Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Sofocó un sollozo, hundió los hombros e inclinó derrumbado la cabeza.

—Freya —continuó, desgarrado y trémulo—, te juro que me agarro a creer que todo cuanto hiciste fue para llegar a mí, para liberarme del yugo de esas mágicas hierbas.

Pero hay algo... algo que me consume, y es pensar que no eres la misma Freya, que la que ha regresado de la muerte no es la que yo conocí, la que yo amé. ..Y eso... eso está acabando conmigo.

El corazón me sangraba, el dolor me rompía y mis sollozos apenas eran capaces de liberar todo el sufrimiento que nacía de mi interior.

Hice ademán de posar las manos en su pecho, pero él retrocedió un paso. Con la cabeza inclinada, largos mechones cubriendo parcialmente su rostro y el infinito e implacable dolor que asomaba a su mirada, supe que mi decisión era la acertada.

Asentí entre amargas lágrimas, y me aparté de él.

—Quizá no sea yo porque no me dejan serlo, o quizá sea la nueva yo, no lo sé. Lo único que sé es que mi corazón es el mismo y que, a partir de ahora, ha dejado de latir.

Los ojos de Gunnar destellaron con una punzada agónica que empañó su mirada; apretó con fuerza los labios como impidiendo que las palabras escaparan de su boca; su mentón se tensó, sacudió la cabeza con resignación y asintió con semblante desgarrado.

No necesité nada más.

Me volví completamente devastada y rota, buscando la voluntad necesaria para no echarme en sus brazos, por no suplicarle que me besara, y hallé la pujanza que me hacía falta para caminar hacia mi caballo, sin tambalearme.

Justo cuando alcanzaba mi bruno corcel, y desataba las riendas, un rugido a mi espalda me sobresaltó.

—¡No!

Aquel grito provenía del interior de la cabaña, y aquélla era la voz de Gunnar. Solté de inmediato las riendas y corrí a través de la nieve hasta allí.

Cuando me adentré en ella, Gunnar forcejeaba con Sigrid frente al fuego del hogar. Me detuve en el umbral, confusa, y dirigí los ojos a la cuna de madera donde lloraba el bebé.

Sentí el impulso de calmarlo y, sin pensarlo mucho más, seguí mi instinto. Cogí al rubicundo niño en brazos y lo acuné chistando; me apercibí de la sobrecalentura que lo congestionaba, mientras observaba cómo Gunnar le arrebataba a Sigrid una pequeña vasija de las manos.

Cuando Gunnar se volvió y se topó conmigo, algo en su semblante se quebró. Con un brazo intentaba sujetar a la furibunda mujer que trataba de alcanzar de nuevo aquel recipiente.

Inmovilizó como pudo a Sigrid, que chillaba de rabia y frustración, y me alargó el frasco con mirada apremiante.

—Dáselo al niño, su madre estaba vaciando el contenido en la hoguera. Habrá que preparar más.

Tomé el frasco, asentí, y sin más dilación lo incliné hacia la boca del pequeño, derramando en ella unas gotas que tragó en el acto. El rostro del niño se congestionó, imaginaba que por el amargor del brebaje. Lo incorporé y, posándolo en mi pecho, palmeé su espaldita con ternura.

Gunnar tenía la mirada fija en mí; encontré en ella un atisbo de ternura que me abrumó. Podía leer tan abiertamente sus pensamientos que me fustigaron como latigazos.

La mujer que tenía en sus brazos se debatía colérica como una gorgona despiadada.

Continué acunando con suavidad al bebé, acariciando su cabecita y besando su frente, pero el pequeño se convulsionaba en extraños espasmos. El pavor me asaltó.

—¡Algo le pasa! —exclamé aterrada.

—¡¡¡Mi hijooo!!!

Deposité al niño en la cuna y me arrodillé sobre él, sin saber qué hacer.

Lo acaricié con un nudo en la garganta; su temperatura corporal era alarmantemente alta.

Mi intuición me llevó a despojarlo de la manta que lo cubría y a zafarlo de su pequeña camisola.

