Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Sentí la mirada hambrienta de Halfdan sobre mis hinchados labios.

—Ella no es vuestra, noble señor.

Halfdan esbozó una media sonrisa y arqueó la ceja izquierda con cínico asombro.

—Tampoco tuya, gusano, y ahora apártate antes de que mi impaciencia se convierta en rencor. Es la segunda vez que me contradices, no habrá una tercera —advirtió enojado.

Hiram me contempló con un amasijo de emociones crispando su bello rostro: furia, anhelo, frustración e impotencia.

Justo cuando pensaba que se retiraría, algo peligroso brilló en su mirada.

Por algún motivo intuí que pensaba enfrentarse a su rey; tensó los hombros y se volvió hacia Halfdan con el ceño fruncido.

Me adelanté a él, colándome entre aquellos dos grandes cuerpos, y me encaré a Hiram, dispuesta a salvarle la vida.

—¡Obedece a tu rey!

A pesar de la autoridad en mi tono, vio la súplica en mi mirada; negué sutilmente con la cabeza, rogándole en silencio que desistiera.

Dio la impresión de debatirse en lo que me pareció una eternidad, hasta que agachó la cabeza vencido y se alejó empujando con el hombro con sequedad a Halfdan, que torció el gesto con furia.

—¿Qué deseáis, rey cuervo? —inquirí con intención de desviar su furia, centrándolo en mí.

Los oscuros ojos del hombre me gritaron la respuesta antes de que sus labios formaran las palabras.

—A ti, mujer.

—Y me tendréis —aseguré—, cuando cumpláis nuestro acuerdo.

—Eso era antes de descubrir que sólo eres una perra lasciva.

Ya se abalanzaba sobre mí cuando lo detuve posando las palmas de las manos en su fornido pecho.

Era más grande que Hiram, más atemorizador, pero también sobrecogedoramente viril, dotado de una masculinidad que azotaba los sentidos, prometiendo placeres casi salvajes.

Sentí su influjo, y esa fiebre traidora que me obnubilaba se alzó de nuevo como una espesa niebla, languideciendo mi consciencia.

—No lo seré con vos —repuse sin mucha convicción. Me mareé y cerré por un momento los ojos.

—Eso ya lo veremos.

Su gran mano me ciñó la cintura y me aplastó contra su pecho; la otra cogió mi mandíbula y la alzó con hosquedad.

Sólo distinguí una sonrisa triunfal, antes de perder contacto con la realidad.

La boca del gran rey cayó sobre la mía, sin admitir réplica.

Aquella lengua no era suave, ni gentil, sino brusca e imperativa.

El voraz dominio del beso acentuó la sensación de irrealidad, sumiéndome en un mundo onírico, pero a la vez en un vívido malestar.

En mi mente comenzó a nacer la negación, la rebeldía.

El lobo se agitó inquieto en mi interior.

Lo notaba cada vez más hambriento, husmeando su alimento: esa ira burdamente agazapada que recorría mi ser, cubierta apenas por un liviano velo de frialdad y control.

—Voy a hacerte mía, Freya, y ni Gunnar ni los dioses van a impedírmelo.

Apenas se separó de mí para arrastrarme por toda la sala hasta el fondo del skáli .

A pesar del mareo y la confusión, me apercibí de que a mi alrededor varias parejas se fundían en impúdicos abrazos, inmersos en besos y caricias como si aquella fiebre que me dominaba se hubiera extendido en una plaga lujuriosa común.

Tras atravesar y sortear el frenesí de mujeres y hombres, riendo, bebiendo y besándose, Halfdan me adentró en sus dominios privados, su lokrekkja , su alcoba, separando los gruesos cortinajes de lana azul.

Me lanzó encima de la cama, y se cernió amenazador sobre mí.

—No imaginas cuánto te deseo —susurró quedo—.

He sufrido, maldita loba. Regodeándote delante de mí todo el tiempo, viéndote entrenar, sintiéndome golpeado por tu poder, por esa sensualidad que emanas a cada paso.

Ninguna mujer se me había resistido nunca; es algo nuevo para mí, y es un tormento que pienso liberar ahora mismo.

—Soltadme —exigí en un apagado balbuceo.

Me sentía sin fuerzas, sin voluntad, desgarrada entre una apremiante necesidad carnal y el deseo de alejarlo a golpes. Sin embargo, supe que mi cuerpo, por algún ladino hechizo, me había despojado de la energía necesaria para luchar contra aquel gigante.

¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué era incapaz de pelear?

—Deja que te muestre las habilidades de un rey, déjate llevar por el placer que estoy dispuesto a brindarte. Cuando acabe contigo, no querrás salir jamás de mi lecho.

Clavó en mí una mirada decidida en la que brillaba su lascivia, se relamió, entrecerró los ojos y tomó de nuevo mi boca.

Noté cómo sus manos abrían con vehemencia el escote de mi vestido.

