Capítulo 24 #2
Me envaré incómoda, intenté revolverme, pero el muy rufián sujetaba nuestras cabezas impidiendo cualquier retroceso.
Noté la húmeda calidez de la mujer acariciando mi lengua, suave y delicada, con tan prolija dedicación, con tan almibarado tacto, que me sorprendió.
No sentí pasión, ni deseo físico, pero tampoco repulsa.
Acepté el beso sin responder como debiera, trémula y confusa, con una amalgama de emociones dispares y contrapuestas.
Cuando nos separó Halfdan y logré enfocar la mirada sobre él, no fue un hombre lo que vi, sino un animal desquiciado y desgarrado por una pasión que lo consumía.
—He sido bendecido por los dioses —siseó en un susurro contenido—. Y ahora, loba, voy a descargar en ti todo mi poder.
Ya se abalanzaba sobre mí cuando lo detuve apoyando de nuevo las manos en su férreo y agitado pecho.
—Tómala a ella primero, mientras contemplas cómo me preparo para ti —sugerí ardiente.
Halfdan entrecerró sus brunos ojos, y finalmente esbozó una sonrisa maliciosa.
—Esta vez no escaparás de mí —advirtió artero—. Dejaré que veas el goce que voy a procurarte; así alimentaré tus ganas, y me recibirás con el mismo anhelo que me rompe por dentro.
Apenas asentí, él se cernió sobre su esposa, que ya lo aguardaba con las piernas abiertas y mirada hambrienta.
Y medio incorporado, apoyado en las manos, con los poderosos brazos tensos y sus ojos devorándome, embistió a Ragnhild con tal brusquedad que la mujer emitió un grito sofocado, en el que flotó un leve matiz triunfal.
En cada embestida, su larga melena negra se agitaba ocultando parcialmente su rostro, pero, entre las oscuras guedejas, sus ojos refulgían con una intensidad que me secaba la garganta.
Arremoliné mi camisola en torno a mis muslos, haciéndole creer que mi gesto era provocador y ansioso.
Pero, en verdad, sólo rebuscaba entre el bajo de la prenda la pequeña abertura por la que había introducido el diminuto saquito de sarga con aquellos polvos ocres.
Raíz de mandrágora, un preparado que sustraje de los potes de Eyra. Recé para que surtiera el efecto inmediato que se le atribuía. Si no lograba arrebatarle la consciencia a Halfdan, él lograría arrebatarme algo que no estaba dispuesta a entregarle por voluntad propia.
Me arqueé, cerré los ojos y gemí, hundiendo una de mis manos en mi entrepierna, mientras con la otra sujetaba fuertemente el saquito con el preparado.
Los turbios ojos del hombre me devoraban con una voracidad tan atroz que casi pude sentir sus manos en mi piel, su boca en la mía, y su virilidad penetrándome.
¿Era tan poderoso su deseo que lo percibía de modo tan tangible sobre mí?
¿Sería realmente capaz de contener a aquel hombre que rezumaba tan abrumador anhelo?
¿Podría besar de nuevo a Gunnar sin pensar en este momento?
La última pregunta me sacudió con fuerza y la repulsa que no sentí ante ninguno de mis recientes actos me sepultó de pronto.
Entre los jadeos entrecortados de Ragnhild, los sofocados gruñidos de Halfdan y mis gemidos, que ya casi eran lamentos incontrolados, supe de alguna manera que acababa de traspasar una frontera demasiado peligrosa, adentrándome en un mundo incierto y oscuro del que quizá no sabría escapar.
Mis ojos se encontraron con los de Halfdan y, asaltada por un impulso, me erguí hacia él y lo besé. Tenía que asegurarme de que no se reservaba para mí. Enredé mi lengua en la suya y la froté con urgencia. Y, aferrada a su cuello, sacudida por sus embistes, sentí la inminente tensión del hombre.
Clavé las uñas en su espalda, se arqueó hacia atrás y gimió su liberación en mi boca. Se detuvo todavía hundido en Ragnhild, pero sin dejar de besarme. Cuando logré separarme, el brillo de su azabache mirada puso finalmente nombre a aquello que me negaba a creer.
Sentí deseos de llorar, sentí el irrefrenable impulso de salir corriendo de aquel maldito lugar, de gritar a la noche y de maldecir el día, pero en cambio sonreí.
—Descansa, gran rey —murmuré con fingida dulzura—. Aguardaré a que recuperes tu vigor.
Halfdan negó con la cabeza, dibujó una inclinada sonrisa ladina, se separó de su esposa y se abalanzó sobre mí, obligándome a tenderme de nuevo en el revuelto lecho.
—No, gran loba, no tendrás que esperar, uno solo de tus besos resucitarían a un muerto. Es tu turno y, por fin, el mío.
Alarmada y temerosa, manipulé torpemente entre los dedos el saquito, entreabriéndolo lo suficiente para untar la punta de mis dedos en el interior.
—Tenemos toda la noche —susurré perfilando con la otra mano su marcado mentón—. No nos apresuremos, nos queda mucho que jugar.
