Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Los dioses hablan

La nívea gelidez invernal había extendido su capa, cristalizando la región, haciendo que nuestros pasos crujieran, nuestro aliento se distinguiera y nuestros cuerpos se encogieran bajo capas de abrigo.

Esa noche se celebraba el Júl, una fiesta en la que se honraba el solsticio de invierno, pero también a la familia, la fertilidad, y a los amigos ausentes. Y era precisamente mi particular ausente el que agriaba mi humor, desesperaba mi ánimo y quebraba mi corazón.

—He recibido un mensaje para ti —comenzó a decir Eyra mientras revolvía las brasas del hogar—. Es del Oráculo, y desea que te presentes ante él. Anoche realizó un utisetur y los espíritus le enviaron un mensaje.

Emergí de mis acongojados pensamientos y la miré ceñuda.

—Pues si se ha pasado toda la noche sentado a la intemperie, charlando con los espíritus y esperando una visión, y no ha muerto congelado, debe de ser importante lo que tiene que decirme —murmuré con sorna.

—No te burles, muchacha —me recriminó—. Debes respetar al Oráculo; en caso contrario, nada obtendrás de él.

Resoplé con hastío.

—Ve antes de la fiesta —aconsejó—. Has de presenciar el sacrificio y honrar a los dioses como el resto. Apresúrate.

Saqué con desgana una túnica de lana plisada roja, la más gruesa que hallé en el arcón, abierta entre los pechos, pues solía ser utilizada para amamantar, y lamenté de inmediato mi decisión.

Yo jamás le daría semejante uso ya, y aquel conocimiento contrajo mi estómago en una punzada de dolorosa acritud.

Dos veces me habían arrancado un hijo, dos veces una vida, pero lo que había resurgido de tanta fatalidad era una mujer fría, dura y decidida a pelear contra la Providencia, contra la adversidad y contra los dioses si era necesario.

Rodeé mi cintura con un ancho cordel plateado, que anudé displicente, y sobre la túnica me coloqué un chaleco de pelo de castor. Dispuse mi capa sobre los hombros, y me cubrí con el amplio capuchón. Ya salía cuando Eyra me detuvo.

—Aguarda, Freya, recuerda que es una celebración; has de lucir tus joyas.

—¿Qué joyas?

Advertí la misteriosa sonrisa de la anciana con creciente expectación.

Eyra se me acercó, deslizó mi capucha, me sentó en una banqueta y se puso tras de mí manipulando mi melena.

—Las que siempre pareces olvidar.

Recogió un grueso mechón de mi lado derecho, lo retorció y, enseñándome el prendedor con forma de mariposa, que me había regalado en mi despedida cuando partía para reencontrarme con Rashid, lo engarzó tras el mechón.

—Perfecto —murmuró complacida—; la plata resalta en la negrura de tu cabello. Y ahora...

Ante mí descendió un grueso medallón que cayó pesado entre mis pechos. Contuve el aliento cuando lo cogí con los dedos.

—Ahora seguro que te sientes mucho mejor.

Los ojos se me llenaron de lágrimas.

Estreché el gran medallón de oro contra mi pecho y cerré los ojos liberando las lágrimas contenidas.

—Lo rescaté de Skiringssal cuando partimos —confesó Eyra—. Deseaba conservar algo suyo.

Era el medallón que llevaba Gunnar el día de nuestra boda. Un círculo y, en su interior, grabados una luna y un sol. Y a mi mente acudió aquel día: lo vi ante mí, tan hermoso que resplandecía, tan emocionado que enternecía, tan enamorado que desarmaba.

Y contemplando el emblema del medallón, una frase rasgó mis recuerdos y me azotó con una atroz melancolía, tan despiadada como el latigazo de un verdugo: «Él fue mi luna, grande y mágica, pero tú, tú eres mi sol, cálido, inmenso y absolutamente necesario para vivir; sin su luz ya no podría existir.

..». Esa frase dicha por mí, esa explicación en la que le mostraba el calibre de mis sentimientos, comparándolos con los que una vez había sentido por Rashid, ahora sólo me recordaba que estaba muerta, pues su luz ya no me iluminaba, su calor me había abandonado, y mi ansiedad amenazaba romperme en dos.

—¿Y mi morgingjölf ?, ¿dónde está mi anillo de boda?

—No lo encontré por ningún sitio.

Emití un lamento estrangulado, y sacudí la cabeza en un fútil intento de alejar el dolor.

—No llores, muchacha, pronto lo verás.

—¿Cuándo? —Me volví llorosa hacia ella—. ¿Hasta cuándo voy a sufrir, dime, mi buena Eyra? ¿Hasta cuándo?

Me derrumbé en sus brazos y rompí en sollozos.

—Cada mañana... abro los ojos con la esperanza de verlo aparecer; cada noche los cierro soñando que lo hace. Voy a enloquecer, Eyra, no puedo soportarlo más.

—Claro que puedes; veo tu fuerza, Freya, eres una luchadora, lo demuestras a cada instante.

La vida es una violenta bofetada que te gira la cara cuando menos te lo esperas, pero de nosotros depende mirar de nuevo al frente, con la mejilla dolorida, pero la mente preparada.

No importa las veces que te golpee, sino las que logres levantarte.

La vida es un pulso, y la tozudez, nuestra baza.

Miré a la mujer, y la gratitud y el amor hacia ella se extendieron sobre mí, como un ungüento curativo, sosegando mi ánimo.

