Capítulo 28 #2
La nieve continuaba cayendo en grandes y pesados copos que se posaban con languidez en mis ropas.
Puse rumbo a los establos, avanzando trabajosamente.
Cuando atravesé los grandes portalones, me recibieron algunos relinchos hambrientos.
Los caballos apiñados se daban calor; el blanquecino vaho que escapaba de sus ollares se elevaba sobre sus testas en una nube pálida, evidenciando las bajas temperaturas que soportaban los animales.
Elegí un gran ejemplar negro y robusto, de ancas poderosas y pecho altivo, fornido, de firme lomo y brillantes ojos sagaces.
Rasqué con suavidad su esbelto y grácil cuello, escondiendo los dedos tras sus largas crines negras.
Era realmente soberbio en proporciones y regio de porte.
Un animal hermoso con cierto tinte salvaje y rebelde, del que emanaba un poder subyugante.
Permití que me olisqueara, mientras acariciaba su lomo.
Vislumbré una silla de montar de cuero y una manta de sarga colgadas de un gancho.
Las alcancé con premura y las coloqué diligentemente en la grupa del caballo, mientras le chistaba tranquilizadora y le rascaba con suavidad entre los ojos.
Coloqué el bocado, ajusté las cinchas, palmeando su vigoroso cuarto trasero, y lo conduje fuera del recinto. Cerré las puertas, asegurando la cancela, y por fin me elevé sobre el estribo, acomodándome en su grupa.
Sobre aquel impresionante corcel me sentí poderosa y segura; sacudí las riendas y el animal avanzó despacio a través de la espesa capa de nieve que cubría la región.
Fue una marcha tortuosamente lenta, a través de una enfurecida ventisca que parecía querer obligarnos a retroceder con su violento empuje. El viento silbaba con fuerza, y el crujir de las ramas por el peso de la nieve era cuanto se oía.
Durante el trayecto, mis pensamientos y mis anhelos se conjugaron en una sola persona.
Sólo era capaz de vislumbrar, entre el radiante blancor que me rodeaba, unos rasgados y felinos ojos verdes que se convirtieron en mi guía y en mi fuerza.
Las ganas de verlo de nuevo superaban con creces el temor a sus reproches.
No obstante, eran estos últimos los que necesitaba para llevar a cabo la meta impuesta.
No era posible que el destino nos sepultara con tantas y tan dispares trabas y con tan amargo sufrimiento si no era para gritarnos, a su modo, que debíamos estar separados; que, juntos, sólo hallaríamos dolor y pérdidas.
Sin embargo, no podía permitir que aquel niño cayera en las garras de la cruel providencia que parecía perseguirnos.
Gunnar había perdido ya un hijo, el mío; yo dos, y, mientras quedara un hálito de vida en mi cuerpo, lucharía por esa vida que había iluminado todo este tiempo la del hombre que amaba.
A mi lado, no conocería jamás una felicidad plena, incongruentemente tampoco sin mí; de cualquier modo, la única luz que alimentaría su corazón era ese pequeño que ahora languidecía en sus brazos.
No podía marcharme sin saber que él tendría algo a lo que agarrarse.
Transcurrió la mañana, también la nevada, dando paso a un cielo límpido, por el que asomó un sol desvaído, pero lo suficientemente vigoroso como para arrancar destellos en la nieve, como diminutas perlas engarzadas que refulgían por doquier, obligándome a entrecerrar los ojos.
La belleza de aquellos parajes resultaba sobrecogedora.
La magnificencia de cuanto me rodeaba me empequeñecía como una hormiga ante la inmensidad del océano.
El albo manto perlado y mullido cubría el bosque, las ondulante colinas, los frondosos abetos, los puntiagudos e irregulares peñascos, dando continuidad a aquella vasta y agreste extensión, confiriéndole una apariencia interminable, como si deambulara a través de un sueño infinito.
Alzaba el rostro con el anhelo de ser acariciada por la tibieza de aquel tímido sol, y cerraba los ojos, saboreando tan agradable sensación, deseando con fervor que aquella templanza alcanzara mi álgido corazón.
Tomé como punto de referencia una cima de aspecto bastante peculiar: tres picos casi de igual altura, como la corona de un rey. Bajo aquella montaña, pegado a su loma, habría de aparecer el poblado de Agder.
Y tras el último recodo boscoso, oteé en la lejanía un nutrido y apiñado grupo de cabañas que exhalaban por sus tejados un humo agrisado que escapaba en sinuosas espirales, resguardadas por la pared rocosa de la montaña.
Enfilé mi montura hacia la aldea; ambas acusábamos la dureza del viaje, aguijoneadas por el hambre y el frío, ardiendo en deseos de cobijarnos al amparo de un buen fuego.
Eran pocos los temerarios habitantes que habían osado salir de la protección de sus cabañas y, sin duda, impelidos por necesidades acuciantes.
Desmonté, y apreté los dientes cuando una punzada me recorrió las piernas.
Era tal el helor que me atenazaba que mis dientes castañeteaban peligrosamente y mi cuerpo, abotargado, despertaba en un cosquilleo doloroso que me arrancaba violentos escalofríos.
Caminé guiando a mi corcel de las riendas hasta la cabaña del fondo, donde se alojaba Gunnar. Até mi montura a un poste junto a un vacío corral de gansos y, cogiendo aire, dirigí mis pasos hacia allí.
Una mujer emergió de la cabaña; sostenía un cubo en una mano. Ladeó la pared lateral de troncos, seleccionó un montículo de nieve e, inclinando convenientemente el balde, lo llenó con ella. Cuando regresaba, reparó en mí, que inmóvil la observaba con el corazón latiéndome de forma apresurada.
Sigrid agrandó con asombro la mirada para sesgarla suspicaz a continuación. Su ceño se arrugó de un modo visible y sus puños se cerraron mostrando la tensión que la envaraba.