Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

Entre el corazón y la razón

Ella frenó su mandoble con destreza, arrastrando su filo para librarse de un pulso que acabaría doblegándola; las chispas que saltaron de ambos filos se fundieron en la noche.

Supo esquivar con denodada maestría las estocadas laterales que él asestaba.

A cada rato giraba veloz para asestar sus feroces ataques, impelida por una cólera que la hacía temblar y enrojecía sus ojos y sus mejillas.

También él estaba furioso, y mucho. La veía enfrentarse a él, tan fieramente hermosa, tan inalcanzable ya, que su dolor se reavivaba.

Sólo imaginarla entre los brazos del rey le roía las entrañas, sólo recordar que ella había renunciado a él le arrancaba el alma.

Pero asumir un papel indiferente, controlar sus impulsos y reforzar una y otra vez su contención lo estaba haciendo trizas.

Quería beber su furia, y liberar algo la suya propia; podría haberla derrotado con el primer espadazo, sin hacerle el menor daño.

Pero ella necesitaba luchar, desfogar el dolor que pintaban sus facciones, y que suponía que era el reflejo del suyo propio.

Gunnar reprimió la necesidad de desarmarla, apresarla entre sus brazos y tomar su boca como alivio pasajero a su oscuro tormento.

Mientras cruzaban sus aceros, mientras sus ojos se enlazaban penetrando sus propias almas, mientras sus cuerpos resistían la punzante necesidad de fundirse en uno solo y todas sus emociones se derramaban en cada estocada, Gunnar se convencía de la decisión tomada días atrás.

Ella jamás estaría segura en aquellas tierras, ni siquiera bajo la protección de tan vil rey. Tampoco él había podido protegerla, ni podría, pues la tragedia los perseguía como un ave de rapiña. Y tristemente comprendía que, juntos o no, acabaría por atraparlos.

Sólo había un camino posible, la única escapatoria, una que el amor que ella sintió por él le había robado.

Y era regresar a su tierra, tal y como ella lo planeó antes de que el infortunio la apresara de nuevo.

Aquella decisión que lo había llenado de amargura era la más sensata, ahora lo veía con apabullante claridad.

Y si tenía que meterla a la fuerza en un barco, por Odín que lo haría.

Ella jamás perteneció a su mundo, un mundo rudo, hostil, bárbaro e injusto.

Él la había condenado a aquel destino, y la salvaría de él.

Sería la última prueba de amor que le regalaría, aunque él muriera con su ausencia, sin nada que latiera en su pecho ya.

La devolvería con los suyos; después, ya nada importaría.

Conocía de memoria sus movimientos, la había observado subrepticiamente muchas veces; sabía qué ataques ella anticiparía para defenderse con premura y cuáles descargaría a continuación.

Y aunque embelesado en su ágil danza letal, en cada pose y en sus impetuosas expresiones, luchaba con ella obligándola a esforzarse más.

.. ayudándola a arrancar esa rabia que la consumía y que humedecía sus ojos y acentuaba sus gruñidos.

Pero, pronto, el cansancio comenzó a entorpecer sus estoques, y la rabia se tornó frustración, y ésta se diluyó en una tristeza que lo conmovió.

Aunque mantuvo su cejo fruncido y su expresión concentrada, luchando más contra sí mismo que contra ella.

Jadeante y sofocada, trastabilló hacia atrás peligrosamente.

Sintió el impulso de sujetarla, pero lo estranguló.

Ella no necesitaba ayuda, necesitaba aligerar su carga, caer y sollozar.

Y que los dioses lo ayudaran a él si la veía en aquel estado, pues sabía que sus barreras se harían añicos al instante.

Freya logró estabilizarse; apartó rauda un largo y oscuro mechón de su rostro y lo fulminó con la mirada, aunque la mueca de dolor y anhelo en su rostro rasgó de forma temeraria su coraza.

—¡¡¿Me odias, condenado gigante?!! —bramó descontrolada y al borde del llanto—. ¡Pues aquí me tienes, acaba conmigo de una maldita vez!

Alzó su espada y lo miró retadora, aunque desolada a un tiempo.

—Eres tú quien me mata con cada mirada —confesó respirando entrecortadamente—. Ya no eres mía, Freya, eres de Halfdan, pero me tientas, juegas conmigo. ¿Qué diablos quieres de mí?

—A ti.

Aquellas palabras se clavaron en su pecho.

Cerró los ojos un instante, falto de aliento y de escudo.

Rebuscó en su interior la fortaleza que necesitaba; tenía que reparar las fisuras que surcaban su coraza como zigzagueantes grietas en la congelada superficie de un lago.

Pero cuando abrió los ojos y vio lágrimas contenidas en aquellos ojos de oro bruñido, bajó su acero y le dio la espalda.

Tenía que alejarse de ella de inmediato, pero sus pies seguían anclados al suelo.

—¡No te rindas, maldito! —lo increpó—. Aún puedo vencerte.

Hundió los hombros abatido; no fue capaz de volverse y mirarla.

—Ya me venciste, Freya, la primera vez que posaste tus ojos sobre mí —admitió en un estrangulado hilo de voz.

—Entonces, afronta tu derrota —musitó ella con voz rota—. ¡Mírame!

Sintió cómo un puño estrujaba su corazón. Con el rostro constreñido en un rictus ácido y doloroso, con los puños apretados y el cuerpo envarado, apretó los dientes y se obligó a caminar alejándose de ella.

