Capítulo 27 #2
Aquella inusitada dulzura me caló por lo inesperada.
Resultaba inconcebible que un hombre de su condición y carácter lograra imprimir tanta ternura, tanto respeto y tanta dedicación en un simple beso.
Aquel que posaba los labios sobre los míos no era el Halfdan que conocía, y ese simple detalle, unido a mi necesidad de calor, de cariño, abrieron mi boca para él.
Se introdujo en el cálido y húmedo interior de mi boca, tembloroso, afectado y agradecido.
Su lengua buscó la mía, pero sin urgencia, sin pasión, sin imposiciones, con tan conmovedora ternura que me dejé llevar por cada sensación.
Y, de repente, sus brazos me abarcaron, ciñéndome contra su pecho, pero como una protectora ave arropando a su polluelo.
Aquel calor, aquel refugio, fundieron mis defensas, mis recelos, mis miedos y mi frío.
En ese beso el hombre volcó cuanto sentía, abriendo las puertas de su corazón, y el torrente que fluyó fue tan intenso, tan abrumador, que sentí ganas de llorar.
Buscaba en mí algo a lo que anclar su esperanza, un asidero al que agarrarse en su caída al vacío, un haz desvaído que abriera la oscuridad en la que se hallaba su corazón.
Y yo sabía que nada hallaría, pues mi pecho estaba desierto; mi ser, exiguo, y mi destino, muy lejos de él.
Sentí lágrimas en mis mejillas, y no pude descifrar a quién pertenecían.
Halfdan se estremecía trémulo sobre mí, liberando sus emociones, aceptando su derrota, ahogando su pena en mi boca, y yo.
.. yo sólo lloraba por no estar en otros brazos, por ser causante de tanta tragedia, y por la maldita decisión que crecía de forma paulatina en mi interior.
Cuando logró separarse de mí, no me ocultó su silencioso llanto, tampoco yo el mío. Alcé poco a poco un brazo y acaricié con exquisito mimo su mejilla rasposa y oscurecida por una barba incipiente. Ante aquel contacto, el hombre cerró los ojos y suspiró sufridamente.
—Freya... daría mi vida y mi reino por ti —comenzó a decir en un desgarrado hilo de voz—. Sacrificaría mi descendencia y renegaría de mi destino. No logro imaginar qué hizo Gunnar para robar tu corazón.
Aspiré una gran bocanada de aire, luchando contra los sollozos que pugnaban por salir.
—Gunnar renunció a su propio corazón por mí.
Me abrió su pecho desde el principio, demostrándome, en cada acto, un amor tan puro, tan inmenso, tan generoso y tan sacrificado que le entregué el mío incluso antes de ser consciente de ello.
Estamos unidos más allá de la muerte, del destino, de los siglos y de los dioses.
No sé... si es mi presente, pero sé que es mi futuro.
Quizá en otro tiempo, en otra vida, en otro mundo, porque soy más suya que mía y siempre será así.
El nudo estrangulado de mi garganta se deshizo por fin en un sollozo grave, profundo, que me desgarró por dentro.
Halfdan me cobijó nuevamente entre sus brazos, sofocando mis sollozos, consolando mi dolor y asimilando el suyo.
—Maldigo a los dioses —profirió rotundo— por no ser él.
Me tomó en brazos, me estrechó con fuerza y me llevó con él. Apenas tuve consciencia de que salíamos del bosque, de que la luna iluminaba cómplice nuestra pena, y del extraño vínculo que había nacido entre nosotros.
Me condujo en silencio a la cabaña que compartía con Eyra, y me depositó en el suelo frente a la puerta.
—Saber que no puedo tenerte me hace amarte más —susurró grave—, pero no porque no estés a mi alcance, sino por la profundidad de tu entrega, por tu lealtad, y por tu corazón.
—¿Por qué? —inquirí, escrutando su compungido rostro—. ¿Por qué me abres tu corazón? ¿Por qué has decidido ser franco, dulce y comprensivo, si sabes que no hay modo de conquistarme?
Indagó en mi mirada un instante, y pareció meditar su respuesta antes de suspirar derrotado.
—No diré que me he cansado de pelear, porque no es cierto.
Tampoco reconoceré que tu sagacidad supera en ocasiones la mía.
—Hizo una pausa que aprovechó para esbozar una sonrisa velada y otro suspiro, éste más frustrado—.
La otra noche... cuando casi te tuve, cuando desperté con un terrible dolor de cabeza, cuando fui incapaz de rememorar nuestra culminación, supe que me habías envenenado con alguna hierba.
Y entonces, a pesar de la cólera que me despertaste, comprendí una cosa: nada obtendría ni con la fuerza ni con tretas.
Puedo tomar tu cuerpo cuando me plazca, y eso ambos lo sabemos, y no niego que me sienta tentado demasiado a menudo de forzarte.
