Capítulo 37 #2
Por algún extraño y cruel designio providencial, el peligro era una constante en mi vida, y la muerte, una cercana, tenaz y paciente compañera.
Ya había mirado de frente su rostro, sus garras ya me habían estrechado y su viscoso y gélido aliento, acariciado; por lo tanto, me encontraba en situación de compararla con los dolorosos zarpazos que daba la vida.
No, la muerte no era peor que la más infame de las vidas, en muchos casos era un alivio, un escape, incluso el solaz de un alma atribulada.
Por fortuna, yo ya no buscaba alivio, ni un escape, ni tan siquiera solaz.
.. yo ambicionaba mucho más. Ambicionaba la felicidad, la plenitud, la seguridad y la libertad, y lucharía con uñas y dientes por conseguirlas.
O todo o nada, ése siempre fue mi destino.
No quería migajas, ni restos descoloridos de felices recuerdos, ni ensoñaciones que, evocadas, pintaran nostálgicas sonrisas en mis labios, ni suspirar mi frustración, ni contagiar mi tristeza.
No, me merecía una vida completa, una vida de verdad, y esa vida. .. estaba aquí.
El lobo de mi interior, moldeado por los dolientes avatares de la vida, cubierto de viejas y rugosas cicatrices y heridas tiernas y sangrantes, mostraba los colmillos.
Rabioso y receloso, estaba más que preparado para cobrarse pieza a pieza la venganza que ansiaba, retando a mis enemigos, a los dioses y al destino. Ahora, sin miedo... por fin era libre.
—Tengo a alguien que vigila cada movimiento de Ragnhild —anunció la anciana—. No tenemos tiempo que perder, Freya, siento que una gran tragedia se cierne sobre nosotros.
Su mirada se oscureció y sus rasgos se tensaron con evocaciones tortuosas, sus hombros se hundieron y un largo y pesado suspiro manó de su boca, como si aquella exhalación pudiera aligerar la carga que llevaba consigo.
—¿Has leído las runas? —inquirí con visible preocupación.
—No —respondió abatida—. Temo mirar en ellas de nuevo.
Ahondé en su mirada, escrutando en ella.
—¿Entonces?
—Freya, he soñado con sangre y dolor. Son imágenes confusas, tan veloces que apenas puedo dilucidar más que horror y barbarie. Cuando eso pasa, me despierto agitada y casi sin respiración. Sé que son una señal de peligro, una advertencia. Mi intuición me grita que huyamos de aquí.
—Quizá debamos hacerlo —musité inquieta.
—Gunnar se convertiría en un proscrito, sería perseguido por todos los confines de cualquier reino.
Sobre la cabeza de todo traidor pesa una recompensa; sería capturado y ajusticiado en el acto.
Respecto a ti, dudo que Halfdan te deje marchar, como sé que te buscaría hasta quedar saciado de ti, si acaso eso es posible.
No, Freya; para poder huir, ambos tenéis que cortar vuestras cadenas.
Permanecí pensativa un instante. Sí, yo también lo sentía, cerca, escalofriantemente cerca, un peligro que iba creciendo alimentado por las intrigas, los odios y las venganzas.
—Es curioso —mascullé meditativa—, pero nuestras cadenas tienen el mismo nombre.
—Un cuervo os apresa a ambos —concedió la anciana—.
No obstante, sólo podéis aplastarlo durante la confusión de una batalla.
La conquista a Jutlandia, y la batalla que librará contra el rey Horik, será vuestra única oportunidad.
En cuanto a la araña, nos haremos cargo de ella antes de que vuelva a picarnos.
Asentí, mientras amontonaba las tortas de pan en una gran bandeja circular.
—Creo que es el momento de reavivar mis lazos de amistad con la gran Inga —repuse cogiendo la bandeja con las manos.
—¿Y cómo piensas derribar las barreras de Gunnar?
Eyra me acompañó hacia la alargada mesa frente al hogar, donde se apiñaban diversas fuentes con todo tipo de alimentos.
—Tentándolo, mostrándole que es inútil alejarse, que nada importa, nada, excepto nosotros.
Eyra sonrió complacida, oprimió mi hombro en señal de aprobación y se alejó hasta una de las mesas del rincón, la que solían ocupar Gunnar y sus guerreros.
Y allí estaba él, regalándome una mirada fría y distante. Cogí una de las obleas de pan y la mordí voraz sin dejar de sostener su mirada. Entrecerré los ojos y lo observé provocadora, sonreí ladina mientras relamía mis labios sin ocultar lo que en verdad deseaba devorar.
Mi sonrisa se ensanchó seductora cuando me apercibí de cómo tragaba con dificultad y su mirada se enturbiaba.
Mío, me dije orgullosa, y por los dioses que lo tomaría como tal.
Derramé mi mirada por todo el skáli buscando a la gran Inga la Roja; no fue difícil encontrarla. Apilaba troncos en un rincón, de rodillas, conformando una pila piramidal. Me aproximé a ella con aire distraído.
—¿Puedo ayudarte, Inga?
La rubicunda y oronda mujer me miró de soslayo y resopló tras asentir.
—Me duele la espalda como si el carro de Odín traqueteara por ella —manifestó ceñuda, frotándose la parte baja de su espinazo.
—Tengo un pote con un emplaste que aliviaría tu dolor.
Me miró con gratitud mientras se ponía en pie con sumo cuidado.
—Te agradecería eternamente que me lo trajeras, Freya —replicó haciendo muescas quejumbrosas—, este dolor me está matando.
—Mejor vamos a mi cabaña —sugerí—, es un emplasto que requiere de un largo masaje.
