Capítulo 15
Buscando culpables
Recorrí el pasillo central del gran skáli con las mejillas encendidas.
Muchas parejas copulaban sobre los bancos, en las mesas, en el suelo.
Descubrí a Hiram poseyendo a una pelirroja que gritaba a pulmón; parpadeé incrédula, era Valdis.
Hiram se detuvo y me miró confuso, lo ignoré y aceleré mis pasos.
Aquello era un pandemónium de pasión desatada. El último trayecto lo hice corriendo; salí de la cabaña seguida de gemidos, como si me persiguiera una bandada de pájaros obscenos empecinados en picotear mi voluntad.
Lo primero que hice fue coger un cubo, llenarlo de agua del abrevadero y volcarlo sobre mi cabeza. Sacudí mi cabello y comprobé que nadie me observara. Intenté acompasar mi respiración y relajar mi ánimo.
Miré la luna; su fulgor nacarado perfilaba de plata las nubes más cercanas, diluyendo la negrura a favor de un azul oscuro. Una miríada de minúsculos puntos de luz tachonaban la noche, como lustrosas perlas cosidas a un negro manto aterciopelado.
Suspiré y liberé toda la tensión en un sollozo largo que emergió del centro mismo de mi alma.
Me permití aquella flaqueza, pero sin regodearme en ella, tan sólo como escape a la presión que atosigaba mi pecho, como un acto práctico y necesario. Recuperado el control, me limpié burdamente las lágrimas y me dirigí a la cabaña.
Eyra se hallaba sentada en una banqueta en el exterior, cubierta por varias mantas.
—¿Qué haces fuera? —le increpé—. Hace un frío infernal.
—Pues tú pareces no notarlo: no llevas tu capa, ni tu chaleco, y además estás empapada —replicó sopesando mi semblante.
Y así era, el fuego sentido todavía caldeaba mi cuerpo.
—No te sientas culpable, sea lo que sea que haya ocurrido.
Abrí los ojos e, incapaz de sostener su mirada, la fijé en la puerta.
—No ha pasado nada, aunque estuvo muy cerca —confesé en un hilo de voz. A medida que mi mente se despejaba, mi vergüenza aumentaba.
—En tal caso, posees la voluntad de un dios. El rey emponzoñó la cerveza.
Abrí la boca, muda de asombro.
—¿Qué acabas de decir?
—Lo que acabas de escuchar. Por tu comportamiento.
.. con Hiram, y por el del resto, intuí que habían aderezado la bebida.
Aún siguen tus pupilas dilatadas, Freya.
—Me sentí mareada y me apoyé en el dintel—.
Después, una mujer me confesó que de vez en cuanto echan un brebaje extraño a los barriles de cerveza, una mezcla de jengibre y un hongo peculiar que se cría bajo los grandes robles.
Me explicó que aviva el deseo carnal y puedo dar fe de ello.
—¡Ese pajarraco inmundo! —proferí furiosa.
—Creo, por la bacanal que se ha formado en la casa comunal, que Halfdan se ha excedido en la dosis habitual, pues la mujer me dijo que nunca había presenciado celebración igual.
—Quería embaucarme y casi lo consigue.
—Vas a contármelo todo, y no sólo me refiero a lo que ha pasado esta noche; durante la fiesta, tus palabras alertaron mi instintos. Así que, cuanto antes empieces, antes te dejaré descansar.
Y dejé brotar todo lo acontecido, sin omitir ningún detalle, por mucho que el rubor quemara mis mejillas. También le desvelé el pacto que acababa de desbaratar.
Cuando terminé mi relato y fui plenamente consciente de lo que acababa de vivir esa noche, la rabia me sacudió. No podía permanecer ni un instante más en Hedemark; en cuanto amaneciera, partiría en busca de Gunnar.
—Tu astucia me admira, Freya, me siento tremendamente orgullosa de ti —repuso meditabunda—.
Mas no subestimes el empeño de un rey, que además es artero y traicionero.
Te desea como jamás ha deseado nada en su vida, y seguro que esa intensidad también se debe a tu constante rechazo.
Te has convertido en su reto, y para un hombre poderoso y ambicioso significa que hará todo lo que esté en su mano para alcanzarlo.
—Lo sé, por eso partiré mañana.
La anciana asintió, suspiró hondo y se puso en pie.
—Has omitido algo en tu relato, y justo lo que más me preocupa.
Me miró con gravedad, posó la mano en mi hombro y lo oprimió suavemente.
—El Oráculo —admití.
Asintió y su ajado rostro se dulcificó en una sonrisa condescendiente.
Le detallé la conversación y, cuando terminé, los ojos de Eyra se habían cubierto por un velo afligido.
—Es peor de lo que barruntaba —confesó—.
Los dioses quieren que te alejes del rey, pues podrías alterar su destino, y ese conocimiento me dice que no sólo te metiste en su cabeza, Freya, sino también en su corazón.
En cuanto a la visión, es la misma que la mía: sé que ambos os encontraréis en otra vida, como mitades de una misma alma.
En cambio, lo del llanto del niño me confunde, está claro que la desgracia se empeñará en perseguiros. Tal vez...
—Tal vez, ¿qué?
La anciana sacudió la cabeza; creí ver sus pensamientos pasando a un ritmo vertiginoso por su rostro.
—Tal vez, ahora se te está dando la oportunidad de evitar que la fatalidad te persiga a través de los tiempos.
