Capítulo 38 #2
Las nornas eran las diosas del destino, las que lo tejen.
Urd protegía la urdimbre de nuestro pasado, para mostrarlo a quien la invocaba.
Verdandi entretejía el presente de los hombres.
Y Skuld ocultaba el telar del futuro; era la más huidiza y difícil de interpretar; solía mover sus hilos cambiando el diseño según nuestras decisiones diarias.
—¿Sólo él sabe tu secreto? ¿Ni Inga ni nadie?
Cabizbaja, negó con vehemencia. Sus manos aferraban crispadas el paño de su túnica, arrugándolo con fiereza.
—¿Qué... qué fue lo que te aconsejó el Oráculo?
Inhaló profundamente y arrugó el ceño, quizá soportando otro acceso de punzantes recuerdos.
—No quiso ayudarme —musitó tirante—. Dijo que, si tenía sangre real, los dioses lo castigarían.
En ese instante, supe que el Oráculo era la herramienta de la ambiciosa Ragnhild.
Resultaba lamentablemente clamoroso que, ante el temor de los dioses, habían trazado el plan para que otro incauto acarreara con tal castigo, uno que, además, ya estorbaba en su vida: yo.
No obstante, podían haberse librado del castigo divino, pero nada los protegería de la furia del lobo.
Miré a Sigrid; tenía la mirada perdida, y el rostro desencajado.
No sabía si su juicio soportaría el abominable pago a su mezquindad, pero ya nada la anclaba a este mundo, excepto quizá el odio que brotaba de ella como una voraz hiedra, emponzoñando un alma ya marchita en un abrazo que a buen seguro acabaría con ella.
—No soy quién para dar consejos —susurré con tibieza—, pero eres joven; tu única oportunidad es empezar de nuevo, moldeada por el dolor y forjada por los errores. Vete lejos, y olvida. Hazte amiga de Verdandi, y perfila la urdimbre de Skuld; en cuanto a Urd... aprende a vivir con ella.
No me respondió, ni siquiera me miró. Suspiré y me puse en pie.
.. y, como atraída por una fuerza invisible, me acerqué a la enredada cabellera negra colgada en la pared.
Cogí un mechón con los dedos y los deslicé pensativa.
Parecía crin de caballo, pero la habían cosido a modo de peluca.
Suspiré profundamente. Supe en el acto cómo Sigrid había logrado manipular la confusa mente de Gunnar para lograr yacer con él.
Tragué saliva y la miré de nuevo; mi piedad creció, mas no mi perdón.
Salí de la cabaña, con el alma pesada y un amargor hiriente en mi garganta.
Hiram avanzó preocupado hacia mí, alarmado por mi abatida expresión.
Pero era tanta la crueldad que me rodeaba, tantas las sucias tretas que como delgados hilos de seda me envolvían, tanta la desmedida ambición y tanta la barbarie desplegada por mis enemigos, que me sentía perdida y confusa, pero el sentimiento que amenazaba con romperme fue una furia demoledora.
—¿Estás bien, Freya? Hemos oído un llanto espeluznante.
Lo miré con fijeza, tensé la mandíbula y asentí con suavidad.
—No era yo —respondí con frialdad—. Es tiempo de provocar lágrimas, no de derramarlas.
Y entonces llegó hasta nosotros un estirado y agónico lamento, que quebró la noche erizándonos la piel. El perpetuo suplicio de Sigrid sería su condena.
—Regresemos —musité mientras encajaba el pie en el estribo y me encaramaba a mi montura—. Nada tenemos ya que hacer aquí.
Los hombres me imitaron y partimos de nuevo hacia Hedemark.
La fría brisa nocturna no lograba enfriar mis ánimos; en mis pensamientos dos rostros regios se teñían de sangre.
Durante la cabalgada, mi mente perfilaba una venganza que ejecutaría de manera implacable.
Ya no encontrarían piedad en mi corazón, esta vez no iba a defender mi vida y cuanto amaba, no; esta vez iba a luchar.
Esta vez atacaría con todas mis armas, una batalla sin cuartel, en la que mi vida era lo menos valioso que podía perder; eran mi alma y mi corazón los que estaban en juego y, si para salvaguardarlos tenía que arrancar de la faz de la tierra a mis enemigos, por los dioses que lo haría.
Antes de entrar en el skáli , le pedí a Hiram un último favor.
Todavía ardía en mí la ira, necesitaba enfriarme lo suficiente como para poder actuar con cierta normalidad, necesitaba que mis enemigos se confiaran para asestarles el mordisco final. Y para lograrlo tenía que apagar hasta la última brasa capaz de empujarme a cometer cualquier desatino.
