguntas, pues de vuestras respuestas dependerán vuestras vidas!

Respiré hondo y simulé calma, aunque mi interior era un amasijo de nervios anudados que estrangulaban mi aliento.

Cuando los tres estuvimos frente a Halfdan, Gunnar se colocó a mi lado, como un sospechoso más, mostrando en su ademán todo su apoyo, y por ende la intención de luchar por nosotros.

No bien Halfdan hubo abierto la boca de nuevo, cuando un murmullo se alzó entre los presentes: Thorffin, Ragnar, Erik, Jorund, Valdis y Eyra caminaron hacia nosotros, colocándose en la misma fila, todos observando hieráticos al rey.

El resto de los que pensaban confesar sus salidas permanecían tras nosotros, apiñados y confundidos.

—Resulta admirable la lealtad que muestran hacia ti tus hombres, ulfhednar , pero, así tenga que aniquilar a una facción importante de mi ejército, te aseguro que no perdonaré tamaña traición. ¿He de entender que todos los que comparecen ante mí acatarán mi decisión?

Todos asintieron casi al unísono, menos Gunnar, que sostenía imperturbable la mirada de su rey.

—Dime, mi buen Hiram —comenzó a decir Halfdan—: ¿adónde acompañaste a Freya la noche que te vieron con ella?

—Fuimos a Agder —murmuró escueto.

—¿Y puedo saber, mi porfiada skjaldmö , qué buscabas en Agder?

—Necesitaba hablar con Sigrid, y eso fue lo que hice.

Alzó la barbilla en dirección al gran Orn, su general. Aquella mole inmensa de rostro atemorizante, plagado de cicatrices y mirada letal, se acercó a Halfdan.

—Mandad de inmediato un emisario a Agder, quiero que traiga ante mí a Sigrid.

Enviad también heraldos a todos los rincones de mi reino, quiero al grueso de mis ejércitos dispuestos para la batalla a la mayor brevedad posible.

Apostad espías en la costa de Jutlandia, para dar la alarma es caso de avistar la flota de Lodbrok.

Estamos en guerra, y el tiempo es nuestro peor enemigo.

—Hizo una pausa que aprovechó para derramar su grave mirada entre sus súbditos—.

Partiremos de inmediato hacia Hedeby; equipad todos los snekkes , embarcaremos en Tønsberg cuando se reúnan todas mis tropas.

—Así se hará, mi rey.

El gran Orn, tan huraño y rudo como su apodo, avanzó erguido con paso poderoso, seguido de un numeroso grupo de guerreros.

—Y ahora, mientras nos vemos obligados a aguardar la llegada de Sigrid, me veo obligado a castigar vuestro silencio.

Se dirigió a Hiram con gesto adusto y, enfrentándolo con la mirada, añadió:

—Como miembro de mi hird , actuar a mis espaldas agrava el castigo.

—Os debo pleitesía —afirmó Hiram con voz firme—. Mas soy un hombre libre, y como tal puedo ir a donde me plazca, y más como protector de una de vuestras skjaldmö .

Halfdan frunció el cejo ante la arrogancia de Hiram, su rostro se oscureció y sus labios se tensaron en una línea blanquecina.

—No es la primera vez que te muestras insolente, bellaco, ya intentaste esquilmarme una presa que había marcado como mía. Y puedo asegurarte que, si ella no hubiera intercedido, tu espalda luciría ahora la marca de mi ira.

La alusión a aquella noche de lujuriosos apetitos desatados ciñó el nudo que me atenazaba. Pude sentir el tenso malestar que manaba de Gunnar, como una neblina inquietante, pesada y oscura.

—Asumiré el castigo por desobediencia, hasta que se demuestre que no soy un traidor —concedió Hiram.

—Lo recibirías asumido o no —replicó tajante Halfdan.

Otra señal de cabeza y dos guerreros apresaron a Hiram, obligándolo a ponerse de rodillas.

Valdis soltó una alarmada exhalación e hizo ademán de abalanzarse hacia Hiram. Jorund la sujetó, inmovilizándola, mientras le susurraba en el oído palabras apaciguadoras.

Rasgaron con brutal hosquedad las ropas de Hiram y, con la túnica hecha jirones, lo cogieron del cabello y lo obligaron a que su frente tocara el suelo, justo a los pies de su rey.

—Serás vareado hasta que mis ánimos se calmen o hasta que desfallezcas —anunció el rey, tomando asiento en su trono.

—No, no lo será —contravino Gunnar dando un paso al frente.

Algo frío y viscoso reptó por mi vientre, mi pulso se aceleró y el miedo atenazó mi garganta, cerrándola con puño de hierro.

—Hiram está a mi cargo —añadió con fría gravedad—. Yo respondo de sus actos.

Y ante la estupefacción de los presentes, se desprendió de su camisola con aparente calma y se puso de rodillas.

Fijé los ojos en su abundante melena leonada cubriendo una impresionante y curtida espalda, amplia y poderosa, que mostraba unas líneas más blanquecinas y rugosas de un castigo anterior, también por culpa mía.

Y sentí deseos de abrazarme a ella y protegerlo con mi cuerpo.

Halfdan lo observó contrariado; acto seguido, clavó su rapaz mirada en mí y una siniestra sonrisa sombreó apenas sus labios.

—Cómo desees, ulfhednar , que así sea.

Un ademán impaciente con la cabeza impelió a uno de sus hombres hasta su presencia portando una larga y flexible vara en la mano.

El guerrero se colocó junto a Gunnar y éste se inclinó, apoyando los antebrazos y la frente en el suelo.