Temblorosa, cogí un paño, lo sumergí en un balde de agua cercano a la puerta, lo empapé en él, lo escurrí y se lo coloqué al pequeño en la frente y en el jadeante pecho.

Gunnar soltó a Sigrid, que corrió junto a su hijo, lo cogió en brazos y lo apartó de mí sollozando asustada.

De repente, el niño dejó de llorar.

Mi corazón galopaba en mi pecho, y la angustia que me atenazaba casi me impedía respirar.

El cuerpo del bebé quedó flojo en los brazos de su madre, que lo zarandeaba completamente desquiciada.

—¡¡¡Mi Ottar, mi niñoooo...!!! —gimió desgarrada.

Gunnar se lo arrebató, lo fundió en su pecho y lo sacudió con suavidad, cada vez más desesperado. Acercó la oreja al pecho del niño, y negó con la cabeza.

—¡¡¡Noooooooooooo.....!!! —bramó la mujer.

Sigrid cayó de rodillas y sollozó con violencia, hundida y desolada.

Gunnar cogió la mano del pequeño Ottar y la llevó a sus labios. Sollozaba en silencio; la pena y el dolor contorsionaban su rostro, todavía acunando el exiguo cuerpo sin vida del bebé.

Creí morir. Presenciar su lacerante sufrimiento sin poder acercarme a él, verlo llorar tan abiertamente, tan impotente y tan desolado, me derrumbaron.

De repente, Sigrid clavó sus enrojecidos ojos en mí, y de ellos brotó todo su encono en forma de alarmante acusación.

—¡Túuu...! —escupió furibunda, con el rostro arrebolado y constreñido por una cólera letal—. ¡Tú has matado a mi pequeño, tú, maldita zorra inmunda, y ahora voy a matarte yo!

Se abalanzó sobre mí, con la locura tiñendo su gesto. Gunnar se puso en medio, la abrazó con fuerza contra su costado, aprisionándola, mientras sostenía a su hijo en el otro brazo, y clavó su dolida mirada en mí.

—¡Márchate, rápido! —aconsejó—. Ahora más que nunca, necesitas de la protección de un rey.

—Gunnar... yo... no... —gemí entre sollozos.

Negó con la cabeza, a su semblante asomó un brillo preocupado.

—¡Vete, Freya, temo no ser capaz de evitar un linchamiento si se enteran de lo que ha ocurrido! ¡Pronto correrá la voz, huye!

—¡¡¡¡Malditaaaa!!!!

Sigrid berreaba, gritaba y pataleaba, presa de un llanto violento que la sacudía en quebrados sollozos.

Los lamentos, el odio, el inmenso dolor de la mujer me desgarraron el alma. Me sobrecogí de dolor y trastabillé hasta la puerta. Aturdida, me agarré a la jamba intentando anclarme a algo.

Un nuevo grito me envaró, dejando mi alma en carne viva.

Me volví trémula y la imagen de Sigrid con la mirada agrandada por el horror me golpeó.

Bajo ella, se formaba un charco de sangre cada vez mayor; cayó de rodillas pálida, hipando y estremeciéndose violentamente.

Hice ademán de socorrerla, pero Gunnar me detuvo alzando la mano.

—¡Por los dioses, huye! —gimió suplicante.

El apremio de su rictus y la angustia de su mirada aceleraron mis pasos, y salí al deslumbrante y gélido exterior envuelta en una nube sofocante de dolor. Conseguí llegar a mi montura, y me alcé sobre la silla entre temblores. La gente, alertada por los alaridos, salía de sus cabañas asustada.

Un grito de mujer me siguió, consiguiendo que todos los ojos se posaran sorpresivos en mí.

—¡¡¡Detenedla, es una asesina!!!

Azucé a mi caballo, sacudí las riendas vehemente y, justo cuando mi montura iniciaba la marcha en un trote ágil y apresurado, un hombre me arrebató las riendas, el caballo se detuvo en seco abruptamente y yo fui impelida hacia delante, cayendo de forma aparatosa por encima de la testa del animal hasta el suelo.

