Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Conociendo a un rey

Ante nosotros surgieron los dominios del rey Halfdan Svarte el Negro.

Tras la empalizada, Hedemark era una población de apiñadas cabañas de madera oscura, con tejados pronunciados, solados de piedra y puertas decoradas. Me sorprendió la actividad que bullía en la aldea y la cantidad de mujeres, hombres y niños que nos contemplaban curiosos.

Miré en derredor, admirada de ver tal cantidad de huertos de nabos, repollos, judías y cebollas; secaderos de pescado y carne; grandes tinas alargadas donde varias mujeres teñían ropas, armadas con largas varas que removían azarosamente su colorido contenido; vacas, cerdos, gansos.

.. eran guiados por campesinos que marcaban el camino a seguir a golpe de bastón; carretas de las que descargaban sacos de grano, fornidos granjeros; mujeres sentadas en una larga banqueta, limpiando pescado, y niños correteando a su alrededor, inmersos en sus juegos.

Al fondo, sobre la suave loma de una colina, se erguía un imponente skáli de madera de roble; el tejado acababa en el suelo, y en la unión central, sobre la gran puerta doble, se alzaba amenazadora la cabeza de un temible dragón tallado en la madera mostrando sus dientes a los recién llegados.

—Aquí fuimos acogidos cuando destruyeron Skiringssal —explicó Hiram; su mirada se oscureció ante los recuerdos—.

Partí con Gunnar y sus guerreros hacia la aldea, cuando fuimos avisados de que Ulf había aprovechado nuestra ausencia para atacarla; cabalgamos sin descanso, azuzando a nuestras monturas sin piedad.

.. volábamos, Freya. —Hizo una pausa para mirarme, su azulada mirada se empañó—.

Jamás vi tal terror en el semblante de Gunnar, su angustia era la nuestra.

Y cuando llegamos y vimos el fuego, la gente corriendo y gritando, los guerreros enemigos aniquilando a mujeres y a niños.

.. sentí tal furia, tal frustración, que grité y peleé como nunca lo había hecho.

.. Gunnar también gritaba, pero tu nombre, con una agonía que erizaba la piel.

Después de aquello... no ha vuelto a ser el mismo.

Tragué saliva y desvié la mirada; busqué entre la gente con la esperanza de verlo prendida en la mirada.

Mi necesidad de él era como una llama hambrienta agitada por el viento, rodeada de maleza peligrosamente seca, urgiendo con desesperación un cubo de agua, un manantial, una ráfaga de lluvia, algo que aplacara las lenguas de fuego que amenazaban con devorarme.

—Pronto lo verás, Freya —susurró Hiram, consciente de mi impaciencia—. Pido a los dioses que obres el cambio, que logres traer al hombre y hagas huir a la bestia.

Lo miré con desconcierto y preocupación.

—Soy lo que le falta, por eso no es él.

Hiram me contempló taciturno, asintió y enfiló su montura hacia el gran skáli . Lo seguimos.

Llegamos a la explanada que precedía la entrada, desmontamos y atamos prestos las monturas al cercado.

Las grandes puertas estaban abiertas de par en par.

Eran colosales, adornadas con tallas exquisitas, dotadas de un realismo apabullante.

Serpientes escamadas parecían ondear en la madera de roble, de listones y recuadros asomando sus singulares cabezas por debajo.

Sus lenguas bífidas parecían agitarse ante nosotros como señal de precaución.

Los dinteles mostraban una trenza geométrica de perfectas proporciones uniéndose en una especie de tejadillo que sobrevolaba los portones.

—Es la residencia de un gran rey, y como tal ha de parecerlo —expuso Hiram con orgullo ante mi asombrada admiración.

—Lo parece —admití impresionada—, pero sólo hay una cosa de valor ahí dentro para mí.

Eyra me sonrió, compartiendo absolutamente mi opinión. Ella también se mostraba nerviosa.

Al menos no era la única que sentía un cosquilleo en el estómago, y la ansiedad recorriendo cada rincón de mi ser. Estaba a punto de verlo, y ese conocimiento aleteaba nervioso en mi pecho.

Sigurd ayudó a Jorund a desmontar, todavía débil y ojeroso. Eyra silbó y Fenrir acudió, después de olisquear con demasiado interés los gansos que huían despavoridos de su letal escrutinio.

Nos adentramos en aquella gran sala comunitaria; varias lucernas prendidas en las paredes iluminaban el amplio interior, pues no había ventanas, la única abertura de la construcción estaba en el tejado: era circular, destinada a liberar el humo de la abierta chimenea.

En el centro, crepitaba el fuego del hogar, delimitado por una línea de piedras que conformaban un gran rectángulo, sobre el que se colocaban trípodes de hierro del que pendían grandes marmitas humeantes.

Un cerdo ensartado en una barra de hierro, que un hombre, corpulento y sudoroso, hacía girar maniobrando una pesada manivela, desprendía unos apetitosos efluvios que inundaban la sala; la grasa goteaba sobre las brasas, y el calor hacía crujir la piel, dorándola. Mi estómago se agitó.

En los laterales se alineaban largos bancos de madera, que, por las noches, deslizadas las gruesas cortinas de paño rojo, se convertirían en minúsculas alcobas, con algo de intimidad.

