Capítulo 14 #2
Uno de los hombres elevó su cántico con los brazos alzados al cielo; en una mano, un cuchillo, y en la otra, un cuenco.
Pidió a los dioses venturas para el pueblo y, nombrando a Odín, a Freyr, a Njörd, a Thor y a Balder, descendió el cuchillo hacia la garganta del animal y lo degolló con precisión.
La gente clamó exaltada y saltaron y bailaron en torno a la hoguera, disfrutando del sacrificio.
Uno a uno fueron untados con la espesa y cálida sangre del animal, luciendo en sus frentes la marca de los dioses complacidos.
Hiram se puso a mi lado y contempló pensativo la inmensa hoguera.
—Algo va mal.
Lo observé. Su apuesto perfil, en el que parpadeaba el refulgir del fuego, permanecía impasible. Parecía una hermosa talla, que algún escultor virtuoso hubiese modelado en un arranque de sublime inspiración.
—Todo va mal —completé taciturna.
Hiram sostuvo mi mirada, compartía mi desazón.
—Gunnar debería haber llegado ya, el emisario que mandaron dijo que los había visto cerca de Agder, y esa aldea está a un par de jornadas de aquí.
Observando el fuego, me perdí entre sus ondulantes lenguas rojizas, entre sus brillantes crepitaciones, entre sus voraces crujidos devoradores.
.. y me sentí su igual. Esa misma intensidad crecía en mí, vibrando en mi interior, quemando mis entrañas, aumentando su fulgor. Poderoso, se iba adueñando de mi ser.
—Salgamos a buscarlo —propuse sin dejar de deleitarme en el influjo que ejercía la hoguera.
Los maderos que habían dispuesto formando un alto cono se desmoronaron quebrados y calcinados, y sus crujidos resonaron en la noche, liberando un humo blanquecino que zigzagueaba en volutas que opacaban la límpida oscuridad del cielo.
Aspiré el pronunciado aroma a madera quemada que manaba de la hoguera, y cerré los ojos.
Inesperadamente, algo despertó dentro de mí. Era un conocimiento; sonreí.
Ese poder que latía incipiente dentro de mí, esa ira que ahora anidaba en mi interior y que crecía a un ritmo vertiginoso, era el alimento del lobo que moraba en mí, y que lo convertiría en un ser temible, siempre y cuando mi sagacidad y frialdad lograran manejarlo.
Sí, habría de mostrar mi astucia, mi frialdad.
Atrás quedarían la piedad, la confianza, la ingenuidad, la súplica, y hasta el honor.
Como le había señalado a Halfdan durante nuestra pelea, en la guerra todo vale.
Y, ahora más que nunca, debía usar las más sucias tretas si quería embaucar a un taimado halcón.
—Esperemos dos días más; si no ha vuelto, partiremos en su busca —convino Hiram.
Seguimos a la multitud hacia el interior del skáli ; allí la fiesta comenzaba.
Toda clase de manjares se disponían en las largas mesas que habían colocado alrededor del hogar; la gente comía y bebía, alborotaba, y disfrutaba con frenesí. Me despojé de la capa, y tomé asiento en un extremo, junto a Hiram, Valdis, Jorund y Eyra.
Contrariamente a otras ocasiones en las que el abatimiento había arruinado mi apetito, tenía hambre. Pinché con mi puñal un faisán asado y condimentado con hierbas aromáticas, y lo mordí con saña. Masticaba y mordía escuchando la algarabía, pero sin mirar nada, excepto mi plato.
—Tienes peores modales que Fenrir —murmuró Eyra reprobadora—. No olvides que estás frente a un rey.
Entonces, alcé el rostro y lo encontré observándome.
—En lo que a mí respecta, ni siquiera es un halcón —repuse indiferente, ante la expresión confusa del resto—, tan sólo un cuervo molesto.
—Pues, por cómo te mira, creo que ese cuervo tiene hambre, y no es alimento lo que precisa —repuso Valdis.
Hiram se mostró enojado y huraño, y aquella actitud despertó la lengua de la joven, que aquella noche lucía su hermoso pelo rojo en un trenzado recogido bastante favorecedor.
—Claro —agregó—, tras probar el primer bocado, no desistirá hasta hacerse con la pieza entera.
—¡Cállate, Valdis! —gruñó Hiram.
—Es cuestión de tiempo —continuó desafiante—. ¿O acaso no te has dado cuenta de que tendrá retenido a su esposo hasta hacerse con ella?
Por la expresión del guerrero, supe que él también temía lo mismo.
—Estás equivocada —refuté, despegando un muslo de la grasienta ave con un movimiento brusco—. Es justo lo contrario, arde en deseos de que regrese.
Todos me miraron con las cejas alzadas y expresión desconcertada.
Ni siquiera Eyra tenía conocimiento del pacto; no había considerado importante contárselo, pues no pensaba cumplirlo.
—Sea como fuere —agregó la muchacha—, tu marido es un estorbo para él. Y a los reyes no les gustan los impedimentos.
Alcé el rostro del plato y la miré pensativa.
—Yo soy el impedimento, Valdis, sólo yo, mas me temo que tendré que aclarárselo debidamente.
—¡Freya! Actúa con prudencia, ese exceso de confianza puede obrar en tu perjuicio —aseveró Eyra indignada—. Te comportas de un modo extraño.
—Actúo como me dejan que lo haga —alegué con gravedad—, con la frustración de un animal acorralado... pero, descuida, sabré encubrirlo, dispongo de las mañas adecuadas.