No me pasó inadvertido el brillo receloso en su mirada. Sonreí con gesto inocente y enlacé mi brazo con el suyo.
—Vamos, Inga, deja que mande el carro de Odín a donde debe estar, al Valhalla.
Una carcajada la sacudió agitando toda su corpulencia. Su melena roja como las ascuas se meció en la gruesa trenza que la sujetaba; varias guedejas sueltas se pegaban a sus rollizas mejillas.
—De acuerdo, te dejaré intentarlo.
Y, así, abandonamos el skáli y nos dirigimos a mi cabaña.
Mientras la mujer se desvestía y se tumbaba trabajosamente entre gruñidos dolorosos boca abajo sobre la mesa, rebusqué entre las vasijas donde Eyra guardaba sus remedios.
Tomé de un pote una buena porción de grasa de pato y resina de alcanfor, en el que Eyra había macerado manzanilla y corteza molida de sauce blanco, y lo froté contra mis palmas para entibiarlo.
Cuando puse las manos en la espalda de Inga, la mujer se envaró.
—Estás muy tensa, Inga; has de relajarte y dejar tu cuerpo blando e inmóvil para que lo trabaje.
Obtuve un gruñido y una sacudida de cabeza como respuesta.
Comencé a pasar las manos por su pálida piel, estirándola en círculos, y trabajándola con los pulgares; un agudo aroma a alcanfor, penetrante y acre, comenzó a aflorar, liberado por el calor de mis manos.
—Por Odín, tienes manos de diosa —masculló aliviada.
Alentada, continué los movimientos. Las yemas de mis dedos tantearon una ligera elevación, que, ante el envaramiento de la mujer, supe que era la raíz del problema.
—Tendré que incidir en este montículo para que penetre bien el preparado —advertí—. Te dolerá, pero tienes que resistir.
Tomé su silencio como una aceptación, y me dispuse a presionar y a estirar la protuberancia; aquel nudo de músculos constreñidos eran la fuente del malestar.
Pude sentir la contención de Inga ante el dolor que debían de provocarle la presión de mis dedos, pero continué masajeando con vigor; el calor favorecía la absorción del mejunje.
—Ahora es el cruel Loki el que gobierna tus manos —se quejó entre dientes.
—Es necesario, Inga, pero sentirás la mejoría al momento. Podemos conversar para distraerte del dolor; pasará enseguida, ya lo verás.
—Eso espero, porque ahora es Thor el que me está golpeando con su martillo —gruñó quejicosa.
Sus puños se crisparon aferrados al tablero de la mesa.
—¿Sabes qué ha sido de Sigrid? No imaginas cómo lamento todo lo que pasó.
—No, no lo imagino —afirmó la mujer—. Como tampoco imagino por qué te batiste por su inocencia. Ella es tu enemiga.
Aquella abrupta sinceridad detuvo mis movimientos.
—¡Por Odín, un respiro! —exclamó aliviada.
—Es mi enemiga porque ella lo decidió así —repliqué retomando el masaje—. Pero eso no quita que sienta compasión por ella después de tan trágicas pérdidas.
Tras un tenso silencio en el que mis dedos amasaban su carne como si la untara de manteca un cerdo, la mujer habló de nuevo.
—Los dioses castigaron su ambición, es todo. Intento ayudarla a sobrellevarlo, intento que su odio se diluya, pero dudo que lo consiga. Si me hubiera hecho caso y no hubiera acudido a pedir el favor del rey...
—¿Qué favor?
—Que le entregara a Gunnar a su cuidado; a cambio, ella continuaría dándole el remedio que nublaba su juicio. Solía venir a menudo a Hedemark para que el rey la proveyera del brebaje.
—Creía que mandaban a Agder a un hombre para tal fin.
—Comenzaron a enviarlo al poco de tu regreso, cuando Gunnar volvió con sus hombres, entregándole al rey a Ragnhild y a su hermano —aseveró—. Entonces fue cuando el rey le prohibió a Sigrid que volviera a visitarlo.
Aquella información sembró inquietantes cuestiones en mi mente.
Pero la que más me perturbó fue el nuevo cariz que tomaba el papel de Sigrid hasta el momento.
Una sospecha comenzó a surgir con sobrecogedora consistencia, como el resplandor difuso de un candil en la más negra oscuridad, abriendo en una bruma cerrada un reducido cerco luminiscente que se agrandaba con cada pensamiento.
—¿Y cómo le sentó a Sigrid esa prohibición?
—Mal, se sintió relegada, creo. Ciertamente no terminé de entender su ofuscación, pues se evitaba tener que viajar tan a menudo.
Deslicé las palmas de las manos en pequeños círculos, con suavidad; la piel había absorbido todo el ungüento.
Cogí un balde, vertí sobre él una buena cantidad de arcilla roja seca, que Eyra almacenaba en pequeños sacos de sarga, y añadí con tiento un buen chorro de agua, mezclándolo todo con la otra mano, buscando la adecuada consistencia.
Con la arcilla húmeda y untuosa, extendí un buen puñado en la afectada parte baja de la espalda de Inga y coloqué sobre ella un trozo de lino limpio, presionando ligeramente.
—Habrás de quedarte un rato tumbada para que el emplaste surta el efecto deseado —informé mientras me lavaba las manos en un balde de agua limpia—. No te muevas, ¿de acuerdo?
—¿Adónde vas?
«A convertir a una enemiga en una aliada», contesté para mis adentros.
—Acabo de recordar que he dejado un encargo a medias. Eyra vendrá y te limpiará.