Capítulo 35
Un cuervo atrapado
El frío languidecía en el exterior, rindiéndose ante el incipiente brío de la Ostara, mientras el que moraba en mi interior se agudizaba.
Durante mi convalecencia, las conjeturas me habían enredado en acuciantes cavilaciones para terminar mostrando al más indiscutible culpable.
Pero, por alguna razón, algo me decía que la araña sabiamente se escudaba tras los plateados hilos de su sedosa, pegajosa y tentadora tela, utilizando sus artimañas, sus propias presas para capturarme.
El odio y rencor que destilaba Sigrid hacia mí había sido la argucia utilizada por la taimada araña. Y por más que desgranaba su identidad, un solo rostro se cernía en mis pensamientos. Un dulce rostro angelical, que mostraba una sonrisa dulce de mullidos labios, unos que yo había besado.
Mi intuición me conducía a ella, a mi reina, a esa aparente doncella inocente y candorosa, aniñada y engañosamente inofensiva.
A mí ya me había mostrado su astucia, su gran poder de manipulación, confabulándose hasta con el diablo para conseguir sus objetivos.
Yo ya sabía que, tras la ingenua expresión de su joven y hermoso rostro, se escondía una letal araña.
No obstante, había preguntas a las que no hallaba respuesta.
¿Había querido matarme o tan sólo mostrarme su poder?
¿Cuál sería su próximo movimiento? ¿Había matado al hijo de Sigrid sólo para tejer su ardid?
¿Su única intención era apartarme de su esposo?
¿Buscaba venganza en el dolor, o era tan sólo un juego que alargaba hasta que me premiara con la muerte?
Cuando abrieron la puerta de la cabaña, el viento danzó entre las ondulantes llamas del hogar, domándolas con su ímpetu.
Cuando ese mismo viento meció mi melena y acarició mi pálido rostro, sentí el impulso de salir de mi opresivo internamiento y correr junto a Fenrir por los verdes prados, liberando toda mi frustración.
Me limité a cerrar los ojos y a disfrutar de ese breve soplo de libertad, antes de que Eyra cerrara de nuevo la puerta.
—¿Cómo te sientes, muchacha?
—Atrapada —murmuré con tedio.
Eyra estiró los labios en una sonrisa comprensiva. Dejó sobre la mesa un cesto cargado con verduras y huevos de oca, sacudió las manos en el mandil y cogió un cuchillo.
—Quizá prefieras cambiar de jaula.
Fijé los ojos en ella, frunciendo el ceño con asombro.
—No sabía que podía elegir morada —rezongué curiosa.
—Y no la eliges, la eligen por ti. Halfdan te quiere de vuelta.
Resoplé hastiada, pero en mis ojos fulguró la inquina y en mi alma, la inquietud.
—Si ha logrado pasar todo este tiempo sin verme, no creo que le acucie mucho mi regreso.
—Acudió a visitarte —anunció la anciana lavando las verduras en un balde con agua—, pero Gunnar no le permitió pasar. En realidad, tuvieron algo más que palabras, cuando le increpó que no había sabido protegerte.
Agrandé los ojos y me incorporé con dificultad, evitando mover el brazo en cabestrillo.
—¿Cómo has dicho? —inquirí sorprendida—. Gunnar tampoco me visitó.
—Gunnar no se ha movido de esa puerta desde que te metimos en esta cama. Ni de día ni de noche.
Un extraño cosquilleo recorrió mi vientre, ascendiendo hasta mi pecho.
—¿Y por qué no ha pasado?
—Porque le duele estar cerca de ti y no poder tocarte. Porque lucha contra sí mismo y porque la distancia es su escudo.
Suspiré profundamente; un pellizco constriñó mi corazón. Imaginarlo arrebujado en su capa, durmiendo a la intemperie, a los pies de mi puerta, protegiendo mi vida y su propio corazón, me conmocionó.
—Me odia y me ama en igual medida —susurré en apenas un cogitabundo hilo de voz.
—No lo creo, muchacha; se aferra al rencor para poder sobrellevar su decisión —opinó echándome un escrutador vistazo al tiempo que cortaba diligente un largo tallo de apio.
—Y su decisión es alejarme de él —musité contrita. Sacudí la cabeza, alejando esa condenada emoción. Mi destino ya estaba marcado, de nada valía lamentarse.
Eyra detuvo el cuchillo y clavó su sagaz mirada en mí.
—Su decisión es respetar la tuya. Quieres volver con los tuyos, ya lo intentaste en una ocasión. Sólo tienes una traba, y es la obsesión que provocas en el rey. —Entrecerró los ojos y me fulminó con ellos—. ¿O hay alguna traba más?
Aparté la mirada, aunque eso no me libraría de que ella mirara en mi interior. Había una traba, sí, y era mi corazón; por fortuna me importaba más el de Gunnar.
—¿También tú respetas mi decisión? —pregunté, alejando penosamente la pena que me ahogaba.
—Por supuesto, otra cosa es que la comparta —musitó centrando de nuevo la atención en las verduras. Desbrozó un repollo y cortó unos rábanos antes de que me decidiera a preguntar de nuevo.
—¿En esta ocasión no piensas intentar convencerme de lo contrario?
—¿Sirvió de algo la última vez? —recriminó.
Asentí; los recuerdos me sepultaron y mi pecho se contrajo.
—Tus palabras fueron germinando a medida que me alejaba, mi corazón despertó por fin.
