Capítulo 25
Descendiendo a los infiernos
El frío era tan intenso, tan afilado e incisivo, como el mordisco de un animal hambriento.
Sufría sus dentelladas ya no sólo en mi piel, sino hasta en mis huesos, como si los royera con inquina y desesperación.
Me calaba tan hondo, y tan pesadamente, como si me cubriera con una gruesa capa empapada que, además de inmovilizarme con su peso, se clavara poco a poco en mi piel.
Era tal el helor que me embargaba que quemaba, con un dolor difícil de soportar.
—Si sigues temblando así —comenzó a decir Asleif—, acabarás por morderte la lengua tan fuerte que caerá sobre la nieve como un pájaro herido.
—No... no es mi lengua... lo único que ca... erá... sobre la nieve.
Asleif alzó una ceja y me observó a conciencia.
—Vamos, estás sudando y, si te detienes, te congelarás del todo.
Alcé entre escalofríos la espada y me puse nuevamente en posición defensiva. Asleif dejó escapar una risita divertida, negó con la cabeza, enfundó su espada y se acercó condescendiente hacia mí.
—No, Freya, hoy no entrenaremos más. —Miró hacia la brumosa cima de las montañas que colindaban con el poblado y frunció el ceño—.
Está helando, y es probable que se acerque otra gran nevada.
Nosotros estamos habituados a este clima, pero, a pesar de llevar tiempo aquí, tu raza es otra, y no soportas tan bien como nosotros esta temperatura.
—Me gustaría... verte en Toledo en pleno agosto —rezongué cuando me echó su capa sobre los hombros y me guio fuera del campo de entrenamiento—; hace tanto calor que hasta las chicharras dejan de frotar las alas para abanicarse.
Asleif amplió la sonrisa, aunque me miró con extrañeza.
—No sé qué es una chicharra, pero intuyo que se muere de calor. Aquí el único calor que conozco es el que ofrece un buen fuego. —Hizo una pausa, me guiñó un ojo y agregó—: Y un buen revolcón.
Sonreí y la miré con renovado interés.
—Creí que las skjaldmö eran puras —repliqué devolviéndole el guiño.
—Y lo somos, de ahí el calor por no poder culminar un revolcón.
Esta vez solté una carcajada que consiguió alejar momentáneamente la gelidez que invadía mis miembros.
—¿No te parece una norma absurda? —inquirí.
—Tanto como la vuestra de llegar puras al matrimonio.
—No es lo mismo —contravine encogida bajo la capa.
—Sí lo es; aquí al menos elegimos a nuestras parejas, y podemos probarlas antes de quedarnos con ellas.
Y si no nos gusta una, elegimos otra. Vosotras, en cambio, os entregáis como moneda de cambio, como mercancía con la que comercian vuestros padres, sin poder de elección, ni opinión.
Pasáis de ser objetos al uso de vuestras familias a objetos al servicio de un esposo.
Yo elegí ser skjaldmö , nadie me lo impuso; ésa es la diferencia.
Ante su aplastante explicación no pude más que asentir.
En efecto, aquel confín del mundo, conocido por el resto como una civilización bárbara y sanguinaria, poseía una de las sociedades más respetuosas con la figura femenina.
Una figura exactamente igual a la del hombre, con los mismos privilegios y los mismos mandatos.
Una sociedad libre, sin restricciones absurdas en cuanto a género, sin imposiciones éticas, ni sometida a la constante vigilancia de un dios intolerante y censurador.
Sus dioses apenas se entrometían en la vida de sus fieles, excepto para recibir sacrificios, todos dedicados a pedir algo de ellos.
Sólo manifestaban sus designios a través de las piedras rúnicas y de los vacuos ojos de los oráculos.
Dioses que no juzgaban, ni castigaban; dioses sin representantes humanos, sin ley, ni palabra.
Dioses tan afables como iracundos, tan desmedidos como sus gentes y con tantas leyendas y aventuras que no había noche que no escuchara una nueva hazaña de Odín, de Thor, de Loki, de Balder, de Tyr, de Freyr, de Niord y de tantos otros que hubieran necesitado varias Biblias para abarcar sus enrevesadas gestas.
Cuando salimos a la explanada donde se alzaba el gran skáli , descubrimos varios alazanes de guerra, nerviosos, piafando impacientes, atados al poste junto a la escalera.
Asleif fijó los ojos en el estandarte que ondeaba clavado en la tierra, y se envaró al instante.
—Son mensajeros.
Ascendimos con premura la escurridiza escalinata y atravesamos ávidas de calor y de conocimiento los grandes portalones.
En el interior, se respiraba malestar, tensión y preocupación.
Los hombres se apiñaban en torno al trono, en un círculo cerrado donde flotaban graves susurros. Tres guerreros de aspecto fiero y expresión hierática permanecían de pie, cruzados de brazos, aguardando lo que parecía una decisión.
En los bancos de alrededor, las mujeres preparaban la comida, afanosas, pero expectantes.
Asleif me condujo a unas banquetas cercanas al alargado hogar, donde humeaban calderos colgantes, y me pasó una gran jarra de cerveza.
—Entra en calor, Freya, esto no pinta bien. Reza a los dioses por no tener que partir ahora.
Me arrebujé bajo la suave capa de pelo y contemplé las llamas del hogar, sumida en mis propias inquietudes.