Sus ojos fulguraron con una pasión tan insatisfecha y contenida que me paralizaron.
—A veces —continuó casi en un susurro— incluso pienso que quizá tenerme dentro de ti te haga ver con claridad todo lo que me haces sentir, pero ¿de qué serviría?
Que sepas eso no entraña que tú logres abrir tu corazón al mío.
.. y, por el martillo de Thor, la flecha que atravesó el corazón de Balder y la astucia de Loki, te juro que es cuanto deseo.
Cogió mis manos con las suyas y clavó su negra mirada en la mía con una intensidad que me arrobaba y estrujaba el corazón.
—Curiosa situación —afirmé con pesadumbre—. Yo soy el obstáculo que se interpone en tus deseos, y tú eres el mío.
—Cuando haya acabado con la revuelta, y haya extendido mis territorios, liberaré a Gunnar —prometió en tono resuelto.
—Veo con pesar que tus sentimientos, o no son verdaderos, o carecen de la intensidad que se le presupone al amor.
Aquello lo tensó, soltó mis manos con ofuscación y me apresó por los hombros acercándome a él.
—No te atrevas a dudar de cuanto acabo de confesarte —masculló ofendido e iracundo.
—Pues lo hago —rebatí con aplomo—; pues, si en verdad me amas, sacrificarías tus intereses en favor de los míos, algo que siempre hizo Gunnar.
Me atravesó con una mirada dura y sesgada, cargada de reproche.
—No soy Gunnar, algo que ambos lamentamos, por cierto. No obstante, que te ame como jamás creí posible no nubla mi juicio lo suficiente como para permitir que Gunnar recupere el suyo, descubra mis ardides con su esposa y me atraviese con su acero.
—¿Qué le impedirá hacerlo cuando lo descubra, por muchos reinos que hayas conquistado?
—Cuando lo descubra, yo reinaré sobre Jutlandia, seré más poderoso y, por lo tanto, más inaccesible para él.
Además, cuento con que lo alejes de mis dominios o me veré obligado a ordenar su muerte.
Por no mencionar que lo necesito entre mis filas: su fiereza y habilidad me son imprescindibles en este crucial momento; luego. .. será tuyo.
Posé las palmas de las manos en su pecho y lo alejé de mí. Apreté los labios, tensé la mandíbula y clavé en él una mirada retadora.
—¿Tienes idea de cómo me siento cuando me tocas? —murmuró con mirada turbia y semblante tirante—. ¿Puedes llegar a imaginar lo mucho que tengo que controlar mis instintos para no caer sobre ti?
En el hombre crepitaba el deseo con la fuerza de una tea ardiente prendiendo un barril de brea.
—¿Y tú puedes alcanzar a comprender que esta distancia que nos impones me empuja a otro destino? ¿Eres capaz de albergar en tu mente el daño que nos haces?
—¿Qué destino? —inquirió alerta.
Sus ojos se abrieron, titilando en ellos un fugaz atisbo esperanzado.
—Uno muy lejos de ti, de Gunnar y de todos.
Me escrutó con extrañeza; la incomprensión resplandeció en su semblante.
—¿Por qué habrías de alejarte del hombre que amas?
—Justamente por eso, por amor.
Frunció el ceño, agitó confuso la cabeza y resopló absolutamente desconcertado.
—Que Loki me enrede en sus juegos si logro entenderte.
—Aléjate, Halfdan —aconsejé apática—; sea cual sea mi destino, tú no estás en él.
Entonces me ciñó a su pecho, rodeó mi cintura, abarcó mi mentón y acercó su rostro al mío.
—No me importan los vaticinios de los dioses ni los tuyos, mujer, sino mis deseos —siseó con determinación—. Y uno de ellos eres tú. Así que, pequeña loba negra, tienes ante ti dos caminos y una decisión. Elige esto...
Apresó mi boca con inusitada dulzura, con extrema delicadeza, regalándome un beso tierno, cargado de sentimientos, suave y gentil.
Se despegó de mis labios para fijar su hambrienta mirada en mí.
—O esto...
Y se abalanzó nuevamente sobre mi boca. Esta vez imponiéndome un beso duro, exigente, ardiente y salvajemente atroz, cercando mi lengua, dominándola y desplegando toda la lujuria que bullía en él.
Cuando se apartó de mí, los carbones encendidos que prendían su mirada me retaron con apremio.
—Decide tú el modo, porque tu destino ya lo he decidido yo.
Y sin más, se dio la vuelta y se alejó a grandes zancadas, con la espalda envarada y los puños apretados.
Trémula y angustiada, me dispuse a entrar en la cabaña, con una aguda sensación acicateando mi espalda. Alguien me observaba, alguien oculto en la noche, tan cierto... como la mirada preocupada que me recibió junto al fuego del hogar.