Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

El ulfhednar

Pasaban los días, y mi cuerpo ganaba fortaleza y resistencia en una recuperación inaudita.

El ánimo fue uno de los causantes, pero no el único.

Salía a caminar con Fenrir , pescaba y cazaba a su lado; me ejercité de forma insistente con el arco, y cabalgaba por los verdes prados, seguida por mi inagotable guardián.

Ayudaba a Eyra en las labores domésticas, comía como un lobo y dormía profundamente en las gélidas y largas noches de un invierno incipiente.

Y soñaba por el día, con un rostro y unos ojos que no se apartaban de mi mente ni un instante.

Lo echaba tanto de menos, tanto, que la sensación de desamparo comenzaba a oprimirme y a irritarme.

Me moría por tenerlo frente a mí, y temía no llegar a tiempo.

Pues él, creyéndome muerta, se entregaría a la batalla de forma imprudente y temeraria, buscando su alivio, como suponía Eyra, que compartía el mismo desasosiego que yo.

No obstante, aquello siempre traía discusiones entre nosotras.

Yo deseaba partir de inmediato, y Eyra, más reflexiva y paciente, aguantaba mis arrebatos en silencio sin replicar; tan sólo aguardaba que soltara todos mis miedos y finalizaba la conversación con la misma frase: «Partiremos cuando yo lo considere, no antes».

Esa noche me acosté rumiando furiosa y frustrada.

No entendía qué más debíamos esperar; mi cuerpo había ganado peso, mis músculos volvían a ser elásticos y, con mi mente más alerta y aguda que nunca, me sentía fuerte y poderosa, totalmente restablecida y con unas imperiosas ganas de encontrar por fin mi felicidad.

Pero Eyra esa noche ni siquiera acabó la discusión con su consabida frase, se limitó a regalarme una sonrisa enigmática y se metió en su jergón.

A la mañana siguiente, lo primero que oí al desperezarme fueron los cascos de varios caballos, y unas voces masculinas en apagada conversación.

Me incorporé de golpe. Fenrir , que dormía a los pies de mi camastro, alzó las orejas con atención y gruñó molesto cuando me levanté rauda de la cama.

Sacudí con cariño su lomo y salté por encima de él, en busca de mi túnica de lana.

Me la ceñí con un cinturón de cuero marrón y me envolví en una capa que sujeté con una fíbula, hermosamente labrada en oro.

Descarté el turbante; me llevaría demasiado tiempo meter mi espesa y larga melena negra en aquel recuadro de tela, así que me la eché a un lado, sobre el hombro derecho y, con toda la agilidad y premura que pude, conformé una gruesa trenza que até con un cordel.

Salí apresurada de la cabaña, consumida por la curiosidad. Fenrir abrió su enorme boca y bostezó con desidia, chasqueó la lengua, se relamió un par de veces y me siguió.

—Vamos, perro holgazán, parece que tenemos visita.

Dos hombres clavaron la mirada en mí. Uno de ellos arqueó las cejas con asombro y al final sonrió con franca admiración; el otro, en cambio, me contemplaba impertérrito. Ambos eran jóvenes y fornidos, aunque de apariencia opuesta el uno al otro.

El más alto era terriblemente apuesto: rubio, de sedosa melena larga con trenzas adornando los costados de su armonioso rostro, brillantes y almendrados ojos celestes, pómulos altos y la boca de un dios.

El otro era bajo, pelirrojo, de ojos minúsculos y hundidos, frente demasiado ancha y prominente, mandíbula alargada, boca de labios finos, anodino, desabrido y poco agraciado.

Ir junto a aquel hermoso guerrero era lo que menos le favorecía; un guerrero que no me era desconocido, por cierto.

—Hola, Hiram —saludé jovial.

—Hola, mujer hermosa con sentido del humor pero con esposo celoso.

Solté una abierta carcajada ante la alusión a nuestro peculiar primer encuentro. Tentada estuve de echarme a sus brazos, si no fuera porque una vez ya había intentado seducirme; eso sí, cuando desconocía quién era mi esposo.

—Me alegra verte —confesé—, aunque me alegraría más ver a tu maestro de instrucción.

Hiram me guiñó un ojo y me sonrió de medio lado. Sus dotes de seducción sin duda eran dones naturales en él.

—En este momento iba camino a engrosar sus tropas. Tuvo que marchar al sur, para ofrecer un pacto al rey Horik el Viejo, de Jutlandia, en nombre de Halfdan el Negro; si aceptan, tendremos el apoyo de un temible ejército.

Miré emocionada a Eyra, que ya se acercaba con una sonrisa de suficiencia en los labios.

—Ya lo he considerado —comenzó a decir alargando las palabras y con ellas mi ansiedad—. Partiremos en este mismo instante.

Dejé escapar un gritito exaltado y la abracé jubilosa.

—¡Muchacha alocada! —me recriminó con suavidad—. No podíamos partir hasta saber adónde hacerlo; había mandado mensajes a Hiram en nombre de Gunnar, para que a la vuelta pasara a recogernos.

—¿Te he dicho ya que te adoro?

Eyra rio complacida y sacudió la cabeza ante mi excitada actitud.

—Vamos, niña impaciente e insufrible, aunque encantadora, con esposo celoso.

