Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

Pude sentir la furia bullendo en sus venas; sus ojos, tan negros como el ónix, relampaguearon cuando cogió con sobrecogedora vehemencia mi brazo sano y me arrastró tras él.

Me llevó a trompicones hacia su cámara privada, ante la lívida indignación de Ragnhild.

Traspasamos los tupidos cortinones y me lanzó sin miramientos sobre su lecho.

La sacudida fue tan brusca que mi brazo en cabestrillo se resintió en una punzada dolorosa.

Apreté los dientes, y lo fulminé con la mirada.

—No te atrevas a regalarme tu osadía y menos ante mis súbditos o te juro que... —bramó colérico.

—¿Qué? —casi grité—. ¿Qué demonios me juras? ¿Vas a matarme tú mismo, o seguirás dejando que lo intente tu reina?

Se cernió sobre mí, se colocó a horcajadas sobre mis caderas y aferró mi garganta con una de sus grandes manos. Acercó el rostro al mío, casi pegando su nariz a la mía.

—Todos sabemos quién atentó contra tu vida —siseó jadeante—... la misma que pidió tu cabeza, y te prometo que pagará con la suya. Nadie bajo mi mandato puede contravenir mis decisiones. Así que jamás vuelvas a mancillar el honor de tu reina con acusaciones tan graves o...

—¿O qué?

—O te acusarán de perjurio, y no moveré un dedo para defenderte.

—No necesito tu protección —le escupí mordiente—, ha quedado... dolorosamente claro que no es eficaz.

Halfdan se abalanzó sobre mi boca, tomándola con fiero ímpetu. Más como un acto de dominación que como otra cosa. Llevé mi mano libre a sus cabellos, cogí un grueso mechón y tiré de él, mientras esquivaba su lengua y pugnaba por desasirme bajo él.

Pero el rey no tenía ninguna intención de rendirse.

La mano que ceñía mi cuello incrementó su presión, impidiéndome respirar.

Desesperada y atrapada, solté su cabello para arañar su rostro.

Halfdan gruñó, liberó mi boca y me abofeteó con todas sus fuerzas.

Por un breve instante, mi visión se nubló y mis fuerzas se diluyeron.

—¡Maldita! —exclamó mortificado en un estirado y agónico hilo de voz, liberando mi garganta y descargando violentamente su puño junto a mi cabeza, mientras lo hundía contra las mantas.

Cuando logré enfocar la mirada y vi cómo el tormento contorsionaba su rostro en una mueca dolorosa, me impresionó tanto que permanecí inmóvil, jadeante y abrumada.

—¿Eres... eres capaz de imaginar mi sufrimiento?

—se lamentó en un estrangulado sollozo—.

No, claro que no —agregó contrito—. Cuando supe que te habían atacado, y que tu vida corría grave peligro, juro que mi corazón se detuvo.

Corrí... a verte... y ahí... guardando tu puerta, estaba él.

Le ordené que se retirara, pero no se amilanó.

Se atrevió a amenazarme, ¡a mí, a su rey!

Me reprochó que no supiera defenderte y. .. nos enzarzamos a golpes.

Sus ojos chispearon furiosos ante el recuerdo, su rostro se crispó y su gesto se endureció más si cabía.

—Pude... haber ordenado que lo matarán allí mismo, pude haberlo desterrado para siempre, pude haberlo condenado a la peor de las torturas... pero no lo hice... ¿Y sabes por qué, condenada loba? Por ti.

Enterró el rostro en mi hombro, sus hombros se sacudieron.

Paralizada ante aquel arrebato desconsolado, me sorprendí acariciando su cabeza, contagiada por su angustia y su tormento.

A pesar de saber que necesitaba a Gunnar vivo para sus inminentes planes de conquista, que lo necesitaba para tenerme atada a él, no mermó un ápice la compasión que por desgracia me provocaba.

No obstante, esa conmiseración no empañó mi necesidad de ser franca con él.

—Puedes engañarte diciéndote que soy tuya, pero ambos sabemos que eso jamás será cierto —susurré afectada—. Y tu obcecación se está convirtiendo en una daga en tu pecho. Libérate —supliqué con dulzura—, libérame, arranca ese puñal de tu corazón o acabarás desangrándote.

Entonces, alzó la cabeza y clavó con dureza la mirada en mí.

—No me engaño —murmuró cogitabundo—, y en verdad poseer tu corazón ha de ser una maldición infame, sólo hay que ver cómo la tragedia persigue a Gunnar.

—Dejó escapar un afectado suspiro y acarició mi mejilla con contenida suavidad—.

Durante tu ausencia, me esforcé por olvidarte; me repetía incesante que eras dañina, que tu mera presencia me robaba el solaz y que, cada vez que te hacía mía, yo moría un poco.

Pero ha sido suficiente verte de nuevo, tenerte frente a mí, para que mi mente enloquezca y mi cuerpo despierte.

Se incorporó, salió del lecho y se desnudó con ansiosa premura. Cerré los ojos, frenando el torrente de lágrimas que asomaba, y comprendí pesarosa que habría de ser yo quien arrancara aquella hiriente daga de su pecho.

Se acomodó entre mis piernas, arremangó mi camisola y se situó entre mis muslos.

No me resistí. Con un brusco empellón, se hundió en mí, liberando un largo y hondo gemido, que sonó más a lamento.

Tomó mi rostro entre sus rudas manos y me obligó a fijar la vista en él, mientras las acometidas se sucedían con aspereza y violencia.

Me sumergí en su turbia mirada, impasible, aunque me ardía el brazo con un dolor punzante y el corazón con un amargor lacerante.

Y, ahí, supe que yo era la dueña de mi destino, y que Halfdan acababa de sentenciar el suyo.