Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

En las enamoradas garras del destino

Comía en silencio; el ambiente a mi alrededor resultaba tan apático como mi ánimo.

No supe si quizá fue mi presencia lo que oscurecía el ceño de aquellos que compartían mi mesa, o la inminente batalla que se acercaba abriendo sus negras alas, como las del cuervo que desde su sitial me observaba con tanta avidez.

Hiram conversaba soterradamente con Valdis.

Me animaba saber que habían enterrado animadversiones, y que los comenzaba a unir una incipiente amistad.

Thorffin había marchado a Agder, para estar el mayor tiempo posible con su esposa Helga.

Erik y Ragnar deseaban estar junto a Gunnar.

Y Eyra no dudó en acompañarlos con mis indicaciones sobre el preparado que portaba y que podría salvar la vida a ese niño.

Ardía en deseos de ofrecer a Gunnar todo el cariño que había mantenido escondido dentro de ella desde que lo engendró.

Gunnar estaría en este momento rodeado de aquellos que lo amaban y, aunque esa certeza soliviantaba mi corazón, también me susurraba maliciosa que no me necesitaba.

Rogaba de forma incesante por la vida de su hijo, deseaba con fervor su recuperación y, si los dioses me hubieran pedido alejarme para siempre con tal de salvarlo, lo habría hecho con total convencimiento. Sin embargo, mi misión era otra.

Mastiqué despacio; apenas reparé en la conversación que mantenían Jorund el Gruñón y Sigurd el Duende, sobre técnicas de combate, a pesar de que se esforzaban por incluirme en ella. Tragué el último bocado y me puse en pie para llenar la jarra vacía de cerveza.

Rumbo a la gran tinaja, clavé los ojos en Halfdan, intencionadamente, y le sonreí comedida, aunque con dulzura.

Aquel gesto fue recibido con una expresión de asombro y confusión bastante burlesca. Cuando logró recomponer su sorpresa, me regaló un semblante desconfiado y huraño.

La única manera de conseguir engañar a un hombre tan ladino como él era siendo sincera. Y, para poder serlo, tuve que buscar dentro de mí dos emociones que a pesar de todo habían surgido por él. La piedad y la compasión.

Yo mejor que nadie conocía la marca que dejaba el despecho y el desamor en el corazón de un hombre.

Era indudable que, para un rey, para alguien que lo había obtenido todo en la vida, que rezumaba poder y sabiduría, que no creía en imposibles, para quien la ambición y el control eran su estandarte, topar con algo que no podía manejar, que no podía conquistar, que ni siquiera podía rozar, lo tendría sumido en una sufrida impotencia.

Era tan fácil ver su sufrimiento, tan sencillo adivinar que había entregado contra su voluntad una parte de él.

.. una parte, además, que ni siquiera creyó poseer, que incluso lograba conmoverme.

El hecho de que no tomara por la fuerza, aunque sí lo intentara con argucias, aquello que tanto ansiaba, me inspiraba también un leve deje de respeto por él.

Desconocía si aquellos sentimientos recién descubiertos me ayudarían en mi empresa, lo que sí sabía era que utilizarlos me dejaba en muy mal lugar, definiendo, para mi completo malestar, la mujer en la que me estaba convirtiendo.

Llené mi jarra y luego la alcé frente a él; las comisuras de mis labios se elevaron quedamente, en un guiño casi cómplice, y entonces bebí a su salud.

Sus ojos se iluminaron, resurgiendo en ellos una esperanza moribunda. Sostuve su penetrante mirada antes de regresar a mi mesa. Por la expresión acusadora que me dirigió Hiram, supe que no había pasado inadvertido mi gesto.

—Brindemos por el destino —propuse—, ese que nos maneja a su cruel capricho.

Di un buen trago y permanecí en silencio, ausente de todo... intentando cerrar esa maldita puerta por la que escapaba mi sosiego. Ignoré las pertinaces miradas de mis compañeros de mesa, y me asenté en una decisión cada vez más abrumadoramente punzante.

Gunnar, Gunnar, Gunnar... no podía dejar de pensar en él, en cómo se sentiría en ese instante, en aquel pequeño enfrentándose a la muerte, en lo que ocurriría a partir de ahora.

Y las ganas de correr a su lado comenzaron a devastarme.

Sentía que me faltaba el aire, que me sofocaba y me mareaba. Tenía que salir de allí.

Cuando me puse en pie, Hiram me imitó. Su semblante mostraba su profunda preocupación por mí.

—Temo que he bebido demasiado, necesito despejarme —argüí a modo de explicación.

—Te acompañaré —se ofreció solícito.

—No, no es necesario, también preciso estar sola.

Todos me observaron con la misma expresión en sus rostros: inquietud.

—No te alejes mucho, el bosque de noche es traicionero —recomendó Sigurd.

— Fenrir me acompañará, no necesito más guardián que él.

Me cubrí con mi espesa capa de pelo de nutria, chasqueé los dedos y el gran perro lobo salió tras mis pasos, fuera de aquel gran skáli .

Salimos a la gran explanada circular, que se bifurcaba en diversos ramales de los que surgían callejuelas salpicadas de cabañas con techo de turba y paredes de piedra caliza.

La luna, radiante y majestuosa, pincelaba de plata cada relieve, iluminando la noche, dotando de magia cada rincón del poblado y guiando mis pasos hasta el bosque.