Salté de alegría; era tal mi regocijo que hasta Fenrir ladró animoso, sacudiendo su peluda cola con alborozo.

—Mi hersir se morirá cuando te vea; no pienso perdérmelo por nada del mundo —anunció Hiram, que sonreía tan feliz como nosotras.

—Seguro que te devolverá su confianza —aduje recordando los celos de Gunnar y el alboroto que montó cuando lo descubrió en plena seducción.

—No creo —contravino el guerrero—. Me pidió que no volviera a poner los ojos sobre ti, y es lo único que no pienso cumplir.

Reí de nuevo, lo empujé divertida y me adentré a la carrera en la cabaña en busca de los fardos que llevaban días preparados para el viaje.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —inquirió Hiram.

Cargué el carcaj a mi espalda, crucé mi arco en el otro hombro y arrastré los fardos hasta donde me esperaba la reducida comitiva.

—¿Puedes?

Hiram se apresuró a ayudarme con la carga. Con presteza los alzó a mi caballo y, mientras los aseguraba con correajes, planteó:

—¿Tienes hermanas? Porque, si es así, mi próxima incursión será a tus tierras.

Negué con la cabeza. A mi mente acudió el recuerdo de mis dos hermanos de padre; mi ojos se nublaron con remembranzas dolorosas. La nostalgia por las gentes que dejé hace tanto en aquellas soleadas tierras andalusíes brotó de golpe.

—Eh, no quería entristecerte —musitó Hiram con preocupación; detuvo su mano a mitad de un nudo y la puso sobre mi hombro—. Te dejo que me golpees.

—¿Cómo?

—Sí, por cada desatino cometido, tienes mi permiso para golpearme —me explicó el joven con convencimiento.

—No haré tal cosa, al menos por esto. No tienes la culpa de que recuerde mi pasado, pues es algo que ocurrirá mientras viva; el pasado es una parte de mi vida, una parte que siempre estará presente, y que acudirá a mi mente en más de una ocasión.

Cuando terminé de hablar, me encontré con una mirada pensativa.

—No sabes cuánto lamento que no tengas hermanas, aunque dudo que, aun así, alguna pudiera superarte.

—Hiram, detente o me obligarás a golpearte —advertí en tono socarrón.

El guerrero rio jocoso, pero en su mirada permaneció su anhelo.

—Por cierto —agregó—, éste es Sigurd el Duende.

—Hola, Sigurd. —Me volví hacia el pequeño pelirrojo. Su apelativo era absolutamente apropiado a sus características físicas.

—A mí no tendrás que golpearme —murmuró sonriente.

Hiram, Eyra y yo estallamos en carcajadas. Tal vez su aspecto era el de un duende, pero su carácter era el de un bufón.

Nos dirigíamos hacia el reino de Vingulmark, hacia la aldea de Hedemark, donde moraba la residencia real de Halfdan Svarte el Negro, el gran caudillo nórdico que sumaba regiones en sus numerosas conquistas.

Hiram cabalgaba junto a mí, contándome la apasionante vida del emblemático rey Halfdan.

Al parecer era un hombre extremadamente justo, pero belicoso y atroz. Un hombre acostumbrado al sufrimiento. Perdió a su padre cuando tan sólo contaba con doce lunas. Muy joven tuvo que pelear para defender su reino, que compartió con su hermano Olaf.

Envuelto en multitud de escaramuzas y emboscadas, logró sobrevivir, gracias a su fortaleza y habilidad.

Se había desposado con la hija del rey de Sogn, Harald Gulskeg Barba Dorada, una bella muchacha llamada Ragnhild, que le había dado un heredero.

No obstante, enviudó trágicamente y, como preso de una maldición, su hijo, apenas un niño, que había sido enviado junto a su abuelo materno para su educación como futuro rey, también pereció presa de unas extrañas fiebres.

Halfdan, firme como una roca, viajó hacia el reino de Sogn y reclamó para sí aquellas tierras. Nadie se opuso.

—Tiene mucho poder, pero también muchos enemigos, casi tantos como ambición —aseveró Hiram azuzando a su montura para cruzar un riachuelo.

Sacudí las riendas y mi yegua bruna aceleró el trote, chapoteando en las prístinas aguas y ascendiendo con gracia y agilidad la empinada ribera del río.

—¿Sabes algo del jarl Harald el Implacable?

Hiram me observó con un deje furioso en su semblante.

—Sólo sé que recorre los reinos en busca de apoyos; los Ildengum, y otros clanes subversivos, se han unido a su causa: derrocar a Halfdan.

Su deseo es enfrentar a todos los jarls contra los reyes que los gobiernan.

Mandó un emisario al más fiero jarl de todos, el del rey Horik de Jutlandia, el gran caudillo Ragnar Lodbrok, pero allí me enteré de que había partido con casi ciento veinte naves hacia el imperio franco.

Ragnar está más interesado en ampliar territorios fuera de su reino, aunque dudo que aceptara tal alianza; Ragnar sólo se somete a su rey, para conseguir apoyo para sus incursiones marítimas; no es un hombre que haya nacido para someterse.

—No había oído hablar de Ragnar Lodbrok.

Hiram observó la lontananza con mirada perdida.

—Oirás hablar de él, está predestinado a conseguir grandes cosas —murmuró pensativo.

—Y Horik, ¿acudirá al llamamiento de Halfdan?