Capítulo 13
Aprendiendo y conteniendo
A la mañana siguiente, apoyada en la verja del campo de adiestramiento, quedé cautivada por una guerrera sublime, capaz incluso de derribar a hombres de mayor tamaño.
Era alta y esbelta, no tan corpulenta como las demás, pero rápida como una serpiente e igual de letal.
De cabellos tan claros que parecían blancos, brillantes y sedosos, largos y lacios, apretados en una trenza.
Pálida en extremo, como la cara de la luna, y de ojos azules claros, como las charcas que el mar olvidaba entre las rocas de la playa, cristalinos y vivaces; me recordaba a Helga.
Asleif la Blanca, se llamaba, y su destreza resultaba hipnótica; en verdad parecía una valquiria, un ser místico, casi etéreo, pues se movía con la ligereza de la brisa, aunque atacaba con la violencia de un viento huracanado. Hasta en su forma de caminar parecía flotar entre nubes.
Tras observar su entrenamiento, me acerqué a ella.
—Me has impresionado —confesé jovial.
Me miró de soslayo mientras afilaba su espada.
—Sólo es práctica y disciplina, cualquiera puede hacerlo si se lo propone —masculló.
—¿Hasta yo?
Esta vez sí me miró de frente, paseó su mirada escrutadora por mi cuerpo y asintió.
—Hasta tú.
—¿Podrías enseñarme?
Apoyó un pie en la verja de madera y se estiró las largas botas de piel con aire indiferente. Se encogió de hombros, colocó su larga trenza a su espalda y me observó curiosa.
—No tengo mucha paciencia —admitió.
—Aprendo rápido —repliqué.
—Demuéstramelo.
Atónita, la vi alejarse hacia el centro del campo; sacó dos espadas de madera de un largo cofre y regresó con semblante inescrutable.
—¡Vamos! —me apremió lanzándome la espada.
—¿Ahora? —musité turbada.
—¿Tienes algo que hacer?
Negué con la cabeza.
—Pues ¿a qué esperas?
Me adentré en el campo de entrenamiento; titubeante, aferré el mango de la espada y lo apunté hacia ella. De un rápido mandoble me desarmó.
—Primera lección, la espada has de empuñarla con fuerza, pero no la separes de tu cuerpo, inclínala y pégala a tu tronco todo lo que puedas, así evitarás que te desarmen.
Y, siempre que ataques, devuélvela a su posición con presteza; separa las piernas y flexiona ligeramente las rodillas, no vamos a bailar.
Estás más recta que un tronco de roble, sosiégate e intenta disfrutar.
Asleif pasaba el peso de un pie a otro, casi constantemente, en un vaivén peculiar.
—Creía que no íbamos a bailar.
La guerrera sonrió y agitó la cabeza con diversión.
—Esta danza, sí.
Giró sobre sí misma, trazando un amplio arco, y, apoyando la rodilla en el suelo, marcó con la punta de su espada mi estómago.
—Este movimiento es esencial cuando peleas con más de un contrincante.
Me limité a asentir, y observé maravillada su particular danza de la muerte.
—Cuando choques tu acero con alguien de mayor tamaño y fuerza, habrás de ser más rápida que él o no tendrás nada que hacer.
Evita entrechocar tu arma con un adversario así, pues, en el duelo de fuerzas, te derrotará.
Es mejor esquivar los lances; tantéalo, suelen repetir sus movimientos de ataque.
Cuando lo hayas memorizado, anticípate a uno de ellos y aséstale una estocada mortal.
Es mejor aprender movimientos que sorprendan al enemigo.
Asleif reprodujo cada movimiento con lentitud, dándome la oportunidad de asimilarlos. Me puse a su lado e imité cada giro, cada estocada. Aprendí a maniobrar la empuñadura con soltura. Me sentí orgullosa del rápido dominio con la espada.
—No olvides que estás alzando un trozo de madera, no es lo mismo levantar el acero —me recordó.
Después de pasar casi toda la tarde entrenando con Asleif, escuchando sus consejos y enfrentándome a ella, en continuos ataques que perdía, las fuerzas comenzaron a abandonarme; me había derribado tantas veces que mis piernas retemblaban exhaustas.
—Eres pertinaz, y eso es bueno; no te he oído quejarte ni una sola vez —halagó la guerrera.
—No me ha dado tiempo.
La mujer sonrió, acomodó un largo mechón plateado tras su oreja y me arrebató la espada.
—Por hoy ya está bien; mañana, si logras dar un paso, aquí te espero, pero un último consejo: ponte unas calzas de hombre, esas faldas te restan movilidad, a no ser, claro está, que desees enseñar las piernas como yo.
Me guiñó un ojo, sonrió alegre y se alejó.
Miré a Fenrir , que descansaba en el prado, casi adormecido; había estado contemplado mi adiestramiento entre bostezos, pero no era el único que me observaba.
Halfdan, apoyado en un árbol, con los brazos cruzados, clavaba en mí su penetrante mirada zaína, como el águila que espera confiada y paciente, embelesada con el vuelo de su presa.
No le sostuve la mirada; me dirigí al sendero que llevaba al pueblo, rumbo a la cabaña que compartía con Eyra, Valdis y Jorund.
Hiram me esperaba en la puerta, parecía algo inquieto.
—Tengo noticias de Gunnar.
El corazón me dio un vuelco.
