Capítulo 13 #2
—Lo que oyes; el otro día ya me fijé en que había demasiado público, y no entendí el porqué, hasta que escuché los comentarios de algunos hombres.
Esas calzas son demasiado ceñidas, se amoldan a tu cuerpo acentuando tus curvas y, bueno, ese blusón se pega.
.. a tus... encantos cuando sudas demasiado, y no llevas corpiño que te sujete y.
.. eres atrayentemente distinta a nosotras.
—Pero yo... vosotros sois gente... despreocupada y...
—Freya, no te disculpes por resultar deseable y, como tal, has de disfrutar de tu cuerpo y elegir a quien más te guste.
Abrí demudada los ojos y negué rauda con la cabeza.
—Soy una mujer casada —repliqué.
Agrandó los ojos con asombrado reproche.
—¿Y por qué, en nombre de Odín, no llevas la cabeza cubierta para mostrar tu condición?
—No es fácil meter todo esto —respondí señalando mi suelta melena— en una pequeña cofia.
Asleif rio a mandíbula batiente.
—¿Y puedo saber dónde está el necio de tu esposo, que no te cela como es debido?
—Está a punto de llegar; pertenece a la hird del rey, su nombre es Gunnar.
Asleif alzó las cejas con asombro.
—¿El ulfhednar ?
Asentí.
—Te puedo asegurar que nadie te mirará cuando él regrese; por ahora puedes estar tranquila si todos saben a quién perteneces.
—Aun así, usaré la falda corta.
Cuando salí del cercado, pasé junto a Hiram, que me siguió sonriente.
—¿Tú también mirabas mis nalgas, rufián?
—Prometí no tocarte, pero en cuanto a mirarte soy tan libre como los demás. Aunque te aseguro que es más un sufrimiento que un goce.
Me detuve a mirarlo ceñuda.
—Entiéndeme, es como morirte de hambre y ver a tu alrededor una deliciosa gacela que no puedes cazar; ¿no te parece eso un tormento?
—Dudo que te mueras de hambre, sobre todo con la cantidad de gacelas que se mueren porque las caces.
Hiram rio vanidoso.
—No todas las gacelas son igual de sabrosas.
—Si repites con una en particular —musité refiriéndome a Jora—, es porque no estará tan mal.
—Es una muchacha bonita —admitió— y muy dispuesta en el lecho.
—No necesito detalles, créeme. Además, a Valdis no le eres indiferente.
—No, en eso te doy la razón, porque, cada vez que me ve, me increpa, y se indigna conmigo a la menor oportunidad. Tiene un carácter espantoso, apenas la soporto.
—Tal vez porque le enfurece tu indiferencia —manifesté caminando a buen paso hacia la aldea.
—¿De veras crees que le intereso?
—Tengo esa sensación; he sorprendido algunas miradas bastante reveladoras; tal vez si cambiaras tu actitud hacia ella...
Hiram meditó sobre aquello; cuando llegamos a la cabaña, les echó una descarada ojeada a mis posaderas.
—¡Hiram! —lo amonesté sobresaltada.
—¿Qué? Llevo toda la tarde admirando esa parte de tu cuerpo, entre otras, claro. Y puedo asegurarte que es soberbia.
—Gracias por el cumplido y ahora lárgate.
—Siempre dando órdenes —se quejó y, mascullando por lo bajo, desapareció rumbo a su cabaña.
Eyra aguardó paciente a que terminara mi entrenamiento matutino, junto a Fenrir , Valdis y un Jorund ya casi restablecido.
El campo de adiestramiento estaba más concurrido que de costumbre. Un poco más allá, Hiram combatía con otro guerrero, el gran Orn, y, por lo poco que pude vislumbrar entre estocada y estocada de Asleif, Hiram estaba teniendo problemas.
El rey, con el pie posado en un tocón, ligeramente inclinado hacia delante, apoyaba el antebrazo en la pierna alzada, mientras mordisqueaba una manzana y se concentraba en estudiar a sus hombres, y a mí.
Asleif había decidido emplearse a fondo, y al ser más alta y más fuerte que yo, utilicé las tretas aprendidas. Esquivaba rauda los mandobles, me agachaba y sorteaba los lances mientras danzaba a su alrededor, intentando confundirla y marearla.
Por la expresión contrariada de la guerrera supe que mi táctica estaba dando resultado.
—¡Maldita sea, eres rápida! —resopló—, pero, si no atacas pronto, tus brazos se cansarán de empuñar el acero antes que los míos! ¡No puedes alargar esto mucho más!
Apretó los dientes, adelantó un pie y lanzó su espada hacia mi pecho; salté hacia atrás, evitando en el último instante el contacto.
Como bien me había enseñado Asleif, la mejor oportunidad para atacar era tras un lance fallido.
Así que giré sobre mí misma alzando la espada, clavé la rodilla en tierra y dirigí el filo de mi acero hacia sus rodillas.
Asleif se detuvo jadeante, entre orgullosa y derrotada.
—No sería un herida mortal, tan sólo me habrías derribado —replicó la guerrera.
—Ése es el primer paso para derrocar a un gigante, ¿no?
La mujer, que esa mañana lucía una cola de caballo que resplandecía bajo el sol con reflejos de plata, sacudió divertida la cabeza y clavó su espada en la tierra.
—Tu primera victoria, pequeña bondi . —Sonrió abiertamente—. He de reconocer que no pensaba que lograras avanzar tan aprisa; tienes corazón de guerrera.
Le devolví la sonrisa satisfecha y orgullosa.
