Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—Eso es problema mío.

—Sin duda —convino—, y uno muy grande; sin embargo, puedes gozar del favor de un rey en tu empresa, si te muestras complaciente.

Halfdan se inclinó de forma peligrosa sobre mí; contuve las ganas de apartarme, no podía dejarme amedrentar o estaría perdida.

—Por supuesto que seré una súbdita complaciente —hice una pausa, dedicándole una mirada sugerente—, cuando lo encuentre.

Halfdan rio abiertamente; me miró admirado.

—Vaya, compruebo fascinado que tus dones no son sólo físicos. Y, como acabas de comprobar, me gustan los tratos.

—Lo que acabo de comprobar es que los incumples.

Halfdan rio de nuevo más estentóreamente.

—Puedo asegurarte, deliciosa impertinente, que esta vez cumpliré mi trato, y... —pasó el dedo índice por mi mejilla—... me aseguraré de que tú también lo hagas.

Aquello me encogió el estómago; no obstante, me obligué a sonreír seductora.

—Y será mejor que concretemos nuestro pacto, no quiero malentendidos —aseveró deslizando el dorso de la mano por mi cuello; retiró mi melena a un lado, despejando mi piel, al tiempo que acercaba sus labios, sin llegar a posarlos.

Su aliento me provocó escalofríos—. Mi tarea será llevarte ante él; la tuya, complacer mis deseos.

Sin embargo, me siento en la obligación de advertirte algo.

—¿Y es...?

—Puede que lo que encuentres no sea lo que esperas.

Sus oscuros ojos se entrecerraron perspicaces, calibrando mi expresión.

—Nada me importa, sólo estar a su lado.

Halfdan me apresó la nunca; no volví el rostro hacia él, mostrándome imperturbable. Él acercó la boca al lateral de mi cuello y pasó la lengua por la sensible piel, despacio, deleitándose en mi sabor.

—Mmmmm... eres un bocado apetitoso, peligrosamente apetitoso, teniendo en cuenta a quién perteneces; pero ¿qué gran victoria no conlleva riesgo?

Esa misma pregunta se fijó en mi mente. Cada paso, cada acción, conllevaba una responsabilidad, y a veces esa carga se volvía tan pesada que desvirtuaba el fin, emponzoñando una buena acción, convirtiéndola en algo sucio e imperdonable.

Coloqué las palmas de las manos en su enorme e hinchado pecho y lo aparté con suavidad.

—¿Dónde está? —susurré, mirándolo con fijeza.

—Dicen que el sol calienta, pero aquí, en los confines del mundo, sale poco y es tibio, apenas como la caricia de una madre. Pero ahora sé que es verdad. Veo el sol en tus ojos, y ardo.

Me atrapó las muñecas y llevó mis manos a su boca; besó uno a uno mis nudillos.

—¿Dónde está? —repetí inalterable.

Halfdan suspiró y me observó largamente.

—Lo mandé a traerme una reina, lo que no imaginé es que fuera la suya, y que vendría a la puerta de mi casa.

Comenzaba a perder la paciencia; zafé mis manos de su presa con brusquedad y me puse en pie.

—Jugáis conmigo —lo acusé contrariada—. Gunnar está de regreso, ya no os necesito, el trato está anulado.

Halfdan rio jocoso, pero sus ojos despedían un brillo amenazante. Se puso en pie y se cernió sobre mí.

Con su gran manaza, aferró toda mi mandíbula y me obligó a mirarlo.

—Claro que me necesitas, más de lo que crees.

Intenté retroceder, pero él no me soltó; terminé acorralada en una esquina.

—¡Soltadme, bestia inmunda!

Me debatí, hasta que aprisionó mi cuerpo contra la pared. Tanteé la daga que llevaba en la cintura y la empuñé, presta a utilizarla.

—Creo, Freya la Loba, que es mi deber enseñarte a comportarte ante un gran rey.

No, no temas, no voy a forzarte; sé cómo te enfrentaste a ese jarl , y admiro a las mujeres con coraje.

—Acercó la boca a la mía y, clavándome su pétrea mirada, agregó—: Además, me gusta tomar mujeres complacientes.

Aun así, he de someterte a mi autoridad, para que aprendas a respetarme.

Lo miré con temor; el hombre sonrió justo antes de caer sobre mi boca.

Me atrapó con ferocidad, con hambre, con violencia. Su lengua buscó un resquicio y lo encontró. Me beso bruscamente, con apremio; la dureza de sus labios lastimaba los míos. Cerré los puños y lo golpeé; de nada sirvió.

A pesar de sus anteriores palabras, el deseo lo nubló lo suficiente como para acariciar mi cuerpo; sus manos se cerraron en torno a mis nalgas, derramando en mi boca un ronco gemido.

Asustada, llevé con habilidad mi mano de nuevo a la daga, la desenfundé y la deslicé con rapidez hacia el cuello del rey, oprimiendo el filo contra su garganta.

De inmediato se detuvo, se apartó con lentitud y, para mi asombro, sonrió malicioso.

—¡Cómo voy a disfrutar cuando te tenga!

—No hay trato alguno —insistí.

Halfdan se separó de mí a regañadientes, con esa perpetua media sonrisa maliciosa.

—¿Sabes lo fácil que sería para mí mandar un mensajero y enviarlo a cualquier otro lugar, uno muy remoto?

¿Tienes idea de lo condenadamente sencillo que sería ordenar que lo maten?

Sí, preciosa, dependes de mí. El trato sigue en pie y no es la única cosa.

—Se llevó la mano a la dureza que resaltaba en su entrepierna, con mirada turbia y gesto excitado.

»Muy pronto disfrutaré de ti, presiento que será mi mejor encuentro. Ahora, y sólo ahora, puedes retirarte.

No tuvo que repetírmelo; salí despavorida, con el corazón atronando en mi pecho y las lágrimas quemando mis ojos. Estaba en sus manos, pero encontraría la manera de zafarme de ellas.