Apartó la boca de mis labios para enterrarla en mis pechos, que, enhiestos y de pezones orgullosos, se tensaron ante la húmeda suavidad de su lengua.

Cerré los ojos e intenté resistirme al placer, al oscuro deseo que me obnubilada.

Apreté los dientes y mis puños se cerraron sobre la manta de pelo que cubría la cama, que nos ofrecía un lecho cálido y confortable.

Y estrangulé mis gemidos. La lengua del hombre jugueteaba, lamía, mordisqueaba; sus grandes manos abarcaban mis pesados senos, alzándolos mientras rozaba su barba y su rostro contra ellos.

Me mordí el labio inferior y no pude evitar gemir de placer.

No obstante, en lugar de disfrutar de aquel goce, me procuraba un malestar amargo. Tenía que escapar de allí, pero ¿cómo?

De repente, mientras el hombre subía mi falda y acariciaba el interior de mis muslos, provocándome escalofríos, Gunnar llegó en mi ayuda.

Fueron sus ojos, tan verdes como las colinas, tan límpidos como los estanques horadados en la roca, tan brillantes como el reflejo del sol en el acero, los que reforzaron mi decisión y aclararon mi mente.

Mi cuerpo se hallaba preso en la tórrida nube de placer con que Halfdan me castigaba; incapaz de usar la fuerza física, sólo me quedó una opción: dejar que mi lobo encontrara su alimento, la ira, pero vestida de astucia y frialdad.

—Os... os propongo otro trato.

El rey tardó en alzar el rostro de mis sensibilizados pechos.

—Lo único que me interesa ya de ti es lo que estoy a punto de obtener.

Se coló entre mis piernas, arremolinando mi túnica en torno a mis caderas para tener mejor acceso a su premio, y gruñó excitado.

—Tal vez sí os interese saber que la pasión de la que vais a disfrutar os va a costar el reino.

Entonces sí logré captar su atención. Fijó la mirada en mí, confuso e intrigado, pero aún velada por el deseo que lo consumía.

—¡Calla, sólo te está permitido abrir la boca para gemir rendida ante mí!

—¡Condenado bellaco! —proferí con desprecio—. Escucharéis mi propuesta, queráis o no. ¿O acaso deseáis malograr vuestros planes por una mujer, que además no es, ni será, vuestra?

—¡Maldita seas, no atenderé tus locuras hasta haber satisfecho mi lujuria!

Me debatí bajo él fútilmente, maldije carecer de fuerzas, maldije la inusitada languidez que aún me abotargaba. De nuevo recurrí al ingenio.

—De acuerdo —musité—. Tomadme si os place, pero luego no os lamentéis cuando Horik caiga sobre vos.

—¿Horik? ¿El rey de Jutlandia? ¿Acaso Loki confunde tu juicio?

—Sí, Horik, del que esperáis lealtad para luego pagarle con traición.

Halfdan palideció, me estrujó los hombros con sus fuertes manos y me sacudió sobre el lecho.

—¿Qué diantres pasa con ese bribón?

—Pasa que, si no os separáis de mí y juráis no volver a tocarme, pronto sabrá de vuestras mañas. ¿Y qué creéis que pasará cuando sepa que, tras su apoyo, pensáis conquistar su reino?

El semblante del rey se congestionó por la furia, me taladró con la mirada. Crispado y tenso, descargó el puño en el colchón.

—Que no sólo no os ayudará —continué—, sino que buscará alianzas para enfrentarse a vos... y, si su jarl Ragnar Lodbrok acude a su llamamiento, seréis vos quien pierda el reino y la cabeza.

Halfdan me contempló regalándome todo su rencor y frustración; su rictus, rígido y contenido, apenas mostraba lo que debía de sentir en su interior.

—¿Has pensado, pequeña arpía, que nada me impide tomarte como deseo y matarte después?

—Claro que lo he pensado, por eso ya dispuse a alguien que partiera con mi mensaje si me sucedía algo.

Sostuvimos la mirada desafiantes y retadores, nariz con nariz, respirando agitados. Halfdan frotó su endurecida virilidad contra mi entrepierna en gesto frustrado, masculló una maldición y se apartó.

—Eres una víbora astuta y cruel. Esta vez ganas, mas te aviso: no sé cómo ni cuándo, pero serás mía, vas a pagar cara tu osadía. Nadie intimida a un rey y sale indemne.

Salió de la cama y me contempló pensativo.

Me incorporé y me puse en pie dispuesta a alejarme a la carrera, ocultando mi alivio, pero Halfdan se interpuso en mi camino.

—Aguarda.

Lo miré con extrañeza y temor.

Sonrió malicioso y se despojó ante mí de su camisola. Su enorme pecho, adornado de temibles músculos, duro y moldeado, con una leve pincelada de vello oscuro en el centro, aguijoneó mi bajo vientre. Por fortuna, logré mantenerme impasible ante su escrutinio.

—¡Dejadme salir!

—Todavía no.

