Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Tras los plateados hilos

A pesar de no necesitar pruebas sobre la autoría de mi atacante, me ofrecí a preparar el caldo que acostumbraba a tomar Ragnhild en su dagverdr .

Solía ser muy precisa en sus indicaciones acerca de su primera comida del día, y sabía lo escrupulosa que era con su preparación.

Por eso, procuré prepararla fuera de su vista, para no alertarla.

La esclava que se ocupaba de tal menester se extrañó de mi insistencia, mas conseguí convencerla diciéndole que pretendía ganarme sus favores.

Sonreía mientras giraba el cucharón en la marmita, revolviendo suavemente su contenido. Era una sencilla receta de leche cuajada, excepto por un ingrediente en particular que le conferiría un amargor intencionado, los tallos comestibles de algunos cardos.

Cuando lo serví humeante en una escudilla de madera y se lo entregué a la esclava que solía servírselo, mi sonrisa se amplió.

Me alejé tras una columna cercana y la observé sentada a la mesa tomando el cuenco entre las manos y llevándoselo a la boca.

Ante el primer sorbo, su ceño se arrugó con extrañeza.

Bebió de nuevo y su ceño se acentuó. Llamó furiosa a su esclava para que le rindiera cuentas, y entonces emergí de mi escondite, tras rebuscar en mi zurrón el pequeño hongo blanco que había cogido de la cabaña de Eyra.

Llegué justo cuando regañaba a voz en grito a la esclava que la miraba asustada y cogitabunda.

—¿Puedo ayudaros en algo? —pregunté en tono inocente.

Ragnhild clavó sus cerúleos ojos en mí con aguda frialdad.

—Esto no te incumbe —murmuró molesta.

La esclava me observó suplicante, aunque no se atrevió a replicar su inocencia.

—Me temo que sí, mi reina. Fui yo quien preparó vuestro dagverdr .

La expresión de pavor de Ragnhild fue tan evidente que tuve que estrangular una sonrisa de puro placer.

—Puedes regresar a tus quehaceres —aconsejé a la esclava, que contemplaba aturdida a su lívida señora.

Obediente, se alejó a buen paso.

Entonces, saqué mi mano del zurrón mostrando la seta, la misma que había provocado la muerte al bebé, y Ragnhild abrió la boca demudada y estupefacta. El terror tiñó sus facciones, se puso en pie temblorosa y con mirada vacua contempló el cuenco.

—¡Maldita! —bramó, dándome la prueba que no necesitaba.

Con gesto crispado, trastabillante y dominada por el pánico, se metió los dedos en la garganta, profundamente, para provocar el vómito. Y allí, ante mí, y ante el asombro de sus súbditos, se convulsionó entre arcadas expulsando de su cuerpo el denso líquido ingerido.

Tosió y se abalanzó sobre la jarra de agua, bebiendo con desespero, mientras gritaba entre sorbos que había intentado matarla. Tan afectada y concienciada estaba de que el veneno recorría su cuerpo, que se dobló en dos, dando espeluznantes alaridos.

Acudieron Thorleif Spake el Sabio y el gran Orn Oso Pardo, espadas en mano, y me miraron confundidos, ante el brazo acusador de su señora señalándome.

Cuando apareció Halfdan, se aprestó hacia ella y la cogió de los hombros con suavidad.

—¡Por Loki!, ¿qué te sucede?, ¿es el niño?

Ragnhild temblaba y sollozaba al tiempo, sin dejar de acariciar protectora su redondeado vientre con una mano y señalarme acusadora con la otra.

—Ha... ha intentado matarme.

Entonces me adelanté hacia ella con semblante grave.

—¿Por qué pensáis tal barbaridad de mí?

—¡Has envenenado mi comida, perra! —me acusó furibunda.

Halfdan la sujetó con fuerza cuando hizo ademán de abalanzarse sobre mí.

—Eso no es cierto —me defendí—, pues, si así fuera, no sería tan ilusa de hacer esto.

Tomé la escudilla de su dagverdr y la bebí hasta vaciarla. Ragnhild me miró como si hubiera perdido el juicio.

—Algo amargo, quizá me excedí con el cardo —concedí con sorna—, pero no creo que mate a nadie.

Miré intencionadamente a Ragnhild, que me contemplaba atónita.

—¡Por los dioses!, ¿tanto alboroto por un caldo amargo?

Halfdan miró a su reina con disgustada reprobación, sacudió la cabeza resoplando paciente y volvió a su rincón seguido de sus hombres.

Me acerqué a la trémula y pálida reina con una sonrisa malévola prendida en los labios.

—Esto sólo ha sido un aviso —le susurré amenazante—. A partir de ahora, no podréis comer tranquila, ni beber, ni pasear, ni respirar... mientras yo ande cerca. No pararé hasta que todos sepan lo que hicisteis.

—Nadie te creerá —espetó sin mucha convicción.

Sonreí fríamente y negué con la cabeza.

—No me importa, porque no pararé hasta que paguéis lo que hicisteis.

Y acto seguido, me alejé de ella, triunfal y complacida.

El lobo iría tras los plateados hilos de su telaraña, desgarrando hasta la última sedosa y pegajosa hebra, hasta conseguir que la araña cayera en sus fauces.

—Estoy orgullosa de ti, muchacha, casi tanto como lo está Gunnar.