Desconozco qué me llevo a adentrarme en él, sólo sé que me llamaban sus grandes árboles, sus susurrantes helechos, sus aligustres apretados, sus puntiagudos montículos rocosos, sus sonidos, su perfume y su misterio.

Como sí allí, en lo profundo de su vasta extensión, fuera a encontrar las respuestas que buscaba.

Abrazada a mí misma, caminé sin rumbo, contemplando cómo mi resuello se elevaba en volutas, cómo los búhos saludaban mis pasos y cómo un engañoso letargo despertaba bajo mis pies.

Y ante mí, en un claro despejado, una roca en la que refulgía la luna llamó mi atención.

Me dirigí hacia ella y me senté en su plana superficie, suspiré y aguardé como si aquel baño de luna que me acariciaba fuera la fuente de conocimientos que tanto ansiaba.

Bajo aquel nacarado halo, cerré los ojos y alcé la cabeza hacia el cielo.

«Gunnar, Gunnar, Gunnar... ¡Oh, Dios... cuánto te amo... quizá demasiado para seguir haciéndote sufrir...!»

Lo imaginé detrás de mí, cerrando los brazos alrededor de mi cuerpo, apoyando el mentón en mi cabeza, estrechándome tan fuerte que incluso dejé escapar un suspiro de puro alivio y sentí el impulso de reclinarme contra su pecho.

Lo sentía tan cerca, tan presente, tan real, que no me sobresalté cuando oí pronunciar mi nombre.

—Freya.

Inspiré profundamente antes de abrir los ojos. Reconocí de inmediato esa voz, aunque su tono era distinto, nuevo para mí.

—No pareces de este mundo.

—Quizá no lo sea —respondí en un hilo de voz—, quizá nunca lo fui.

Halfdan emergió de entre las sombras y atravesó el rodal; la luna lo iluminó con tanta claridad que pude interpretar a la perfección el brillo de sus ojos. En verdad me miraba como si fuera una criatura mística. Se hallaba impresionado y abrumado por mi presencia.

—Tal vez por eso no logro arrancarte de mis pensamientos.

Clavé los ojos en los suyos, recibiendo de ellos la magnitud de lo que sentía.

—Quizá no lo intentas lo suficiente.

—O tal vez lo intente de la manera equivocada.

—Es posible —musité—; quizá intentando amar a tu esposa resulte más fácil de conseguir. Quizá un hijo centre tus pensamientos en el camino correcto.

Suspiró ruidosamente y sacudió la cabeza como desechando una propuesta vacua.

—Todo es posible, loba. Pero a veces un cuervo se obceca en el más brillante anillo de plata que haya visto jamás, y todo lo demás pierde intensidad.

A veces también ocurre que tomas un rumbo, el que sabes adecuado, pero, cuando lo recorres, comprendes que ese sendero marcado no es el que esperabas.

—Dejó escapar el aire contenido con visible esfuerzo; su voz se apagaba—.

En ese momento, compruebas que tus pies se detienen tercamente y tu corazón te obliga a dar la vuelta. ¿Qué hacer entonces?

Me sumergí en su mirada, permitiendo que mi compasión y comprensión lo arroparan.

—Imagino que lo más sensato es dar la vuelta, guiarte por el corazón y comprobar por ti mismo que, por desgracia, ese sendero que anhelas no conduce a lugar alguno. Sólo así podrás reconducir nuevamente tus pasos hacia donde deben estar.

—¿Y si, aun sabiéndolo, eres incapaz de salir del camino que ha elegido tu corazón?

Su desgarradora expresión, tensa y esperanzada, me conmovió más de lo que hubiera deseado.

—Lo correcto es dejarse guiar por el corazón, hasta que se convenza por sí solo de que está equivocado.

—El corazón nunca se equivoca —afirmó afectado—; que ese camino no sea para mí, no significa que no sea el adecuado, el único que me haría feliz.

Bajé la mirada; cada respiración quemaba mi pecho.

—Halfdan... —susurré con voz estrangulada.

—No soy un necio, sé que no puedo robar tu corazón —murmuró en tono enronquecido. Apresó mi barbilla y la alzó buscando mi mirada—. No obstante, que sepa que no puedes amarme no impide que yo lo haga, y lo que más me sorprende descubrir es que soy capaz de conformarme con lo poco que quieras darme.

—¿Con qué te conformarías?

Deslizó la mirada por mi rostro, absorbiendo cada detalle, deteniéndose en cada proporción, embebiéndose de él con tal intensidad que me secó la garganta.

—Con una sonrisa, con una mirada, con una conversación, quizá.

No pude evitar sonreír, aunque con acusada tristeza; el hombre imitó mi gesto.

—Pero ahora, Freya, necesito un beso o moriré de sed.

Y cuando se inclinaba lentamente sobre mí, descubrí que yo también lo necesitaba.

Los tibios y suaves labios del hombre rozaron los míos con extrema delicadeza, como si me acariciaran las alas de una mariposa, como si me rozara una tímida brisa primaveral, como si los cosquilleara la levedad de una pluma. Me estremecí.

Volvió a tantear de forma huidiza y esquiva el beso, como si pidiera permiso, como si llamara con inseguridad, con tan emotiva y exquisita entrega que me sobrecogió.