Capítulo 10 #2
Salí de golpe de aquel endemoniado encantamiento, del influjo de los recuerdos, e hice ademán de apartarlo, pero él no se movió.
—Podría haberte durado un poco más —se quejó en un susurro contenido—; aunque, si me hubieras llegado a besar... me habrías hecho caer en desgracia para siempre.
Respiró hondo y, tras un último vistazo anhelante a mis labios, se puso en pie y a mí con él. Fue entonces cuando los vimos.
Era un grupo reducido de ancianos, mujeres y niños, que se apiñaban suspicaces y nos miraban con evidente desasosiego.
Una joven de cabellos de fuego, mirada relampagueante y briosos andares se dirigió hacia nosotros con los brazos pegados a los costados, los puños apretados y los labios oprimidos en una mueca de furia apabullante.
—¿Qué le habéis hecho a mi padre, condenados...? —Alzó el puño hacia Hiram; éste le apresó la muñeca y, en un habilidoso giro, le dobló el brazo contra la espalda y se pegó a ella, inmovilizándola.
—¡Quieta, pequeña arpía, no me obligues a partirte el brazo!
—Tu padre nos acechó en el bosque —comencé a explicar con voz tranquilizadora—; pensamos que eran asaltantes y mi perro lo atacó, pero lo hemos curado y venimos a entregártelo. No buscamos problemas, sólo somos viajeros.
La joven me miró; su ceño seguía fruncido, aunque había dejado de debatirse.
—¡Valdis —gritó el prisionero—, dice la verdad!
—¡Suéltame, patán! —exigió la muchacha revolviéndose contra Hiram; éste la soltó y la contempló con los brazos en jarras y una sonrisa pendenciera en los labios.
—¿Valdis? —inquirió mirándola seductor.
—Para ti, soy Furia Roja, mentecato.
Para sorpresa de la muchacha, Hiram estalló en una alegre carcajada. Ése fue el sonido que relajó los ánimos de todos.
—¿Mentecato? —pronunció Hiram sacudiendo la cabeza.
—¿No me digas que también eres sordo? —respondió cortante la chica.
—No soy sordo ni mentecato; para tu suerte, soy un hombre paciente.
La joven pelirroja asintió y se limitó a sostener retadora la mirada del guerrero. Hiram avanzó hacia ella.
—Entonces, hola, Valdis Furia Roja, yo sólo soy Hiram.
—¿No tienes apodo? —preguntó curiosa—. Todo el mundo tiene uno; apuesto a que el tuyo es tan ridículo que te avergüenza decirlo.
Disimulé una sonrisa; aquella jovencita era todo un desafío para alguien acostumbrado a hacer enmudecer a cuantas mujeres se ponían en su camino.
—En realidad, Hiram, yo también me pregunté cuál era tu apodo —repliqué divertida—. Porque tienes que tener uno, ¿no?
Hiram me fulminó con la mirada y frunció el ceño.
—¿Vas a ponerte de su parte? —preguntó sorprendido.
—No, sólo es curiosidad.
Le regalé una sonrisa cándida, pero él frunció el ceño.
—Bien —repuso Valdis lacónica—. Tendré que llamarte Hiram Sin Apodo.
No pude aguantar la risa. Hiram bufó y comenzó a enrojecer.
—No vas a llamarme de ninguna maldita forma, porque no volverás a verme en tu vida.
Ambos se encararon el uno a la otra, en la misma posición, con las piernas ligeramente abiertas, los brazos en jarras, el ceño arrugado y un mohín furioso en sus rostros.
—Sí tiene apodo —anunció Sigurd con una sonrisa maléfica en su rostro de duende.
—Ni se te ocurra...
Sigurd levantó la mano para tranquilizar a su amigo, se rascó la barba y asintió.
—No te preocupes, amigo, no diré a nadie que tu apodo es Belleza Dulce.
Abrí los ojos asombrada y reprimí una sonrisa; miré rauda hacia otro lado. Pero Hiram no iba a correr la misma suerte con Valdis la Deslenguada.
