Epílogo
LUKE
El otoño se ha apoderado de cada rincón de Harper Springs y ya no queda rastro de ese verde magnético que me hizo adorar este lugar en primavera. El bosque tiene otra aura ahora, una que inspira nostalgia, magia incluso. Sin embargo, yo sigo prefiriendo los colores de la otra estación.
El agua del lago se ha vuelto gélida. El Refugio de Todos nació para el verano, para disfrutar de actividades acuáticas y senderismo.
Aun así, sigue funcionando maravillosamente bien en los meses de frío.
La idea de Camille de poner una chimenea en cada habitación les da esa calidez que buscan las personas que deciden pasar una temporada en el pueblo de la lluvia.
—¿Cuánto falta? —pregunta Camille, nerviosa.
—Un poco más.
Le he dicho que tenía una sorpresa para ella y, sin explicar nada más, le he pedido un paseo. Estaba convencida de que sería algo en el Residencial Woods, por eso le sorprende cuando lo dejamos atrás y nos encaminamos hacia el sendero del bosque.
Cuando llegamos a la bifurcación y sigue andando en dirección a Harper Springs, la detengo y la hago girar hacia el otro lado, por donde se encuentra el manantial.
Camille sonríe, perdida entre recuerdos. Hemos compartido ya varios en esa zona. Uno de los últimos, hace ya un par de meses, no fue apto para todos los públicos.
Caminamos hacia la parte trasera y, mientras ella busca con la mirada, yo solo la contemplo a ella. Capto el instante exacto en el que encuentra la sorpresa. Sus ojos se abren, de sus labios se escapa un pequeño grito de sorpresa. Me observa sin entender nada.
Ni siquiera sé cómo he podido mantener esto en secreto durante tanto tiempo. Ahí delante, en la parte alta del manantial, camuflada entre árboles anaranjados y el murmullo del agua que cae, se alza una cabaña.
No es muy grande ni ostentosa. La madera oscura aún huele a barniz. Hay un porche pequeño, lo justo para colocar dos butacas y una mesa.
—¿Qué… qué es esto? —susurra.
—Una cabaña —respondo con sencillez—. Tranquila, ya está terminada, no es un proyecto para ampliar el hotel —bromeo—. Que si tú quieres, podemos embarcarnos otra vez en la aventura, eso depende más de ti.
—Ya veo que es una cabaña, lo que no entiendo es lo que hace aquí. Antes no estaba, recuerdo a la perfección el claro que había.
Me mira, incrédula, con esa mezcla entre emoción y freno.
—La compré prefabricada, pedí permiso en el Ayuntamiento y la montaron. Es para nosotros —explico—, para cuando nos apetezca escaparnos al bosque. Tú ya tienes una casa, y…
—También es tu casa —me interrumpe. Llevamos cinco meses de convivencia en los que hemos seguido conociéndonos. Resulta sencillo vivir con ella y con Caden, como si fuese el orden natural de las cosas.
—Nuestra casa —me corrijo. La siento como un hogar, pese a que no sea de mi propiedad—.
El caso es que quería nuestro propio refugio.
Al principio pensé en comprar una cabaña a alguno de los propietarios que viene de forma esporádica, pero entonces pasé por aquí y lo supe.
Tenía que estar aquí. ¿Quieres verla por dentro?
—¡Claro que sí!
Se aferra a mi mano y corre hacia el interior. La llave no está echada. Es una de las costumbres que más me cuesta de Harper Springs, pero estoy trabajando en ello.
Entramos a un pequeño recibidor, que se abre en una estancia amplia. El salón y la cocina forman parte de la misma sala, separados por una isla.
—La he decorado con ayuda de Hails —informo—. Me dijo que, después de haber trabajado contigo, estaba segura de los estilos que te gustaban.
Camille suelta una pequeña carcajada.
—Tu hermana solo ha participado haciendo jardines.
—Eso explica por qué está todo lleno de plantas —bromeo.
—Aun así… es perfecta.
Le enseño de forma rápida un baño pequeño y luego abro la puerta de al lado.
—Este es el dormitorio de Caden.
Tiene una cama con forma de coche de carreras, un escritorio a su medida y un pequeño armario. La habitación es grande, con espacio suficiente para sus juguetes.
—Me encanta. Y a él también le va a encantar. ¿Lo sabe ya? ¿O también es sorpresa para él?
—Aún no lo sabe, primero quería enseñártela a ti. Ven, queda lo mejor.
Soy yo quien tira de ella ahora para mostrarle la última estancia.
