Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Era plenamente consciente de lo que suponía mi defensa, y de cómo habría de demostrarla.

Podía irme, y permitir que Sigrid pagara la insidiosa maldad de su pérfida reina.

.. pero, aunque no mereciera ni siquiera mi compasión, la tenía, pues yo había provocado la muerte de sus hijos.

Sin intención de hacerlo, sí, pero era una carga que me perseguiría por toda la eternidad, unos fantasmas más que me acompañarían hasta el fin de mis días; quizá por eso la pugnante necesidad de salvarla a ella me superaba con la suficiente fuerza como para pelear por su defensa y vengar aquella injusticia.

—Estoy más que dispuesta para defenderla —sentencié ante el sorpresivo murmullo generalizado.

Halfdan, lívido y angustiado, negó con la cabeza; pude ver cómo su rostro se ensombrecía preocupado. En ese momento, Ragnhild se puso en pie con una sonrisa ladina prendida en los labios y se acercó a mí.

—En tal caso, piadosa skjaldmö —comenzó a decir con voz dulce y tono calmo—, habrás de librar un holmgang , un duelo de armas; si ganas el combate, Sigrid se librará de su condena, pero, si lo pierdes, la compartirás. —Se volvió hacia su esposo y agregó sibilina—: ¿No dicta eso la ley, mi buen rey?

Halfdan asintió con esfuerzo. Sus labios se convirtieron en una fina línea blanquecina. Miró hacia su expectante concurrencia y, alzando la mano, llamó a su presencia a Asleif.

Demudada, mi maestra asintió casi imperceptiblemente y acudió pálida a presencia de su rey.

—Mi fiel Asleif, es el momento de medir tus habilidades contra tu pupila. No será un duelo a muerte —puntualizó—. La primera que ponga un pie fuera de la superficie acotada, será la vencida.

Ambas asentimos tensas. En los ojos de Asleif pude leer su turbación; no podía dejarme ganar, pues sería una falta de honor que la perseguiría como un estigma, convirtiéndola en una niøingr , pero tampoco deseaba lanzarme a un aciago destino, uno al que me arriesgaba mi propia conciencia.

Aguardamos a que clavaran en el suelo una gran piel de bueyes cosida, que era sobre la que nos batiríamos, con cuatro postes terminados en calaveras, llamados tiösnur , que delimitaban el centro.

La superficie de la capa era cuadrada, en cuya superficie se dibujaban tres cuadrados más pequeños concéntricos, separados pocos pies unos de otros.

Finalmente, la afianzaron con otros cuatro postes, llamados höslur , en las esquinas exteriores.

Preparado el terreno, nos entregaron a ambas dos escudos circulares de colores llamativos, ya que no sería un duelo mortal.

Tomé el mío, Asleif el suyo y nos dispusimos en el centro de la piel de buey sopesando nuestras miradas. Me incliné ligeramente, abriéndome de piernas para apuntalar mi equilibrio y prepararme para el ataque. Debía expulsar a Asleif del manto a como diera lugar.

Le dirigí una mirada tenaz y fiera, y choqué de forma estrepitosa mi escudo con el suyo.

Al eco hueco y seco que las maderas tachonadas producían en cada impacto se unió el de los aldeanos jaleándonos.

Frené una atroz embestida de Asleif; nuestros rostros estaban tan cerca que no vi venir su puño contra mi rostro.

Mi cabeza giró con vehemencia y trastabillé hacia atrás por el impulso, pero, de inmediato, frené el retroceso apuntalando hacia atrás una pierna.

En los glaciales ojos de mi adversaria pude leer con somera claridad sus recordatorios en cuanto a mi enseñanza.

Aquel puñetazo a traición puso en mi mente sus sabias advertencias: usa cuanto tengas a mano, sorprende a tu enemigo y lo vencerás.

Aquélla era su forma de ayudarme, de igualar el combate.

A pesar del dolor en mi mandíbula, la miré con agradecimiento; ella asintió con una velada sonrisa.

Al instante, nos enzarzamos en un nuevo pulso, escudo contra escudo.

Esquivé un nuevo puñetazo, giré medio cuerpo, me agaché rauda y lancé con fuerza el canto de mi escudo contra su costado derecho.

Oí un gemido sordo y una imprecación mascullada entre dientes, pero su sonrisa permanecía, esta vez con un matiz orgulloso.