Pero oyó sus pasos siguiéndolo. En un arrebato, ella corrió para alcanzarlo, y se interpuso en su camino.

—¡Apártate de mí! —exigió cortante.

Lo encaró altiva, acercándose tentadoramente a él.

—¡No!

Cambió de dirección y ella de nuevo se plantó delante de él con los brazos en jarras, mirada llorosa y semblante decidido.

—No me obligues a apartarte de mi camino —amenazó casi con desesperación.

—Hazlo, una y mil veces si te place, porque te perseguiré mientras quede un aliento de vida en mi cuerpo —replicó ella altanera, tan bellamente desgarrada que las grietas de su coraza comenzaron a ensancharse sin remedio. Trémulo, se sumergió en sus ambarinos y mágicos ojos.

¡Por los dioses, la amaba tanto que una vida no era suficiente para venerarla con ella!

Soltó el aire contenido

—Freya, es inútil luchar ya, éste no es tu lugar —musitó contrito y cabizbajo.

Frunció su ceño con brusquedad, sofocando fútilmente el dolor que manaba de ella, como el torrente de una cascada. El deseo de estrecharla contra su pecho lo abrumó.

—Mi lugar —comenzó a decir conteniendo a duras penas un profundo sollozo— es aquél donde tú estés, amor mío.

Otro pellizco a su maltrecho corazón, tan fuerte que se sintió desfallecer; cerró los ojos de nuevo, agarrándose a la exigua hebra de negación que le quedaba.

Se volvió otra vez, dándole la espalda a ella, como si no tenerla frente a sí lograra contener las brechas que quebraban su coraza a pasos agigantados. Tenía que huir de allí ya.

Apenas dio un paso, ella se le abrazó a la espalda, rodeando su cintura, ciñéndose a él. Todo su cuerpo se envaró; respiró hondamente y aguantó estoico cómo sus brazos intentaban abarcarlo.

—¡Suéltame, Freya! —siseó suplicante, entre dientes.

—No —sollozó compungida—. Estoy muerta sin ti.

No pudo aguantar más. Se volvió hacia ella, todavía entre sus brazos, y cogiéndola por los hombros la obligó a mirarlo a los ojos.

—También conmigo —murmuró con pesadumbre. El dolor lo asaltó, cerrándole la garganta un instante—. Yo... voy a llevarte con los tuyos, pienso dejarte en brazos de tu madre de nuevo. Voy a enmendar mi error.

Entonces ella lo empujó airada; sus ojos se entrecerraron coléricos.

—¡¿Error, dices?! No, no vas a engañarme, crees odiarme y...

—No —gruñó dolido—; me odio a mí mismo por permitir que ese... que ese malnacido rey ponga sus manos sobre ti...

Entre lágrimas, ella lo fulminó con los ojos entornados y gesto furioso.

—Es eso, ¿verdad? —acusó ofendida—. ¡Me desprecias porque otro hombre puso sus manos sobre mí! ¡No lo soportas, sólo imaginarlo te asquea!

—¡Sí, me asquea! —bramó impotente y roto.

Y entonces a su torturada mente acudió una imagen que lo había fustigado todo este tiempo: ellos yaciendo apasionados en el lecho real. Un rugido colérico escapó de sus labios, su rostro se veló, oscurecido por la frustración, y la empujó rudamente lejos de él.

Freya agrandó los ojos un instante, dejó escapar un colérico bufido y arremetió contra él, palmeando su pecho con fuerza.

—¡¡¡Vete al infierno, gigante del demonio!!!

Alzó una mano y lo abofeteó con saña. Gunnar intentó agarrarle las muñecas, pero ella estaba fuera de sí. Y, entonces, estalló presa de una furia que lo desquició.

—¡¡¡Ya estoy en él!!! —rugió furibundo.

La cogió con fuerza por los brazos, inmovilizándolos, y la pegó a su pecho.

—Y ahora —hizo una pausa, penetrándola con la mirada—, voy a borrar cada beso y cada caricia de cualquiera que no sea yo.

Y se cernió sobre ella con voracidad, enloquecido y desesperado, tomando su boca con la ruda ansiedad de un sediento lanzándose agónico sobre un charco de agua.

No fue hasta que su lengua saboreó el dulce almíbar de sus labios que percibió la implacable intensidad de su hambre contenida.

Que fue consciente de la necesidad que había estado royendo sus entrañas todo este tiempo sin ella, languideciendo su espíritu como se apaga un cuerpo sin alimento, o un alma sin luz.

Y ahora, a pesar de que ella se debatía entre sus brazos, todavía colérica, supo que no podría detenerse hasta saciarse por completo.

Cercó su lengua, degustó con delirio su sabor y se perdió en él.

La cubrió con el cuerpo y la ciñó con los brazos, inmovilizándola y avasallando su boca con una voracidad casi salvaje. Su resistencia comenzó a morir en una sumisión que despertó todos sus instintos animales. Era suya, y por los dioses del Valhalla que la tomaría como tal o moriría en el intento.

La cogió en brazos sin separar su boca de la de ella, besándola con denuedo, aliviado al comprobar cómo ella se entregaba al beso, cómo enredaba las manos en su nuca, cómo derramaba un gemido tras otro en su garganta, cómo se frotaba ansiosa contra su pecho.