Capítulo 12 #2
Era apuesto, de rasgos regios; una barba recortada cubría su marcado mentón, resaltando una boca suave y plena que se distendió en una sonrisa de bienvenida.
Desprendía un aura de acentuada masculinidad, como un animal en celo que busca pareja para aparearse.
Y así caminaba hacia nosotros, con la cabeza ligeramente inclinada, con movimientos lánguidos y poderosos a la vez, y mirada depredadora.
Se puso frente a nosotros y me contempló con demasiado interés. Me sentí incómoda, más le sostuve la mirada con altivez.
Palmeó la espalda de Hiram cordial y musitó:
—Espero que sean buenas nuevas lo que me traigas, Hiram, pero antes... habrás de decirme quiénes son estas extrañas mujeres.
Hiram sonrió, pero en su semblante resplandeció un deje de desasosiego que me desconcertó.
—Son la madre y la esposa de Gunnar, gran rey.
Aquél era Halfdan Svarte el Negro, evidentemente por su cabello, del mismo tono que el mío.
Por un brevísimo instante, capté apenas un brillo contrariado en el gesto del rey, que de inmediato sustituyó por una amplia sonrisa y una leve inclinación respetuosa de cabeza.
—Creí que su esposa había muerto.
—También él lo cree —musité—; vengo a demostrarle lo contrario.
Halfdan sonrió ladino, asintió aprobador y me tendió cortés la mano. Se la ofrecí.
—No hay que ser muy observador para ver que la suerte de mi ulfhednar acaba de mejorar de repente —murmuró recorriendo mi rostro con los ojos; se detuvo en mis labios.
—¿Dónde se encuentra? —pregunté sin contemplaciones.
El rey se volvió hacia Hiram, le pasó el brazo sobre los hombros y, mirándome de soslayo, contestó:
—Deja que me lave, señora, antes de atenderte debidamente. —Sonrió malicioso, subrayando su pícara respuesta.
Y se adelantó, junto con Hiram, rumbo al skáli .
Eyra me aferró el antebrazo; la miré inquisidora.
—Cuídate de él, Freya. No me gusta cómo te mira.
—No me preocupa, sé cuidarme —argüí con firmeza.
Eyra negó con la cabeza, su expresión adquirió gravedad.
—No cometas el error de subestimarlo, es un gran rey; en estas tierras, es un dios. Y mucho me temo que acaba de clasificarte como una posible presa. No te fíes de él, es un hombre artero e inteligente. Sé cauta.
Asentí, intentando disipar la neblina de preocupación que se cerraba en torno a mí.
—Puede que él sea un peligroso depredador, pero convendrás conmigo en que ya no soy una presa. Lo necesito para encontrar a Gunnar y, si tengo que mostrarle mis colmillos, lo haré.
—No son tus colmillos lo que me inquieta que muestres, sino tus otras armas, y ésas serán las que habrás de utilizar, Freya, pero con tiento, con mucho tiento.
Deberás hallar el equilibrio, y usar tu astucia; hasta que encontremos a Gunnar, vas a tener que aprender a caminar en el borde de un acantilado sin caerte.
—Caminaré hasta en el filo del abismo al ultramundo, hasta en la entrada del mismo infierno si hace falta, y lo sabes.
La mirada de Eyra se veló con una desazón que oscureció su rostro.
—Lo sé, muchacha, y, mientras luchas por conservar el equilibrio, haré mis propias averiguaciones, nos urge encontrarlo.
Seguimos a los hombres hasta la parte delantera del skáli .
Halfdan se acercó a una especie de abrevadero y hundió la cabeza en el agua; cuando la sacó, la agitó como un perro y, ahuecando las manos, cogió agua y se lavó con fruición los sobacos, los costados, el cuello, el rostro.
.. y, frotando su duro abdomen en círculos, dirigió los ojos hacia mí con una clara intencionalidad: provocarme.
Agarró un balde cercano, lo sumergió en el abrevadero y se lo volcó sobre la cabeza sin dejar de observarme con una sonrisa taimada.
Ahí, completamente empapado, sacudiendo su larga cabellera, las gotas resbalando por su piel y aquellos ojos oscuros cargados de anhelo, supe que aquel que tenía enfrente era el primer obstáculo en mi búsqueda.
Cuando aparté la mirada de aquel soberbio hombre, me encontré con la de Hiram, y hallé en la belleza azul de su mirada la misma preocupación que en la de Eyra, pero la de él matizada, además, por un sutil brillo celoso.
Respiré hondo, cerré los ojos y recé para mis adentros, suplicando con desesperación encontrar por fin a mi león.
Halfdan cogió un paño arrugado y se secó insinuante. Estaba usando sus armas de seducción, sabedor de su atractivo, pero desconocedor de lo inmune que era ante ellas. A pesar de ello, decidí mantener mi interés; todos los reyes tenían el mismo punto débil, eran susceptibles a los halagos.
Se colocó una túnica hasta la rodilla, que ató con un sencillo cinturón, y nos hizo el gesto de seguirlo al interior del skáli .
—¡Me muero de hambre, Isgerdur! —exclamó con voz atronadora.
Una mujer robusta se afanó presurosa junto a las ollas y llamó a otras dos más jóvenes para que la ayudaran.
Nos condujo hacia una larga mesa y con gestos nos indicó que tomáramos asiento.
—Eres familia del mejor guerrero de mi hird , gozas del derecho de compartir mi mesa —alegó sentándose a la cabeza.
