Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 50
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Capítulo 50

CAMILLE

He vivido las últimas horas como una nebulosa.

Mi mente no está aquí, no es capaz de razonar.

Actúo movida por algún impulso racional que me dice lo que tengo que hacer, sin llegar a asimilar nada de lo que está sucediendo.

Tengo el corazón tan apretado dentro del pecho, que en cualquier momento se va a convertir en polvo.

Recuerdo haber gritado cuando el coche ha atropellado a Caden.

La ambulancia, llegando enseguida. Los sanitarios, alarmados, tratando de contener la hemorragia de camino al hospital de Salt Lake City.

Los médicos, diciéndome que esperase fuera, que harían todo lo posible.

¿Todo lo posible para qué? ¿Para que no se vaya?

¿Cómo es que siquiera existe la posibilidad de que mi hijo no vaya a estar?

Me duele todo el cuerpo. No sé dónde empieza el dolor ni dónde termina. Camino por el pasillo de un lado a otro, solo porque necesito moverme. Tengo las manos apretadas contra el pecho, como si así pudiese mantener dentro de mí algo que se me escapa.

Caden.

Caden está luchando dentro del quirófano.

Quizá siga aquí, quizá no. Ahora mismo, está en un lugar al que no puedo llegar.

La incertidumbre es un cuchillo más lento que cualquier certeza.

Las lágrimas caen sin control. A mi lado hay gente que intenta darme consuelo, pero yo no lo quiero.

No hasta que sepa que la operación ha ido bien y Caden ha salido de todo peligro.

Mi madre está sentada cerca, con la mirada perdida.

Ella sí acepta palabras de aliento de amigos y vecinos.

Una gran parte de Harper Springs ha venido con nosotros, preocupados por Caden. Pero Caden tiene que estar bien.

Tiene que estar bien.

El tiempo no avanza. Cada segundo pesa toneladas y me aplasta el pecho.

Percibo voces, ruidos, puertas que se abren y se cierran, pero todas ocurren lejanas, como si el mundo avanzase en una dimensión paralela de la que no formo parte.

Yo me he quedado atrapada en este instante exacto en el que mi vida depende de que el cirujano regrese y me diga que Caden está bien.

Tiene que estar bien.

Pienso en sus manos minúsculas cuando nació, cómo cabían enteras dentro de un solo dedo mío.

Pienso en su risa, en su forma de decir mamá cuando tiene miedo.

Me pregunto si me estará llamando ahora, dentro de algún rincón de su mente, atemorizado y adolorido y debatiéndose entre la vida y la muerte.

El recuerdo es algo que quema. Me duele respirar, me duele pensar.

Me estoy desangrando poco a poco por dentro.

No me puedo creer que esté viviendo esta espera insoportable. Un temor constante me recorre la piel. Soy una madre suspendida en el vacío, aferrada a la única idea de que tiene que sobrevivir, porque si mi hijo no vuelve, yo tampoco sé cómo seguir existiendo.

Tiene que estar bien.

—Ten, tómate esto, te sentará bien —me dice Taylor. Pone en mis manos un vaso de agua con algún medicamento disuelto dentro. Ella es la persona que está cuidando de mí—. He llamado a Hailey. Están de camino.

Asiento, incapaz de pronunciar palabra alguna. El nudo de la garganta no me deja hablar. A mí se me ha olvidado por completo contárselo a mi hermano, pero tiene derecho a saberlo, a estar aquí con nosotros.

—Gracias —consigo decir.

—Creo que Luke también necesita verlos. Sigue ido.

Miro un poco más lejos, donde Luke permanece sentado con la mirada perdida.

Sus ojos no se ven como los de mi madre, que reflejan preocupación y sufrimiento, en los de Luke hay culpa y algo más.

No me he acercado a él en ningún momento, igual que él no se ha acercado a mí.

Sé que está sufriendo, que quizá lo que le ha pasado a Caden haya reabierto en él una herida que creía cerrada, pero ahora mismo no tengo tiempo ni ánimo para consolarlo en su dolor.

Tampoco quiero que él me consuele en el mío.

Solo necesito que salgan los putos médicos y me digan que mi hijo está bien.

Tiene que estar bien.

—Va a recuperarse —me dice Taylor a mi lado, como si hubiese seguido el hilo de mis pensamientos.

Me aprieta con fuerza la mano, pero luego se lo piensa mejor y me da un abrazo—.

Te lo prometo —asegura. Pese a que no tiene forma de saberlo, agradezco su convicción, porque es justo lo que a mí me falta, y le devuelvo el abrazo con la misma intensidad.

