Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

Juicio y condena

A veces, cuando creemos no poder dar un paso más, cuando pensamos que todo ha terminado, cuando sentimos que las fuerzas nos abandonan y todo a nuestro alrededor languidece moribundo, no sospechamos que, antes de lo imaginado, nuestro ser resurgirá más poderoso, más beligerante y más vehemente que nunca, esgrimiendo el aplomo y la fortaleza necesarios para seguir recibiendo golpes.

Descubrimos, no sin cierto asombro, que ya no duelen igual, que nuestra resistencia a ellos se ha incrementado, y que, cobijados en la paciencia y en la astucia, serán devueltos.

Inmersa en mis cavilaciones, observaba al hombre del que pendía mi vida y la de Gunnar. Un hombre al que había planeado matar, y al que ahora necesitaba más vivo que nunca, a tenor del manifiesto encono que mostraban los asistentes al juicio en el que todas las pruebas me condenaban.

Habían transcurrido apenas tres jornadas desde lo ocurrido.

Y cada noche, el fantasma de aquel bebé derramaba inclemente sobre mí su culpa.

Yo lo había matado, y aquella certidumbre crecía con cada pensamiento.

En mi mente, repasaba cada instante de aquel trágico suceso, revelándome detalles que se me antojaban esclarecedores.

No albergaba duda alguna sobre la autoría de tan aberrante muerte, en la que había sido utilizada y engañada para ejercer de verdugo.

Ahora entendía la advertencia del Oráculo.

.. «aléjate del llanto de un niño»... Lo que desconocía era el motivo.

Pero lo hallaría, y estaba segura de que ese motivo sería mi arma contra la mujer que me había arrastrado al oscuro abismo en el que me hallaba.

Clavé los ojos en ella y me prometí a mí misma arrastrarla conmigo. Nada temía ya, y era precisamente esa condición la que me liberaba, la que confería a mi lobo una nueva cualidad, la de ser letal.

Curvé los labios en una sonrisa dura y fría, dirigida a la dulce Ragnhild, atravesándola con una mirada amenazadora que la removió de su asiento, evidenciando su inquietud.

Paseé la mirada por la atestada sala principal.

A pesar de estar de rodillas, con las manos atadas a la espalda y vistiendo una tosca camisola de áspera sarga, adopté una posición altiva y confiada, envarando la espalda y alzando orgullosa la cabeza, devolviendo cada mirada cargada de ira por una retadora.

Ellos habían acudido para ajusticiar a una vil asesina, a una condenada, pero no era eso lo que veían en mí, pues, aunque en mi particular juicio interno había resultado ser culpable, por los dioses si asumía también sus cargos.

Que Gunnar no estuviera en la sala facilitaba la ardua tarea de mantenerme imperturbable.

Halfdan bramó exigiendo silencio.

Los abucheos, las amenazas y los improperios se atropellaban en el tenso ambiente del abarrotado skáli . La muchedumbre, acalorada e impetuosa, se tornaba una gran masa oscura de ira que comenzaba a alzarse descontrolada sobre mí.

—Me asiste el ecuánime Forseti, dios de la justicia y la verdad —comenzó a decir a viva voz— y, como su representante en la tierra, desentrañaré este doloroso caso, prometiendo a la madre un justo castigo para los culpables, si se demuestra que lo son.

—¡Muchas la vieron huir de la cabaña! —vociferó una voz masculina—. ¡La desconsolada Sigrid presenció cómo mataban a su pequeño!

—¡A los perros! —gritó otra enfurecida voz—. ¡Son unos asesinos!

—No obstante —interrumpió Halfdan con voz atronadora y regia, que reverberó en cada madero, flotando hasta el fondo de la amplia estancia y silenciando a los congregados—, ambos proclaman su inocencia.

Convencidos de que el filtro era un remedio sanador, obraron con la única intención de salvar su vida, pero no llegaron a tiempo.

El bebé agonizaba cuando ella, en su desesperación por obrar la sanación, le administró el brebaje.

—Hizo una pausa, que aprovechó para fulminar con la mirada a los más beligerantes.

Con fingido ademán distraído, acarició la labrada superficie de la empuñadura de su espada enfundada, en un claro recordatorio de su poder sobre ellos, y añadió—: Y os aseguro que ese remedio era en verdad una cura, pues fue mi reina quien lo recomendó.

Por desgracia, el pequeño no recibió la cantidad necesaria y, cuando quisieron enmendar el error, ya fue demasiado tarde.

Sagazmente, supo que nadie de los presentes se atrevería a dudar de la palabra de una reina.

Y así fue, ante las miradas turbadas, malhumoradas y asombradas que aquellas gentes intercambiaban entre sí, buscando quizá un valeroso paladín que defendiera la causa.

Nadie osó contradecir a su rey. Pero la insidiosa semilla que había germinado en el corazón de los aldeanos continuaría creciendo de forma peligrosa.

En sus sombríos semblantes titilaba un clamor popular apenas contenido, ansioso de venganza.

Entonces, Ragnhild se incorporó de su trono y avanzó hasta su esposo con un doliente gesto ensombreciendo su rostro.

—Lamento profundamente lo acontecido —manifestó cogitabunda. Su voz, suave como el terciopelo, su faz apesadumbrada, su porte arrepentido, soliviantaron un poco los arrobados ánimos.

