Capítulo 32
Viviendo sin corazón
Las jornadas pasaban lentas y tediosas y el crudo invierno comenzaba a apagarse y, con la primavera, muchas cosas cambiarían.
Brotaría una guerra como brotarían flores en el valle; el sol bañaría los campos, como lo haría la sangre de los enemigos; la brisa viajaría perfumando las praderas, como viajarían las traiciones y las intrigas emponzoñando el aire, y los pájaros sobrevolarían los densos bosques, como yo navegaría a través del ancho mar.
Con la llegada de la Ostara, como llamaban ellos a la primavera, también llegaba la bendición más brillante del año, en la que celebraban la victoria de Thor sobre los gigantes, del Sol sobre los lobos que lo persiguen y del verano sobre el invierno.
Harían sacrificios a los dioses para ser bendecidos con cosechas fértiles, dando comienzo a la mejor época del año.
Una vez que las tierras estuvieran cultivadas, y el ganado engordado, marcharían de nuevo a la conquista de nuevos territorios, sembrando el terror en las costas enemigas, sometiéndolas con sangrientas incursiones.
Y mientras Halfdan planeaba su conquista de Jutlandia para enfrentarse al rey Horik; los guerreros se entrenaban con denuedo; los campesinos y siervos se entretenían jugando al Hnefatalf, un curioso juego de mesa; las mujeres hilaban en vastos telares, y los niños se sumergían en sus correrías.
.. yo perfilaba con cuidado mi venganza, antes de partir hacia el puerto de Haithabu, donde embarcaría rumbo a mi añorado Toledo.
Gunnar, por su parte, había abandonado Agder y a Sigrid, y ocupaba una cabaña en Hedemark. Verlo diariamente era la más dura penitencia que podía imponerse al más pecador de los prelados.
Eran tantas las veces que nuestras miradas se encontraban, tan duros su rechazo y su indiferencia y tan grande mi anhelo de asaltarlo y besarlo hasta desfallecer, que, cuando acababa el día, desgastada y abatida, solía dormirme llorando, rogando y rezando para que la distancia y el calor de los míos lograra aligerar esa condenada presión que me atenazaba de forma tan implacable.
Mi insoportable frustración me llevaba al campo de adiestramiento diariamente, donde pasaba la mayor parte de la mañana, acompañada de mi fiel perro y de mi querida adiestradora.
Asleif me enseñaba a manejar la lanza, un arma que jamás imaginé empuñar, y que bien esgrimida ofrecía una amplia gama de posibilidades en ataque y defensa.
Era ligera, maniobrable y mantenía a una más que prudencial distancia a los enemigos.
Cada movimiento era como una danza, en la que la habilidad, la gracia y la rapidez eran los valores perseguidos.
La complejidad y floritura de cada posición exigía un alto poder de concentración.
Memorizaba enrevesados giros, cambios posturales y tácticas de bloqueo.
En mi aprendizaje, perdía la lanza de continuo, me golpeaba de un modo accidental con ella o era embestida y derribada por la de Asleif, cuya habilidad con ella rayaba lo sobrenatural.
Poseía ademanes tan elegantes y letales a un tiempo, era tan endemoniadamente veloz y tan sagazmente avezada en aquella peculiar danza, que cortaba el aire y mi aliento, y redoblé mis esfuerzos y mi concentración, acicateada por el empeño de ganar un combate.
Chocábamos nuestras lanzas, cruzándolas, y, cuando sosteníamos un pulso por liberarlas, me lanzó una fuerte patada en el vientre que me derribó de espaldas al suelo.
—Que tus manos estén ocupadas no impide que tus piernas hagan algo —apuntó jadeante y sonriente.
Me levanté dolorida y le devolví la sonrisa, cogí de nuevo mi lanza, afiancé mis manos una a cada extremo de la parte central y me puse en guardia dispuesta para otro combate.
—¿No te cansas nunca? —preguntó con un deje de admiración en la mirada.
—Estoy exhausta —confesé—, pero no lo suficiente como para detenerme.
—He de recordarte algo, Freya: en la lucha, y más en el campo de batalla, no hay reglas.
Cuando tengas enfrente a tu oponente, sólo podrás valerte de las tácticas aprendidas, de tu frialdad, y de tu astucia.
Cualquier artimaña que logre romper un pulso con tu rival que sepas perdido, úsala.
Como ya mencioné en tu entrenamiento con la espada, la mejor táctica para derrotar al contrincante es sorprenderlo.
Si haces algo que no espera, ese brevísimo instante de desconcierto puede darte la victoria.
Aquella última frase se grabó en mi mente; de algún modo intuí que aquel sabio consejo me sería de gran ayuda.
Asentí, deslicé mi lanza en gráciles círculos, adelanté la pierna derecha, manteniendo la izquierda estirada hacia atrás, para conservar un necesario punto de apoyo en mis lances, y le guiñé un ojo, a la espera de su ataque.
—Te queda mucho por aprender —masculló mientras componía un movimiento ofensivo—, pero compruebo complacida que posees una habilidad natural para la danza. Así pues, bailemos.
Y se cernió sobre mí girando la lanza y su elástico cuerpo.
