Capítulo 9 #2
—No lo sé, es posible que lo haga —respondió—.
Montó en cólera cuando supo que Harald el Implacable había intentado impeler a su jarl Ragnar a la sublevación.
Pero, por otro lado, no quiere favorecer a Halfdan, a no ser, claro está, que la compensación que reciba le merezca la pena. Imagino que estará meditándolo.
Sólo una cosa me preocupaba entre tanta intriga por el poder: la vida de Gunnar. Él tan sólo era una pieza que el rey movería a su antojo y, si se avecinaba una gran batalla, estaba segura de que él encabezaría sus tropas.
—¿Halfdan confía plenamente en Gunnar?
Hiram sonrió; sin embargo, un velo cubrió su mirada.
—Halfdan no confía en nadie, lo han emboscado demasiadas veces, pero sin duda valora la presencia de un guerrero de su talla. Gunnar ahora pertenece al hird del rey.
Lo miré con preocupación.
—¿El hird ?
—Un séquito real, la guardia más cercana al rey; hasta conviven con la familia, si la tuviera, que la tendrá. Gunnar es el brazo derecho de Halfdan.
—Ese rey es listo y afortunado —murmuré con anhelo.
Hiram me escrutó con curiosidad. Finalmente sonrió con algo parecido a la pesadumbre.
—Ardes en deseos de verlo, ¿no?
Asentí y dejé vagar la mirada por el hermoso paraje que nos rodeaba.
La nostalgia me sacudió; en un entorno parecido, Gunnar me llevaba en su montura, mientras me susurraba anécdotas de su infancia.
—Sólo pienso en rodearlo con los brazos, en besar sus labios, en decirle cuánto lo amo... y en no despegarme jamás de su lado.
—¿Y si él no responde como debería?
Lo miré perpleja, aquella posibilidad era nula. Gunnar me amaba más que a su vida: era imposible que me olvidara en casi seis lunas, aunque me creyera muerta.
—Responderá, no albergo duda alguna, soy todo para él, como él lo es para mí.
—Me consta el amor que te profesa, sólo que...
Frené abruptamente la montura y clavé mi mirada inquisidora en él.
Eyra y Sigurd, que cabalgaban tras nosotros, me imitaron.
Hiram adelantó su caballo y lo atravesó frente a mi yegua.
—Freya —comenzó a decir en tono grave—. Yo... no sé cómo decirte esto...
Eyra se puso a mi altura y observó con preocupación mi semblante.
—¡Habla! —exigí imperativa; un creciente temor me asaltó, encogiéndome el estómago.
—Gunnar no es... el mismo hombre que conociste, Freya —repuso con gesto inquieto.
—El dolor cambia a los hombres —intervino Eyra—. Volverá a ser el que era cuando descubra que está viva.
Hiram continuaba mirándome preso de un inquietante desasosiego, que me hizo sospechar que algo más ocultaba.
—¿En qué ha cambiado? —pregunté temerosa.
—En todo —respondió cogitabundo.
—No te creo —repliqué altanera.
Hiram me contempló un instante, sacudió la cabeza y se retiró el cabello de la frente en un gesto impaciente.
—Me creerás cuando lo veas. —Hizo una pausa; vi compasión en su mirada—. Por eso te llevo con él, tú eres la única esperanza que nos queda para que regrese a nosotros, para que vuelva a ser el que era.
Disipé el desasosiego con una sonrisa confiada.
—Lo será, Hiram, yo me encargo de eso.
El muchacho me devolvió la sonrisa cargada de esperanza.
—Sí; te llamaba su loba, y como tal habrás de lidiarlo, pues en eso se ha convertido él, en un lobo temible. El más fiero ulfhednar que hayan conocido estas verdes tierras.
—¿ Ulfhednar ?
La celeste mirada del guerrero volvió a oscurecerse, como un paño oscuro que cubre un amargo recuerdo, queriendo ocultarlo pero perfilando de forma macabra su contorno.
—Es parecido a un berseker , pero más temible, atroz y letal.
Un guerrero enfebrecido, que marcha a la batalla semidesnudo, tan sólo tapado por unas calzas, con la espalda cubierta con la piel de un lobo y con la cabeza del animal sobre la suya, absolutamente convertido en esa fiera, sin un ápice de humanidad, ni compasión. Creo que ya no recuerda quién fue.
Intenté tragar saliva, pero me fue imposible. Noté atorada en la garganta una bola de angustia y temor que me privaba de aire. Hiram notó al instante el cambio en mi semblante, y posó una mano en mi hombro mostrándome su apoyo.
Intenté sonreírle pero me fue imposible.
—Venciste a la muerte, muchacha —recordó Eyra con firmeza—. No te resultará muy difícil vencer a un lobo.
«No», me dije, y más sabiendo la fortaleza y fiereza de la loba que yo guardaba en mi interior, esa que me había ayudado a sobrevivir en más de una ocasión, la que había luchado contra el jarl , la que había matado a Ada, la que había sobrevivido.
Y si había de llamarla de nuevo, lo haría, una y mil veces, las necesarias, para luchar por mi vida y por mi felicidad.
Más animada, sacudí las riendas y mi yegua bruna inició su trote enérgico.
—Dices bien, Eyra; a nada temo ya, y sólo hay un propósito a mi regreso: recuperar a mi esposo.
Eyra ensanchó los labios con orgullo y arreó a su montura con igual determinación. Junto a los caballos caminaba Fenrir , acompañándome en mi búsqueda.
Ante nosotros surgieron las altivas montañas, que se perfilaban en un desvaído tono añil, como majestuoso fondo de una inmensa llanura, surcada por ruidosos y vivaces riachuelos, y bosquecillos de olmos y abedules.