La nieve amortiguó el impacto, lo que no impidió que me sintiera mareada, aturdida y dolorida.

Ya me incorporaba cuando el hombre que había provocado la caída me aferró del pelo y me alzó con hosquedad.

Grité y me revolví contra él, pataleando y debatiéndome con fiereza. Lo único que conseguí fue recibir un violento bofetón que giró mi cabeza como si fuera de trapo. Sentí el sabor de la sangre en el interior de mi boca, y un dolor sordo en mi oído izquierdo.

Me zarandeó con brusquedad y me arrastró, llevándome a trompicones hacia la cabaña de nuevo.

Obligada a caminar inclinada para que no me arrancara el cuero cabelludo, sólo pude vislumbrar unas piernas que corrían hacia mí.

La figura que se aproximaba a la carrera se cernió sobre mi asaltante y lo golpeó con dureza. Oí un gemido sofocado y el hombre que me sujetaba cayó inerte sobre la nieve.

Gunnar me cogió en brazos e intentó correr hasta mi montura. Tras él, gritos alarmados y furiosos clamaban venganza.

Antes de subirme al caballo, me miró con sobrecogedora intensidad.

—Busca la protección de Halfdan —murmuró entrecortadamente—. Sólo él puede salvarte esta vez.

Me depositó sobre la grupa y miró alerta hacia la masa de convecinos que acudían en tropel.

—Gunnar... te juro que...

Negó con la cabeza, su mirada se oscureció como un paño mortuorio.

—Vete, Freya, y no regreses nunca.

Palmeó vigorosamente el anca de mi caballo y nos sacudimos en un agitado trote.

Me incliné sobre la silla y jaleé a mi montura, enfilándola fuera del poblado.

Con lágrimas en los ojos, me atreví a mirar atrás.

Gunnar enfrentaba con sus puños a todo aquel que pretendiera seguirme.

Agité de nuevo las riendas y presioné los talones en el vientre del caballo para agilizar la galopada.

No sé el tiempo que estuve abrazada al cuello del animal sollozando mientras él galopaba sin rumbo fijo.

Sólo supe que el caballo resollaba exhausto y asustado, que el ocaso comenzaba a sombrear cada rincón y que el bosque por el que transitábamos era cerrado y lóbrego, plagado de inquietantes sonidos.

No sabía dónde estaba, pero tampoco me importaba, nada tenía sentido ya para mí. La tragedia me había golpeado sin cesar desde que el destino me trajo a estas gélidas tierras.

El dolor arrasaba mi pecho barriendo toda esperanza; jamás borraría de mi mente el rostro de Sigrid sosteniendo a su hijo muerto, ni el tormento estrangulando la mirada de Gunnar.

La gente me buscaría para ajusticiarme, y mientras cavilaba sobre el deseo de abandonar esta mísera vida, mientras barajaba la idea de regresar y entregarme, un pensamiento pendió indeciso en mi mente, suspendido en una telaraña de preguntas.

¿Había sido el remedio el que había matado al niño, o la Providencia eligió ese momento en particular para llevárselo?

Y a esa cuestión se sumaron otras. Rostros, conversaciones y miradas comenzaron a desdibujarse ante mí, en una amalgama confusa y turbia de la que surgían inquietantes revelaciones.

Un rostro en particular resaltó entre el resto, de faz aniñada, suaves y rojos labios, de pálidas mejillas y dulce mirada azul.

De pronto, mi ofuscada mente se enturbió y la nieve se volvió roja, y vi a Sigrid cubierta de sangre... y ese hijo que ya no nacería, y que sin duda era de Gunnar, yacía en el suelo convertido en un despojo sanguinolento.

¡Oh, Dios! ¿Qué había hecho?

Un lobo aulló a la luna, el caballo se encabritó, alzándose sobre sus cuartos traseros, relinchando agitado. Y una vez más, mi cuerpo se hundió en la nieve, arrastrándome compasivamente a una agradecida negrura.