Eyra ya sabía quién preparaba el brebaje, pero aquel anciano apenas salía de su cabaña.
Nuestra única posibilidad radicaba en la joven muchacha que lo ayudaba con sus remedios.
Ella era los ojos del anciano, y a ella debíamos embaucar.
Y sólo conocíamos a alguien capaz de prendar a todas la muchachas del poblado. Hiram.
Deslicé la mirada hacia el apuesto guerrero que conversaba con Erik, claramente ofuscado. No podíamos partir a la batalla sin haber liberado a Gunnar de las garras del brebaje, era esencial aclarar su mente cuanto antes.
Más allá en una de las esquinas del fondo, Ragnhild maniobraba con delicada destreza un gran telar; a su lado se encontraba su hermano Guthorm, el anodino chiquillo que apenas hablaba, enfermizo y siempre ausente, como si no deambulara por el mundo real y que estaba presto a partir, por deseo expreso de su hermana mayor, al día siguiente a su tierra, Stein, con el fin de que lo instruyeran en el arte de las armas y lo enseñaran a ser rey, como le correspondía por derecho.
A través de la todavía escasa urdimbre, sentí su cerúlea mirada clavada en mí. Bajé la vista incómoda y bebí hoscamente un largo trago que se derramó por mi barbilla.
—No pareces una mujer del norte, pero tienes los modales de cualquiera de nuestros guerreros —apuntó Asleif reprobadora.
—Ahora es lo que soy.
—Ten cuidado, Freya; como sigas así, hasta es posible que se te hinche la entrepierna con un buen par de peludas...
Alcé la mano y casi escupí el trago ante la ocurrencia.
Reprimí una carcajada ante la inquietante mirada de Halfdan, que se había puesto en pie con expresión huraña.
Un hombre alto y delgado, de mediana edad, que había permanecido de espaldas a mí, giró el rostro hacia Halfdan lo suficiente para que yo lo reconociera.
Un sentimiento de repulsa feroz me asaltó, inmovilizándome. Un odio visceral comenzó a quemar mis entrañas, haciéndolas hervir. Una cólera despiadada desgarró mi interior con tal fuerza que casi sentí desmoronarse cada fibra de mi cuerpo.
Trémula y pálida, me puse en pie, luchando contra el impulso de desenvainar mi acero y alimentarlo con la sangre del más perro de los hombres.
—Parece que acabas de ver un espectro —murmuró Asleif con preocupación.
—Peor, un demonio —siseé entre dientes.
En ese preciso instante, el jarl Harald el Implacable, el miserable que me violó y golpeó, el cobarde que casi mató a Gunnar a latigazos, el rufián que esquilmaba a sus hombres y devastaba poblados a su paso, siguió la mirada de Halfdan, encontrándose conmigo.
Mi mano aferró la empuñadura de mi espada con fuerza.
La sonrisa pertinaz y complacida que me dirigió me provocó náuseas. Dedicó a Halfdan unas palabras al oído, y éste asintió quedo.
Thorffin, Erik, Ragnar, Hiram y Sigurd se dirigieron hacia mí, rodeándome a modo de protección, pero cuando el jarl recorrió el largo pasillo y estuvo a mi altura, me salí del círculo y me planté ante él con mirada entornada y letal. Ignoré el rumor a mi espalda y forcé una taimada sonrisa.
—Acabo de recordar que dejé una cena a medias —pronuncié con acentuado desprecio.
Los pequeños ojos azules del hombre reverberaron con una chispa de maléfico regocijo.
—En cambio, yo terminé la mía —susurró acercando retador su rostro al mío. Esbozó una sonrisa triunfal y se relamió con detenimiento.
De un movimiento veloz e impulsivo, liberé mi espada y apoyé el filo en el cuello del hombre.
—Adelante, maldita loba, que termine tu espada lo que tus dientes no consiguieron.
—¡Freya!
Halfdan avanzó a grandes zancadas hacia nosotros. Un tenso silencio inundó la estancia.
—No, repugnante perro cobarde, no segaré tu vida con tanta misericordia; el beso de mi espada sería demasiado benévolo para lo que mereces —escupí en susurros—. Cuando llegue el momento, te doblegarás de dolor y me suplicarás morir.
Me sostuvo la mirada con ferocidad, derramando sobre mí una letanía de silenciosas amenazas que supe interpretar a la perfección.
—¡Baja esa espada, mujer! —bramó el rey—. ¡Ofendes a mi aliado!
Clavé mi febril mirada en el rey, asombrada y furibunda.
—Los dioses son caprichosos, loba, ahora lucharemos del mismo lado —masculló Harald; su tono erizó mi piel—. Aun así, no bajes la guardia, puede que desee cenar de nuevo.
Estiró sus delgados labios en una sonrisa cínica y desagradable, en la que rezumó la promesa de un próximo encuentro, y me esquivó prosiguiendo su camino hasta la puerta de entrada, seguido por sus hombres.
Entonces, todavía trémula, me encaré con Halfdan.
—¿Tu aliado? —casi grité furiosa.
El rey me fulminó con la mirada. Su rostro se ensombreció con un paño amenazante.
—¡No te atrevas a cuestionar las decisiones de un rey, mujer. No azuces mi ira más de lo que ya lo haces!
—¿Te fías de ese perro traidor y mezquino?