Giramos en círculos, escudos en guardia, miradas sesgadas, alertas, trazando el próximo movimiento.

Fue Asleif quien sagazmente emuló un ataque frontal, para conseguir que adelantara mi escudo; aquel amago provocó lo que ella buscaba, que me centrara en aquel engañoso movimiento.

Veloz como un rayo, se lanzó de costado al suelo, atrapó mis tobillos con los suyos, giró sobre sí misma y me tiró con ella sobre la piel de buey.

En la caída mi escudo salió rodando fuera del manto.

Asleif me soltó y se puso en pie enarbolando su escudo.

Me había desarmado, con lo que mis movimientos se reducían a una mera defensa.

Sin embargo, mi inferioridad de condiciones podía convertirse en mi arma.

Ella se confiaría y yo podría aprovechar sus ataques y tanteos para hacerme con la victoria.

En mi mente se perfiló al detalle cada paso a seguir.

Esquivé sus ataques, rodeándola una y otra vez, agachándome y ladeándome ante cada carga.

Sabía que ella estudiaba con detenimiento mi rostro para anticiparse a cualquier ataque.

Por ello, procuré simular una expresión confusa y mantuve unos instantes mis huidizos movimientos, limitándome a evitar cada arremetida.

Quizá por eso, no esperaba que repentinamente me abrazara a su escudo y empujara con todas mis fuerzas.

Mi empuje la obligó a emplear toda su fuerza; se ancló estirando una pierna atrás, giró la cabeza para avistar lo cerca que estaba del borde y, cuando me miró de nuevo, alcé un puño y golpeé con el dorso su nariz.

Aquello la enfureció; sonreí para mis adentros, caía en mi trampa.

Redobló sus fuerzas con brioso ahínco y consiguió hacerme retroceder; aquel avance la envalentonó.

Su fuerza física era sin duda mayor que la mía, así que con un simple escudo separando nuestros cuerpos comenzó a arrastrarme hacia el borde, con los dientes apretados, gruñendo por el esfuerzo, la nariz sangrante y mirada obcecada.

Opuse toda mi resistencia para conseguir que ella se empleara a fondo y, cuando atisbé de soslayo la calavera que culminaba uno de los postes que demarcaban la esquina exterior del manto, apreté los dientes y empujé con todas mis fuerzas, retándola con la mirada.

Ella agachó la cabeza y casi volcó todo su cuerpo sobre el escudo y, por ende, sobre mí, convencida de su victoria.

En ese preciso momento, solté su escudo y salté a un lado.

Sin punto de apoyo, Asleif se impelió abruptamente hacia delante, cayendo de forma aparatosa fuera del manto.

La victoria era mía, y el silencio fue mi premio. Un silencio plagado de asombro, indeciso y tenso.

Halfdan sonreía admirado, maravillado y claramente aliviado. Cuando se puso en pie, un murmullo extendido recorrió de nuevo la sala.

—Bien; según la ley —se dirigió taimado a Ragnhild, impávida, aunque el brillo de sus ojos delató la magnitud de su indignación—, Sigrid se libra de su condena, y asombrosamente de manos inesperadas. Gracias a Freya, mujer —posó su adusta mirada en la condenada—, tienes una vida que agradecer.

La aludida prefirió ser astuta y no pronunciarse, al menos con palabras, pues la mirada que me dirigió dejó bien clara su postura respecto a mí: antes dejaría que los cuervos devoraran sus ojos que agradecerme nada.

Uno de los guerreros cortó la soga que ataba sus muñecas, y ella se volvió con vehemencia, ondeando su larga y lacia melena dorada. Con gesto brusco y ofendido, abandonó la sala con la cabeza erguida y porte altivo.

La mirada de Halfdan se posó en un punto justo detrás de mí, oscureciéndose con nubes de tormenta y rayos fulminantes.

Me volví para encontrar la mirada de Gunnar, y su gesto torvo.

Había tal amenaza en su expresión, tan abierta e insidiosa advertencia contra su propio rey, que fue como si una soga tensa y áspera uniera a ambos hombres hacia un funesto destino.

Se sostuvieron la mirada un largo instante, en el que dejaron rezumar cuanto sentían.

Diferentes emociones con un punto en común. .. el odio.