La reina se aproximó a la sufrida madre, que hervía de furia y frustración, y se arrodilló ante ella, apresándole la mano entre las suyas.

Un silencio sepulcral invadió la gran sala.

—Mi gentil Sigrid —musitó apenada—, no me atrevo a imaginar el duelo por el que estarás pasando.

Mi única intención fue sanar a tu pequeño Ottar, sólo lamento la fatal decisión en la elección de la portadora.

Desconocía tus recelos hacia ella, y que te negarías a aceptar nada que viniera de su mano.

Por ello, te pido disculpas. Que los cuervos de Odín, Hugin y Munin, devoren mis ojos si no expliqué con detalle los ingredientes a utilizar.

Un demudado suspiro escapó de casi todos los presentes.

Cerré brevemente los ojos, en un intento por contener el torrente de cólera que amenazaba con ahogarme.

Temblaba iracunda, sentía las mejillas arreboladas, la garganta seca y la mirada brillante.

El fuego de mi interior crepitó de forma salvaje.

Aquella arpía, aquella venenosa serpiente adornada con una corona real, acababa de sembrar una duda en una tierra fértil en exceso.

Halfdan maldijo entre dientes, tenía la mandíbula desencajada y el rostro crispado. A grandes zancadas, se acercó a su esposa y, sin muchos miramientos, la cogió del codo obligándola a incorporarse y se dirigió a Sigrid, con gesto tenso.

—Todo ha sido fruto de la fatalidad —afirmó huraño—. El destino del niño estaba marcado. Eres joven y tu hombre, vigoroso; tendréis más hijos. Mi reina ya confesó que el único motivo del brebaje fue ayudar; por lo tanto, no hay condena ni culpable.

Sigrid, con los ojos inyectados en sangre, una mueca feroz descomponiendo sus facciones y tan lívida como una aparición, comenzó a negar con la cabeza con inusitada violencia.

—¡No! —exclamó furibunda—. Esa... esa perra lo mató ante mis ojos.

—Su voz estirada se quebró, y cerró los ojos con fuerza en un gesto de infinito dolor que me sacudió el alma—.

Y voy... voy a demostrar que lo hizo adrede; no dudo de la bondad de vuestra señora, más sí del odio y la venganza que ella —alzó su dedo acusador hacia mí— ha descargado en un ser indefenso, en un inocente bebé, malogrando además el hijo que ya gestaba de mi Gunnar.

No existe venganza más cruel que ésta, he perdido dos hijos al mismo tiempo. ..

Y entonces, su voz se rompió en un sollozo desgarrador. Cayó de rodillas y gimió desaforada clamando justicia. La muchedumbre se avivó, como un incendio virulento devorando un pasto seco y marchito. La voz del pueblo se alzó, mostrando su apoyo a la joven madre.

Los ánimos se exacerbaron tanto que los guerreros que componían la hird del rey desenvainaron casi al unísono sus aceros y apuntaron a la multitud; el eco metálico hambriento de sangre me erizó la piel.

—¡Justicia! —entonaban coléricos los hombres mientras avanzaban con decisión. Las mujeres y los niños se dispersaron a los rincones, buscando protección de la revuelta que estaba a punto de estallar.

—¡¡Calmaos!! —rugió Halfdan, alzando su propia espada—. ¡¡O por la lanza de Odín que hoy rodarán cabezas!!

Me puse en pie y me acerqué a la plebe, sosteniendo sin doblegarme el odio que desprendían sus miradas, tan afiladas y ardientes como una andanada de flechas incendiarias.

—Jamás sesgaría la vida de un inocente —comencé a decir alzando potentemente la voz—. Jamás utilizaría tan infame arma contra mis enemigos y jamás pasó por mi cabeza vengarme de la mujer que tanto me arrebató. ¿Y sabéis por qué?

La muchedumbre, arrebolada y tensa, se apiñó, más pendiente de los guerreros que los apuntaban que de mí.

Conteniendo a la turba, vislumbré a Hiram, a Sigurd, a Thorffin, a Erik, a Ragnar, a Asleif, a Jorund y a Valdis.

—Porque sé el insoportable dolor que conlleva la pérdida, porque sé que la muerte no devuelve vida... y que contra los dioses nada se puede. —Hice una pausa y clavé la mirada en Sigrid—. Yo no maté a tu hijo, mi única intención fue salvar su vida. Lo juro por los dioses.

De los claros ojos de la mujer, inflamados y enrojecidos, siguió manando toda la rancia animadversión que sentía por mí.

—¿Y por qué habrías de querer salvarlo, cuando era el único obstáculo que te separaba de Gunnar? —increpó escupiendo su desprecio.

Respiré hondo, buscando el sosiego que necesitaba para continuar.

—Porque había decidido regresar a mi tierra —confesé sincera— y quería que él tuviera algo a lo que asirse. Y porque tengo corazón.

De pronto, los soterrados y malintencionados murmullos que habían estado flotando en la sala se diluyeron en un silencio cortante.

—¡También yo lo tengo!

Aquella exclamación me heló la sangre. Desvié la mirada hacia el portador de aquella gutural y grave voz y el corazón se detuvo en mi pecho.