Capítulo 10
Entre apodos y amigos
Tras varias agotadoras jornadas de viaje, y a pesar de que la distancia recorrida me acercaba a él, mi paciencia paradójicamente se agotaba. Me mostraba irascible, pensativa y ausente.
Eyra solía observarme ceñuda, pero no replicaba, se limitaba a compartir mi hermetismo.
Una noche, acampados bajo una espesa arboleda, Fenrir se agitó inquieto.
Siempre dormía a mi lado, acomodando su peludo cuerpo en mi costado, hasta aposentar el afilado morro sobre mí. Yo agradecía su calor y seguridad, y hundía los dedos en aquel suave pelaje grisáceo arrancándole gruñidos de satisfacción.
—¿Qué pasa, amigo?
El animal, orejialto, olisqueó concienzudo el aire, y de inmediato se incorporó y observó con rigidez algún punto a mi derecha.
Escruté la penumbra. La delgada curva de la luna apenas plateaba el bosque, permitiendo a las sombras más infames adueñarse de casi la totalidad de los resguardos que formaban el espeso aligustre que nos rodeaba.
Todo parecía en calma; a unos pasos, oí el suave resoplido de uno de los caballos, un susurro de ropas, y levemente el deslizar del metal escapando de su funda.
—Shhhhh... —susurró Hiram, gateando hasta mí. Se tumbó a mi lado y me obligó a imitarlo—. Finge que duermes; nos acechan, ten a mano tu daga.
Obedecí y aguardé con el corazón en un puño.
De pronto, Fenrir ladró y se lanzó a la carrera, perdiéndose entre los matorrales.
Sentí la mano del guerrero presionando la mía contra el suelo del bosque, en muda advertencia.
Inmóvil, con el corazón atronando en mi pecho, agudicé el oído; temí por Fenrir , pero aguanté las ganas de llamarlo.
Un grito de hombre me erizó la piel y, como si fuera la señal esperada, todos nos pusimos en pie y empuñamos nuestras armas. Vislumbré a Eyra junto a mí; alzaba su puñal.
Hiram se adelantó, hizo una señal a Sigurd y en dos ágiles zancadas se perdió entre la espesura, mientras seguía los lamentos del hombre acompañados de los gruñidos de Fenrir .
Sigurd cubría nuestras espaldas, atento a cualquier movimiento, y nosotras entrecerrábamos los ojos intentando discernir siluetas en la semioscuridad, preparadas para defender nuestras vidas.
Oímos varios golpes sordos, gemidos, pasos, y el susurro de un cuerpo arrastrado entre la breña.
—Soy yo —anunció Hiram medio encorvado y jadeante, al tiempo que tiraba del cuerpo al parecer inerte de un hombre.
—Ese perro tuyo casi ha hecho todo el trabajo —masculló con un deje de reproche.
Fenrir apareció en ese instante, con la lengua fuera y agitando exaltado la peluda curva de su cola.
Corrió hacia mí, buscando su recompensa. Le rasqué orgullosa el cuello. En ese momento, detecté el olor metálico de la sangre expulsado por su aliento; me aparté, tenía todo el morro ensangrentado.
—Sigurd, comprueba los alrededores mientras despierto al intruso.
El pequeño pero robusto pelirrojo asintió y desapareció casi al instante.
Hiram pegó la espalda del prisionero al tronco de un árbol, le extendió las piernas sobre la putrefacta hojarasca del lecho del bosque y me pidió la cuerda que colgaba en su montura.
Rauda se la llevé y lo ayudé a atarlo con fuerza en torno al grueso tronco del olmo.
—¿Nos espiaba? —pregunté.
Hiram asintió sin mirarme.
—Lo raro es que esté solo, y eso me preocupa; tal vez, cuando el perro se abalanzó sobre él, su compañero logró huir. Si es así, no tardará en avisar a su grupo y vendrán por él.
—Eyra, necesito que despiertes cuanto antes a este hombre; Freya, enciende la hoguera —ordenó asegurando el nudo.
Ambas nos apresuramos a realizar nuestros cometidos.
Ya con el anaranjado fulgor del fuego, pudimos comprobar el estado del hombre.
Eyra había sacado de su alforja un pote de barro, del que extrajo una extraña y hedionda hierba que calentó frotándola entre los dedos, y luego la puso justo bajo la nariz del prisionero.
Milagrosamente el hombre comenzó a toser, mientras sacudía con violencia la cabeza. Miré asombrada a la anciana, que sonreía con suficiencia.
—El orín de mi cabras, con excrementos y hojas de fresno en descomposición, nunca falla... hasta que se seca, claro está.
—¡Aparta eso de mi cara, vieja völva ! — gruñó el preso.
—Sí, soy una bruja —aseveró Eyra, con una sonrisa maléfica—, así que, si no quieres que te maldiga con un galdrar , y veas cómo tu cuerpo se pudre en vida, más vale que me digas por qué nos acechabas.
—Basta con que le digas que dejarás que Fenrir termine su cena —sugirió Hiram observando entre admirado e inquieto la sangrante herida de la pierna del hombre—. Ese perro tiene el nombre apropiado, sin duda.
Eyra se rascó pensativa la barbilla y apretó los delgados labios mientras evaluaba con mirada concentrada la mordida del animal. De la herida manaba un torrente incesante de sangre.
—Si no le aplicamos un torniquete, morirá antes del alba —murmuró con fría eficiencia.