—¿Hiram... Belleza Dulce?
La muchacha soltó una estruendosa risotada; casi en el acto fue acompañada por sus convecinos, que, risueños, murmuraban chanzas y burlas que provocaban más risas.
El pobre guerrero, congestionado en una mueca furiosa, se acercó a su amigo, que reía a mandíbula batiente, y le propinó un puñetazo en el mentón. El Duende redobló sus carcajadas sentado en el suelo.
—¡¿Tendré que suplicar a Odín que mande a alguna de sus valquirias para que liberen mis casi roídos huesos de esta camilla?!
Ese reclamo logró frenar las carcajadas de Valdis, que corrió junto a su padre y comenzó a desatarlo.
—Será mejor que partamos —murmuré a un ceñudo Hiram.
—Gracias —susurró.
Alcé las cejas inquisitiva.
—Por no reírte de mi apodo —añadió.
En realidad era un apodo más que apropiado; imaginaba que, siendo aún más joven, su belleza habría resultado casi angelical; por fortuna la madurez había cincelado sus rasgos agudizando su masculinidad, convirtiéndolo en un hombre hermoso a secas.
Sus ojos, de un brillante tono celeste, mostraban, tras su enojo, una ternura que invitaba a consolarlo en un abrazo, aunque bien me guardaría de ofrecérselo.
—He estado a punto —admití divertida—, pero me he resistido.
—Odio ese apodo —masculló—. ¿Quién puede tomarse en serio a un gran guerrero apodado así?, ¿qué escaldo sería capaz de narrar las hazañas de un hombre con ese condenado apelativo?
No pude evitar posar la mano sobre su hombro y oprimirlo en muestra de apoyo.
—Déjame decirte algo, gran guerrero: no has de avergonzarte por ser un hombre apuesto y dulce, estoy segura de que eres muy envidiado por todos, pues, además, tu hermosura no resta fuerza y valor a tu conducta.
Acabas de demostrarme que eres valiente, noble y leal.
No me extraña que las mujeres se maten por ti.
Hiram distendió sus mullidos labios en una sonrisa agradecida.
—Casualmente, aquí hay dos mujeres que no sucumben ante mis encantos.
Negué con la cabeza, y miré a la belicosa joven pelirroja.
—Una, sólo una, la otra no lo tengo tan claro.
Hiram siguió la dirección de mi mirada y se encontró con los ojos curiosos de la joven.
—A veces, Hiram, las mujeres solemos enfrentarnos a lo que nos hace vulnerables, sobre todo a las que más les cuesta someterse.
—Sea como fuere, ahora sólo quiero perderla de vista; esa flacucha sólo despierta mi instinto asesino.
Sonreí. Eyra, que había atado con una cuerda a Fenrir y se había limitado a observar la escena, se acercó al prisionero.
—Procura mantener limpia la herida y no habrá complicaciones —aconsejó.
—Creo que estáis en deuda conmigo —aseveró el hombre con semblante adusto.
Eyra negó con la cabeza.
—Yo no lo creo —manifestó la anciana con convencimiento.
—Habéis estado a punto de matarme —puntualizó el rufián—; creo que es justo que, a cambio, me otorguéis una gracia.
Eyra sonrió taimada, pasó la mano por el lomo de Fenrir y replicó:
—Mi perro estuvo a punto de matarte, por tu completa necedad; yo, a cambio, te liberé de la muerte. Estamos en paz.
Eyra se volvió hacia nosotros e hizo el gesto de partir, sacudiendo impaciente la mano.
—¡No podéis marcharos! —exclamó el hombre desesperado.
Todos lo miramos confusos.
—Vamos —apremió Eyra—, demostrémosle que podemos.
—Tenéis que llevaros a mi hija; señora, os lo suplico por los dioses, que parecen tener ganas de verme.
Eyra se detuvo y le sostuvo la mirada con creciente asombro.
—Vaya, ¿ya no soy una völva ?
El hombre, sumiso, negó con la cabeza.