—A mí lo que más me angustia no es ninguna de esas dos cosas; ahora mismo lo que atenaza mi pecho es no encontrar a Gunnar; dejó entender que ya no era mi presente.
—Los designios de los dioses deben tomarse como advertencias; se debe luchar por cambiarlos, pero si es imposible no queda más remedio que asumirlos.
Un frase acudió a mi mente, y con ella los recuerdos de mi pasado allá en aquel Toledo al que jamás regresaría.
—El pasado ha huido, lo que nos espera está ausente, pero el ahora es mío.
Aquélla fue mi declaración de intenciones. Lucharía hasta el final, a nada temía ya, tan sólo a perder mi vida, esa que ya no moraba en mí, sino en un guerrero temible que se cubría con la piel de un lobo.
Amanecía cuando unos golpes impacientes aporrearon la puerta de la cabaña.
Eyra y yo nos miramos alertas. Jorund continuaba en su camastro sumido en el sueño, regalándonos sus bufidos y resoplidos. Valdis no estaba en su jergón. Sólo yo sabía dónde se encontraba, en los brazos de un hermoso guerrero.
Cuando abrí la puerta, fue ese hombre el que me miró con el ceño fruncido y una expresión tensa. Me cubrí de rubor cuando deslizó la mirada hacia mis labios.
—Gunnar está aquí.
Abrí los ojos impactada, mi estómago cosquilleó y en mi corazón aletearon miles de inquietas mariposas. Sentí ganas de llorar y reír a la vez; cuando ya me precipitaba al exterior, me mareé y perdí el equilibrio. Hiram me sujetó por la cintura.
—Coge tu capa, está helando —me aconsejó fijándose en mi vestido rojo; más puntualmente, mi escote.
Por fortuna, no me había desvestido, ya que pensaba escapar al alba.
—La olvidé en el skáli .
Hiram arrugó la cara en un mohín de disgusto, imaginándome en la cama de Halfdan.
—No me poseyó. —No acababa de pronunciarlo cuando me pregunté por qué tenía que excusarme ante él.
—Te vi salir de su alcoba.
—No me importa lo que creas; sólo te diré, para el descanso de tu conciencia, que Halfdan envenenó nuestra voluntad, liberando nuestros más primarios instintos: contaminaron la cerveza con un brebaje libidinoso.
Ninguno somos responsables de lo que sucedió anoche. No has de sentirte mal ante tu hersir .
Salimos sin esperar a Eyra, que hizo señas de que nos seguiría.
Caminamos con apremio, expulsando volutas de aliento blanquecino y temblando ante la helada que sepultaba la región bajo su implacable yugo.
—Me siento mal, Freya, por dos cosas —aseveró Hiram sin mirarme—. La primera es porque tomé a la mujer equivocada en tu lugar, y la segunda, porque no bebí cerveza.
Nada respondí, ni siquiera lo miré; me limité a caminar, deseando liberar la piedra de mi pecho, desesperada porque unos brazos me envolvieran, y porque dos gemas verdes iluminaran por fin mi existencia.
Llegamos a la explanada frente al skáli , donde la hoguera ennegrecida había sido cubierta por una fina y traslúcida capa de hielo.
Numerosos caballos y jinetes estaban apostados frente a la cabaña, atando sus monturas al cercado. Se me cortó la respiración cuando reconocí a Erik Cabello Hermoso, y a Ragnar Hacha Sangrienta. Corrí hacia ellos.
Se volvieron hacia mí justo antes de que los alcanzara, con el espanto pintado en el rostro. Retrocedieron sobresaltados y temerosos.
—Presencio una visión, Erik —musitó impávido el guerrero.
Erik ni siquiera era capaz de hablar; tenía la mandíbula desencajada y los ojos parecían salírsele de las órbitas.
No pude evitar abalanzarme sobre ellos y colgarme de sus cuellos.
Erik gritó embargado por el pánico, y Ragnar trastabilló mientras retrocedía cayendo sentado sobre sus posaderas.
—¡Atrás, espectro!
Me detuve a contemplarlos con los brazos en jarras y una sonrisa divertida en mi rostro.
—Soy yo, majaderos. Estoy más viva que nunca.
Ambos me contemplaron pálidos e impresionados.
—Erik, ¿los espíritus hablan?
—Cre... creo... que no.
Alargué el brazo y toqué con la punta del dedo el pecho de Erik; éste miró mi dedo como si fuera la punta de una daga.
—No deberías gritar tanto, Erik —aduje con sorna—. Si muestras tu precaria dentadura, no tendrás dónde clavar tu aguijón.
—Si me faltan dientes es por tu culpa, casi me matan en aquel barco.
Asentí y compuse un mohín de disculpa. Por fin el guerrero sonrió.
—¿De... de veras eres tú? —inquirió Ragnar poniéndose en pie.
Me estiré un mechón de pelo, y les guiñé un ojo.
—Eso parece.
—Pe... pero... si estabas muerta, Eyra... te enterró —tartamudeó, acercándose confundido.
—Pero la desenterré... —explicó Eyra, que se acercaba a nosotros— ... cuando comprobé que todavía respiraba.
—Me salvó la vida —argüí—; todo este tiempo he estado recuperándome.
Ambos hombres deslizaron la mirada a mi plano vientre.
Me mordí el labio inferior y negué con la cabeza.
—Gunnar... te cree muerta...
Ambos hombres se miraron alarmados y turbados.
—¡Por los dioses... Gunnar! No sé cómo va a afrontar tenerte enfrente.
—Como alguien que reencuentra a un ser amado.