Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

La pasión lo nublaba, como una niebla pesada y densa cubriendo un prado, cegándolo y aturdiéndolo. Todo su cuerpo palpitaba ante el deseo que brotaba de él con la fuerza de una llama descontrolada.

Sus pasos lo llevaron hacia el primer resguardo que logró atisbar: el cobertizo donde guardaban las armas.

Dio una patada a la puerta, ésta crujió indignada y se sacudió con estrépito, rebotando altanera.

Gunnar se adentró en el pequeño almacén, con el ímpetu de un viento huracanado.

La dejó en el suelo y se separó lo justo para arrancarle la túnica con hosquedad.

Freya lo contemplaba arrebolada, subyugada y jadeante, pero con la mirada prendida de un deseo tan acuciante como el suyo.

A pesar de que la urgencia constreñía su cuerpo, se embebió un instante de aquel cuerpo que lo enloquecía como ningún otro, aquel que tantas veces soñaba y donde se perdía irremisiblemente, incluso cuando se aliviaba en la soledad de las noches, evocándolo.

—Mía, de nadie más —musitó en apenas un susurro.

—Sólo tuya, mi amor, siempre tuya.

Aquellos dorados ojos anegados de lágrimas, aquellos labios inflamados y enrojecidos, entreabiertos y tembloroso, rompieron su inmovilidad.

Se desprendió de su camisola, del cinto y de sus calzas con torpe premura y se abalanzó sobre ella, que dejó escapar un gemido aliviado cuando de nuevo la apresó entre sus brazos.

—Gunnar... oh, Dios, Gunnar...

Aferró con ahínco sus nalgas y la alzó sobre él.

Ella lo rodeó con sus esbeltas piernas de seda y se ancló a su cuello, buscando su boca.

Mordisqueó sus labios, los lamió, mientras frotaba las erectas coronas de sus tersos senos contra su pecho, y él, consumido por el deseo y la emoción de tenerla entre sus brazos, se sintió desfallecer.

—Mi loba, mi hermosa loba negra... —gimió afectado.

Freya lo miró un breve instante a los ojos; de aquellos soles manó todo el calor de sus sentimientos, y él se derritió en aquella intensidad.

La pegó contra la pared y la penetró de una profunda y enérgica embestida.

Freya dejó escapar una exhalación sorpresiva, y a continuación un gemido sofocado, tan sensual, que temió derramarse en el acto.

Esperó a que su interior se acomodara, a que su carne se amoldara a la brusca intrusión, mientras sumergía la mirada en la de ella, mostrando la intensidad que lo desbordaba.

—No seré gentil —advirtió entre dientes.

—No quiero que lo seas —murmuró ella ansiosa, alentándolo con un sinuoso movimiento de sus caderas.

Apretó los dientes y liberó un gruñido cuando la embistió de nuevo.

El placer lo sacudió tan vehemente que perdió el aliento y se le erizó la piel.

Comenzó a moverse, impetuoso y urgente, demorándose en salir de ella, deleitándose en su húmeda y tensa estrechez, en aquel ardor jugoso que rodeaba su miembro palpitante y lo ceñía con fruición.

Y sintió que moría un poco, en cada acometida, desgarrado por un sinfín de emociones, por una miríada de sensaciones y por un único sentimiento.

Freya tomó su boca con voracidad, atrapando mechones de su melena entre los dedos, jadeando con frenesí y contorneándose fogosa contra su cuerpo.

.. volviéndolo completamente loco, desatando el animal salvaje que había en él, uno apaleado, herido y furioso, uno desesperado, hambriento y desolado.

Y, entonces, un placer intenso estalló dentro de él, rompiéndolo por dentro.

Gruñó desbocado en sus últimas arremetidas, sintiendo cómo su interior estallaba en pedazos, cómo la tensión lo quebraba y cómo su cuerpo se tensaba liberando su semilla en ella, con un ronco gemido desgarrado.

Se negó a salir de su cuerpo; continuó besándola delirante, todavía hambriento de ella.

Acariciaba cada palmo de piel expuesta, apretándola contra sí, como si pudiera fundirla en su cuerpo.

.. y protegerla de todo y de todos, para tenerla siempre cerca, al lado de su corazón, pues a él pertenecía.

Cuando logró dejar su dulce boca, aún no saciado de sus mieles, admiró la enamorada expresión de la mujer que amaba, y quedó cautivado en su subyugado semblante.

—Ahora no sé cómo voy a lograr mantener las manos alejadas de ti —confesó con preocupación— hasta que organice tu viaje de vuelta.

—No vas a alejarme de ti, olvida esa locura —replicó Freya agitada—. Nos pertenecemos; sellamos nuestras almas, así como nuestros corazones, ¿todavía no lo entiendes?

—Sólo entiendo que aquí corres peligro, y que no descansaré hasta saberte a salvo.