A ella la conservaba y, con semejante bastión, mis diarias contiendas siempre estarían bien pertrechadas.

.. pues, cuando diezmaban los ánimos, nada resultaba más efectivo que el empujón del aliento, de un buen consejo, el calor de una sonrisa o el refugio de un abrazo.

Era mi sostén, y como tal me apoyé en ella.

Eyra me acunó, acarició mi cabello y continuó susurrándome palabras tranquilizadoras, hasta que logré dejar de sollozar.

El Oráculo era un anciano demacrado, enjuto, grotescamente inclinado por una enorme protuberancia que emergía de su espalda, de ojos inquietantemente traslúcidos y cabello cano largo, escaso y marchito.

Iba cubierto por una capa raída de color pardusco, con el rostro penumbroso bajo una gran capucha y labios fruncidos.

Alzó el anguloso rostro hacia mí y asintió a modo de bienvenida.

—¿Sois ciego?

—Veo más que muchos hombres —contestó con una voz gutural y rasgada—, aunque no a través de mis ojos.

Sentí un escalofrío y froté mis brazos con vigor.

—Eyra me dijo que...

—Siéntate y ofréceme la mano —interrumpió como urgido por el apremio.

—He olvidado el gyald —murmuré apesadumbrada.

El anciano sacudió impaciente la cabeza.

—No requiero ninguna ofrenda, pues no eres tú quien viene por voluntad, te llamé para darte un mensaje.

Me senté en la estrecha banqueta y le tendí la mano con titubeo, mostrando cierta aprensión.

—No soy un ave de rapiña, muchacha, no te dejaré manca —gruñó impaciente.

Me cogió la mano, la extendió y posó mi palma en su rostro; sentí en la piel un aura fría y espectral, como la brumosa escarcha que rezuma de un lago helado. Reprimí el impulso de retirarla.

—Anoche me visitaron los espíritus, con dos exigencias —comenzó a decir—. Te las transmitiré, pero no responderé ninguna pregunta.

Asentí a sabiendas de que no se apercibiría de aquel gesto.

—El primer mensaje es una advertencia, mujer loba: un gran halcón se cierne sobre ti, te sobrevuela en círculos dispuesto a hacerte caer en desgracia, pero contigo perecerá todo un linaje, la estirpe de un gran pueblo.

Supe al instante quién era; aunque su vestidura fuera la de un cuervo, su poder sin duda era el de un halcón.

—Y el segundo sólo es una visión: renacerás en busca de la felicidad que se te niega, pero, tras de ti, correrán la venganza y la envidia a darte caza. Aléjate del llanto de un niño y de la piedad que aún mora en tu corazón, pues sólo recibirás amargura como pago.

Aguardé, mas sólo el silencio reinó en la cabaña del Oráculo.

—¿Y Gunnar?

—Ya te he avisado, nada de preguntas.

El anciano liberó mi mano e inclinó la cabeza hacia su pecho.

—Pero los espíritus han de haberlo visto, él es mi futuro —insistí tenaz.

El hombre suspiró largamente, alzó de nuevo el rostro y se descubrió la cabeza.

Sus blanquecinas retinas se clavaron en mí. Su acuosa mirada titiló bajo el fulgor del candil que presidía la mesa.

—Tal vez, pero no tu presente.

Sentí un regusto amargo en la garganta, me esforcé en tragar. Alterada, me puse bruscamente en pie, derribando la banqueta.

—Os equivocáis —repliqué con firmeza—. Yo soy la dueña de mi propio destino; lo encontraré y seremos felices de nuevo.

—El hombre que buscas ya no existe. Desiste, mujer loba, los dioses no te son propicios.

Apreté los puños y fruncí el ceño. Una furia incipiente surgió de repente, como la yesca soplada por la brisa que prende en las ramas tiernas, presta a crecer y a devorarlo todo.

—Tampoco yo lo seré para ellos. Y aquí, ante el portador de sus mensajes, clamo mi reto... sí, porque los reto, los maldigo y me enfrento a ellos.

Me dirigí a la puerta, pero antes de salir me volví hacia el anciano.

—Éste es mi mensaje para ellos. Y no es ni una advertencia ni una visión futura, es un hecho.

—No es muy juicioso provocar la ira de los dioses, loba —murmuró el Oráculo reprobador.

—¡Viven furiosos conmigo! —exclamé enojada—. No dejan de demostrármelo, me lo han quitado casi todo.

—Las más duras pruebas son para los corazones más valerosos —argumentó el anciano—. Medita los augurios, y actúa con sabiduría; la ira es el camino de los necios.

Sacudí la cabeza con frustración; la amargura se ancló en mi pecho con la inquina de la hiedra trenzándose en la corteza de un roble.

—No, anciano, la ira es hija de la injusticia, pero también madre de la rebeldía. No os necesito, ni a vos, ni a vuestros dioses.

—No obstante, acudirás de nuevo a mí.

Lo miré con extrañeza, pero nada repliqué.

Salí con vehemencia y ofuscación y, sumida en mis pensamientos, me dirigí al skáli .

Los cánticos flotaban en torno a una gran hoguera justo frente de la gran casa comunal. Era una especie de galdrar , un cántico enfebrecido que se utilizaba para hechizos o para pedir el favor de los dioses.

Cerca de la hoguera, sobre una mesa, varios hombres sujetaban un enorme jabalí, que gruñía y arruaba en un tono agudo que erizaba la piel, sacudiendo su peludo cuerpo con violencia.