Y no bien terminé de hablar, clavé los ojos en los del rey, quien, a cierta distancia y rodeado de sus hombres de confianza, me observaba con la rapacidad prendada en la mirada.
Le sonreí seductora mientras bebía de mi copa.
—Una cerveza deliciosa a mi parecer, ¿no es cierto, Hiram?
Éste, que arrugaba el ceño y parecía tener dificultades en reprimir su malestar, se limitó a asentir.
—Vaya, parece que tienes claro tus fines, Freya —adujo Valdis complacida—. Otros parecen obcecados en imposibles.
Hiram la fulminó con la mirada, y la chica sonrió triunfal, aunque detecté un leve velo compungido en sus rasgados ojos azules.
—Hoy estás muy hermosa, Valdis —la adulé—; seguro que esta noche algún guerrero buscará tus atenciones.
Hiram puso los ojos en blanco y resopló.
—Captará la atención de algún incauto, siempre que no abra la boca.
—Cierra la tuya, patán, y dedica tus cortas entendederas a seducir esclavas, que son las únicas que podrán soportar tu vanidosa necedad.
—¡Valdis! —exclamó enojado Jorund—. Muestra respeto a quien te proveyó de protección. Nos han ayudado, no seas ingrata.
—No he empezado yo, padre, sólo respondo a sus insolencias.
Eyra y yo nos miramos y sonreímos subrepticiamente.
—En eso dice verdad la joven —intervino Eyra—. Hiram, puesto que ya conoces su genio, no es muy sensato acicatearla.
—Mi comportamiento con ella sólo es culpa de sus continuos ataques —se defendió el guerrero—. Parece estar siempre en guerra conmigo.
—Tal vez sea hora de sellar la paz —propuse—. Un baile puede ser el principio.
Miré al corro de bailarines que se había formado, y que jaleaban a los más vivaces.
La música aderezaba la celebración derramada por flautas traveseras, mandolinas y tambores, y una modulada voz grave cantaba las gestas de los dioses en estrofas largas y armoniosas, que más de uno repetía, animando la velada.
Un muchacho de cabellos castaños y facciones agraciadas se acercó a donde estaba Valdis esbozando una sonrisa, la cogió por el codo y la sacó a bailar. No me pasó desapercibida la mirada escrutadora que dirigió a Hiram.
Al instante, el guerrero se puso en pie y me cogió del brazo.
—Bailemos.
Accedí tras apurar mi copa. Acalorada, me desprendí indolente del chaleco de pelo de castor y me uní a la multitud que danzaba.
Nos adentramos en el corro que habían formado y giramos, saltamos y reímos al son de alegres melodías. Los hombres que aún permanecían sentados a sus mesas restallaban las palmas de las manos contra el tablero, siguiendo el ritmo de los tambores.
En parejas, se adelantaban bailando en el centro del amplio círculo de danzarines, entre palmadas, risas y silbidos.
Hiram me arrastró con él y, de la mano, giramos juntos. El guerrero sonreía con diversión, y entusiasmado me guiaba en un baile frenético.
Me dejé llevar por la euforia, abotargada de dolor, alcohol y resentimiento. Sentí ganas de rebelarme contra el mundo, contra los hombres y contra los dioses.
Me sentía mareada, embotada y ardiente, pero, por encima de todo, desesperadamente necesitada.
No sabía qué me estaba sucediendo, sólo era apenas consciente de que mi cuerpo despertaba, de que el hambre carnal tomaba el testigo de mi voluntad, de que mis pezones se endurecían suplicantes, mi boca se entreabría clamando un beso y mi entrepierna gritaba su soledad.
Movida por un impulso, me abalancé sobre Hiram y, colgada entre sus brazos, me embriagué de su obnubilada mirada azul.
—Ardo, Hiram...
Y sin añadir más explicación, me lancé a su boca.
Sobresaltado, permaneció inmóvil y confundido, mientras yo lograba que mi lengua se filtrara solapada y buscase la suya.
Envarado y tenso, me aferró por los hombros con la intención de alejarme, pero yo gemí y froté mi cuerpo contra el suyo; aquello debilitó su decisión.
No tardó en reaccionar sucumbiendo a mi pasión. Sus manos recorrieron mi espalda, se arqueó sobre mí y me besó con voracidad, desatando su hasta ahora contenida presa de emociones.
—Freya —susurró contra mis dientes, y de nuevo me besó con delirio.
Lo deseaba, me urgía poseerlo, y al mismo tiempo mi conciencia batallaba por hacerse con el control.
Debía detenerlo, debía detenerme; sin embargo, logramos desplazarnos a un rincón sin despegar los labios.
Hiram me inmovilizó con su cuerpo, mientras sus manos se filtraban por la abertura de mi escote y acariciaba mis pechos.
Gemí, jadeé, mordí y arañé, en un estado extrañamente febril, enloqueciendo al hombre que tenía sobre mí.
—¡Esa presa es mía, Hiram, aunque agradezco que la temples para mí!
Ni él ni yo logramos separar nuestras bocas ante aquella voz grave y autoritaria. Era como si estuviésemos presos de un hechizo y su influjo nos encadenara a una pasión mutua.
—¡He dicho que la sueltes!
Una mano grande sacudió el hombro de Hiram.
El guerrero se volvió ofuscado. Contrariado, descubrió que aquella inoportuna exigencia provenía de su propio rey.