Gunnar salió de ella y la depositó con delicadeza en el suelo, se agachó y le acercó la túnica. Ella frunció el ceño con desaprobación.

—Y yo no descansaré hasta que comprendas que no pienso irme de tu lado. Hasta que descubras que mi vida corre más peligro sin ti, porque estaré muerta, más incluso de lo que lo he estado todo este tiempo.

Cogió sus ropas y se vistió apresuradamente, maldiciendo para sus adentros todas sus flaquezas.

—No hace mucho, planeabas huir de mí —le recordó, evitando mirarla y masticando todo el amargor que sentía.

—Sí —asumió ella.

Algo en su tono lo obligó a mirarla. En la penumbra del reducido cubículo, bañada por el nácar que se filtraba entre el resquicio de los maderos, todavía desnuda, tan hermosa que cortaba el aliento.

Tan mágica e irreal, que cualquier diosa envidiaría aquella aura que la rodeaba, aquella perfección que la vestía, aquel poder que rendía a los hombres a sus pies, atraídos por el magnetismo que ella desprendía, como el efluvio de una fragante flor.

Cortaba el aliento. Dos perlas brotaron de sus ojos, dejando un sendero sinuoso de plata en sus mejillas.

Y algo en su vientre se contrajo, su pecho reventó de amor y el impulso de cobijarla entre sus brazos lo rompió.

—Fui una ilusa —añadió en un compungido y exiguo hilo de voz—, pero pensé lo que tú piensas ahora, que lejos de mí, quizá los dioses te otorgaran su favor; pensé que tu hijo aliviaría mi ausencia, que lograrías volcar tu vida en él, y gozarías de una vida plácida, al menos, parcialmente plena.

Yo... yo jamás podré darte un hijo, Gunnar.

Tu sangre morirá contigo, si estás a mi lado.

Cuando te vi... —hizo una pausa en la que cerró los ojos con fuerza, buscando en su interior la fortaleza necesaria para seguir hablando; su rostro se contrajo como si una punzada de dolor atravesara su pecho; bajó la cabeza y su oscuro cabello cubrió su rostro—.

.. acunando al bebé, el modo en que lo mirabas, yo. .. me hundí.

Gunnar se acercó a ella, cogió su rostro con las manos y la obligó a mirarlo alzando su cabeza.

—Ningún vástago, ni siquiera tuyo, podría ocupar el lugar que ocupas tú. Con mi hijo, murió un trozo de mi corazón; sin ti, estaba muerto por completo.

—Y, aun así, pretendes apartarme de tu lado.

—Escúchame: decidí dejar este mundo cuando te perdí.

Sin ti, nada tenía sentido. Contigo en él, aunque lejos, quizá me baste para poder seguir respirando, pues sabré que vives, que piensas en mí, que en algún lugar lejano, vives, sueñas y amas.

Y con eso me es suficiente. —Respiró hondamente, la congoja lo ahogaba—.

Aunque no sea yo el que disfrute de todo eso.

Porque, si de forma egoísta te anclo a mi lado.

.. y mueres por eso, entonces ni la muerte aliviará mi dolor, ni soliviantará el desprecio que ya me tengo.

Freya se puso de puntillas, rodeó sus hombros y atrapó su boca con extrema dulzura, conmovida y delicada, derramando en el beso todo el amor que sentía.

El sabor salado de sus lágrimas se mezcló con el almíbar de su boca.

Él descargó en su boca su propia frustración y ansiedad, y al mismo tiempo selló cuanto sentía, prometiéndose grabar en su mente a fuego aquel instante para poder beber de él cuando las fuerzas lo abandonaran.

Cuando ella se separó y lo miró, vislumbró una decisión firme en su húmeda mirada.

—Tendrás que luchar contra mí —manifestó con serenidad— y no una vez, sino tantas como te empeñes en llevar a cabo tu empresa.

—Freya, no me lo pongas más difícil —rogó—.

Te tengo desnuda entre mis brazos, y ya me cuesta reprimir las ganas de tomarte de nuevo.

Ni siquiera sé cómo voy a lograr dejarte marchar esta noche, ni cómo demonios conseguiré soportar estar lejos de ti.

Lo que sí tengo claro en este instante es que no voy a permitir que ningún hombre ponga sus manos sobre ti, mientras yo esté cerca.

—Nadie ha puesto ni pondrá las manos en mi corazón.

Porque no me pertenece, y no pienso alejarme de él.

Me lo robaste hace tiempo, ahora paga las consecuencias.

—Dibujó una sonrisa temblorosa en sus mullidos labios que lo prendó, como se prenda un cuervo de una brillante moneda de plata—.

Prefiero morir mañana estando toda la noche contigo, que vivir toda una vida privada de ti; no me condenes a tan cruel tormento.

—Freya... —suspiró afectado, forzándose a resistir.

—No, no supliques, maldito bárbaro, ya no hay piedad en mi corazón, ni siquiera para ti.

