Capítulo 36
Sin escudos
A veces, cuando más negro y profundo es el abismo en el que caemos, la más ínfima y parpadeante hebra de luz es capaz de iluminar lo suficiente para que distingamos algún resquicio al que agarrarnos y podamos comenzar a ascender.
Y ese fugaz destello, débil y tímido, brotó de la mirada de Gunnar aquella mañana.
Me topé con sus impactantes ojos verdes mientras me adiestraba con la lanza. Sola, hilando mi propia y mortífera danza, ejecutando los movimientos que Asleif me había enseñado.
Me detuve exhausta, sin romper el hechizo que enlazaba nuestros ojos, sosteniendo su brillante y reveladora mirada.
Incluso a esa distancia, pues él estaba apoyado indolente en el cercado, pude sentir la escalofriante intensidad de sus sentimientos.
Trémula, me encontré avanzando en su dirección con un anhelo tan grande prendido en mi semblante que Gunnar se envaró y retrocedió.
Sin embargo, no fue capaz de alejarse como solía hacer, y tampoco lograba romper nuestras miradas.
El amor que derramaba me caldeó tan gratamente que me descubrí estirando los labios en una sonrisa emocionada.
Aquel gesto fue absorbido por él, como al que le ofrecen un odre de agua y arrastra una acuciante sed.
Aquello encadenó otra sonrisa y él pareció hechizado y tentado.
Aquella inusitada rendición me infundió el arrojo necesario para dar otro paso en su dirección.
Gunnar retrocedió de nuevo; pude percibir su lucha, sus dudas y sentí la imperiosa necesidad de correr a sus brazos.
Quizá percibió mi desgarrador anhelo o quizá logró encontrar las fuerzas que parecían esquivarlo, pero consiguió darse la vuelta y alejarse a grandes zancadas.
Permanecí un instante inmóvil, todavía temblorosa, respirando agitada, con el corazón aleteando en mi pecho, como si una mariposa revoloteara juguetona por mi interior. Y mi sonrisa se ensanchó con la sombra de algo que comenzaba a tomar forma en mi mente.
Durante toda la mañana, fui yo la que ejecutó sus tareas cerca de donde él hacía las suyas.
No importaba qué fuera, pero me encontré buscando sus miradas, absorbiendo su presencia, admirando su cuerpo y embebiéndome de su rostro.
A pesar de su barba rala y tupida, su apostura resultaba subyugadora.
Sus ropas de algodón se pegaban a su cuerpo, mientras cortaba leña, levantaba un vallado o cavaba una zanja, ondulando sus abultados y definidos músculos bajo la tela.
Y mi deseo prendió con la virulencia de una llama, incendiando cada palmo de mi piel.
Con un ansia tan dolorosa, que permanecer inmóvil resultaba casi un esfuerzo digno de un titán.
Cuando se enjugaba con el antebrazo la sudorosa frente y posaba sus penetrantes ojos sobre mí, casi podía sentir sus dedos acariciando mi piel, y aquello desgastaba mi voluntad de un modo peligroso.
El deseo, palpitante, lujurioso y sofocantemente hambriento, nos unía con una intensidad estremecedora. Tan asolador que lograba hacer retemblar sus argollas y las mías.
Un pensamiento comenzó a titilar en mi mente tomando consistencia con abrumadora rapidez ¡Mío!
Era sólo mío, y yo tan suya que nuestra separación era una condena a muerte lenta y agónica.
En tal caso, ¿qué diantres temíamos, si cada instante separados moríamos un poco?
Y así, entre constantes miradas, y gestos contenidos, murió la última cadena que me ataba al temor.
Y sin temor, sin cadenas... era un lobo furioso, hambriento y vengativo.
Tras dedicarle una última mirada, firme y segura, pero cargada de voracidad, conduje mis pasos hacia el skáli ; allí estaban mis presas.
La gran estructura de madera albergaba a casi todas las almas de Hedemark, expectantes ante la inminente ordalía dirimida por su gran rey.
Se trataba de un juicio donde las gentes apelaban a la justicia divina, y regia, sobre todo tipo de casos: adulterio, desacuerdo en lindes de terrenos, injurias, robo de ganado... y casos de natural triviales, pero con curiosas resoluciones.
Dos hombres se disputaban una cabra; ambos aseguraban que era de su propiedad, cosa difícil de demostrar ante la ausencia de marcas que lo probaran.
Ante casos así, el rey imponía que los enfrentados se sometieran al jernbyrd , o prueba de fuego: a ambos pleiteadores se les entregaba un hierro candente que habían de sostener con fuerza entre las manos, y el que más tardara en soltarlo se hacía con la razón; el perdedor no sólo perdería la cabra, sino todos sus bienes materiales.
Una resolución desmedida dado el gran riesgo al que se exponían; no obstante, el honor en la palabra de aquellas gentes era tan valioso como la plata.