Esquivé varios golpes, me agaché, salté y choqué el cuerpo de mi lanza con el suyo, en repetidos toques violentos que reverberaban por mis brazos hasta punzar mis hombros, como las ondas producidas por una piedra lanzada sobre la quietud de un lago.
Asimilaba cada movimiento, mientras me esforzaba en cubrirme, gruñendo por el esfuerzo, intentando esquivar cada ataque.
Aquella maldita valquiria se asemejaba a un ciclón nevado, blanco y mortífero.
Contener su fiero avance, sus continuos lances, sus patadas, zancadillas, rodillazos y violentos empellones amenazaron desgastarme hasta la más completa extenuación.
El que me sacara una cabeza, y que su corpulencia a pesar de su esbeltez duplicara la mía, no sirvió más que para redoblar mis esfuerzos, buscando en mi interior la más ínfima brizna de resistencia a la que asirme.
—Bien, pequeña bondi , así me gusta, saca la furia de tu interior.
En un fogonazo de inspiración, y aprovechando mi menor estatura, jadeante, sudorosa y débil, fingí arremeter contra sus rodillas, inclinándome ligeramente, fijando la vista en ellas, y, cuando ella hizo amago de agacharse para anteponerse a mi ataque, alcé el extremo romo de mi lanza y le asesté un fuerte golpe en la mandíbula que la impelió hacia atrás, desestabilizándola.
En mitad del traspié, asesté de nuevo otro golpe a su lanza y la desarmé.
Cuando cayó despatarrada en el suelo y me acerqué a ella para marcarla con la afilada punta de la mía, apresó mis tobillos en el cepo de los suyos, giró y caí de bruces.
Rápida como un rayo, se abalanzó sobre mi espalda, inmovilizando con el antebrazo mi cabeza, y apuntó el lateral de mi cuello con una daga.
—Buen intento, pero nunca subestimes a un enemigo, ni estando en el suelo; fingirse vencido es otra treta muy usada —susurró en mi oído.
Me liberó, se incorporó y me ayudó a ponerme en pie.
—Ha estado cerca —murmuré orgullosa, mientras me sacudía las ceñidas calzas.
—Esas calzas vuelven a hacer de las suyas —comentó Asleif mirando hacia el cercado.
Seguí su mirada para encontrarme con dos esmeraldas refulgentes que me secaron la garganta. Afilaba su espada junto a la valla, con el pie sobre un tocón y la cabeza vuelta hacia nosotras mientras trabajaba. Sentí sus ojos acariciando mi cuerpo, y todo mi ser se estremeció.
—Siempre encuentra la manera de mantenerse ocupado cerca de donde tú estés —afirmó Asleif, recogiendo las armas del suelo.
No pude moverme hasta que él desvió la mirada; su largo cabello ocultó su rostro, y mi corazón volvió a latir con normalidad.
Llené mis pulmones en un suspiro largo y profundo, cargado de tristeza y anhelo, y seguí a Asleif a través de las parejas de guerreros que entrenaban con la misma virulencia que si estuvieran en el campo de batalla.
Fenrir caminaba casi pegado a mi pierna, desplegando su fiero instinto protector.
Conforme me acercaba a donde estaba él, mi pulso se aceleraba y tenía que recordarme que ya no éramos nada, y que jamás lo seríamos por el bien de ambos.
Antes de llegar a su altura, él envainó su reluciente acero y se alejó presuroso.
Solté el aire contenido ante la compasiva mirada de Asleif.
Entramos en el gran skáli justo cuando servían el hadegi , la comida de mediodía. Asleif se reunió con el resto de las skjaldmö y yo me dirigí a la mesa ocupada por Hiram, Sigurd, Valdis, Jorund y Eyra.
—¿Un entrenamiento duro? —masculló Hiram masticando un trozo de pan ácimo, mientras me miraba de soslayo sobre su humeante escudilla de sopa.
—Un día duro, como cualquier otro —rezongué tomando asiento.
—Seguro que las noches son mejores —barruntó mordaz.
Le arrebaté el cuenco y bebí todo su contenido. Se lo devolví vacío, y lo fulminé con la mirada.
—Apuesto a que tus noches son bastante mejores que las mías, el problema es que no sé a quién de tus muchas amantes preguntar.
Hiram se envaró, frunció los labios y con un mohín malhumorado me contempló ceñudo.
—Sólo estoy con Valdis —aseguró con acritud—, puedes preguntarle a ella.
Sostuve la mirada ofendida de Valdis, lamentando mis palabras.
—Me alegro por los dos —proferí a modo de disculpa.
Sentí la mirada de Eyra sobre mí, escrutándome reprobadora.
Nuestra relación se había enfriado considerablemente; yo la evitaba y ella permanecía distante, sólo se dirigía a mí cuando alguna labor requería nuestra colaboración conjunta, reduciendo nuestras conversaciones a cosas triviales.
Sin embargo, leía en su mirada con tanta claridad que hasta evitaba sostenerla.
Temía sus reproches, pero temía más que me hiciera cambiar de opinión.
Sólo ella sabía que pensaba escapar de este mundo para regresar al mío.