—Necesito pelear —murmuré desenvainando mi acero.
Arrugó el entrecejo y sopesó mis palabras con expresión desconcertada.
—¿Quieres batirte conmigo? —inquirió con asombro.
—Eres un guerrero, ¿no?
Sonrió entre confundido y divertido, se encogió de hombros y chasqueó la lengua.
—Eso parece, sí —concedió con sorna.
—Vayamos al campo de adiestramiento —sugerí.
—No es el mejor momento del día para entrenar, pero ya sabes que no puedo negarle nada a una mujer bonita.
Me guiñó socarrón un ojo y descubrió su acero con gesto vanidoso.
—A lo mejor hoy deberías hacerlo —intervino Sigurd—. No sé por qué, intuyo que vas a sudar.
—Vamos —apremié—, no dispongo de mucho tiempo.
Avanzamos a grandes zancadas, tan sólo iluminados por el nacarado refulgir de una gran luna llena, que imponente rezumaba su poder alejando a la acechante oscuridad que parecía querer envolverla en su abrazo, sacrificando su negrura en pos de acariciarla.
Rodeamos el gran skáli y nos adentramos en el claro que conformaba la amplia extensión donde los guerreros entrenaban y los jóvenes aprendices adquirían el manejo de las armas. Ahora desierto, era tan sólo un espacio abierto y silencioso, un terreno amplio donde descargar toda mi cólera.
Me volví hacia Hiram, afiancé con fuerza ambas manos en la empuñadura de mi espada, posicionándola en vertical a mi cuerpo, abrí ligeramente las piernas y lo miré retadora.
—Quiero que te entregues en el combate, Hiram, nada de juegos.
Lo miré con gravedad. Palpitaba en mí tal furia, tal dolor, que sentía ganas de gritar y derrumbarme.
—Freya, suelo darlo todo en cuanto hago —replicó altivo alzando el tono de voz—. Pero no me pidas que pelee contigo en un duelo serio, porque no lo haré. Contendré tus estoques hasta que desfallezcas si es necesario, pero no lucharé contra ti.
—Pelea de una vez, maldito.
Y lancé mi primera estocada con toda la fuerza que acumulaba mi furia. Hiram la frenó con su acero y sostuvo asombrado mi fiera mirada.
Volví al ataque con más ímpetu, desplegando veloces movimientos ofensivos que lo obligaron a retroceder mientras contenía mis embates.
Gruñía ofuscada ante la pasividad del guerrero, que me contemplaba con expresión desconcertada al ver mi dureza.
—¡Lucha, maldición! —exigí furiosa.
Negó con la cabeza dando un paso atrás.
—No pienso arriesgarme a hacerte daño —manifestó firme.
Resoplé airada y gruñí volviendo a la carga, cuando atisbé de soslayo una silueta acercándose a nosotros.
—¡Yo lucharé!
La sangre se congeló en mis venas al oír aquella voz grave. Nos detuvimos jadeantes mientras contemplábamos cómo Gunnar se acercaba hacia nosotros desenvainando su descomunal espadón.
Todo mi cuerpo reaccionó ante su presencia, sacudido por un temblor que casi me hizo soltar la espada.
Sostuve su penetrante mirada; mi corazón dio un vuelco cuando se puso frente a mí, con mirada felina, adoptando una postura de combate que erizó mi piel y hormigueó mi vientre.
—¡Largaos! —musitó con gesto impaciente a Hiram y a Sigurd.
Sus guerreros inclinaron levemente la cabeza ante él y se alejaron con paso apresurado.
—Aquí tienes a alguien tan furioso como tú, loba, para dar cuenta de tu frustración.
—Dudo que estés más furioso que yo, león —lo increpé frunciendo el ceño. Me cubrí con la espada y lo fulminé con la mirada.
—Despejaré ahora mismo esa duda —amenazó inclinando ligeramente la cabeza, como un depredador acechante.
Y comenzamos a movernos en círculo, atentos a los movimientos del otro y balanceando lánguidamente nuestros aceros, estudiándonos con atención y alertas a un ataque inminente.
—Vamos, temible ulfhednar —alenté susurrante—, muéstrame tu fuerza.
Sus verdes ojos, agrisados por la plata de la luna, chispearon letales. A lo lejos, el aullido de un lobo quebró la noche y agitó mi pecho, pues deseé imitarlo.
Ante mí, el hombre que amaba, tan roto como yo; el dolor que brotaba de su mirada fue su primera estocada... y mortal, por cierto, pues atravesó mi corazón con la pujanza de una daga envenenada.
Y, así, Gunnar alzó su acero y lo descargó sobre mí.