Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 38
65%

Capítulo 38

Un insecto atrapado por el odio

Esta vez no correría peligros innecesarios. Pedí a Hiram y a Sigurd que me acompañaran a Agder. Necesitaba enfrentarme a Sigrid para confirmar de alguna manera mis conjeturas, antes de aventurarme a trazar ningún plan.

Anochecía; los desvaídos haces de un sol adormecido y lánguido recortaban el horizonte, poblándolo de siluetas oscuras con formas de árboles, colinas y peñascos, y tiñendo de pulido bronce la línea que separaba el cielo de la tierra.

Cabalgábamos al galope, por terreno agreste, cubiertos por nuestras capas, casi tendidos sobre la cruz de nuestras monturas para sortear el ramaje bajo y traicionero que no lográbamos divisar tan a la carrera, y para acelerar la marcha con vehementes y abruptas sacudidas de riendas.

Nadie debía reparar en mi ausencia, por lo que habría de regresar cuando acabasen de tomar el nattverdr .

Llegamos a la aldea justo cuando la noche nos estrechaba en su gélido abrazo.

La oscuridad pincelaba de un oscuro azul cada palmo de terreno y el resplandor lunar agrisaba las caras expuestas a aquel astro.

La pátina nacarada perfilaba con nitidez las apiñadas cabañas, de las que emergían ondeantes volutas de humo, como si fuera el resuello de pequeños dragones durmientes.

Avanzar hacia la cabaña de Sigrid provocó en mí toda una oleada de cruentos recuerdos que me flagelaron implacables.

Casi me pareció oír el desgarrado llanto de un bebé, y ver cómo la sangre formaba un charco alrededor de la mujer.

Me sobrecogí y me abracé a mí misma, cerrando más la capa sobre mi pecho.

Desmontamos y atamos los caballos al poste.

—Entraré sola —anuncié con firmeza.

Hiram me contempló con gravedad, pero se limitó a asentir.

La puerta estaba enmarcada por un delgado hilo dorado, que refulgiría del hogar. Pensé en golpearla, anunciando mi llegada, pero finalmente opté por entrar sin más. Abrí despacio y atisbé el interior.

Una mujer sentada en el suelo frente a la lumbre del hogar se balanceaba abrazada a sí misma, tarareando una nana.

Cerré los ojos un instante y respiré profundamente. Aquella imagen me abrumó.

Entré y cerré la puerta a mi espalda. Alertada por los quejumbrosos goznes, Sigrid se volvió hacia mí con mirada anonadada.

—Sólo he venido para hablar contigo, me marcharé cuando lo haga y no volveré a molestarte jamás.

La mujer se refregó el rostro de forma burda con las palmas de las manos, se frotó los ojos y me miró de nuevo, comprobando que no era una aparición.

—¿Cómo puedes tener la osadía de entrar en esta casa, perra?

Comenzó a levantarse con gesto iracundo. Tenía los ojos inyectados en sangre, y el rostro macilento.

—Escúchame, Sigrid —me apresuré a replicar—. No fui yo quien mató a tu pequeño, tan sólo fui una herramienta, me engañaron.

—¡Sal de mi cabaña! —amenazó silbante.

—Lo haré cuando me digas lo que necesito saber.

La mujer cogió la vara de hierro con que removía las brasas y la alzó hacia mí.

—Si piensas que porque me hayas salvado del destierro voy a perdonarte...

Desenvainé mi acero y lo encaré hacia ella para defenderme de un inminente ataque.

—No busco tu perdón, Sigrid; en todo caso, habrías de ser tú la que buscase el mío si hubiera algo de bondad en tu corazón.

—¿Encima he de perdonarte por haberme arrebatado los seres que más amaba?

—Te repito que fui vilmente engañada, que mi única intención fue salvarlo. Vuelcas tu odio en la persona equivocada.

—¿Tampoco tienes la culpa de haber arrancado a Gunnar de mi lado? —siseó furiosa.

—Tampoco, Gunnar nunca fue tuyo.

Esta vez, la mujer dibujó una sonrisa perversamente satisfecha que me heló la sangre.

—Oh, sí, Gunnar fue mío; lo tomaba cada noche, no imaginas el placer que encontraba entre mis piernas.

—¡Te aprovechaste de su mente envenenada! —le increpé apuntándola con mi espada—. Nada más; no agotes mi paciencia, Sigrid. Y ahora atiende bien mis palabras. Creo que tu vida y la mía corren serio peligro.

Sigrid entrecerró suspicaz los ojos, pero bajó el brazo que sostenía la vara de hierro, retrocediendo prudente.

—Fuiste amante del rey, ¿no es así?

Agrandó los ojos y entreabrió los labios con asombro; su semblante se tiñó de temor, y en aquel gesto obtuve mi respuesta.

—¿De dónde has sacado esa burda patraña? —inquirió en tono titubeante.

—Del mismo rey —mentí sin mutar mi hierática expresión.

Su mirada me escrutó con recelo, pero su porte tenso se abatió sin remedio, vacilante entre dos emociones. Tras un largo instante, posó sus afligidos ojos en la lumbre; las llamas bailaron en ellos, mientras los recuerdos y el dolor abotargaban su rostro.

—Él también me relegó de su lecho cuando llegaste tú —reconoció en apenas un quebrado hilo de voz.

