Capítulo 51
LUKE
La noche ha caído hace rato y ha vaciado un poco el hospital. Los vecinos han regresado a sus casas. Ya solo quedamos aquí Camille, Maggie, Taylor, Ruth y yo. La madre, la abuela y dos amigas apoyándolas. Todavía no sé qué pinto yo, pero no pienso moverme.
Caden está aquí por mi culpa, porque yo lancé un balón demasiado fuerte para Becca, porque me empeñé en ganar, a pesar de que jugábamos con niños en los equipos. Ahora tengo un nudo en el pecho que parece una soga y no deja de asfixiarme y asfixiarme a cada minuto que pasa.
He conseguido reaccionar solo un momento, cuando salió el médico para darnos las noticias de la operación. Camille estaba a mi lado, derrumbándose tanto por fuera como por dentro, y la he sostenido para que no terminara de desaparecer.
Después, he vuelto a aislarme. Camille necesita apoyo, soy consciente, pero no creo que quiera el mío. Ahora mismo debe de odiarme por lo que le he hecho a su hijo. No sé si algún día me perdonará. Tampoco sé si merezco su perdón. Yo, desde luego, no lo creo.
Me odio.
Mi madre tenía razón. No sé cuidar a nadie. No supe hacerlo de pequeño, ni he sabido hacerlo de adulto. La gente que se acerca a mí termina sufriendo las consecuencias y pagándolo muy caro.
Con la cabeza escondida entre las manos, lloro en silencio para que nadie lo note. No me avergüenza hacerlo, pero no quiero que se fijen en mí.
Hasta que no escucho una voz conocida, no vuelvo a alzar la vista.
—¡Mamá! ¿Cómo está Caden?
Cole abraza a Maggie con fuerza, intentando llevarse parte de su preocupación, de su dolor.
O quizá solo sea que él siente lo mismo y un abrazo es la única forma de compartirlo.
Su madre se desmorona en su pecho. Él le murmura algo que no alcanzo a oír, pero imagino lo que es.
Palabras de ánimo, esas que yo soy incapaz de pronunciar.
¿Cómo voy a hacer para volver a mirar a la cara a mi mejor amigo después de lo que le he hecho a su sobrino? De lo que le he hecho a su hermana, a su madre.
—La operación ha salido bien —informa Maggie, con la voz rota—. Está en observación. Tu hermana está con él. Tenemos que esperar a que despierte para ver si hay secuelas. Se golpeó la cabeza.
Cole cierra los ojos y los aprieta, como si necesitara procesarlo, y luego asiente despacio.
—Es un niño muy fuerte —asegura—. Va a estar bien.
Me siento un intruso dentro de este momento familiar porque, aunque siempre me he considerado un hijo más para Maggie y un hermano perdido de Cole, no sé de qué manera encajo ahora después de lo que les he hecho a todos.
Hails se queda atrás al principio, respetando ese instante entre ellos, hasta que Maggie se separa un poco y la mira. Entonces Hailey la envuelve también, con cuidado y a la vez con fuerza.
—Lo siento mucho, de verdad. Hemos venido en cuanto hemos podido.
—Lo sé.
Se aferra a ella un poco más, sin soltarla.
Yo sigo apartado, con la culpa bien clavada en la sien e incapaz de moverme.
Es Hailey la que me ve, casi como si tuviese un radar para detectarme. Se acerca despacio y se agacha frente a mí para quedar a mi altura, pues sigo sentado.
—No es tu culpa —me dice directamente, como si supiera justamente lo que me está atormentando—. Y tampoco es Lucy.
Me abraza en el preciso instante en el que me rompo del todo y vuelvo a llorar, esta vez con más fuerza. Esas palabras, aunque no me las llegue a creer del todo, son las que necesitaba escuchar. Me aferro a ella como a un salvavidas en mitad del océano.
Soy incapaz de hablar, solo puedo seguir llorando, dejando escapar el nudo que me estaba asfixiando.
—Fue un accidente —continúa, mientras me acaricia la espalda—. El conductor del coche sufrió un infarto, nos lo han contado. Estabais jugando en una zona segura, se salió de la carretera.
—Ha sido como revivir lo de Lucy, como si tuviese otra vez ocho años y no pudiese hacer nada por impedirlo.
—Caden no es Lucy —me repite, mirándome directamente—. No tuviste la culpa entonces y tampoco la tienes ahora.
Yo creía que estaba bien, que lo tenía superado. Años de terapia, de entenderlo todo con la cabeza, y ha bastado un suceso parecido para revivirlo de nuevo.
—Luke, mírame —casi me ordena. Me sujeta la cabeza con las manos y me obliga a obedecerla—.
Caden no es Lucy —insiste—, pero ahora mismo está ahí dentro, recién operado, y no hay nada que podamos hacer por él.
Sin embargo, los Jenkins están ahí. Maggie y Cole están hechos polvo, así que no puedo ni imaginar cómo se siente Cami.
Ella no te culpa de nada. Nadie te culpa de nada, excepto de quedarte aquí, al margen, como si ahora mismo no necesitaran que estemos para ellos.
Los observo desde la distancia. Cole está sentado, con la espalda apoyada en la pared, los ojos cerrados, mientras su madre le frota el brazo con movimientos lentos.
—Acércate. No te culpan, Luke. No te culpes tú tampoco.
Hails me coge de la mano y me lleva con ellos.
En cuanto aparezco en su campo de visión, Cole viene a mí para abrazarme.
Vuelvo a llorar, pero esta vez, sumada a la preocupación, hay lágrimas de alivio.
Hailey tiene razón; Cole no me culpa. Solo me ha abrazado así dos veces en la vida.
La primera, cuando supo que la lesión no le dejaría jugar nunca más al fútbol de forma profesional.
La segunda, cuando se enteró de que su novia y su amigo habían empezado a salir mientras él estaba aún en el hospital.
Ahora necesita que siga aquí para él, así que eso es lo que voy a hacer.
Camille llega entonces, con una sonrisa dibujada en los labios. Va directa a abrazar a su hermano.
—Ha despertado —anuncia. Creo que el alivio es generalizado—. Los médicos lo están examinando ahora, pero son positivos. Está reaccionando bien. Tenemos que esperar aquí.
Quizá todavía sea pronto, pero la alegría se extiende por todos, que respiramos por fin, más calmados. Unos minutos después, Cole consigue convencer a su madre para que coma algo. Hailey se va con ellos. Taylor y Ruth se despiden también, afirmando que volverán mañana a primera hora.
Camille está sentada en el suelo, agotada. Sin pensarlo demasiado, me dejo caer junto a ella y le paso un brazo por la espalda. Con la otra mano busco la suya, hasta que la encuentro y la aprieto con cuidado.
—Lo siento —le digo. No es la primera vez que lo hago esta noche, pero quiero que le quede claro—. Caden es un niño increíble.
—Lo sé.
Se gira con rapidez y se lanza hacia mí para abrazarme. Me doy cuenta de que he sido un idiota egoísta.
No me he perdonado.
No me siento en paz.
Pero ahora entiendo algo.
No se trata de lo que siento yo, ni de mis culpas, ni de mis fantasmas. Se trata de quedarme. Los Jenkins son mi familia.
Y no pienso soltarles.