Eres mío, y lucharé con uñas y dientes por ti.

Ambos sabemos lo que nos separa, y sí, es un rey poderoso, ambicioso y taimado, y su reina una araña mortífera, pero son mortales.

Se cierne una guerra en la que expondrá su reino y su poder por conquistar nuevos territorios.

Esta vez no serán necesarios los pactos, ni las traiciones, tan sólo será preciso estar cerca de él en la contienda y aprovechar la reyerta para acabar con su vida.

—Es arriesgado, desconfía de mí; se rodeará de toda su hird como escolta. Es astuto y dispondrá guerreros que le cubran las espaldas y que me vigilen especialmente.

—Bajará la guardia conmigo.

Gunnar sintió un vuelco en el vientre y negó determinante con la cabeza.

—No te expondrás —sentenció grave—. No pienso consentirlo.

—No puedes impedírmelo, soy una de sus skjaldmö , partiré a la batalla como lo harás tú.

—Pienso meterte en un barco antes de que eso ocurra, maniatada, si es preciso.

—Sólo matándome lo conseguirás.

Sostuvo su firme mirada, y se perdió en su intensidad.

—Ya te secuestré una vez —recordó amenazante.

—También yo —replicó altiva.

Su sonrisa jactanciosa caldeó su alma. Sí, aquella mujer le había arrebatado el alma incluso antes de conocerla.

—¿Acaso no es mejor una muerte rápida y sin dolor que una larga agonía? —inquirió ella acariciándolo con la mirada, mientras delineaba sus labios y los incendiaba de nuevo.

Y entonces, claudicó ante aquella certeza.

De repente, todas sus barreras cayeron, el escudo se fragmentó hecho trizas, sus reservas se desmoronaron y su decisión murió desangrada a sus pies.

Lucharían hasta el final, porque su amor lo merecía; si los dioses los habían unido, no permitirían que los hombres los separaran.

Ya habían sufrido demasiado; él, en manos de Loki y del infortunio, y ella, en manos de la crueldad, la obsesión y la envidia.

Sí, mucho mejor una muerte rápida, aunque lucharía hasta la extenuación por vencerla, y si lo conseguía ella sería su recompensa.

Con la agonía, en cambio, no podría combatir y tan sólo recibirían dolor y miserias como pago.

Su mirada cambió, pues ella pudo sentir la transformación que se producía en él. Su semblante brilló triunfal, aliviada y emocionada, y él pudo sonreír por primera vez en mucho tiempo.

—Lucharemos —decidió.

Y la abrazó con tanta fuerza que temió quebrar sus costillas.

Ella dejó escapar un sollozo liberador que deshizo el nudo de amargura que lo había estado envenenando todo ese tiempo.

—Mi loba, siento que me revienta el corazón en el pecho.

—Lo conseguiremos, amor mío, esta vez sí.

Gunnar apartó su temor, dejando escapar su confianza y la plenitud de volver a tener la oportunidad de luchar de nuevo por ella.

Cogió su bello rostro de nuevo y pegó la frente a la de ella.

—Escúchame bien: voy a tenderte en el suelo y a tomarte hasta que desfallezca; sé que no podré saciarme como debiera, es más, creo que una vida no dará para colmarme de ti.

Y después te llevaré a tu cabaña antes de que amanezca.

No vas a regresar al skáli y puedo asegurarte que él no se atreverá a buscarte, pues dormiré a los pies de tu puerta cada noche.

—¿Por qué no en mi lecho?

—No me tientes, preciosa, porque saber que puedo hacerlo hará más difíciles mis noches.

Halfdan no puede sospechar que estamos juntos, pero si te velo, como hice cuando estabas convaleciente, sabrá que te protejo pero no que te ambiciono.

Y en el fondo lo tolerará porque sabe que sigues en peligro; él mejor que nadie conoce a su reina.

Por eso no querrá exponerte a su veneno, ni querrá que te enfrentes a ella.

.. después de todo, lleva a su heredero en su vientre.

Es primordial que nadie sepa nuestros planes, habrán de creer que seguimos distanciados.

—Clavó la mirada en la de ella y sonrió lascivo—.

Controla tus miradas de loba seductora si no quieres matarme, aunque me proveía de ellas para aligerar la lujuria que alimentabas en mí.

Freya deslizó una mano a su entrepierna y aferró con apremio la rotunda dureza que palpitaba hambrienta bajo sus calzas. Dio un respingo y exhaló un gemido placentero.

—Intentaré controlarlas —prometió ella en un sensual susurro que derritió su control—, pero ahora, temible ulfhednar , saca tu espada y no tengas piedad de mí, porque yo no la tendré.

—Vas a lamentar tus palabras, loba.

—Es lo que ansío.

Y se aprestó a devorar su boca con delirio, a gozar de su cuerpo hasta la extenuación y a liberar su corazón hasta dejarlo exiguo. Ella era suya, y ni la muerte se la arrebataría.