Capítulo 29
No vuelvas nunca
Caminó a grandes zancadas hacia mí y me enfrentó con mirada colérica. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados, era fácil imaginar la causa. A pesar del acerbo odio que despertaba en mí, un deje misericordioso suavizó mi voz.
—Nada has de temer de mí —comencé a decir—. He venido sólo con una recomendación para tu pequeño. Es vital que continúes dándole el remedio para que mejore.
—¿Una recomendación de la mujer que viene a arrebatarme lo que es mío? —escupió furiosa.
—Aleja tus recelos, Sigrid, dudo que sean mayores que los míos. He venido para intentar salvar la vida de tu hijo, nada más.
—Has venido por Gunnar, a embaucarlo de nuevo en tus viles redes —acusó.
—Sí —concedí—, he venido por él, y por el pequeño, pero no para arrebatártelos, pues si algo sé es que lo único que en verdad se posee son los sentimientos, las personas que los despiertan son tan libres como este viento.
Entrecerró los ojos y tensó el rictus. Sus mejillas enrojecieron en el ardor de la furia que la sacudía.
—¡Lárgate de inmediato, maldita perra! —exclamó furibunda.
Avancé un paso, mostrando la firme decisión que me había llevado hasta ahí.
—No voy a permitir que entres —afirmó con la inquina brillando en su mirada.
—El rencor te ciega, cuando debería ser yo su portadora.
Eres tú quien se interpone en mi felicidad, tú quien ayudó a segar la vida que latía en mi vientre, tú sobre quien recae la matanza de todo un poblado.
Y aun así, te juro por los dioses que no descargaré mi venganza en un ser inocente.
Si vengo hasta tu puerta es para ofrecerte la vida de tu hijo, pero no por ti, por ti ni siquiera pestañearía, sino por Gunnar.
Comprendo que no entiendas de lo que hablo, pues un corazón yermo, oscuro y sibilino como el tuyo desconoce las buenas intenciones.
Me iré cuando me asegure de que el niño recibe su remedio durante varios días.
—Nada se acercará a los labios de mi hijo que proceda de ti —insistió con crispación.
—En tal caso, habré de dejar mi recomendación en su padre.
—Si osas acercarte a ellos, juro que terminaré lo que el destino dejó a medias —amenazó—. ¡Conozco de sobra tus intenciones, perra: acabar con mi hijo para alejar a Gunnar de mi lado!
Negué pacientemente con la cabeza, aunque la ira inflamaba mi ánimo y hervía la sangre de mis venas.
—Sin duda, ése fue tu plan cuando Ada, Amina y tú tejisteis la matanza de Skiringssal. Pero yo no soy como vosotras; antes prefiero morir a guardar semejanza alguna. Y ahora, apártate, tengo un mensaje que entregar.
Avancé con firmeza y en un movimiento raudo e inesperado la mujer me lanzó el cubo repleto de nieve.
Me incliné a un lado para zafar el impacto; sin embargo, lo recibí en el hombro izquierdo, impeliéndome hacia atrás.
El dolor me sacudió en oleadas que se extendieron por todo el brazo; maldije entre dientes.
Todavía tambaleante, oí un alarido que me estremeció y, acto seguido, como si de la maléfica diosa Ran se tratara, se abalanzó sobre mí con los brazos extendidos y una mirada cegada por un odio visceral.
Caí sobre la nieve, con ella encima intentando estrangularme.
Me debatí con denuedo, sintiendo cómo sus dedos se clavaban en mi piel y oprimían mi garganta.
Rodamos forcejeando, logré golpearla en un costado y ella se retorció; aquel movimiento liberó mi cuello y aproveché para invertir las posiciones; a horcajadas sobre ella, le asesté dos fuertes bofetones en ambas mejillas, llevé las manos a su garganta y la cerqué con ruda firmeza.
—Escúchame bien, maldita: no vas a impedirme llevar a cabo mi cometido. Después me iré y no volverás a verme... —siseé jadeante. El dolor del hombro me flagelaba en un opresivo pulso llameante—... pero, o me dejas intentar salvar la vida de tu hijo, o soy capaz de acabar con la tuya.
Sostuve su incendiada mirada, de la que brotaban letales lenguas de fuego, con aparente imperturbabilidad.
—¡Suéltala!
La potente y grave voz que llegó hasta mí me paralizó. Giré lentamente la cabeza para encontrarme con el contrariado y furioso semblante de Gunnar.
Mi corazón se detuvo, mis ojos se agrandaron hambrientos de su imagen, y todo mi cuerpo se tensó temeroso de lo que brillaba en su turbada mirada.
Me incorporé soltando mi presa y lo encaré, intentando sofocar la miríada de emociones que me asaltaban.
—Ha sido ella quien me ha atacado —me defendí ante la acusación que manaba de su mirada como una daga afilada.
Aquella situación evocó otra pelea en la orilla del mar, con Amina de contrincante; recordar lo que hizo Gunnar cuando me separó de ella me estremeció, anhelando una escena similar.
Sentí cómo me recorría con la mirada, pude ver la mezcolanza de sentimientos que se desplegaban en ella, muchos de ellos enfrentados entre sí.
—Mandé llamarte —comenzó a decir con tirantez—, pero parece ser que estabas muy ocupada para acudir ante mí. Compruebo ahora lo desacertado de mi decisión.
