Capítulo 32 #2
Era demasiado arriesgado que Halfdan supiera mis planes, pues seguro que me colocaría unas argollas y me anclaría a su cama. Y aunque su premisa fue que me mantuviera lejos de Gunnar, y en eso sería más que obediente, no se permitiría perderme, aunque en realidad no me tuviese.
A decir verdad, tenía algo de mí: un cuerpo sumiso que soportaba sus embistes y luego su frustración.
Tenía mi apatía, mi indiferencia y mi rabia, y, aunque me costara reconocerlo, también poseía mi compasión y en ocasiones mi simpatía.
No sabía cuánto tiempo tardaría en comprender que nunca me conquistaría, aunque acariciara mi piel y tomara mis labios, aunque yaciera conmigo e intentara despertar una pasión que nunca llegaba.
Como tampoco lograba adivinar su reacción cuando aceptara su derrota.
No obstante, poco a poco veía cómo se obraba un cambio en él.
Su orgullo, su altanería, se apagaban a favor de una amargura que lo roía por dentro, tornando en irascible su ánimo, ensombreciendo su rostro y borrando de su faz aquella media sonrisa ladina y pícara que lo caracterizaba.
Se estaba convirtiendo en un hombre atormentado empeñado en atarse a su tormento, como el que se lanza al mar abrazado a una gran piedra.
Tenerme así comenzaba a ser su mayor derrota; era cuestión de tiempo que lo asumiera y entonces. .. entonces todo podría pasar.
Fijé la mirada en Ragnhild, que complacida miraba a su esposo arrobada, mientras se acariciaba el ya incipiente vientre redondeado.
Parecía no importarle no poseer su corazón, y no compartir ya su cama.
Aquel niño que gestaba su vientre era cuanto ambicionaba, sólo una cosa faltaba para que su felicidad fuera completa: que fuera un varón.
Jora, la esclava, me ofreció una escudilla colmada de guiso de pescado, y llenó la jarra de Hiram mientras lo miraba con invitadora lascivia. El guerrero cometió el tremendo desatino de sonreírle, atrayendo toda la furia de Valdis sobre él.
—Quizá quieras recordarle a esta... esclava lo que le has dicho a Freya —prorrumpió ofuscada.
—Todos lo saben, Valdis, y créeme que temen tu apodo, tanto como yo.
—Pues me temo que Jora parece olvidarlo —replicó irguiéndose y encarándose con la muchacha.
—Sólo he llenado su copa —se defendió Jora.
—Sí, mientras te lo comías con los ojos —acusó con las manos en la cintura y mirada llameante.
—Si tu hombre es hermoso, habrás de aguantar que las demás lo admiremos; si no, haber seducido a Sigurd el Duende —adujo la chica malhumorada.
El aludido chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.
—¡Vaya suerte la mía! —exclamó Sigurd—. La primera vez que me mencionan en una pelea de gatas y es para echarme por tierra.
Hiram bajó la cabeza para esconder el rostro; sus hombros se sacudían en un fútil esfuerzo por contener una carcajada.
—¡Tú te callas, mentecato! —ordenó Valdis—. No hablo contigo.
Sigurd se puso en pie y se limpió la boca con la manga de su túnica, dispuesto a enfrentar a Furia Roja.
—Escúchame bien, niña —comenzó a decir arrastrando las palabras, como si le hablara a una atolondrada—, con el permiso de tu padre, aquí presente...
—No, no, no... a mí no me metas en esto —se apresuró a replicar Jorund, sacudiendo la mano—, bastante tengo con aguantar su humor desde que nació.
—¡Padre! —exclamó Valdis enfurruñada.
—¿Ves? —se lamentó dirigiéndose a Sigurd—. Ya me has metido en un buen lío.
Los hombros de Hiram se agitaron esta vez más violentamente; las sofocadas risas que se empeñaba en dominar escapaban en extraños ruidos velados que atrajeron la atención de toda la mesa.
—¿Yo? —inquirió Sigurd agrandando los ojos disgustado—. Que la ira de Loki caiga sobre vosotros, sólo pretendía decir que...
—¡He dicho que no vuelvas a mirarlo! —exclamó de repente Valdis, clavando su amenazante mirada en Jora—. Porque, si vuelves a hacerlo, te juro por Var que te arrancaré los ojos.
—¿Alguien me escucha? —profirió Sigurd frustrado.
—Ah, ¿sí? —respondió Jora—. Pues ya puedes arrancárselos a todas las mujeres de Hedemark, deberías escuchar lo que dicen de él.
Valdis apoyó las palmas de las manos en el rugoso tablero de la mesa y se inclinó colérica hacia Jora.
—¿Y qué dicen? —alentó echando fuego por los ojos.