Aspiré el perfumado y fresco aire silvestre y clavé los ojos en las espesas nubes que se arremolinaban en apretados grupos, como si quisieran fundirse unas con otras para formar un mullido manto níveo, acaparando de forma egoísta los tenues rayos solares para ellas solas.
Las más livianas resplandecían de oro, mostrando solapadamente la belleza de aquellos mágicos haces, pero privándonos de su calor.
Cabalgábamos a buen ritmo, por un terreno firme y fácil, en silencio, cada cual sumido en sus propios pensamientos; los míos sólo tenían un nombre.
Nos detuvimos al mediodía para comer. Eyra me lanzaba miradas escrutadoras, calibrando mi ánimo, y yo siempre me esforzaba por imprimir ligereza a mi sonrisa, y confianza a mi mirada; no obstante, la agudeza de la anciana parecía recalar incluso en mi alma, y supe que leía mi mente con claridad meridiana.
Lo sabía, pues mi semblante era un reflejo del suyo propio.
Sin embargo, ninguna expuso los recelos y las preocupaciones.
Comimos escuchando la conversación de los hombres.
Sigurd comentaba las hazañas del gran Ragnar Lodbrok, lamentando no formar parte de sus guerreros, e Hiram intercambiaba observaciones, dirigiéndome fugaces pero insistentes vistazos, como evaluándome con notable inquietud.
Tuve la impresión de que me ocultaba algo más.
No quise indagar; temí hallar una respuesta que me perturbara más, y no deseaba que el desasosiego creciera más de lo que lo hacía.
Limpié las migas de pan de centeno de la falda de mi túnica, guardé el taco de venado ahumado y seco que Hiram había fileteado y tomé el odre vacío, con intención de llenarlo en el cristalino arroyo que serpenteaba a nuestro lado.
Sigurd afilaba su enorme hacha, casi más grande que él, y Eyra alimentaba a Fenrir , al tiempo que mantenía una curiosa conversación con el animal.
Hiram se acercó a mí, pero no dijo nada, tan sólo me observaba. Parecía debatirse con algo.
Inclinada sobre el arroyo, esperando que la corriente engrosara el volumen del odre, musité:
—No quiero saberlo.
Hiram se acuclilló a mi lado y sonrió impresionado.
—Eres muy lista.
—Sólo observadora; llevas la duda pintada en la cara como si fueran pinturas de guerra.
Chasqueó la lengua con diversión y sacudió su esplendorosa melena dorada.
—Está claro que no puedo mentir, mi maldita cara habla antes que yo.
Sonreí a mi vez. Esa maldita cara, como él la llamaba, no necesitaba mentir para seducir a nadie.
—Freya... —comenzó a decir.
—No —insistí—. Sea lo que sea, prefiero descubrirlo cuando lo encuentre.
Hiram arqueó las cejas, mostrando su desconcierto.
—¿No prefieres estar preparada para lo que te vas a encontrar?
—Prefiero solventar en el acto lo que me vaya a encontrar antes que torturarme con posibilidades, que seguramente me roben el sueño antes de tiempo.
—Sin duda lo harían.
—¿Puedo pedirte algo?
—Lo que quieras —se apresuró a responder.
—No me animes más.
El hombre soltó una carcajada abierta y estentórea, que resonó a lo largo del valle, provocando el vuelo de varias cornejas que sumaron sus chirriantes graznidos a la risa de Hiram.
—Lo intentaré —concedió el guerrero, con la risa aún prendida en su mirada.
—No, lo harás... o me veré en la obligación de despellejarte con mi daga.
—Una mujer dura, ¿eh?
Me puse en pie, con el odre lleno, y le lancé una mirada burlona mientras cerraba el recipiente.
—Sí, algo de mujer tiene mi loba.
Me encaminé hacia mi yegua y até el odre a la montura. Hiram me siguió.
—No fue tu belleza lo que cautivó a mi hersir —murmuró a mi espalda— y es eso lo que necesitarás para recuperarlo; sin embargo... si no lo consigues con él... hay más hombres que seguro que sucumben ante ti.
Me volví y le sostuve la mirada, estaba demasiado cerca.
—No, no hay más hombres, no para mí.
Hiram encogió los hombros; su expresión se entristeció, pero al instante me regaló una sonrisa de afligida aceptación.
—Ésa es mi desgracia —masculló con una sonrisa superflua, intentando suavizar la intensidad de su mirada.
Apoyé la punta del pie en el estribo y con agilidad me alcé sobre la silla, me acomodé y lo miré con severidad.
—No, tu desgracia será volver a enfrentarte a la ira de tu maestro instructor, si prosigues con esa actitud.
Arreé al caballo y me adelanté hacia la suave pendiente de una mullida loma. El viento mecía los altos brotes de hierba, esparciendo su fragante aroma por el páramo.
Cerré los ojos y lo llamé con la voz del corazón. Cada poro de mi piel clamaba sus caricias. Mi necesidad de él empezaba a ser desesperante.
«¿Dónde estás, amor mío?»
Suspiré hondamente y me repetí en mi cabeza que volvería a verlo, que mis labios saborearían los suyos de nuevo, que mi piel despertaría bajo sus caricias, que mi alma se enlazaría a la suya en el encuentro de nuestras miradas subyugadas.
Sí, me dije, un amor como el nuestro no podía derrocarse; ni siquiera la muerte o el olvido lo lograrían.
Cuando el grupo se reunió a mi alrededor, perro incluido, proseguimos el trayecto.