Capítulo 24
El influjo de una loba
Me adentré en el skáli avanzada la noche; caminé despacio, todo lo silenciosamente que pude, cubierta por una gruesa capa de lana gris, la capucha sobre la cabeza ensombreciendo intencionadamente mi rostro, y arropada por toses, ronquidos y respiraciones acompasadas.
Tan sólo iba armada con una fiera determinación y el pequeño ardid que había cosido a los bajos de mi camisola.
Los espesos cortinajes corridos, de un marrón pardusco, ocultaban a la mayoría de los durmientes, pero otros muchos lo hacían sobre los bancos de la mesa, e incluso sobre la larga mesa.
Distanciadas lucernas y un adormecido fuego del hogar apenas alumbraba los rincones, donde se perfilaban cuerpos amontonados, cubiertos por tupidas mantas.
Ojeé a izquierda y derecha mientras aceleraba el paso. Nadie debía advertir mi presencia allí. Era un riesgo que tenía que correr, como lo que estaba a punto de hacer. No obstante, necesitaba la ayuda de Ragnhild y la necesitaba sin pérdida de tiempo.
Sentía el pulso acelerado y unas terribles ganas de darme la vuelta y huir. Me obligué a avanzar y me prohibí pensar cuando me adentré en la alcoba real.
Halfdan dormía boca arriba, con un brazo flexionado, y cubría sus ojos con el antebrazo.
La manta de pelo se arremolinaba en sus caderas, dejando su magnífico torso a la vista.
El tenue resplandor del hogar bañaba sus poderosos músculos de oro, remarcando su cuadrado mentón y la plenitud de sus labios.
Era un hombre imponente, fieramente masculino y apuesto y, aun así, a pesar de que sus cualidades físicas resultaban atrayentes, supe que tendría que imaginar que sus ojos eran verdes, y su cabello castaño claro.
Incluso logrando tan ardua empresa, era probable que no consiguiera solapar el agudo rencor que me provocaba.
A su lado, una hermosa y joven reina se incorporó abruptamente de la cama, me saludó con una sonrisa aliviada y salió del lecho con entusiasta premura.
—Ocupa mi lugar —pidió, cubriéndose con una manta—. Esperaré en la parte de atrás, atenta a tu llamada.
Tan sólo asentí. Aguardé a que desapareciera por una pequeña puerta situada al fondo de la estancia y me dirigí al lecho.
Inmóvil frente a él, de pie, me debatí de nuevo con los urgentes deseos por escapar de allí. Me mantuve ahí, observándolo, preparándome para lo que estaba dispuesta a hacer. Controlaba mis latidos, mi respiración y mis miedos, cuando él abrió de golpe los ojos.
Vi sorpresa en su rostro, que mutó casi de inmediato en un agudo recelo. Se medio incorporó en el acto y se frotó los ojos.
—¿Eres un sueño? —inquirió confuso.
Su voz grave y ronca llegó hasta mí en apenas un susurro.
—No —respondí—. Soy tan real como el deseo que veo en tus ojos.
Descubrí mi cabeza, y me despojé de la capa sin despegar mi mirada de la suya.
Mientras aflojaba los cordones de mi túnica, sentí sus ojos acariciándome.
—Veo que por fin has recapacitado, loba.
Sonreí seductora; los ojos del rey brillaron anhelantes.
—Me apetece jugar, cuervo.
Halfdan alzó una ceja sorprendido, sonrió de medio lado y sus ojos se prendaron del cordel que deslizaba con intencionada lentitud.
—Juguemos, pues —aceptó relamiéndose.
Encogí los hombros y tiré de las mangas hasta que la pesada túnica roja cayó a mis pies. Una liviana camisola apenas dejaba nada a la imaginación; abrí el escote lo suficiente para mostrar una buena parte de mis pechos.
Halfdan se acercó a mí con mirada depredadora. Por primera vez me pregunté si sería capaz de manejar la ansiosa fiereza que contorsionaba su regio rostro.
—¡Por los dioses, mujer, el deseo me quema las entrañas como nunca antes!
Se puso de rodillas en el lecho frente a mí, completamente desnudo y tan enhiesto como los postes de la entrada. Alargó el brazo, atrapó mi cintura y me ciñó a él con impaciente hosquedad.
—Voy a demostrarte de lo que es capaz un rey.
Inmovilizó mi mentón y tomó mi boca con tanta urgencia, con tanta brusquedad, que me sobrecogió.
Su lengua se impuso a la mía, rozándola en círculos, succionándola, paladeándola con denodado delirio.
Exploró cada rincón de mi boca, gruñendo en ella, conquistándola con tanto ahínco, con tanta pasión, que sólo fui capaz de dejarme hacer.
Cuando me liberó, ambos jadeábamos. Su zaína mirada, nublada por el deseo, brillaba con una emoción que no supe nombrar.
—Cuando acabe contigo, loba —susurró con gravedad—, no querrás escapar de mi lecho, no desearás salir de mis brazos ni ansiarás más aire que el que te concedan mis besos.
Me tumbó en el lecho y se cernió sobre mí, acomodándose entre mis piernas.
No sé si fue la intensidad de su mirada, el atisbo de ardiente dulzura que traslucieron sus ojos o su hábil boca depositando húmedos besos en mi garganta.