Nuestro dormitorio es más grande, con una cama de gran tamaño, un vestidor más escueto y una bañera pegada a un ventanal desde el que se ve el manantial. Hay una chimenea en la esquina, encendida en este momento porque me pasé antes para que estuviese preparada.
—Me encanta —murmura y los ojos se le llenan de lágrimas, emocionada.
—¿De verdad?
—¿Cómo no iba a gustarme? Es perfecta.
—Sí que lo es —coincido, solo que yo no me refiero a la casa, la estoy mirando solo a ella—. Sé que tus listas están llenas de cosas por hacer…
—Todavía no hemos terminado los elfos navideños —recuerda de pronto.
Estamos apuntados al Taller de Manualidades de Harper Springs, y todos los meses creamos algo nuevo y horrendo.
Lo hacemos feo a propósito, y luego intentamos convencer a todos de que es mejor que lo que sea que haya hecho Molly—, y ahora vamos a tener menos tiempo libre si empiezas a trabajar.
—Voy a entrenar a chavales de seis y siete años, eso apenas me llevará unas horas —aseguro, sonriendo.
Caden quiso apuntarse a un equipo de fútbol en Salt Lake City y, en cuanto me vieron llevarlo al campo, me ofrecieron un puesto como entrenador.
Nunca me lo había planteado, pero me gusta más de lo que esperaba.
Combina el deporte con los niños, dos de mis grandes pasiones—.
De todas formas, aunque no sea así, aunque las horas del día nos consuman con obligaciones y trabajo, siempre vamos a encontrar momentos para nosotros.
Solo tenemos que huir a esta cabaña, aislarnos de todo y estar juntos.
Tú y yo, y Caden, aunque él no siempre. Hay cosas que voy a hacerte aquí en las que él no puede estar presente.
Camille suelta una carcajada llena de felicidad, que se me cuela por la piel y se extiende por todo mi cuerpo. No cierra grietas, no cura heridas, porque ya no hay nada que sanar.
—Así que por eso no está hoy aquí… —comenta, divertida.
—Efectivamente.
Me acerco al grifo de la bañera y lo abro un poco, para que se llene despacio. Miro a Camille y ella vuelve a reír, consciente de mis intenciones.
—Pero antes… Te falta una cosa por ver.
—¿Hay más?
Le muestro el dormitorio con más detalle. Las paredes están decoradas con cientos de fotografías, pruebas de momentos inmortalizados para revivirlos de nuevo.
Es mi lugar favorito de la cabaña.
Al fin y al cabo, soy de la opinión de que la vida no debería medirse en días, en meses ni en años. Debería medirse en instantes. En esos que suceden de pronto, que acontecen en un parpadeo y lo cambian todo para siempre.
El momento en el que materializas un sueño y lo acaricias con los dedos.
La fracción de segundo en la que unas manos se rozan y todo el aire alrededor se vuelve eléctrico.
El minuto exacto en el que un coche arrolló a mi hermana y acabó con su vida y con todas las de la familia Bedford.
Después de eso, pensé que ningún otro instante volvería a tener sentido.
Me dediqué a vivir del miedo, de la culpa, de la impotencia.
Hasta que llegó uno que lo cambió todo. Una idea inocente y sutil, algo tan básico como un amigo ayudando a una amiga en un nuevo proyecto. Ese gesto hizo estallar todo lo demás.
El temblor mientras observas una flor amarilla que resalta aún más su belleza.
Una competición buscando un tulipán dorado.
Un baile compartido.
La mirada de orgullo que no puedes esconder al observar su fortaleza, su valentía, su coraje.
El latido preciso en el que asumes que aquello contra lo que has luchado es, en realidad, lo que siempre has querido.
El temor cuando comprendes que ya no hay forma de frenarlo, y tus miedos se enfrentan a tus sentimientos y acabas sumergiéndote en el agua para no aceptarlo.
Durante mucho tiempo creí que el primer instante que marcó mi vida había sido también el último. Que ya nada volvería a tener valor.
Me equivoqué.
Porque también existen instantes que no llegan para arrollarte, sino para sostenerte, para cuidarte.
Así llegó ella. No de golpe, ni como una tormenta, sino despacio.
Instante a instante, colándose bajo mi piel.
Así entendí que aquello que había cambiado mi vida para siempre no fue perder a Lucy, sino aprender que, incluso después de eso, todavía era posible volver a vivir. El instante que lo cambió todo no fue el primero. Fue el que vino después.
El que me llevó a descubrir que ella era… Ella .
Y siempre había sido ella.
Camille.