—Pero, esta vez, será un juego sólo entre tú y yo —musitó rotundo.
Y haciendo un desdeñoso gesto con la mano, despidió a su joven reina, que me dedicó una mirada indescifrable antes de obedecer.
Lo empujé traviesa para ganar tiempo y movilidad, y conseguí rodar sobre él, para invertir las posiciones.
Y a horcajadas encima de sus caderas, me tumbé sobre su pecho, mordisqueé coqueta sus labios, y me alcé de nuevo para observarlo.
Dejé que se embebiera de mi cuerpo; el escote rasgado mostraba completamente mis senos, que capturaron toda su atención.
Era justo lo que buscaba. Cuando alargó las manos hasta mis pechos y los cobijó en ellas, aproveché para acercar las mías a su rostro.
—Por Odín, Freya, me secas la garganta.
Su tono fue acariciador, casi conmovedor.
Mi nombre en sus labios, pronunciado de aquella forma, como si paladeara con deleite cada letra, evaporó cualquier atisbo de duda respecto a lo que albergaba su pecho.
Era mío, sin yo pretenderlo, sin yo quererlo, sin ni siquiera soportarlo.
Sin embargo, lo valoré, y mucho; era mi herramienta y yo la mano que la empuñaría.
No presté atención a su profunda mirada, ni a su respiración entrecortada, ni a la contundencia de sus caricias. Sólo me centré en pasar la yema del dedo untada con el polvo de raíz de mandrágora por debajo de su nariz.
—Deja que baile para ti, mi rey —susurré ondulando las caderas provocadora sobre él. Intentaba ganar tiempo, mientras escrutaba expectante su semblante. De nuevo, y con gesto casual, volví a repasar sus labios, depositando sutilmente el volátil polvo amarillento.
Halfdan atrapó mis caderas y las afianzo contra las suyas. Advertí asombrada la palpitante dureza que mostraba su delirante deseo por mí.
—Temo acabar acostumbrándome demasiado a tus caprichos —gimió afectado—. Todo cuanto haces me atrapa en tus deliciosas redes. Sin embargo he de confesar que claudiqué ante ti la primera vez que te robé un beso.
—Permíteme entonces que robe cuanto desee de ti.
—Me has robado ya tantas cosas que apenas queda nada de mí —afirmó con abrumadora sinceridad—.
Y, aun así, quiero que sigas haciéndolo.
Convertiste a un rey en un hombre desesperado, y ahora, después de esta noche, ese hombre pasará a ser tu esclavo.
Ése es tu poder, loba, el influjo que te otorgaron los dioses para dominar a los hombres.
Me rindo ante ti, a pesar de saber lo dolorosos que son tus mordiscos.
Ése era el poder del que me habló Rashid, hacía ya lo que parecía una eternidad. Entonces no comprendí la magnitud de aquella revelación, pero ahora no sólo era terriblemente consciente de ella, sino que actuaba en consecuencia.
—Eres mío, Halfdan Svarte el Negro, de la misma forma que yo nunca seré tuya.
Su mirada se oscureció, sus dedos se clavaron en mis caderas y su gesto se torció en una mueca furiosa.
—No aspiro a poseer tu corazón, mujer —replicó con gravedad—, pero que desaparezca el Valhalla si hoy no tomo tu cuerpo hasta que desfallezca.
Percibí un ligero enturbiamiento en su mirada, su gesto se relajó y arrugó incómodo la nariz. Llevó la mano a ella y la frotó con insistencia.
La mandrágora comenzaba a afectarlo.
—Tendrás mi cuerpo, y nosotros la libertad —le recordé.
Los párpados empezaban a pesarle, los brazos cayeron laxos a sus costados y la respiración comenzó a ser más lenta y pausada. Sin embargo, consiguió asentir.
—A cambio, perderé la mía —susurró pesadamente.
Y, sin más, se desvaneció, sumido en un letargo sorprendente.
Salí de la cama, recogí mi capa del suelo y me cubrí con ella. Entonces llamé a Ragnhild.
—Lavadle el rostro —le pedí cuando apareció de nuevo—, que no quede rastro del polvo amarillo. Y hacedle creer que fui suya.
La mujer me observó demudada, con una pincelada cogitabunda titilando en su aniñado semblante.
—Y, ahora, cumplid de inmediato vuestra parte del trato, no quiero pasar aquí más tiempo del necesario —exigí, componiendo mis ropajes—. ¿Quién prepara el brebaje que bebe mi esposo?
—El Oráculo —respondió.
Y, de repente, rememoré el intenso hedor que flotaba en la cabaña del Oráculo. Un aroma a bosque, a humedad, ácido y pesado, y, tras esa capa almizclada, el inconfundible efluvio de las hierbas tratadas, de aceitosos ungüentos y de remedios macerados.
Y, con ese recuerdo, me golpeó la última frase del anciano... —«Y ahora marcha, mujer loba; lo último que veré ya de ti serán tus colmillos.»
Abandoné el skáli con un pregunta triunfal regocijándose en mi cabeza... ¿Desaparecería el Valhalla esa noche?