—No fueron mis palabras las que lo despertaron, Freya, fue el amor de Gunnar —sentenció con gravedad—. Y si conociendo su amor te planteas de nuevo alejarte... no tengo palabras para cambiar eso.
Aquello me sulfuró; resoplé, aparté vehemente la manta y salí del jergón para enfrentarme a ella.
—No tengo por qué dar explicaciones a nadie —comencé a decir agitada, alzando la voz más de lo necesario—, pero creo que queda bastante claro que juntos jamás seremos felices.
Yo... yo nunca seré feliz, pero él puede tener más hijos, puede.
.. puede empezar de nuevo... puede... enamorarse otra vez. .. y...
La frustrada impotencia teñida de indignación se deshizo en un suspiro tan hondo y afligido que las palabras murieron en mi garganta, atoradas con la enorme bola de amargura que había emergido de ella.
—Cuidado, puedes hacerte daño —advirtió Eyra, casi con hiriente indiferencia.
Le dediqué un mohín ceñudo, y me acaricié el brazo vendado. Ya no me dolía tanto, pero ese pulso molesto no terminaba de desaparecer.
—No me refería a tu brazo —apuntó sibilina, reanudando su tarea—. Y ahora será mejor que te vistas y regreses al skáli antes de que decida venir por ti.
Necesité un largo instante para serenarme; cuando logré coger mis ropas e intenté vestirme, Eyra se acercó a mí.
—No preciso ayuda —rezongué ceñuda.
—No pensaba prestártela, tendrás que apañártelas sola —señaló con una impertinente sonrisa—. Y no sólo con la ropa, también con la picadura de la araña. —Su mirada refulgió preocupada—. Cuando regreses bajo el abrigo de Halfdan, ni Gunnar ni nadie podrán protegerte.
—Estás segura de que volverá a intentarlo, ¿verdad?
Eyra asintió queda, se limpió las manos en el mandil y las puso sobre mis hombros.
—Estoy tan segura de ello como de tu capacidad para evitar un nuevo ataque. Ahora te toca morder a ti, Freya, eso, o huir cuanto antes. Sabes que no cejará en su empeño, las arañas suelen ser tenaces y pacientes.
—Lo sé —concedí tragando saliva; sostuve su penetrante mirada con firmeza y añadí con plena determinación—: Y no pienso marcharme sin hacerle probar su veneno.
—No actúa sola, está siendo aconsejada —desveló para mi asombro—. Alguien más sabio, gran conocedor del poder de las plantas, y ambicioso, guía sus pasos. Comprobé el efecto de ese hongo blanco con uno de mis gansos, murió al instante. Es una seta mortífera.
Me sobrecogí en el acto. Un siniestro escalofrío me recorrió la espina dorsal.
El corazón se me encogió ante el tangible recuerdo de tener a ese niño entre mis brazos, obligándolo a tomar un jugo venenoso.
Yo, indirectamente, lo había matado, y ese fantasma jamás dejaría de perseguirme.
Y, al dolor, se sumó una oleada de furia tan devastadora que tuve que reprimir el impulso de correr al encuentro de Ragnhild y clavarle una daga en el pecho.
—No te precipites en tus conclusiones —aconsejó pausada, adivinando someramente mis pensamientos—. No puedes saber si a ella también la engañaron.
—Será fácil averiguarlo —susurré pensativa.
Eyra asintió de nuevo y regresó junto a sus verduras.
Y a mi mente acudió una idea que me entretuve en perfilar mientras terminaba de vestirme.
—¿Tienes aquí ese hongo?
—En ese cesto, colgado de un gancho. No me fío de la voracidad de esa bestia —respondió señalando a Fenrir —. ¿Vas a preparar un guiso?
Me guiñó un ojo y empuñó de nuevo el cuchillo.
—Voy a fingir que lo preparo.
Los ojos de la anciana chispearon admirados.
—Bien, Freya —murmuró—. Ya sabes, en la cocina, como en todo, el secreto es ser comedida y juiciosa.
Cogí el hongo y lo guardé en mi zurrón.
Salí de la cabaña con expresión rapaz y mirada depredadora. La presa se convertía en cazador.
Resultó más que revelador captar, aunque sucintamente, la manifiesta expresión de orgullosa complacencia en el rostro de Ragnhild. Un gesto que se apresuró a borrar cuando clavé mi sesgada mirada en ella.
A cambio, le dirigí una sonrisa inquietante, fría y casi amenazante. Mi altivez y aplomo provocó en ella un molesto asombro que también se preocupó de ocultar cuando su esposo se dirigió hacia mí.
Verlo a él fue sentir muy cerca la furia de Gunnar.
Aparentemente huraño, frunció el ceño y me escrutó sin hablar. Le dediqué impertérrita la misma concienzuda atención.
Una sombra oscura rodeaba su ojo derecho, un corte profundo atravesaba el puente de su nariz y un cerco morado resaltaba sobre su pómulo izquierdo.
—No esperaba encontrarte peor que yo —musité impávida.
—Yo no esperaba encontrarte.
—Pero aquí estoy.
Alcé el rostro altanera, con expresión dura y expectante, aguardando sus próximas palabras.
—Que es donde debes estar —aseveró todavía ceñudo, apoyando las manos en sus caderas. Su actitud era la de un rígido padre amonestando a su hija.
—Que es donde me obligan a estar —puntualicé con una mirada cargada de odio.