Hiram se inclinó sobre el pálido rostro del hombre, que apretaba los dientes conteniendo con estoico semblante el dolor.
—Se lo aplicarás cuando hable, no antes —sentenció con rotundidad—. ¿Quieres morir?
El prisionero miró su herida desgarrada y sanguinolenta y nuevamente a Hiram.
Negó con la cabeza.
—Pues habla; no te queda mucho tiempo, comienza a amanecer.
—Mi aldea... está a poca distancia de aquí.
Hace poco, un grupo de brutales guerreros devastaron y mataron a gran parte de mi familia y vecinos.
.. Yo... desde entonces, vigilo las inmediaciones, por temor a su regreso.
.. Dijeron que volverían por mi hija. Vi vuestra hoguera.
.. durante mi guardia, y decidí echar un vistazo.
El hombre languidecía por momentos con una asombrosa premura. La vida se le escapaba a través de la dentellada del perro. Los párpados comenzaban a pesarle, al igual que la cabeza, que daba sacudidas bruscas y continuas, en una lucha infructuosa por permanecer erguida.
—¡Rápido, Eyra, se muere! —la apremié buscando con la mirada una pequeña rama con la que enrollar el paño que ya sacaba la anciana de su hatillo.
Eyra se acuclilló junto al prisionero, le deslizó la gruesa tela de algodón por la ingle, hizo un nudo flojo, me arrebató la rama de la mano, la introdujo entre el nudo y comenzó a girar para ejercer la presión adecuada.
El hombre se desvaneció.
Al instante, el incesante e intermitente flujo de sangre se detuvo.
—¿Ha muerto? —inquirí temblorosa.
Eyra palpó un lateral del cuello del hombre y negó con la cabeza.
—Aprovecharé que está inconsciente para curarlo.
Sigurd apareció con un par de liebres atadas por las patas traseras a su cinto; aún se sacudían desesperadas.
—Para que luego no digas que regreso con las manos vacías —adujo dirigiéndose a Hiram. Miró al prisionero y sacudió la cabeza—. Ese estúpido iba solo, no había más huellas. —Sonrió jactancioso y meneó la cadera donde pendían sus presas—. Bueno, las de mis dos nuevos amigos.
—Será mejor que construyamos una camilla —opinó Hiram—, tenemos que llevarlo a su aldea.
Partimos al alba, con el herido en unas parihuelas improvisadas, arrastrado por el caballo de Hiram.
Tras haber recibido los expertos cuidados de la sabia Eyra, cuyos conocimientos transgredían cualquier ciencia conocida, pues estaba segura de que algo mágico movía sus manos, el prisionero había recuperado la consciencia y nos guiaba.
No tardamos en llegar a un reducido grupo de cabañas apiñadas; algunas de ellas eran tan sólo un puñado de rescoldos ennegrecidos.
Nadie salió a recibirnos.
Nos detuvimos y desmontamos mirando a nuestro alrededor. Las únicas señales de vida que encontramos fueron unas ocas aleteando dentro de un recinto, y un par de cabras atadas a un cercado; junto a ellas, había un balde medio lleno de leche.
—¿Dónde están? —inquirió Hiram mirando con recelo a su alrededor; rápidamente enarboló su acero y se puso en guardia. Sigurd lo imitó.
Observé al prisionero; sus sesgados ojos azules se cubrieron con un velo de indecisión.
Me acerqué a él y me arrodillé a su lado.
Era un hombre de mediana edad, alto y corpulento, con un flamígero cabello rojo, ahora enredado y sucio, que se pegaba a un rostro ancho de huesos marcados, todavía pálido.
—Nada has de temer de nosotros —murmuré con suavidad—. Sólo somos viajeros con rumbo a Hedemark. Comprendo tu desconfianza, por lo que seguiremos nuestro camino; imagino que tu gente aguarda que nos marchemos para salir.
Me incorporé justo cuando una flecha silbó junto a mi oreja izquierda.
—¡A cubierto, nos atacan! —bramó Sigurd.
Hiram se abalanzó sobre mí, me tiró al suelo y me cubrió con su cuerpo.
Tras el doloroso aterrizaje, llegaron los dolorosos recuerdos de aquella cala en Aalborg.
Gunnar había hecho exactamente lo mismo cuando sufrimos el ataque de Ulf y Amina, cuando las flechas surcaron el aire como una letal bandada de veloces cuervos, rompiendo con sus silbidos la brisa de aquella costa.
Abrí los ojos; tenía el rostro sepultado en el cuello del guerrero. Su cabello dorado claro se me antojó más oscuro; su cuerpo, más poderoso; su aroma, el de otro hombre. Una punzada de anhelo me sacudió.
Oí un largo y agudo silbido y las flechas se detuvieron. Hiram alzó la cabeza, fijó la mirada más allá de los caballos y su cuerpo se destensó. Entonces me observó.
Iba a decirme algo, pero se prendó de mi mirada, o más bien de mi desgarrada expresión.
Deslizó los ojos hacia mis labios, y los demoró ahí.
De su boca escapó un suspiro. Como movida por una fuerza superior, alcé la mano y la llevé a su mentón.
Acaricié levemente su contorno hasta llegar a la barbilla, después ascendí hasta sus generosos labios y los repasé con la yema de los dedos.
Hiram gimió y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, me percaté de que no eran verdes, y de que aquélla no era su boca, ni aquél su rostro, y me encogí de dolor.
La pura necesidad de él había enturbiado mis sentidos.