Alzó una mano y al cabo aparecieron dos hombres: uno enjuto, nervudo y de mirada huidiza, cabellos claros y semblante cauto, y el otro grande y recio; me recordaba a Thorffin, aunque de cabellos castaños.
»Éstos son mis consejeros —comenzó a decir Halfdan—. Éste es Thorleif Spake el Sabio —señaló al más enclenque, que asintió con ligereza— y éste es el gran Orn Oso Pardo.
Asentí a modo de saludo, al igual que Eyra.
Distinguí en una esquina a Jorund, tumbado en un banco, que era atendido por su hija, y a Sigurd, que bebía en silencio de una enorme jarra. A Fenrir no lo localicé.
—Bueno, Hiram —musitó el rey, llevándose la jarra a los labios—, ¿aceptó la alianza el condenado rey Horik?
Las mujeres nos sirvieron humeantes escudillas con una sopa espesa y oscura.
—Mandará un mensajero con la respuesta —contestó el guerrero—. Creo que exigirá parte de nuestras tierras por combatir a vuestro lado.
Halfdan torció el gesto y estrelló el puño contra la mesa; el líquido de los cuencos retembló, bailando sobre los bordes.
—Ese malnacido, condenado bellaco hijo de Loki, cagado por un troll deforme —profirió Halfdan indignado—. Si su jarl , Ragnar Lodbrok, se alía con Harald el Implacable y los Ildengum, él y yo no tendremos reino que gobernar, y el muy necio aún quiere diezmar mi región.
—Ragnar marchó con todas sus naves hacia el imperio franco —adujo Hiram— después de atacar y conquistar el reino de Sambia y de los curonios; su ambición no ha hecho más que crecer.
Halfdan permaneció meditabundo, mientras Thorleif Spake el Sabio le susurraba algo al oído.
—¿Con cuántos hombres partió Ragnar? —preguntó el rey, con un brillo peculiar en los ojos.
—Creo que alrededor de cinco mil —contestó Hiram.
El rey sonrió complacido.
—Ésa es una noticia estupenda, Hiram.
Éste agrandó los ojos con asombro.
—El viejo Horik no tendrá más remedio que ser mi aliado... mientras me convenga, claro. Mandaré de inmediato otro mensajero con un nuevo acuerdo.
—¿Puedo saber qué vas a ofrecerle?
Halfdan, que se mostraba eufórico, mordió con hambre una rebanada de pan de centeno y respondió.
—Su reino.
Hiram sacudió confundido la cabeza, y el rey soltó una carcajada jactanciosa.
—¿Acaso no ves, mi buen Hiram, que, sin los suficientes guerreros, Jutlandia está desprotegida? Voy a amenazar a ese bastardo con arrebatarle el reino si no me ayuda, y, cuando lo haga y aniquilemos a los jarls rebeldes, le haré una visita personal, aunque no seré muy cortés.
Soltó una carcajada pretenciosa y estampó eufórico el puño sobre la mesa.
La astucia de Halfdan el Negro me sobrecogió; su ambición resultaba inconmensurable: pensaba ganar con tretas viles un aliado para sus fines con una promesa que no iba a cumplir. Su ardid lo libraría de la amenaza de los insurrectos, y además ganaría un nuevo territorio.
Como adivinando mis pensamiento, posó en mí su anhelante mirada. ¿Sería yo otra de las conquistas que pensaba cobrarse? El escalofrío que recorrió todo mi cuerpo me dio la respuesta.
Comimos mientras los hombres perfilaban su estrategia, Eyra y yo en completo silencio, sumidas ambas en nuestros pensamientos. Por su parte, Hiram se dividía en atender a su rey, lanzarme subrepticias miradas y soportar las coquetas miradas de las muchachas que nos servían, entre ellas Jora.
—Y, ahora, es tiempo de dedicarte mi atención, como prometí —anunció el rey, dirigiéndose a mí. Se limpió la boca con la manga de su túnica y se puso en pie.
»Dejadme a solas con mi invitada —ordenó, con voz grave y firme.
—Mi señor —replicó Hiram con la inquietud desdibujando sus hermosas facciones—. No olvidéis que es la esposa de Gunnar y sólo anhela encontrarlo; tal vez, si desvela su paradero, yo pueda acompañarla hasta él, no es necesario que perdáis vuestro tiempo con ella.
Halfdan miró furioso a Hiram y apretó los labios formando una línea blanquecina.
—¿Cómo osas decirme lo que he de hacer? —bramó—. Yo no olvido nunca nada, más bien parece que eres tú el que olvida quién es ella. La celas como si fueras su esposo. Y ahora, retírate, si no quieres que te azote por insolente.
Hiram, ofendido y ofuscado, se limitó a bajar la cabeza con gesto sumiso, y antes de retirarse me regaló una mirada admonitoria.
El rey cogió mi mano y me llevó al fondo de la estancia. Allí, tras unos espesos cortinajes, apareció una alfombra de lana azul índigo y, sobre ella, multitud de cojines y mantas enrolladas.
—Toma asiento.
Obedecí, reprimiendo el impulso de salir corriendo.
Me acomodé entre almohadones en una esquina, deseando que él ocupara el centro, pero no fui afortunada; se pegó a mí.
—Viéndote, casi comprendo por qué Gunnar enloqueció; debió de perder el juicio cuando te encontró y, por supuesto, cuando te creyó muerta. Loki lo llevó a su mundo y ahí sigue.
—Para eso estoy aquí, para hacer que regrese junto a mí.
Halfdan me dedicó una media sonrisa sardónica, sopesando mi respuesta.
—Me temo que tu labor será más ardua de lo que imaginas.