Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Enfrentando el corazón

Eyra, con los brazos en jarras y mirada grave, me observó acusadora, con gesto torvo y rictus agrio.

—Nunca me gustó escuchar tras las puertas —comenzó a decir— y, aunque no ha hecho falta que me acerque, esa condenada puerta me ha regalado más revelaciones de las que me hubiera gustado conocer.

Mi primer pensamiento a pesar de la tormenta que había en el rostro de la anciana fue para Gunnar.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás aquí?

—No desvíes la conversación —advirtió severamente—. Te avisé, condenada imprudente, te advertí de que te cuidaras de él y no haces más que darle alas. ¿Qué demonios pretendes? ¿Hasta dónde ha llegado tu impulsiva majadería?

—¡Sólo me defiendo usando mis armas! —exclamé molesta.

Eyra soltó una carcajada seca, desabrida, abrupta y áspera; sus ojos chispearon condenatorios.

—Resulta evidente que desconoces su manejo, pues esa arma se ha vuelto contra ti.

—Todo se ha vuelto contra mí —rezongué con tinte apesadumbrado—, me siento acorralada.

Eyra resopló hastiada, sacudió una mano con deje frustrado y fijó en mí una mirada decepcionada.

—Y, como tal, cometes una necedad tras otra. Escúchame bien: no sé cómo vas a arreglar esto, pero lo harás. Has puesto a Gunnar en grave peligro con tus actos, lo has enfrentado a Halfdan.

—¡Yo no he hecho tal cosa! —negué alterada.

—Has entrado en su juego de seducción, te has convertido en su amante.

.. —Abrí la boca para replicar, pero la anciana elevó la palma de la mano y, fulminándome con la mirada, me silenció en el acto—.

Da igual los motivos, y es indiferente si te has entregado a ese hombre o no, porque todos lo creen, han llegado los rumores a oídos de Gunnar y, si no fuera porque no se despega de su hijo, ya se habría enfrentado a su rey. .. y a ti.

Tragué saliva; la piedra de mi pecho tiró con fuerza hacia abajo, hacia el abismo que llevaba días agrandándose bajo mis pies.

—¿Ha... ha recuperado la lucidez?

La anciana asintió con gravedad; sus labios se afinaron en un rictus tenso.

—En apenas unos días, su mente se aclaró.

Pero fueron unos días muy duros, en los que tuvieron que atarlo a un árbol mientras gruñía preso de dolorosos espasmos, bramaba como un buey y maldecía como si un espíritu maligno le desgarrara las entrañas.

Pero, al cuarto día, todo cesó. Exhausto, perdido y confuso, comenzó a ver con claridad su alrededor.

Su cuerpo y su mente, libres de la garra del brebaje, recuperaron el vigor con premura; si su hijo no hubiera enfermado tan gravemente, lo tendrías frente a ti.

Te mandó llamar, pero no llegabas, por eso estoy aquí.

—No recibí ningún recado.

—Estos últimos días no he dejado de preocuparme por ti, sentía que algo oscuro te apresaba, te notaba lejos, y temí... —tragó saliva y aspiró una profunda bocanada de aire antes de continuar—... temí que te hubieras marchado.

Aparté la mirada, temerosa de que viera esa intención en ella. Era una decisión que crecía implacable en mi mente y que intentaba ignorar cada vez con menos voluntad.

—¿Y el hijo de Gunnar?

Eyra exhaló largamente el aire aspirado y con semblante preocupado se sentó en una banqueta, como si el peso del mundo sepultara su espalda.

—Le dimos el preparado, y al día siguiente el pequeño pareció mejorar, todo fueron esperanzas.

Sin embargo, poco después, de nuevo empeoró.

En el momento en que Sigrid supo que eras tú quien había aconsejado el remedio, se negó rotundamente a ofrecérselo a su hijo, explicando a quien quiso escucharla que no se fiaba de tus intenciones.

—¿Y... Gunnar?

—Gunnar dudó, pero no de tu intención, sino de la efectividad del brebaje; la nueva recaída del pequeño nos desorientó. Y así está él, confuso y muy angustiado, por eso no objetó nada a la decisión de Sigrid.

—Tengo que hablar con Ragnhild... —divagué mientras mis pensamientos se atropellaban y mi desazón me ahogaba.

—Hay otra cosa que se aúna a todas mis preocupaciones.

Me acerqué abatida y me senté en el banco frente a ella.

—Ahora, todos en Agder saben que Gunnar empieza a ser el que era, Halfdan no tardará en ser informado. Temo la reacción de ese hombre tanto como la de Gunnar.

—Es preciso que comente con la reina el estado del pequeño, quizá no le quede mucho tiempo —musité impaciente incorporándome con ademán inquieto.

—Ve a dormir, muchacha, mañana hallarás ocasión.

—Pero es urgente, Eyra; cada instante puede ser crucial para el pequeño.

Eyra me taladró con una mirada admonitoria, negó suavemente con la cabeza y replicó en tono seco:

—A no ser que quieras volver a participar de sus juegos amatorios, no la busques hasta que despunte el alba. Por lo que he podido escuchar apenas hace un rato, adivino lo que la reina y el rey comparten en este momento. Él, un deseo insatisfecho, y ella, su ansia por procrear.