—No, Sigurd —intervino Jorund con una sonrisa bailando en sus labios, una sonrisa que se esforzaba por estrangular—. Nadie te escucha, creo que sólo yo y quizá... espera... Freya, ¿tú lo escuchas?
Asentí conteniendo la risa; ver a Hiram frente a mí, rojo como una baya, intentando cubrirse el rostro con las manos y sacudido por carcajadas reprimidas era más contagioso que una plaga.
—Dicen todas las cosas que estarían dispuestas a ofrecerle en el lecho —soltó Jora con una sonrisa perversa curvando sus labios—, dicen que matarían por tenerlo entre las piernas, dicen que...
No acabó la frase: Valdis saltó por encima de la mesa y se arrojó literalmente sobre la esclava.
Las mujeres se enfrascaron en una pelea mientras rodaban por el entarimado. Varios hombres las jaleaban, alentándolas, y otros pocos comenzaron a hacer apuestas.
—¿Nadie va a separarlas? —mascullé cogiendo mi escudilla.
—Creo que tengo que ser yo —musitó Hiram, aún lagrimeando.
—Déjalas un rato más —arguyó Jorund—. Una tiene que aprender a no ser tan descarada, y la otra, a suavizar su carácter. Nada sosiega más los ánimos que una buena pelea. Además, por lo que puedo ver gana mi hija, así que voy a apostar.
Y se levantó rebuscando en sus bolsillos.
—¿Qué... qué querías decir... Sigurd? —preguntó Hiram, entrecortado, aguantando la risa.
—Pues iba a decir que puede que no sea guapo, pero que tengo la tranca de un caballo.
Esta vez Hiram sí se permitió soltar una sonora carcajada que lo dobló en dos. Aporreó la mesa, tumbado sobre ella, mientras reía a mandíbula batiente.
—Tal vez, si la enseñaras más a menudo, esas dos estarían peleando por ti —apuntó Eyra sonriente.
Hiram aumentó las carcajadas, y yo las compartí.
—Te aseguro, Eyra —añadió Sigurd—, que si no la llevo fuera es porque sé que estos malnacidos envidiosos me la cortarían.
Entre risas, apuestas y peleas, me topé con la mirada de Halfdan prendada en mi risueño rostro.
Aparté la vista de inmediato, rogando porque esta noche no me llamara a su lado.
Parecía librar una batalla consigo mismo, espaciando las obligadas visitas que me imponía, quizá para lograr aquello que ambicionaba tanto como conquistar Jutlandia: arrancarme de su pecho.
—Mirad, ahí viene uno que ni su cara ni su verga provocarían una pelea de mujeres —anunció Sigurd sentándose de nuevo.
Me volví siguiendo su mirada y vi cómo Erik Cabello Hermoso avanzaba mostrando su maltrecha dentadura a cuanta moza se encontraba a su paso, tan engreído y seductor que tuve la certeza de que poseía algún oculto don para la conquista.
No se dirigió a nuestra mesa, sino a una situada en el lado opuesto, y supe el motivo cuando comprobé que, tras él, marchaban Thorffin, Ragnar y, en último lugar, Gunnar.
De forma inconsciente, me envaré; me esforcé en apartar mi vista de él, centrándola en mi escudilla.
Pero una y otra vez oteaba en su dirección, miserablemente hambrienta de su atención.
Para mi desgracia, no se sentó de espaldas a mí, sino de frente, estratégicamente situado para poder observarme desde su lugar sin tener que acechar entre los corpulentos cuerpos de sus guerreros.
Cuando nuestros ojos se encontraron, me perdí en aquella profunda laguna verde, tan profunda como las charcas formadas en las oquedades de herbosas rocas.
Me embebí de su rostro, casi oculto por su abundante cabellera del color del bronce pulido, y esa barba espesa que ya se había convertido en su eterna compañera.
Aun así, mi mirada viajaba inquieta de sus labios a sus ojos, preñada de una necesidad tan acuciante que dolía.
La suya, en cambio, era serena, fría e imperturbable; tan sólo me contemplaba con acusada gravedad, sin expresar ninguna emoción en particular.
Esa indiferencia me hería más que mi esforzada contención.
Una indiferencia a la que debía agarrarme para reforzar la decisión de marcharme, una indiferencia que nos mantenía sabiamente a salvo, una indiferencia que debía agradecer pero que odiaba con toda mi alma inmortal.
No sé qué me poseyó, pero le regalé una mirada airada, frustrada y rabiosa, que lo desconcertó.
Hiram me observaba con semblante confuso y, cuando se volvió, adivinó de forma somera mi malestar; eso, y que Valdis arrastraba del pelo a Jora, como si se tratara de una pieza de caza.