Un hombre se acercó a nosotras; portaba un tremendo espadón en su mano derecha.
—Enhorabuena, loba guerrera; ¿te atreves conmigo?
Halfdan el Negro ladeó la cabeza, esbozando su peculiar media sonrisa sardónica.
—¿Por qué no?
Asleif arrugó el ceño apenas un instante, inclinó la cabeza y se retiró.
Supe en el acto que ni en sueños lograría desarmar a un gigante como él, pero también supe que aprendería sus movimientos, y todo lo que pudiera asimilar del enemigo sería ventajoso para mí.
—No todos aceptarían un duelo conmigo, aunque sea entrenando; me suelo tomar estos juegos demasiado en serio —advirtió entrecerrando los ojos y colocándose en posición—.
Será interesante ver cómo una loba negra se defiende de un cuervo negro; compartimos color, trenza y, muy pronto, otra cosa.
—Me guiñó ladino un ojo—. Puede que también compartamos las ansias de ganar en todo.
Posicioné las piernas y flexioné las rodillas, alcé mi acero, pegándolo al cuerpo, y le sonreí retadora.
—Puede —murmuré clavando mis ojos en los suyos.
Me contempló con un marcado deje de admiración.
—Agarra bien tu arma, pretendo disfrutar durante un buen rato —aconsejó jactancioso.
A nuestro alrededor, las contiendas cesaron y un silencio proverbial flotó sobre el prado. Todos nos observaban expectantes.
—Agarrada.
Sus ojos se entrecerraron en una mirada felina.
—No tienes idea de cuánto me gustas —confesó, relamiéndose los labios.
—Dejad de escudaros en las palabras y pelead, condenado cuervo parlanchín.
Halfdan abrió de forma desmesurada los ojos, permaneció un instante hierático, asimilando con asombro mis palabras, y acto seguido dejó escapar una atronadora carcajada.
—Como desees, loba. ¿Prefieres la acción?, pues tendrás acción... y de la mejor.
No bien hubo terminado de hablar, me regaló una mirada desafiante y avanzó hasta mí enarbolando su espada con destreza, rasgando el aire en aterradores silbidos, descargándolos de súbito sobre mí.
Esquivé con ligereza sus aterradores mandobles, y lo rodeé sin cesar, obligándolo a cambiar constantemente de posición.
Halfdan descargaba su espada con una habilidad magistral.
Traté de centrarme en cada movimiento, intentando no pensar en el atemorizante cuerpo enorme y vigoroso que se abalanzaba feroz sobre mí o el pavor me anularía.
Constantemente me agachaba, saltaba, ladeaba mi cuerpo, y observaba paciente, memorizando sus ataques.
Cuando frenaba su espada con la mía, mis brazos retemblaban con el violento impacto, pero enseguida rompía el pulso, deslizando mi filo por el suyo, arrancando chispas al metal, pero careciendo de la fuerza necesaria para doblegar su acero.
Halfdan jugaba conmigo. En una lucha real, no habría tenido la más mínima oportunidad. Sin embargo, él disfrutaba de mis estoques, mis esquives y del empeño que ponía en el combate.
De pronto, un detalle llamó poderosamente mi atención: cada vez que relamía mis labios, en gesto nervioso, el hombre perdía momentáneamente la concentración, y entonces recordé que tenía un arma que él no poseía.
Adopté sonrisas sugerentes cuando cruzaba mi acero con el suyo, pestañeaba insinuante tras cada giro, pasaba la lengua por mis labios mientras aguardaba expectante su próximo movimiento, le regalaba constantes expresiones seductoras, logrando distraer su atención.
Ya no estaba tan pendiente de mis lances, tan sólo estaba cautivado por mis arteras artimañas sensuales.
Y, entonces, casi logré acercar la punta de mi espada a su garganta.
Lamentablemente, en un certero movimiento imprevisible y feroz, me desarmó con el filo de su espada.
Sonrió vanidoso y me agarró con fuerza del nacimiento de mi larga trenza, pegándome a su cuerpo.
Su brazo derecho se posicionó tras mi cintura y alineó el filo de su espada a todo lo largo de mi espalda, anulando la posibilidad de debatirme.
—Esta victoria es mía —susurró jadeante, acercando su rostro al mío—, pero me declaro vencido por ti.
Y como un halcón hambriento, se cernió sobre mi boca, devorándome con voracidad y precisión.
Incapaz de moverme, soporté su pasión, aceptando un beso casi despiadado.
Era inútil luchar, así que me sometí. Tiró de mi trenza, obligándome a abrir la boca y, cuando lo hice, incursionó con frenesí, esclavizando mi lengua bajo el ardiente yugo de la suya.
Gruñó enardecido, hasta que el beso se suavizó. Entonces, se relajó ante mi sumisión. Tiró su espada, soltó mi trenza y me rodeó la cintura, mientras me acariciaba la nuca.
Arqueado sobre mí, bajadas las defensas, vi mi oportunidad.
Doblé la rodilla, encajándola en su endurecida entrepierna. Halfdan me soltó en el acto, profirió un gruñido contenido y se dobló en dos.
—¡Perra! —masculló entre dientes.
—En el combate, todo vale —aduje jadeante.
Halfdan cayó de rodillas, con las manos ahuecadas en su dolorida masculinidad.
Cuando alzó el rostro hacia mí, entre el dolor, descubrí además una velada amenaza brillando en su mirada azabache.
—También en el lecho, no lo olvides.
Y era ahí donde pensaba cobrarse su venganza.