Mis pies me anclaron en el suelo, y mi garganta se llenó de un regusto amargo. La sapiencia de la anciana acababa de liberarme de otra situación peligrosa.

Asentí, y me dirigí a mi jergón con la alma transida y el corazón constreñido.

A la mañana siguiente, sin haber conseguido dormir en toda la noche, asaltada por pensamientos sobrecogedores, malos augurios y punzantes inquietudes, salí de la cabaña en mitad de una copiosa nevada.

Envuelta en mi capa de pelo, cubierta por una amplia capucha, caminaba con dificultad sobre la profunda capa de nieve asentada en el sendero durante la noche.

Mis piernas se hundían hasta casi la rodilla en el todavía blando lecho níveo; mis altas botas de piel apenas lograban alejarme de la gelidez que imperaba en aquel incipiente y agrisado amanecer.

Logré llegar al skáli jadeante y abotargada por un frío intenso, un frío que también había alcanzado mi corazón.

Ascendí la escalera y, cobijada en la techumbre que sobrevolaba la entrada, sacudí mi capa y mis piernas; luego entré en la amplia sala seguida de una ráfaga de aquella cruenta ventisca que se arremolinaba en torno a mí en un glacial abrazo.

El ambiente recargado y sofocante me golpeó en mi avance mientras recorría el pasillo central. Los ronquidos se alternaban con los desperezos y en esa peculiar melodía matinal se entremezclaban sonidos metálicos de marmitas y cucharones, susurros velados y murmullos de ropas.

El alargado fuego del hogar era realimentado por maderos secos, por las siervas que ya preparaban las viandas para los convecinos que despertaban.

Tras dedicarme apenas un fugaz y desinteresado vistazo, regresaban impertérritas y hacendosas a sus quehaceres.

Dirigí mis pasos hacia la alcoba real, una estancia sólo separada del resto por grandes y pesados cortinajes rojos que retiré con firmeza para adentrarme en ella.

Cuando mis ojos se acostumbraron a la semipenumbra reinante, divisé a Halfdan dormido boca arriba con el poderoso pecho desnudo que se alzaba en profundas respiraciones.

Y, sobre él, abrazada a su pecho, la joven Ragnhild, con una sonrisa de satisfacción que bien podría haber iluminado toda la alcoba.

Sin amilanarme lo más mínimo, me acerqué al borde de la cama y sacudí con ligereza el hombro de la reina. Ella se removió inquieta, gruñó queda y parpadeó molesta. Volví a sacudirla y finalmente abrió los ojos. Cuando enfocó la mirada y su mente se despejó, me contempló consternada.

—Os aguardo fuera, preciso hablaros con urgencia —expliqué con semblante huraño.

Asintió y comenzó a escurrirse de entre los fornidos brazos de su durmiente esposo. Me volví y salí presta de la estancia.

Al cabo, asomó envuelta en una gruesa túnica de lana verdosa, todavía con el cabello revuelto y mirada intrigada.

—Ha de ser un asunto grave para que te atrevas a irrumpir en mi intimidad —manifestó cortante.

—Mi reina, vuestra intimidad os la procuro yo, no lo olvidéis, por no recordaros que ya la compartí —repliqué impaciente y hosca—, así que dejaos de remilgos y atended a lo que tengo que deciros.

Agrandó los ojos asombrada por mi vehemencia y me llevó incómoda hacia un rincón de la amplia sala.

—Habla —exigió molesta.

—El bebé mejoró en cuanto tomó el remedio, pero poco después empeoró de nuevo, ¿ese decaimiento es parte del proceso curativo?

Ragnhild se peinó con los dedos y negó con la cabeza, pensativa.

—¿Cuántas veces lo tomó?

—Creo que sólo una —respondí.

—Por lo que yo escuché, son necesarias varias tomas para una completa mejoría; se precisan varios días para que el remedio haga efecto y elimine la ponzoña que está atrapada en el cuerpo del niño.

—¿Y si no la recibe?

—De ser así, puedes estar segura de que morirá en pocos días.

Asentí con mirada ausente y una decisión naciendo en mi mente, abriéndose camino como la quilla de una embarcación surcando la quietud de un océano.

—Aquí finaliza nuestro pacto, mi reina. Ambas hemos recogido las semillas de nuestra siembra común. Pero convendréis conmigo en que el terreno abonado es más sensato dejarlo descansar.

—Sin duda —convino—. Deseo que tus próximas cosechas sean tan fértiles como la mía.

Llevó la mano a su vientre y sonrió con regocijo.

—Dudo que sean como la vuestra —admití, cerrando la capa sobre mi túnica—, pues yo no ansío recoger nada, sino sembrar acompañada.

Me fulminó con la mirada; sus hermosos ojos celestes centellearon ofendidos. Le dediqué una sonrisa arrogante y me alejé de ella con paso firme y porte orgulloso.

Salí del skáli con una única intención en mi mente: viajar a Agder, y salvar al hijo de Gunnar.