—No se han de tener en cuenta las palabras de un hombre que acaba de ser casi devorado por una bestia —explicó él.
—Si es un disculpa, la acepto —concedió Eyra—, pero no pienso separar a una hija de su lisiado padre.
Dio dos pasos hacia su caballo cuando el hombre bramó de nuevo.
—¡Pues llevadme a mí también! —suplicó—. Valdis no está segura aquí, ese... maldito berseker regresará por ella.
Eyra se detuvo cuando ya encajaba el pie en el estribo. Bufó, respiro hondo y se volvió para mirarlo.
—¿Un berseker ? — pregunté acercándome al hombre incorporado en la camilla.
—Hake, el guerrero más brutal y despiadado de estos lares, lidera un grupo de doce hombres temibles, entre ellos Starkad el Viejo, un sanguinario. Fueron ellos los que saquearon la aldea, buscaban algo.
Hiram gruñó y apretó los dientes.
—¡Ese malnacido!
—¿Lo conoces? —inquirí.
Hiram asintió, se pasó la mano por su espesa melena lacia y frunció el ceño.
—Mató al rey de Ringerike, el noble Sigurd Hart; al menos logró dejarlo sin mano antes de perecer.
También emboscó al rey Halfdan; por fortuna logró escapar de la celada en el bosque.
Halfdan no suele olvidarse de sus enemigos y quiso dar buena cuenta de uno tan peligroso como Hake.
Lo persiguió y acorraló; en el ataque mató a los hermanos del berseker , Hysing y Helsing, pero el desgraciado logró escapar y abandonó su reino jurando vengarse; fue cuando Halfdan tomó como suya la región de Vingulmark.
Sentí un escalofrío recorriendo mi espina dorsal.
—Tal vez se dirija hacia allí para vengarse.
Hiram negó con vehemencia la cabeza; sus ojos se velaron con una inquieta preocupación.
—No es tan necio, no atacará de frente, algo trama. Debemos avisar a Halfdan de que ha pasado por aquí. No tenemos tiempo que perder.
—Se prendó de mi Valdis —repitió angustiado el hombre— y juró que se la llevaría; moriré antes de permitir eso.
La joven se abrazó a su padre y hundió el rostro en el pecho del hombre.
—Ya has sufrido demasiado, padre, no voy a separarme de ti.
Permanecimos en silencio, observando el cariño familiar que nos regalaban.
Supe que no podíamos dejarla allí, no a manos de aquel ser implacable.
No obstante, el recuerdo de mi otrora compasión por Ada, que había decidido fatalmente mi destino, me planteó una seria cuestión.
Si cada decisión, por nimia que pareciera, era capaz de marcar nuestro futuro, ¿qué sería lo más sensato?
: ¿hacerlas a un lado, enmudeciendo la conciencia, o enfrentarlas y seguir siendo fiel a nuestros más nobles principios?
Ambos caminos conllevaban un riesgo; el primero, luchar hasta el desgaste contra tu naturaleza y sobrellevar los remordimientos, perder esa esencia que te hace más humano.
Y el segundo, arriesgarte a que paguen con traición una bondad.
Por fortuna, para el segundo camino había una protección, la desconfianza, y ése sería mi escudo.
—La llevaremos con nosotros —anuncié con decisión.
Eyra me observó con un extraño brillo en sus ojos, que no supe interpretar.
—¿Estás segura? —se limitó a preguntar.
—No, pero quiero seguir siendo yo.
Sonrió con orgullo y asintió.
Hiram me observó con admiración, completamente de acuerdo con mi decisión a pesar de su mal comienzo con la temperamental joven.
—Imagino que hemos de cargar también con ese bellaco, ¿me equivoco? —pronunció sagaz la anciana.
—Este bellaco tiene nombre —replicó ofendido el aludido—. Soy Jorund...
—Déjame adivinar —lo interrumpió Eyra—, ¿Jorund el Gruñón?
Valdis dejó escapar una apagada risita y miró a Eyra con apreciativo asombro.
—No me equivocaba, después de todo —rezongó el hombre—: eres una völva .