.. un beso, una mirada, y así de forma alternativa, como si marcara cada palmo de mi piel con su esencia, como si quisiera conquistar algo más que mi cuerpo y mi voluntad.
No sé bien qué fue, pero me estremecí presa de un hormigueo que me desasosegó.
Sabía despertar el deseo de una mujer, de eso no me cabía duda, pues mi cuerpo traidor ya estaba reaccionando a su artera seducción, y fue precisamente esa atracción física la que entró en conflicto con todos los planes que traía conmigo.
Me había prohibido pensar, y en este preciso momento era lo que más necesitaba para enfriar mis ánimos y obrar con juicio.
Cuando el hombre atrapó uno de mis endurecidos pezones a través del delgado lino de la camisola, un gemido escapó de mi garganta.
Llevé las manos a su cabeza y atrapé en ellas oscuros mechones de su abundante cabellera.
Apreté los dientes negándome el placer que sentía.
Halfdan pasaba de un pecho a otro, mordisqueando y succionando, frotándolos repetidamente con su cálida lengua, una lengua que estaba devastando todas mis barreras.
Y, de repente, me apercibí de que apretaba su cabeza contra mis senos, en lugar de alejarla.
Tenía que detener aquello o caería en mi propia trampa.
Logré frenarlo tirando suavemente de su pelo. Halfdan me miró arrobado y abrió con vehemencia el escote de la camisola, rasgando la suave tela.
—Jamás sufrí en mis carnes la inmisericorde punzada del hambre, Freya, hasta que te conocí. Sin embargo, ahora que te tengo a mi alcance, estoy convencido de que no me saciaré nunca de ti.
Posé las palmas de mis manos en su fornido pecho; percibí con claridad cómo él se estremeció ante el contacto.
—La noche que presencié cómo complacías a dos esclavas ante mis ojos, deseé participar, pero el pudor, mis recelos y mi condición me lo impidieron —mentí—. Sin embargo, ahora... —Deslicé los dedos por sus mullidos labios, dejando que apresara uno de ellos en su boca—. Ahora, deseo compartirte.
A través del lujurioso fuego que irradiaban sus negros ojos, asomó un deje de asombro y un atisbo de orgullosa complacencia.
—Preferiría dedicarte esta noche toda mi atención. En otra ocasión satisfaré tus deseos.
—No. —Sonreí sensual, entornando la mirada y pasando intencionadamente la lengua por mis labios—. Me he tomado la libertad de organizar este encuentro. —Giré la cabeza y exclamé en tono más alto—: ¡Ragnhild!
Halfdan se envaró y, siguiendo mi dirección, descubrió a su gentil y joven esposa junto a la estrecha puerta por la que había salido instantes antes.
—¿Qué argucia es ésta? —gruñó confuso.
Abarqué su rostro entre mis manos y le sonreí melosa.
—Es mi deseo —expliqué en un susurro sugerente—. Y sé que el tuyo, mi rey. Tenernos a ambas, y ambas consentimos en ello.
Alzó las cejas con asombro y dirigió una mirada a su esposa, que se acercaba a nosotros desnudándose a cada paso.
Era menuda para ser una mujer del norte, pero de proporciones exquisitas.
De cremosa y tersa piel, pequeños pero lozanos pechos coronados por rosados y constreñidos pezones y piernas bellamente torneadas.
Hermosa y dotada de esa candidez que otorgaba la juventud y la inexperiencia, acentuada por el rubor de sus mejillas.
Cuando llegó hasta nosotros, se tumbó a mi lado y acarició la mejilla de su todavía dubitativo esposo.
Pude ver cómo Halfdan se debatía entre el deseo que lo corroía y la inesperada intromisión de su reina. Intentaba asimilar esa nueva situación, así que decidí ayudarlo.
Lo aferré de la nuca y atrapé su boca con ardorosa vehemencia.
El hombre gruñó lascivo y respondió con idéntico fervor.
Me contoneé bajo su cuerpo, encendiendo su deseo y, cuando liberé sus labios, dirigí su cabeza hasta la de Ragnhild.
Ésta supo en el acto lo que se esperaba de ella.
Imitó mi beso, removiéndose lujuriosa y anhelante.
Cuando Halfdan se separó de ella, clavó la mirada en mí, devorándome con los ojos. Acomodado entre nosotras dos, mientras besaba uno de mis pechos, acariciaba el de su esposa. Era un hombre tan avezado, un amante tan experimentado, que fui incapaz de negarme el placer que me proporcionaba.
No pensé en nada, cerré mi mente a cualquier pensamiento perturbador, a cualquier juicio de valor.
Pues ahora, a estas alturas de mi vida, nadie mejor que yo sabía que lo único importante era el fin, no los medios.
Ya no era una mujer, era una loba sibilina que devolvía dentellada por dentellada, que clavaba sus garras sin piedad en sus enemigos, que engatusaba, manipulaba y utilizaba sus armas sin remordimientos ni dudas, sin compasión, ni reparos.
Mientras besaba de nuevo a Ragnhild, acercó mi cabeza a ellos, obligándome casi a rozar con mis labios la mejilla de la reina.
No esperaba que se separara para empujar la boca de la mujer contra la mía.
Como tampoco supe reaccionar cuando sentí cómo la lengua de la reina entreabría mis labios y, con exquisita dulzura, tanteaba mi lengua.