—Gunnar —mi voz sonó tan necesitada, tan suplicante, que casi se extinguió llevada por el viento—, he venido con un aviso sobre el remedio que os procuró Eyra. El niño ha de tomarlo durante varias jornadas consecutivas para que surta efecto.
Su mirada se nubló con algo similar a la decepción; escondió su pesar tras una mirada hierática y fría.
—Por favor, te ruego que confíes en mí —proferí con voz desgarrada—; si no lo hacéis, su vida corre grave peligro.
—Entregaste tu mensaje —observó impertérrito—. No me queda más remedio que confiar en el criterio de tu informante. Si no has venido a nada más... ya puedes marcharte.
Cerré los ojos en un fútil intento por detener el torrente de lágrimas que se acumulaban desbordando y nublando mi mirada.
Sigrid, que se había puesto en pie, se acercó a Gunnar, posicionándose a su lado, con una sonrisa triunfal que curvaba sus labios.
Verlos juntos, como una fuerza en mi contra, fue tan demoledor que cuanto quise decir murió en mi garganta sofocado por los sollozos que luchaba por contener.
—Ya lo has oído, nada tienes ya que hacer aquí —resaltó Sigrid, mientras enredaba su brazo en el de Gunnar.
Cada bocanada de aire inspirada me quemaba con un dolor tan grande que incluso temí desvanecerme.
Llorosa y trémula, clavé la mirada en la de Gunnar, penetrante y dura, reprimiendo las ganas de gritarle cuánto lo amaba.
No, ya había tomado una decisión, ya no había nada que aclarar, ni justificar.
De nada servía enarbolar la defensa ante los rumores que habían mancillado mi imagen ante él.
No cuando la separación era cuanto nos uniría ya.
Abatida y hundida, asentí entre lágrimas y les di la espalda con el corazón sangrante y un dolor punzante, esta vez masacrando en profundas estocadas mi lastimado corazón.
—¡Aguarda!
Me detuvo su voz, y quizá ese moribundo resquicio rebelde de esperanza que se negaba a desaparecer.
El llanto de un bebé llegó hasta mí. Me volví de nuevo. Sigrid corrió al interior de la cabaña. Al cabo, el llanto cesó.
Gunnar avanzó hasta mí. En su rostro se entreveía el sufrimiento y los desvelos.
Una espesa barba castaña cubría su mentón, y su largo cabello caía desgreñado cubriendo sus hombros y parte de su espalda.
Oscuras ojeras cercaban sus ojos, y el cansancio y la preocupación abotargaban su tenso rostro.
Contuve el impulso de correr a sus brazos.
Cuando llegó a mi altura y su verdosa mirada me penetró, distinguí con claridad su propia lucha.
—Pareces arder en deseos de regresar junto a tu rey —reprochó dolido.
—Es más bien el deseo de alejarme de la condena que veo en tus ojos —respondí con un hilo de voz.
—¿Y tiene mi condena razón de ser?
—Si todavía eres capaz de mirar dentro de mi corazón y ves lo que hay en él, no.
Sus ojos deambularon por mi rostro; cuando se detuvieron en los míos, brillaron afectados.
—Ahora mismo, Freya, estoy partido por la mitad. Ya no sé qué veo, ya no sé qué pienso, ya no sé qué hacer, sólo sé una cosa y es lo que siento. Y es justamente eso lo que me está matando en este momento.
—Aquí —comencé a decir con voz entrecortada— hay algo que yo jamás podré darte. Ahora comprendo que nuestras vidas no están destinadas a estar juntas... que el sufrimiento que nos regala el destino nos priva de la paz y el sosiego necesarios para alcanzar la felicidad.
Gunnar cogió con hosquedad mi muñeca y posó la palma de mi mano en su pecho. A través del grueso tejido de su jubón, pude sentir su tibieza y los amortiguados latidos de su corazón.
—No hay nada que no puedas darme, porque cuanto deseo y necesito eres tú.
Sentí un pellizco en el corazón, un nudo en la garganta y un aleteo en mi vientre. Dejé escapar un desgarrado sollozo y bajé la mirada.
—Gunnar... yo...
Él alzó mi barbilla e indagó en mis ojos, tan húmedos como los suyos.
—Pero saber de tu boca que renuncias a mí, saber que has seducido a un rey, que entregas tus labios y tu ardor a otros, por el motivo que sea, me rompe por dentro. Hay en mí tal furia, tal dolor, tal impotencia... que temo enloquecer de nuevo.
Su voz se rasgó; el rictus tenso de su mandíbula se acentuó, conteniendo sus propias emociones.
—El único motivo que mueve todos y cada uno de mis actos, acertados o no, eres tú —musité con voz estrangulada.
—¿Puedes llegar a adivinar cómo me siento, Freya?
—pronunció con voz rota—. Morirme de ganas por besar tus labios, sin poder olvidar que no hace mucho los besaron otros.
Desearte con tanta fuerza que no me importaría tomarte sobre la nieve como un loco, si pudiera borrar de mi mente las manos de ese mísero rey sobre ti.
Pero no puedo, porque en mi cabeza sólo soy capaz de verte con él.
Te veo con él, tal y como me contaron, desnuda a horcajadas sobre sus caderas, gimiendo bajo sus caricias, y con su esposa presente.
¿Eres capaz de concebir mínimamente cómo me siento?