Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 52
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Capítulo 52

CAMILLE

—¿De verdad me ha atropellado un coche? —me pregunta Caden por tercera vez.

A pesar de que es bastante tarde, las enfermeras nos han dejado entrar a todos. Estoy bastante convencida de que el hecho de que sean fans de los Bills y los Eagles ha ayudado en su decisión. No me importa. Caden está contento de vernos.

—Uno gigante, además —responde Cole—. Es casi un milagro que estés vivo.

—¿Recuerdas algo de lo que ha pasado? —indago yo.

—Estábamos jugando un partido. El tío Luke lanzó el balón súper lejos para que lo cogiese Becca. Yo salí corriendo y luego me he despertado aquí. ¿Hemos ganado nosotros?

—Claro que sí —asegura Luke. A nadie le importa el resultado final, solo que el pequeño esté bien.

—Qué pro.

—¿Te duele algo? —insisto yo. Estoy pegada a él, sosteniendo sus manos entre las mías. El único motivo por el cual no me subo a la camilla y lo abrazo es porque le haría daño y eso es lo último que quiero, pero siento la necesidad de abrazarlo y estrujarlo con fuerza.

—Ahora no. El médico de antes me ha dicho que luego sí me dolería, que tengo que tomar algunos medicamentos.

—No te preocupes de eso, yo me encargo de todo.

—Cami, ven un segundo —me pide Cole.

Se aleja hasta una esquina de la habitación. Hails sonríe a Caden y se acerca a él.

—¡Ahora todos te podemos firmar la escayola de la pierna! ¿Puedo ser la primera?

—¡Claro! Tú eres escritora, mi mamá y el tío Cole dicen que cuentas los mejores cuentos de todos. Seguro que tu firma es la más chula.

Sigo a mi hermano hasta el rincón y dejo a los Bedford hablando con mi hijo.

—¿Qué pasa? —pregunto, preocupada.

—No te preocupes, no es nada grave, pero no quería hablarlo delante de él. ¿Cómo estás?

—Más tranquila —afirmo. Los médicos me han dicho que todas las pruebas han salido bien y, aunque tiene que seguir en observación, no parece que vaya a haber secuelas más allá de la pierna rota—. Con ganas de llevármelo a casa. Gracias por venir desde tan lejos.

—Hemos cogido el primer vuelo en cuanto nos ha llamado Taylor.

Me lanzo a abrazarlo y tengo que contener de nuevo las lágrimas. Caden ya está fuera de peligro, pero son demasiadas emociones. Que Cole y Hails estén aquí es muy importante para mí, y sé que para mi hijo también.

—¿Cuánto os quedáis? —pregunto tras separarme.

—Aún no lo sé, todo lo que podamos.

—Caden está bien. Ya os ha visto a los dos, está feliz. Volved con vuestras obligaciones.

—Vete a casa —me pide, casi una orden—. Dúchate, cámbiate de ropa, come algo si quieres.

—No voy a moverme a ningún lado.

—Sí vas a hacerlo —suelta de forma autoritaria—. Tienes la ropa manchada de sangre todavía, Cami. Vete con Luke. Hails y yo nos quedamos con Caden hasta que regreses.

—Pero… —empiezo a protestar.

—Es el mejor momento que vas a tener —me interrumpe—.

Déjanos hacer de tíos. Podéis ser rápidos, no digo que os tiréis la noche por ahí, solo que aproveches que estamos todavía aquí para hacer lo que tienes que hacer.

Vas a dormir con él, ¿verdad? —Asiento—.

Pues coge tus cosas y las de Caden. Prepáralo todo y vuelve, te esperamos.

Dejo de rechistar, porque Cole tiene razón, ese es el mejor plan.

Me despido de mi hijo y, después de darle un millón de besos, salgo de la habitación. Vamos en el coche de Luke, pues yo he venido al hospital en ambulancia.

Hay cuarenta minutos de camino entre Salt Lake City y Harper Springs. No quiero que sea raro entre nosotros. Luke pone la calefacción suave y enciende la radio, pero deja que la música suene baja, de fondo.

—No ha sido tu culpa —comento para romper el silencio. Conozco a Luke lo suficiente para saber qué lo atormenta y, ahora que estoy más calmada, sí me siento capaz de decírselo.

—No, no hagas eso —me pide.

—¿El qué?

—Tratar de consolarme. Joder, Camille, seguramente acabes de vivir el momento más duro de tu vida. Soy yo el que debería animarte a ti, no al revés. Siento haber reaccionado así. Yo… me he quedado bloqueado.

—No tienes que disculparte tampoco. Sé lo que ha pasado, Luke. No es algo que tú controles.

—Aun así…

—¿Y si nos olvidamos de quién tiene que consolar a quién? —propongo—. Lo importante es que Caden está bien, yo estoy bien. ¿Tú estás bien?

No responde enseguida, sino que parece pensárselo unos instantes. Cuando finalmente asiente, sé que está mintiendo, pero dejo que lo haga si eso es lo que necesita.

—¿Hasta cuándo se quedan? —pregunta para cambiar de tema.

—No lo saben. Después de mi casa, ¿puedes llevarme a por mi coche? Así ya me voy luego.

—Te acompañaré al hospital.

—Pero…

—Camille, no voy a dejarte sola. —Gira la cabeza para mirarme. Sus ojos brillan con intensidad, con preocupación, con anhelo—. Voy a llevarte al hospital y me quedaré todo el tiempo que haga falta. No solo por ti, yo también lo necesito.

De repente, lo entiendo. Luke no quiere quedarse solo. Y, aunque no me he dado cuenta hasta ahora, yo tampoco.

Vamos directos a mi casa.

Se me hace raro que esté vacía. No imagino cómo hubiese sido volver aquí si no supiese de antemano que Caden está fuera de peligro.

Luke me espera en el sofá mientras yo vuelo por la casa buscando pijamas, cepillos de dientes, bolsas de aseo y ropa de cambio. Cojo también a Tippy, su osito de peluche favorito, y regreso al salón.

Luke se pone en pie en cuanto me ve aparecer. Deja el móvil, que había estado mirando hasta ahora, y se acerca para ayudarme a cargar las cosas. Estoy convencida de que las va a llevar al coche, pero las deja en el suelo, me agarra de las muñecas y me atrae para abrazarme.

No sé quién de los dos necesitaba más esto, pero me aferro a él y dejo escapar todas las emociones que he estado conteniendo esta noche. Dejo que se vaya el miedo, la pena, la angustia y que solo quede espacio para el alivio y la felicidad.

—No voy a soltarte —me dice. No habla del abrazo, sino de algo más. Me aprieta con más fuerza, como si temiese que, si afloja, todo se vaya a romper otra vez.

Levanto la cara para mirarlo. Tiene los ojos cerrados, la mandíbula tensa.

—Luke —susurro.

Los abre despacio, tomándose su tiempo. Su respiración se mezcla con la mía y, durante un segundo, el mundo se reduce a este salón vacío, a nuestros corazones acompasados, a sus ojos fundidos con los míos.

No dejo que diga nada. Me agarro a su chaqueta, me pongo de puntillas y lo beso. Un beso suave y lento, cargado de esos sentimientos que llevo sosteniendo toda la noche.

Me separo unos segundos después y, de nuevo sin dejar que diga nada, hablo yo:

—Vamos. Tenemos que volver.