Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Ese perro, como lo llamas, me ofrece la cabeza de Hake el Berseker, y el fin de la revuelta.

La furia me sacudía. Mi pecho se agitaba entre jadeos sofocados, y mis puños se cerraron con frustración e impotencia.

—Eres un necio si piensas que te dice la verdad.

De pronto, Halfdan apresó mi brazo y me pegó a su pecho. La ira también bullía en él. Sentí sus dedos clavándose en mi piel con brusquedad.

Inclinó el rostro hacia el mío y, casi rozando su frente con la mía, me clavó sus oscuros y rasgados ojos con acusado rencor.

—Sí, soy un necio —siseó en un estirado susurro—; ¿acaso puedes pensar otra cosa de mí, después de lo de anoche?

Me soltó de un empujón que me hizo trastabillar hacia atrás. Tras una última mirada admonitoria, me dio la espalda y se encaminó hacia sus hombres.

Asleif cubrió mis hombros con su largo brazo y me atrajo hacia ella.

—Estás cometiendo muchos desatinos, Freya, no tientes más tu suerte —me aconsejó en tono apaciguador.

—¡Freya!

Una gran y oronda mujer, de cabellos de fuego y mirada entusiasmada, casi se abalanzó sobre mí y me estrujó con fuerza entre su voluptuoso pecho.

—Hola, Inga.

Inga la Roja, con la mirada empañada y una sonrisa titilante de emoción, me cogió de los hombros y me sacudió como si fuera un fardo.

—¡Por todos los dioses! Cuando me dijeron que estabas viva, apenas podía creerlo.

—Lo está, de momento —musitó una voz reprobadora—; roguemos para que su necedad no malogre todo mi esfuerzo.

Me volví para enfrentar la ofuscada mirada de Eyra.

Con un rotundo gesto me obligó a acompañarla hacia un rincón apartado. Hiram hizo ademán de acompañarnos, pero Eyra negó furiosa con la cabeza. En ese momento advertí que el guerrero esquivaba huraño mi mirada.

—¡Escúchame bien, muchacha estúpida! —imprecó entre dientes—. No hay mayor error en la vida que abusar de la confianza en uno mismo. Juegas con los sentimientos de un rey frustrado, y eso no sólo es temerario, sino que se volverá en tu contra.

—Este juego no lo empecé yo —repliqué altanera.

—Pero habrás de acabarlo —advirtió con gravedad.

Bufé furiosa, y me froté vehemente el rostro con las manos.

—El rumor se ha extendido por toda la aldea —murmuró Eyra, lanzándome una mirada cargada de reproches.

—¿De qué rumor hablas?

—Anoche tú misma te nombraste la nueva amante del rey. Y peor aún... de la reina.

Abrí los ojos con harto asombro; un incómodo calor prendió en mis mejillas, y un agudo malestar me inundó como una fría llovizna inesperada.

—Yo... no...

—Da igual lo que realmente pasara en esa alcoba —interrumpió Eyra tajante—.

Lo único que importa es lo que todos creen en este preciso instante, pero no es eso lo que debe preocuparte, no.

Lo que ha de preocuparte es cómo reaccionará Gunnar cuando se entere.

Temo su reacción, porque, de todos los enemigos a los que se ha enfrentado, Halfdan es el más peligroso. Y tú pareces haberlo olvidado.

—Todo —silbé entre dientes. El fuego reconcomía mis entrañas, estrujándolas con furiosa impotencia—, todo cuanto he hecho, cada paso, cada palabra, cada mirada, ha sido para liberar a Gunnar, para acercarlo a mí de nuevo.

Y, óyeme bien, estoy dispuesta a todo por él.

No me importa lo profundo que tenga que descender a los infiernos con tal de recuperarlo.

La mirada de Eyra, sabia y afectada, me taladró un instante, en el cual mi corazón se asomó a un abismo al que me negué a mirar.

—Ya has descendido, Freya —susurró cogitabunda—, quizá demasiado. Espero que logres ascender, pero lo que realmente anhelo es que lo que encuentres en la superficie sea lo que buscas.

La anciana soltó el aire contenido casi con desidia. Hundió los hombros con profundo abatimiento y se alejó con pesadez, marcando en cada paso la pena que la acompañaba.

Punzantes lágrimas quemaban mis ojos, y cada fibra de mi cuerpo se crispó con una angustia que me cerró la garganta, agriando el aire que respiraba en cada trabajosa bocanada.

Oí unos pasos tras de mí; supe a quién pertenecían.

—¿Quién ha propagado el rumor?

Me encaré a Hiram; en su mirada brilló una honda decepción.

—Ésa no es la pregunta —musitó él en un rasgado hilo de voz—. La pregunta es si de veras es un rumor.

Algo imperioso, irascible y enquistado impulsó mi mano hacia la mejilla del guerrero.

Maldije aquel impulso incluso antes de que mi mano terminara el recorrido hacia su cara.

La cabeza de Hiram giró en la dirección de mi golpe.

Ni yo misma fui consciente de la dureza que acababa de imprimir contra él.

Los celestes ojos del guerrero se oscurecieron en el acto, velados por el asombro, un evidente rencor y una terrible certeza. Fue la última de sus emociones la que más lamenté.

—Lo... siento... yo...

—No es a mí a quien has de pedir disculpas —sentenció cortante—, ni siquiera a Gunnar.

Lo miré sin entender; rebusqué en la acusadora mirada del hombre y encontré tantos puñales en ella que hasta yo sentía el feroz rechazo que le provocaba.

—Es a ti misma.

Aquello me superó. Sabía la cantidad de ojos que en ese momento me condenaban, el alcance de cuanto susurraban, la maleficencia de sus juicios y la inquina de sus pensamientos, y, aun así, alcé orgullosa la cabeza y los fulminé con la mirada.

Cuando volví a depositar la mirada en Hiram, una trémula llama de convencimiento animó mi semblante y reforzó mi determinación. No importaban los pasos, tan sólo el fin, y a aquello me agarraba.

—En efecto, Hiram, sólo a mí conciernen mis actos, y puedo asegurarte que soy plenamente consciente de ellos. Quizá sus consecuencias no me favorezcan, pero estoy segura de que lo que los ha impulsado será lo bastante grande como para no tener que justificarlos, ni ante mí, ni ante nadie.

—Te arriesgas demasiado —opinó con acritud.

—Cuando se ha decidido luchar, te expones a todo. Y luchar es la única elección que se me ha brindado.

Una tibia sonrisa destensó sus facciones, a pesar de que la pesadumbre seguía empañando su mirada.

—Espero que esa lucha no acabe también contigo —murmuró antes de alejarse.

—Yo también lo espero —pronuncié para mis adentros.