La ley vikinga era una ley rígida, sangrienta e inapelable. Someterse a un juicio era, a menudo, enfrentarse a la tortura o a la muerte, pero, para estas gentes, el destierro y el deshonor eran la peor condena.
Los litigantes asintieron quedos, con semblante inexpresivo y mirada dura, mientras dos esclavos colocaban en las brasas dos varas de hierro.
Tras un tenso y silencioso instante, Halfdan dirigió un preciso y adusto gesto a los esclavos, que de inmediato sacaron las varas con unas largas tenazas de herrero y las condujeron hacia donde aguardaban los hombres.
A una señal del rey, ambos alzaron las manos y empuñaron los hierros al rojo vivo.
Pude oír cómo crepitaba la carne quemada al contacto con el acero candente.
La expresión de los hombres resultaba desgarradora.
Dientes apretados, semblante distorsionado de contención y gesto de insoportable dolor.
Gruñían, sudaban y temblaban, hasta que el más alto soltó el hierro con un alarido escalofriante.
Ya habían dispuesto unos baldes de agua fría, y el perdedor se precipitó a meter las heridas manos en él.
El ganador cayó de rodillas entre espasmos dolorosos, hombros hundidos y espalda encogida.
Una mujer, que supuse la suya, emergió atropelladamente de entre los congregados, cogió el balde, se arrodillo frente a su esposo y le introdujo las temblorosas manos en el agua; el sonido me erizó la piel, y también el perturbador olor que se propagó por la sala.
Cerré los ojos y respiré hondo; cuando los abrí, la pareja se abrazaba dándose solaz.
Me topé con una inquietante mirada de Halfdan sobre mí, que me desazonó sobremanera. Un nuevo gesto hacia el centro de la sala hizo que se abriera un pasillo de cuerpos, para dejar avanzar a una cabizbaja mujer llevada por dos guerreros.
Sigrid caminaba abatida y asustada, con las manos atadas en la espalda y semblante contrito.
Halfdan se puso en pie y se dirigió a la acusada. Observé cómo Ragnhild se acomodaba inquieta en su trono. Me envaré temiendo lo que se avecinaba.
—Hoy, Sigrid —comenzó a declarar severo—, acudes ante mí por atentar contra la vida de una de mis skjaldmö . Es una acusación grave en extremo, y se agrava, además, por contravenir mis designios cuando se juzgó tu caso. ¿Tienes algo que decir antes de que anuncie mi sentencia?
Los claros ojos de la mujer, agrandados y llorosos, se clavaron en su gobernante con expresión suplicante.
—Juro por los dioses que no fui yo quien atentó contra vuestra... —me fulminó con una mirada rebosante de inquina—... skjaldmö , aunque la he matado en mi mente muchas veces —confesó audazmente con voz estirada.
—La amenazaste de muerte, y nadie aquí tiene más motivo que tú para ejecutar tal cobarde acto.
El rostro de Sigrid se tensó con una furia contenida; tenía los ojos enrojecidos y los labios apretado en una mueca rabiosa.
—¡No he sido yo, yo lo haría a la vista de todos, y disfrutaría de cómo se apaga su pútrida vida, no me escondería tras un árbol, ni me perdería tan esplendoroso espectáculo!
Halfdan resopló, sacudió la cabeza y con gesto ofuscado se dirigió nuevamente a su sitial.
—Tu odio te ha condenado —manifestó apático—. Serás atada a un poste y fustigada con una vara hasta que quedes inconsciente; luego serás subida a lomos de un caballo que te conducirá lejos de mi reino, rumbo a un irrevocable destierro.
Un malestar general se alzó en la sala, un pesado resuello pendió insidioso sobre los congregados.
Nadie aprobaba tan cruel castigo, ni siquiera yo.
Movida por un temerario impulso, me adelanté, enfrentándome a Halfdan.
El rey clavó de forma admonitoria los ojos en mí, y su rostro se crispó temiendo mis palabras.
—Ella no es mi atacante —pronuncié con firmeza alzando considerablemente la voz.
El rey cerró un instante los ojos y respiró hondo, del todo contrariado y molesto.
—No oses cuestionar la voluntad de los dioses, ni la decisión de un rey —masculló entre dientes, oscuramente amenazador.
—Dudo que la voluntad de los dioses sea la de condenar a una inocente —repliqué con osadía—, y menos cuando esos mismos dioses ya la han golpeado bastante. Que haya recibido sus amenazas no implica que las cumpla, y más cuando soy consciente de que no es mi única enemiga aquí.
Clavé la mirada de modo intencionado en Ragnhild, que se agitó incómoda.
—Freya —musitó Halfdan paciente—, tu misericordia y bondad nublan ahora mismo tu entendimiento. Por eso, y sólo por eso, voy a tolerar tu intromisión. Sal del skáli en este instante, antes de que se agote mi clemencia.
Su azabache mirada me gritó con furibunda rotundidad que desistiera. Me mantuve firme e inmóvil, y en su expresión casi se dibujó una tirante súplica.