Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Gunnar avanzaba con decisión por el pasillo de cuerpos apretados que se apartaban a su paso.

Vestía una túnica negra, calzas de piel curtida y una capa de piel de oso pardo; su larga melena clara desgreñada y alborotada cubría sus anchos hombros, y una barba poblada un tono más oscuro que su melena resaltaba sus mullidos labios.

Mostraba semblante torvo y rictus herido.

Portaba un pequeño saco en la mano derecha que se balanceaba con cada zancada.

Se plantó frente a su rey, pero sus penetrantes ojos verdes, de la intensidad del musgo acariciado por el sol, se posaron en mí iluminados por una aciaga desilusión.

—Y mi corazón también exige saber la verdad de lo ocurrido —musitó con aspereza en tono elevado—.

Ni mi... —frenó sus palabras abruptamente, tragó saliva con dificultad y continuó—.

.. ni Freya ni yo tememos a la verdad, pues, como bien has dicho, mi.

.. —hizo otra pausa incómoda que tensó las facciones de Halfdan—.

.. mi rey, somos tan inocentes como el frío cadáver de Ottar.

Y como sé que las palabras no gozan del poder de las evidencias, aquí os las traigo.

Cogió el saco con las manos y extrajo de él una pequeña seta blancuzca. Esta vez se dirigió a Ragnhild.

—Éste es el hongo que recomendasteis a Freya, ¿verdad, mi reina?

Gunnar, tan astuto como un zorro, había conferido a la pregunta un cariz afirmativo.

Por un instante, la joven permaneció en silencio, sopesando su respuesta. Halfdan la fulminó con la mirada, impeliéndola a contestar.

Apenas asintió levemente, torciendo el gesto. La inquietud bailaba en su faz, frunciendo su ceño; su aniñado rostro enrojeció.

Gunnar, complacido con esa tibia señal de aceptación, se volvió hacia sus convecinos y les mostró el peculiar hongo mientras lo alzaba sobre su cabeza.

—Éste es el hongo del que se extrajo el filtro, y el que hubiera salvado la vida de mi hijo con las debidas dosis, el que tan sabia y bondadosamente recomendó la reina. Resulta pues evidente nuestra inocencia... y la de nuestra reina.

Al incluir de un modo tan sagaz a Ragnhild en su defensa, se aseguraba que nadie volviera a cuestionar la acusación.

Y así fue; los ánimos se calmaron, y hasta Halfdan relajó su expresión y su porte.

Las espadas se envainaron y la gente se disgregó en reducidos grupos, expresando de forma más íntima sus opiniones.

Ragnhild desapareció discretamente con mirada huidiza.

—Aclarado este peliagudo asunto —manifestó Halfdan—, no toleraré que nadie caldee los ánimos con acusaciones injustas o mi cólera recaerá sobre ellos. Y ahora, que corra la cerveza, nada lima mejor las asperezas que su espuma.

Me echó un fugaz vistazo, dirigió a uno de sus guerreros un gesto urgente y el hombre se apresuró a liberar mis muñecas cortando la cuerda que las apresaba.

A continuación, Halfdan se retiró a sus aposentos privados, dejándome ante un Gunnar que permanecía inmutable.

Me contemplaba hierático, envarado y distante.

Hice ademán de acercarme a él, pero retrocedió unos pasos y yo me detuve.

—Gunnar...

Negó con la cabeza, su mirada se oscureció y su rictus se contrajo en una mueca dolorosa que se esforzó por estrangular. Recompuesto, logró mantener una mirada dura e impenetrable.

—Sólo... quería —mi voz sonó quebrada y débil— agradecer tu...

—No —musitó con frialdad—. No tienes nada que agradecerme, como tampoco yo a ti. A partir de este momento, ambos somos libres; puedes regresar a tu tierra como es tu deseo, o servir... a un rey, tú eliges.

—No —me apresuré a replicar cuando él ya se daba la vuelta—. No te equivoques, yo no elijo, ya no. Todos lo hacen por mí.

Resopló y sacudió exhausto la cabeza, hundió los hombros y asintió; sus hombros temblaban, todo su cuerpo se tensó.

—Decidiste huir de mi lado —siseó entre dientes, con unos ojos entrecerrados llameantes de furia—. Renunciaste a mí, maldita seas, y conseguiste derrotarme. Esto se acabó. Los dioses ganan; como bien dices, todos ganan... menos nosotros. Eres libre, Freya, haz con tu vida lo que te plazca.

Y se volvió dejándome temblorosa, llorosa e irascible.

—¡No, jamás seré libre —le grité contrita—, ¿me oyes, maldito bárbaro del demonio?! Por muy lejos que me vaya, nunca lo seré, porque me esclavizaste a ti; debería odiarte.

Me miró de soslayo, sin atreverse a enfrentarme. Por la desgarradora tensión que contorsionaba sus facciones, supe que estaba a punto de derrumbarse.

—Ódiame entonces, poco me importa.

Y salió a grandes zancadas, abatido, derrotado y roto.

Liberé un hondo sollozo, y me volví para que nadie viera mi dolor, aunque mis hombros se sacudían y el pecho me ardía devorado por lenguas de fuego en el que se entremezclaban una rabia insana y venenosa, un sufrimiento atroz y el pleno convencimiento de que todo había acabado definitivamente.

Unos brazos me cogieron, un pecho me cobijó, unas caricias me reconfortaron. Halfdan me susurró palabras dulces que no aligeraron mi amargor y se esforzó en otorgarme un solaz que no disipó una brizna de la pesadumbre que me oprimía. Sin embargo, su calor sí evaporó mi frío.