—No puedo perderlo —afirmo, con la voz tan quebrada que apenas se entiende.

—No vamos a perderlo. Antes de que te des cuenta, lo tendremos de vuelta correteando por todos lados. Caden va a salvarse.

Ella necesita creerlo tanto como yo. No solo porque sea mi amiga y la de Cole, sino porque quiere a ese niño.

Todo el pueblo lo quiere, por eso están aquí.

Ha venido incluso Becca, preocupada por su amigo.

Ella está ahora con su madre y con una psicóloga, para que hable del trauma que ha presenciado.

Me han contado los detalles del accidente. El conductor sufrió un infarto de miocardio, perdió el control del coche y terminó arrollando a mi hijo. Ese hombre también está ingresado, pero no puedo pensar en él ahora mismo.

Solo en Caden.

En que

tiene

que

estar

bien .

Los médicos tardan en regresar una eternidad. Taylor sigue a mi lado, pues no se ha movido de ahí en ningún momento. Al verlos, varios vecinos se acercan también. Mi madre viene casi corriendo. Incluso Luke reacciona y sale de su letargo.

—La operación ha ido bien —me dice. Rompo a llorar de puro alivio y tienen que sostenerme para no caerme al suelo—.

Tiene una fractura en la tibia y el peroné.

Tardará un poco en volver a correr, pero los huesos de los niños sueldan rápido.

Ha sufrido un traumatismo craneoencefálico, eso es lo que más nos preocupa ahora.

Hasta que no despierte, no sabremos del todo el alcance del accidente.

Por ahora, Caden está estable y fuera de peligro.

—¿A qué se refiere con alcance del accidente? ¿Qué pasa? —pregunta mi madre.

—Como he dicho, ha sufrido un fuerte golpe en la cabeza.

En estos casos se necesita tiempo. Ya le hemos hecho un TAC y, de momento, no hay signos de hemorragia cerebral activa, lo cual es una gran noticia.

Aun así, debe permanecer en observación las próximas veinticuatro horas.

Hasta que despierte y veamos cómo reacciona, no podemos descartar posibles secuelas.

Las palabras me atraviesan sin orden alguno.

Buena noticia. Secuelas. Observación. Me aferro a las únicas que soy capaz de entender del todo: está vivo.

La operación ha salido bien. Las piernas me tiemblan y siento que, si no fuese por esos brazos que siguen sosteniéndome, me derrumbaría allí mismo.

—¿Puedo verlo? —casi suplico—. ¿Puedo estar con él?

El médico asiente.

—Está en la UCI pediátrica. Permanece sedado. No se preocupe, es un procedimiento normal. Podrá pasar a verlo en unos minutos.

La imagen me golpea con violencia, pero, aun así, necesito verlo. Necesito comprobar con mis propios ojos que respira, que sigue aquí.

Hasta que no me muevo no me doy cuenta de que la persona que me sostenía no era Taylor, sino Luke. Está a mi lado, con el gesto devastado por un dolor crudo y atroz, pero junto a mí.

—Lo siento —murmura, sin mirarme. Me evita porque siente vergüenza, lo noto. También noto que esa disculpa esconde mucho más. Sin embargo, ahora no tenemos tiempo para hablar.

Camino por pasillos blancos con olores asépticos. Me dejo guiar hasta la habitación de Caden. Parece tan pequeño en esa cama tan grande. Tiene la pierna inmovilizada con una escayola y una venda en la cabeza.

Me acerco casi corriendo a él y me quedo a su lado. Cojo su mano entre las mías y la sostengo con fuerza, como si ese fuese el único anclaje que necesitara para sentirme viva.

—Estoy aquí, cariño —susurro, apoyando la frente en sus nudillos—. Mamá está aquí.

No se mueve. No abre los ojos. Pero respira, y sé que es cuestión de tiempo que despierte y vuelva conmigo. No sé si tendrá alguna secuela, pero, de tenerlas, las afrontaremos juntos.

El médico vuelve a hablarme. Me dice que el hecho de que no se despierte aún no es malo, que el cerebro necesita descansar. Que ahora lo esencial es vigilar, confiar, esperar. Otra vez esperar. Pero esta vez no siento el vacío absoluto de antes. Ahora hay esperanza.

El miedo sigue ahí, agazapado, pero ya no me devora por completo. Caden es un niño increíble. Ha sobrevivido al atropello, ha sobrevivido al quirófano.

Me quedo con él, aferrado a su mano como quien se aferra a la vida.

Hasta que vuelve a abrir los ojos.

—¿Mamá? —me llama murmurando.

Esas cuatro letras son las únicas capaces de conseguir que mi corazón lata de nuevo.