—No —negué a pesar de no tener ninguna convicción al respecto—. Fue la llegada de su reina. Y fue ésta quien descubrió que tu hijo era un posible heredero a la corona.

Esta vez me miró con el rostro grotescamente desdibujado por una expresión horrorizada. El amargor oscureció su mirada y la cólera frunció sus pálidos labios.

Mis conjeturas eran ciertas y aquella certeza reavivaba con más vigor el resplandor que emanaba de tan cruenta verdad.

Ragnhild despejaba a su propio hijo el camino de bastardos que pudieran usurpar su lugar.

Sin embargo, algo no encajaba. El acabar con la vida del pequeño Ottar no garantizaba que Sigrid perdiera al hijo que llevaba en su vientre, como así había ocurrido para ventura de la reina. ..

Entonces, un fogonazo iluminó mi mente, como el violento impacto de un rayo resquebrajando el tronco de un árbol. Mi rostro mudó mientras absorbía aquel conocimiento.

—¡Que Loki arranque el hijo que alberga su vientre! —siseó Sigrid entre dientes. El odio desdibujó sus facciones y casi pude oír cómo crepitaba en ella—. Porque, si no lo hace Loki... lo haré yo.

—¿Tus dos hijos... eran de Halfdan?

Gruesas lágrimas resbalaron de sus ojos zigzagueando por sus lívidas mejillas. Cayó de rodillas mientras soltaba la vara de hierro para cubrirse el rostro con ambas manos y sollozar abiertamente.

Envainé la espada y me acerqué a ella.

—Sigrid.

La mujer negó con la cabeza; sus hombros se sacudían, al tiempo que derramaba su aflicción frente al fuego. Me compadecí de ella lo suficiente como para atreverme a arrodillarme a su lado y posar la mano en su hombro.

—Mi... mi madre me llevó a la corte, cuando Gunnar sucumbió a tus encantos —susurró entre sollozos—.

Era... una mujer muy ambiciosa, así que logró una audiencia y me entregó como ofrenda para conseguir su favor, que no era otro que advertir al rey contra Gunnar.

Por eso, Ulf y Amina, con soldados del rey, masacraron Skiringssal poco tiempo después.

En realidad, también pretendía que el rey se encandilara de mí, pero se limitó a tomarme durante unos días hasta que partió hacia Hedemark.

Cuando... cuando descubrí que esperaba un hijo, mi madre decidió utilizarlo para atrapar a Gunnar.

Intenté asimilar aquel torrente de información que quemaba mis entrañas como lava ardiente.

Asdis, la cruel y sibilina madre de Sigrid, siempre había manejado los hilos en mi desgracia y, a pesar de haber perecido en su propia trampa, su ruindad seguía persiguiendo a sus descendientes.

No hizo falta que alentara a Sigrid para que continuara descargando su tormento.

Entre sollozos e hipidos, el dolor de la mujer flotó en la estancia como la bruma que precede al amanecer, densa y pesada.

—Cuando a los supervivientes nos llevaron a Agder, bajo la tutela del rey, me vi desamparada y sola con un hijo recién nacido.

Entonces acudí a él buscando su protección, pero sin desvelar que era el padre, pues temía su reacción.

Fue cuando me contó su plan de convertir a Gunnar en su mejor berseker , y lo entregó a mi cargo para que mi hijo tuviera un padre.

Pagué ese favor con mi cuerpo hasta que se sació de nuevo y me prohibió acercarme a él.

.. Pero, una vez más, me abandonó con su semilla en mi vientre.

Cerré los ojos. Cuán alto pago conllevaba la ambición, pensé mientras en mí se liberaba ya no odio, sino compasión por tan pobres almas. Suspiré pesadamente y me obligué a arrancar toda la verdad.

—Dejaste que pensara que tu hijo era de Ulf cuando me encaré contigo.

—Ulf no podía tener hijos —afirmó perdida en su memoria—. Lo castraron de muchacho. Cuando fue esclavo de un clan rival, le arrancaron los testículos, pero podía yacer con una mujer, tenía... sus mañas.

Me estremecí. En el momento en que Sigrid logró alzar la mirada, volvió a fijarla en el fuego. Sumida en aquella época, los recuerdos parecieron sepultarla como si una opresiva losa la empujara a las profundidades de su particular averno. Creí ver un deje arrepentido en su semblante.

—¿A quién le confesaste la paternidad de tus hijos?

Suspiró; sus llorosos ojos se cerraron un instante antes de responder.

—Quise deshacerme del hijo que gestaba mi vientre —confesó con amargura—.

Gunnar recobraba el juicio día a día, podía ver cómo su mirada se aclaraba y su mente despertaba.

No entendía por qué el brebaje había dejado de funcionar, pero el hecho es que Gunnar no tardaría en abandonarme, a pesar de todos mis esfuerzos.

—Dirigió la vista a un punto en particular.

Seguí su mirada y me topé con una extraña maraña de cabello negro pendiendo de un gancho.

Aquello me desconcertó—. Entonces, acudí al Oráculo para que arrancara al bebé de mis entrañas.

—¿El Oráculo?

—Conoce el poder de las plantas, también es sanador —aclaró. Se enjugó las nuevas lágrimas que brotaban y sorbió su nariz—. No... no sé cómo lo hizo, pero logró sonsacarme la verdad. Invocó a las nornas y, a través de Urd, la que desvela el pasado, supo mi secreto.