Asomó la cabeza a través de la cortina e hizo un gesto de aviso.

—No puedo tocarte, ¿no es así?

Negué con la cabeza, expectante y alerta.

Casi al instante aparecieron dos esclavas; eran esbeltas, de cabellos claros como el trigo en verano y ojos azules, una más bonita que la otra. Me observaron con demasiado interés. Una de ellas se relamió lasciva.

—Ellas tampoco —puntualicé nerviosa.

Halfdan rio mientras cogía a las mujeres y las conducía al lecho.

—Sería interesante —admitió—, pero no hallaría goce en ver cómo te tocan sabiéndote vetada para mí.

En cambio... —hizo una pausa para desasirse de sus calzas.

Su miembro basculó pesado, enhiesto y altivo; tragué saliva y desvié la mirada rauda hacia su rostro a tiempo de ver una sonrisa engreída—.

.. en cambio... —repitió mientras subía al lecho y se arrodillaba frente a mí esperando que las esclavas se desnudaran—.

.. gozaré de ti de otra manera, una muy singular.

Y no vas a moverte de ahí hasta que te lo ordene, a menos que quieras ver a Hiram azotado hasta morir.

Sentí la garganta reseca y el pulso alocado en la sien, sólo fui capaz de asentir.

Las mujeres, libres de sus vestiduras, se pusieron una a cada lado del hombre; los tres estaban de rodillas sobre el lecho, frente a mí.

Halfdan rodeó a ambas por la cintura y me dedicó esa media sonrisa sardónica y pendenciera que lo caracterizaba.

Luego, besó a una de las mujeres al tiempo que me echaba fugaces vistazos.

Se inclinó y cogió uno de los pezones de la otra mujer y lo lamió sin dejar de mirarme.

Su mano se escurrió entre las piernas de la esclava y acarició su dorada femineidad arrancando reiterativos gemidos de su garganta.

Volví la cabeza escandalizada.

—¡Mírame, maldita loba! —exigió feroz—. No te atrevas a despegar tus ojos de los míos.

Obedecí y presencié sus juegos sexuales, entre avergonzada, irritada y excitada.

Halfdan era diestro en las artes amatorias, sabía cómo complacer a una mujer; en realidad colmaba a dos con bastante fortuna. Aquel trío ya llevaba tiempo entrenándose en aquellas lides, adiviné.

Una de las esclavas se inclinó hacia delante, apoyada en sus manos, ofreciéndose ardiente al hombre, arqueándose y elevando las nalgas.

Halfdan se puso tras ella, la tomó de las caderas, se inclinó y lamió la curva de su espalda, con la mirada engarzada en la mía.

Azotó juguetón la nalga izquierda de la mujer, y se irguió ante mí, con semblante grave y contenido.

Retrocedió de forma somera y de un solo envite se introdujo en ella, arrancando el largo y placentero gemido de la mujer que sacudía febril su larga melena.

Halfdan, con el rostro parcialmente cubierto por su negra y lacia cabellera, copulaba con ferocidad frente a mí sin despegar sus ojos de los míos.

Recogió en su puño la melena trigueña de la esclava con la que fornicaba y la obligó a incorporarse, deslizando la mano hacia el sexo de la mujer, acariciándolo al tiempo que la penetraba.

Los gemidos, jadeos, gruñidos, los golpes secos de la carne contra la carne, el aroma almizclado que manaba del goce carnal, la tentadora imagen del placer desatado, todo embriagaba mis ya debilitados sentidos.

Fascinada al ver aquella escena, mi cuerpo traidor se sacudió por una aguda punzada de deseo. Pude sentir la humedad de mi entrepierna. Recé por no mostrar mis emociones.

—Descubre tus pechos y acaríciatelos —ordenó Halfdan.

Paralizada, lo contemplé con sofoco.

—¡Ahora, maldita sea, o me importarán un bledo tus amenazas!

Retiré las dos bandas de lana plisada que cubrían mis pechos y se los mostré.

Comencé a acariciarlos, y no pude contener un gemido.

Halfdan cerró los ojos con semblante atormentado, pero, cuando de nuevo los abrió, vi tal deseo en ellos que temí un ataque.

No obstante, se centró en la cópula incrementando el ritmo de su embates.

Tomó en sus manos los pechos de la esclava y los amasó con frenesí sin dejar de embeberse de los míos.

Finalmente, un grito quebrado y largo anunció su liberación.

—Freyaaaa...

Era a mí a quien tomaba usando otro cuerpo.

Abrumada y sobrecogida por la situación, por su bruna y encendida mirada, sentí un aleteo nervioso en mi vientre.

Sólo deseaba salir corriendo, huir de él, de todos, y correr, correr tras mi vida, esa que parecía esconderse de mí, detrás de unos ojos verdes.

—Algún día... loba, algún día... y entonces... no necesitaré ninguna otra mujer. Puedes irte.

Ésa fue la única orden que acaté con premura, impaciencia y agrado.