Cuando la soltó triunfal, alzó los brazos victoriosa y todos la vitorearon.
En ese momento, Jorund tomó asiento de nuevo con gesto de padre orgulloso.
—Mi pequeña ya es una mujer —masculló casi con nostalgia.
Hiram puso los ojos en blanco y resopló hastiado.
En ese momento, la aludida también tomó asiento, sonriendo jactanciosa. Tenía marcas de uñas en la sien; el rojo cabello, anudado y alborotado, y la mejilla derecha enrojecida y algo inflamada, mostrando la huella de la pequeña mano que se había estampado en ella.
—De ahora en adelante, más de una se pensará acercarse a ti —aseveró intentando arreglarse con las manos los mechones revueltos, todavía titilando en sus labios una sonrisa vanidosa.
—Eso espero —opinó Sigurd, fijando la mirada en la revuelta melena roja de Valdis—, porque, a este paso, acabarás pareciéndote a Ragnar.
—Y si tú continúas metiéndote donde no te incumbe, ya me encargaré yo de que te parezcas a Erik —contraatacó la belicosa Valdis.
—¡Basta ya! —exclamó Hiram indignado—. Ya estoy harto de lidiar con tu condenado genio, mujer. Estarás en mi cama hasta que yo lo permita, pero, si tu intención es ganar mi corazón, ya te adelanto que el camino no es ése.
Valdis enmudeció, agrandó los ojos impactada y bajó la mirada asimilando el golpe que acababa de sufrir y que no revelaría su apariencia como los otros.
—Muchacho —medió Jorund—, es el amor que siente por ti lo que la ciega, habrías de sentirte orgulloso y mostrarte más comprensivo.
—Ese amor asfixia —reveló Hiram con gesto adusto—, es lo que quiero que entienda.
Y si yo no puedo respirar, tampoco puedo sentir.
Habrá de confiar en mí, habrá de permitir que otras mujeres sean libres de obrar como deseen, porque soy yo, entiéndelo bien, Valdis, soy yo quien elige con quién estar.
—Sí —intervine con un nudo en la garganta—.
Y no hay nada mejor que poder elegir a tu pareja y que él te elija.
—Busqué los ojos de Gunnar mientras hablaba, no me sorprendió tenerlos sobre mí—.
Valdis, aleja tus miedos y disfruta de estar con él, pues nunca se sabe hasta cuándo podrás hacerlo.
El amor no se exige, no se cela, no se apresa en una jaula, no se justifica y no se reprocha. .. el amor... sólo se siente.
Y fue el amor lo que brotó de mis ojos, inundando los de Gunnar, que me contemplaba con harto asombro. Su rictus se endureció en el acto.
Hubo un silencio tenso en el que flotaron toda clase de pensamientos y emociones.
Al semblante de Valdis asomó el arrepentimiento y la comprensión; al de Hiram, algo parecido a la envidia, por no poder conocer ese sentimiento que parecía esquivarlo, y al de Eyra, un convencimiento tan pleno que incluso perfiló en sus labios una sonrisa confiada, tiñendo su faz de tal complacencia que me inquietó.
La anciana, sentada junto a mí, presenciaba, percibía e interpretaba con apabullante claridad el penetrante intercambio de miradas entre nosotros, ensanchando su sonrisa sin ningún disimulo.
Un cuerpo se interpuso en mi campo de visión. Cuando alcé la vista, me enfrenté a la torva expresión de Halfdan, que me dedicaba una mirada turbia y furibunda.
—Quiero que comas en mi mesa —exigió ceñudo.
Por la tensión en su porte, y la sesgada y amenazante mirada que derramó sobre mí, comprendí que aquella orden no podía refutarse.
Me incorporé, rodeé la mesa y me acerqué sumisa a él.
Cogió con hosquedad mi muñeca y me llevó tras él, casi con la misma actitud que había enarbolado Valdis cuando arrastraba a su presa.
Y eso era yo, su botín, un mero objeto de su propiedad que pretendía ingenuamente moldear a su gusto.
Pero yo no era una simple pieza de barro, ni él un alfarero, y su insistencia sólo conseguiría romper a uno de los dos, o quizá a ambos.
Recé para mis adentros por lograr huir antes de que eso ocurriera.
Me senté a la gran mesa principal, a su lado, cabizbaja y apática. Halfdan respiró hondo, ya más sosegado ante mi docilidad, y vació su copa de un solo trago. Y así, plenamente satisfecho, entre su esposa y su amante, alzó la copa y sonrió a sus súbditos.
Logré atisbar, a contraluz, cómo una silueta, grande y fornida, abría los portalones y desaparecía de la sala. Supe quién era, alguien que simulaba una indiferencia que no sentía.