Miré de soslayo a Eyra, mientras giraba la palanca del molino de piedra que molía los granos de cebada. Los mezclaba con suero de leche y frutos secos endulzados con miel, para confeccionar el pan que consumiríamos en el nattverdr , la última comida de la jornada.

—Creí que habías desistido de abrirme los ojos.

Eyra trabajaba la blanda y moldeable masa de pan con las manos; no me miró, pero intuí una sonrisa aviesa emergiendo de sus labios.

—Y lo he hecho —aseguró indiferente—; que lo mencione no significa que hayamos hablado de ti, pero vi su expresión cuando venciste a Asleif en el holmgang .

—Y lo nombras para...

Esta vez sí sonrió abiertamente, se retiró con el antebrazo un mechón pegado a su mejilla y chasqueó la lengua.

—Es mi hijo —respondió sardónica—, me gusta nombrarlo.

Esta vez fui yo la que mostró una amplia sonrisa.

—Te diré algo, mi buena Eyra: lo nombres o no, siempre está presente en mis pensamientos, y dudo que se sienta orgulloso de alguien a quien recrimina tantas cosas. Pero me esforzaré para que lo esté.

Palmeó de forma vigorosa la torta de masa para aplanarla y la lanzó a una plancha circular de acero sobre las brasas.

Un delicioso efluvio dulzón aguijoneó mi vientre; estaba famélica, aunque sorprendentemente plena de energía.

De pronto, se detuvo y me contempló fascinada.

—¡Repite eso! —rogó cogiéndome por los hombros.

—Voy a luchar, Eyra, por él, por mí.

Los agrandados ojos de la anciana se humedecieron, sus facciones titilaron emocionadas y sus labios se arquearon temblorosos. Me cogió por los hombros con la expresión más agradecida que jamás le había visto y, con mirada afectada, murmuró:

—¡Por Balder, ya puedo morir en paz!

Y me estrechó entre sus brazos, con una calidez sobrecogedora, con un cariño tan desmedido y sincero que sentí cómo mis heridas se suavizaban y mi dolor se opacaba.

Un olor a quemado la envaró y me soltó en el acto.

—¡Maldición, el pan!

Se afanó por sacar las ennegrecidas tortas de la plancha, y se las lanzó a Fenrir , que las cazó en el aire.

—Ese perro se comería hasta una bota vieja.

—Creo que lo he visto hacerlo.

Eyra soltó una carcajada, y de nuevo preparó masa.

—Hacía tiempo que mi corazón no latía tan ligero —admitió entusiasmada.

—No claves tu estandarte antes de que conquistemos el reino —advertí girando trabajosamente la rueda del molino.

—Ese reino siempre fue tuyo, muchacha, y si Sigrid logró usurparlo fue sólo gracias a las hierbas que enturbiaron su juicio.

La muerte de su hijo no nacido era prueba evidente de que había yacido con Gunnar ese tiempo atrás. Y que mi presencia hubiera acabado con los dos hijos de Gunnar era el clavo más ardiente que horadaba mi pecho, e imaginaba que el suyo.

—Puedo leer tus pensamientos, Freya. Y al igual que no sabemos si el pobre Ottar era hijo de Gunnar, con respecto al que se malogró, guardo el mismo recelo.

—De igual modo, eran criaturas inocentes, caídas ante la maldad de una reina.

—Por lo que pude presenciar esta mañana, no hay duda alguna. Pero ¿no te parece un método demasiado enrevesado para acabar contigo?

—Sospechosamente enrevesado, sí —coincidí pensativa—; intuyo que hay algo más, y percibo que ese algo es lo que necesito para acabar con ella.

—Difícil tarea acabar con una reina —recordó con mirada grave.

—¿Acaso hay algo fácil en mi vida?

Negó con la cabeza mientras disponía de nuevo otra tanda de tortas de pan.

—Ni en la mía —recordó—. Por eso valoramos más cada logro, por pequeño que sea.

Nos miramos cómplices y sonreímos en silencio, sumidas en nuestros pensamientos.

Tras otras dos tandas, Eyra se detuvo y me contempló con semblante iluminado.

—Creo que sé de alguien que puede darnos respuestas.

—¿Quién?

—Tengo entendido que Inga la Roja está muy cerca de Sigrid; no sé si será su confidente, pero es posible que logremos obtener información que nos sea útil.

La miré algo confusa y me encogí de hombros.

—Ya no importa si el hijo que perdió Sigrid también era de Gunnar —contravine.

—No se trata de eso —replicó Eyra—. Pienso que, si nuestra joven e infame reina ha entrometido en su plan a Sigrid, es por algo. Todo me lleva a pensar que Ragnhild quiso acabar con las dos, no sólo contigo.

Aquella conjetura me sobrecogió, abriendo ante mí perturbadoras teorías.

—Pero ¿por qué querría Ragnhild acabar con Sigrid?

—Es lo que tenemos que descubrir —respondió cavilosa—. Eso y quién la está ayudando. De momento, has de cuidarte mucho: si antes era tu enemiga, ahora que la has acorralado resultará temible.

—Lo sé —asentí—. Tengo que actuar con premura; la única manera de desarmarla es romper la telaraña que ha creado a mi alrededor.

—No —opuso Eyra—. La única manera de desarmarla es acabando con ella. No se detendrá con tela o sin ella.

A mi mente acudió otra conversación similar, y un escalofrío me recorrió, erizándome la piel.

Casi podía sentir cómo una soga áspera y pesada se cernía lentamente en torno a mi cuello, una sensación conocida, pero no por ello asimilada.