Me abalancé sobre él y lo miré esperanzada.
—Por los dioses, dime que está al llegar.
—Fue a rescatar a la hija del fallecido rey Sigurd Hart, la princesa Ragnhild.
Hake el Berseker la había apresado junto a su hermano Guthorm.
Gunnar, con Harek Gund, el hombre de confianza de Halfdan, y cien hombres de su séquito cruzaron toda la región de Hadeland para enfrentarse al berseker , pero no lo encontraron; aun así, prendieron fuego a sus dominios.
—¿Su anterior esposa no se llamaba así? —inquirí confusa.
—Sí —afirmó Hiram—, tienen el mismo nombre; busca una reina con ese nombre en particular.
Abrí los ojos demudada por tal absurdo cometido.
—Es por las runas —aclaró Hiram—. Una völva le dijo que una doncella, hija de reyes, llamada Ragnhild le daría un hijo que sería el rey de todas las regiones unificadas. Además, él tuvo un sueño.
Lo miré expectante, abrumada por todo aquello.
—Soñó que de su cabellera brotaban rizos de distintos tamaños y grosores, pero uno de ellos era más largo y lustroso, y de un color distinto. La völva lo interpretó como que tendría un largo linaje, pero que, de todos ellos, sólo uno sería más celebrado que el resto.
—Por eso me dijo que Gunnar había ido por su reina.
Hiram me observó con preocupación.
—No tardará en llegar, se encuentra a pocas jornadas de distancia. —Hizo una pausa, y se miró nervioso la punta de sus botas—. Has de... resistir el asedio del rey, sé que te desea.
Aparté incómoda la vista, aliviada por saber que pronto lo tendría entre mis brazos. Sin embargo, eso no mitigó la tribulación que me producía el maldito acuerdo.
—Su reina viene en camino; espero que, cuando la tenga a su lado, se olvide de mí... si no...
—Si no, ¿qué?
—Tendremos que huir, porque no pienso entregarme a él.
—¿Ni por la vida de Gunnar?
—Ambos sabemos que no es un hombre de palabra.
—No —concedió Hiram—, pero también sé que irá tras de ti. Tu rechazo se ha convertido en un reto para él. Es un hombre acostumbrado a deslumbrar a las mujeres, todas se meten gustosas en su cama y... dar con una que desea y que le está vedada... sólo consigue acicatear más su empeño.
—¿Como a ti?
Hiram desvió la mirada, en un intento de aliviar la tensión que se había creado.
—Yo no soy un rey, no suelo tener todo lo que anhelo.
—¿Por qué, maldita sea, por qué yo? —me lamenté furiosa.
—Creo que esa respuesta ya te la dio Gunnar en una ocasión: porque eres condenadamente irresistible.
Entonces sí me miró, y lo que vi en sus bellos ojos no fue deseo, fue algo más preocupante.
—Déjame decirte algo, Hiram: no sé qué será de mí, sólo sé que, sin Gunnar, estoy muerta, y ni un rey, ni ningún otro, va a cambiar eso.
Y me adentré en la cabaña con una piedra en el pecho y, a la vez, con la esperanza de hacerla desaparecer muy pronto.
Un día tras otro, sólo me concentraba en mis entrenamientos.
El ejercicio físico mantenía mi mente alejada de funestos pensamientos; además, la impaciencia pesaba como una losa, irritándome amargamente.
El reencuentro con Gunnar estaba lleno de incertidumbre y me dividía en dos emociones extremas y contrapuestas al mismo tiempo.
Por un lado, la dicha inflaba mi pecho y, por otro, el temor a lo que iba a encontrar me arrebataba el sueño y me cerraba el apetito. La ansiedad comenzaba a desquiciarme.
Asleif sufrió mi acritud, percibiendo con claridad cómo desfogaba en el combate mi frustración y mis preocupaciones.
—Debes mantener la mente fría, meditar cada golpe, observar y aguardar el momento. La ira no ayuda, más bien al contrario, merma aptitudes, pues te ofusca la mente. Sangre fría, pequeña bondi , sangre fría, o tu propia furia te matará.
Asentí y reanudé el combate hasta que el agotamiento languideció mis brazos y debilitó mis piernas; entonces, y sólo entonces, me detuve.
—Mejoras día a día, pero, para sobrellevar este ritmo, habrás de comer más. Descansemos por hoy; mañana te daré una espada de verdad, y... otra cosa, Freya.
Me detuve y la miré aguardando su respuesta.
—Creo que será mejor que uses una falda corta como las que llevamos las guerreras.
Miré mis calzas de piel curtida con el ceño fruncido. Ella misma me había aconsejado utilizarlas.
—Lo sé, lo sé, pero mira a tu alrededor —ordenó con una sonrisa burlona.
Paseé mi curiosa mirada en derredor, topándome con la inquietante atención de varios guerreros apoyados en la cerca, con los ojos fijos en Asleif y en mí. Entre ellos, Hiram, Sigurd y, cómo no, Halfdan, que solía entrenar muy cerca de nosotras.
—Estamos creando una excesiva expectación, ¿no te parece?
—Imagino que querrán ver mis avances, o tal vez se rían de mi torpeza —murmuré huraña.
—Ni una cosa ni la otra, han venido a verte las nalgas.
Me envaré de repente, avergonzada y ofuscada.
—¿Có... cómo dices?