En las paredes, hermosos estandartes, en los que un cuervo negro sobre fondo rojo abría sus alas y su pico, del que parecía escapar un graznido, decoraban el interior, junto con coloridos escudos y lanzas cruzadas.

Al fondo, un trono, ostentosamente tallado, lustroso y de generosas proporciones, se alzaba sobre una tarima alargada, que también sostenía dos sillas, una a cada lado del sitial, mucho menos fastuosas.

Ningún rey ocupaba ese trono.

Hiram detuvo a una muchacha con su cautivadora sonrisa.

—¿Cómo te llamas?

—Jora —respondió.

—¿Dónde está el rey, Jora?

La joven lo miró arrobada durante un instante, pareció buscar las palabras y, cuando las encontró, fue un tartamudeo nervioso lo que consiguió hilar.

—Ehhh... está en... fuera... —Dejó escapar una risita, se atusó el cabello y agregó—: Quiero de... decir... que está...

Valdis, con gesto torvo, puso los brazos en jarras y alzó la mirada con desdén.

—¡Por los dioses!, ¿no sabes hablar? —replicó molesta.

—Claro que sé —se defendió la chica, sonrojada y temblorosa—. Quería decir que el rey está fuera. —Cometió de nuevo el error de mirar a Hiram, se mordió el labio inferior y sonrió coqueta—. Con... su... espada... Me refiero al... a su adiestramiento... matutino.

La subyugada y hermosa joven bajó la cabeza y estrujó el delantal entre las manos.

—Estupendo, preciosa, tengo noticias que ofrecerle. —Hiram le regaló una sonrisa agradecida.

Las mejillas ya encendidas de la muchacha acentuaron su rubor y clavó en el guerrero una mirada más que esclarecedora.

—¿Y Gunnar? —inquirí, comprobando con desilusión que tampoco estaba en el skáli .

—¿Quién?

La joven alzó las cejas y sus redondos ojos se abrieron intrigados.

—El ulfhednar —aclaró Hiram.

La chica casi tembló, se abrazó a sí misma y negó con la cabeza.

—Todavía no ha vuelto y, por mí, como si no lo hace; ese hombre... es...

—Gracias, Jora. Deseo que atiendas a este hombre —interrumpió Hiram, señalando a Jorund con la cabeza—. Está malherido; su hija te ayudará. —Me agarró del brazo y me arrastró fuera del skáli .

—¿Por qué la has interrumpido?

Lo miré enojada.

Hiram alzó una ceja, chasqueó la lengua e inclinó ligeramente la cabeza.

—Creí que no querías saber nada, hasta comprobarlo por ti misma.

—Ya me lo has advertido tú, Hiram, ahora es una bestia. Imagino que se ha convertido en una sombra de lo que fue, un ser rudo y hosco, reservado y poco amigable, pero todo eso quedará atrás, como te dije.

Eyra se acercó a nosotros, con semblante circunspecto y mirada preocupada.

—No, Freya, es algo más; ¿me equivoco, Hiram?

El guerrero negó con la cabeza, evitó su mirada y, en lugar de ofrecernos una aclaración, se encaminó hacia un sendero que rodeaba el gran skáli .

Cada mención al nuevo Gunnar era una piedra nueva, afilada y pesada, que oprimía mi pecho, clavando sus aristas en mi corazón compungido. Tenía que encontrarlo cuanto antes, debía salvarlo de aquello que lo tenía preso.

A nosotros llegó el metálico tintineo de espadas cruzándose, gruñidos de esfuerzo y voces masculinas alentando el entrenamiento.

Cuando doblamos el recodo, pudimos contemplar un amplio campo de instrucción justo detrás de la casa comunal.

Hombres y mujeres se adiestraban en el manejo de diversas armas: lanzas, pequeñas hachas, espadas e incluso escudos, que eran maniobrados con tal maestría que se convertían en temibles armas.

Más allá, otro grupo practicaba con el arco.

Allí era indistinto el género: mujeres guerreras se enfrentaban a hombres en las mismas condiciones.

Aquello me asombró gratamente, sobre todo al comprobar la ferocidad y habilidad de aquellas grandes mujeres, de trigueñas cabelleras trenzadas, faldas cortas y botas de piel.

Exuberantes y lozanas, de considerable altura y piernas vigorosas.

Me deleité en ellas, admirando su fortaleza.

Un hombre imponente peleaba enardecido con su contrincante ante la admiración de los demás, destacando sobre el resto.

Era alto, muy alto, fornido, de amplias espaldas y torso musculado.

Tan sólo llevaba unas ajustadas calzas de cuero curtido marrón.

Su cabello negro, suelto sobre los hombros, se mecía en cada giro de su larga espada.

Frenaba cada uno de los ataques de su rival con singular ímpetu.

Enarbolaba con gracilidad su espadón, alardeando de su fuerza, trazando círculos sobre su cabeza, antes de descargarlos sobre su adversario, regocijándose de su propia destreza.

Rezumaba un poder y una confianza sin igual.

Tras varias estocadas en las que marcó, sin llegar a tocar, a su oponente, terminó derribándolo de una fuerte patada en el pecho.

Sonriente, se retiró un largo y oscuro mechón de su frente y se volvió hacia nosotros.

Clavó sus oscuros ojos en mí con vivaz curiosidad.