Capítulo 49
LUKE
El partido de fútbol en Harper Springs se ha convertido en una tradición. Antes, cuando venía con Cole, él y yo éramos los capitanes de los equipos, escogíamos cada uno a nuestros jugadores, y nos preparábamos para pasar un buen rato.
Cole no está aquí, así que su testigo lo ha cogido la otra Jenkins. Puede que Camille no sea profesional, pero no se le da mal el juego. Además, se entrega a esto igual que a todo lo que hace, por lo que da auténtico miedo.
Ha empezado escogiendo ella y, como no podía ser de otra manera, se ha quedado con Caden.
Yo he escogido a Becca, la otra niña que está dispuesta a participar en un «partido de mayores».
Después, de forma intercalada, hemos seguido formando los equipos hasta repartir a todos los jugadores y tomar posiciones.
El campo improvisado es un claro cercano al bosque, en la zona de entrada al pueblo.
El tamaño no es el correcto y no está bien delimitado, pero no es un partido real y las reglas son laxas.
Algunos lo toman más en serio, otros solo buscan pasar un buen rato. Yo soy de los segundos. Camille, sin embargo, es de los primeros. Maggie arbitra el partido, pese a que algunos miembros de mi equipo han protestado por su posible parcialidad, ya que es la madre de Camille y la abuela de Caden.
—¡Nada de protestas! —grita Maggie, llevándose el silbato a la boca—. ¡Quien no quiera jugar, que se vaya a tejer!
Me coloco mi casco improvisado, una gorra del revés, y observo a Camille al otro lado del campo.
Tiene las manos apoyadas en las rodillas, una sonrisa peligrosa dibujada en los labios y cara de absoluta concentración.
Después de lo que viví con ella durante la búsqueda del tulipán dorado, sé de lo que es capaz.
—Mamá, ¿yo dónde me pongo? —pregunta Caden.
—Tienes que cubrir al tío Luke —responde y alza la cabeza para mirarme, sin dejar de sonreír de esa forma peligrosa.
—Pero Luke es el mejor de todos —protesta.
—Por eso tienes que encargarte tú. Eres el único capaz de pararlo.
—Ya, porque soy muy rápido —responde el pequeño.
Me río, consciente del juego sucio. Sabe que no voy a placar a un niño de seis años por el que, además, siento debilidad.
—Estás utilizando estrategia desleal —la acuso.
—Se llama trabajo en equipo —se defiende y me guiña un ojo.
Se gira para chocarle los cinco a su hijo. Los ojos me traicionan y bajan a su culo. Las mallas ajustadas lo resaltan todavía más.
—¿Recuerdas la partida de billar? —le pregunto cuando recupera su postura anterior—. Pues sigo constatando hechos.
Camille suelta una carcajada y yo le devuelvo la sonrisa divertida. Es una declaración de intenciones. Si ella va a jugar sucio, yo también.
El pitido marca el inicio del partido. Las risas desaparecen y comienza la adrenalina.
El balón vuela por los aires y me llega directo a las manos.
Yo soy el quaterback , al igual que en los Eagles.
Miro a todos mis compañeros para ver a quién pasarle la pelota.
Becca está sola, adelantada, así que se la tiro sin emplear demasiada fuerza para que pueda interceptarla.
Caden va hacia ella como un rayo, pero Becca lo esquiva y consigue sumar puntos antes de que Anthony la detenga, cogiéndola en brazos como si fuese un saco de patatas.
Las siguientes jugadas son una mezcla entre caos y risas. Hay niños en el campo, así que todo el mundo tiene más cuidado a la hora de detener contrincantes.
Falta poco para pitar el descanso y vamos perdiendo.
Estoy pendiente de Camille, que le pide el balón a Anthony.
En cuanto lo coge, sale corriendo hacia la línea de touchdown .
Todos vamos tras ella, aunque ninguno es tan rápido como yo.
Me lanzo a por ella y, en el último momento, hace una finta para huir por el otro lado.
Es tan pequeña que se me escapa entre las manos.
La escucho reír mientras se aleja, veloz como un rayo.
Me giro para seguirla, consciente de que todavía puedo interceptarla.
La placo justo en el límite y ambos caemos al suelo.
La sujeto para que no se haga daño y giro el cuerpo para quedar debajo y amortiguar su caída.
De repente, soy consciente de su cercanía.
De su cara a escasos milímetros de la mía.
De mis manos, que han ido a parar a la parte baja de su cadera y, si las deslizase un poco más hacia abajo, solo un poco, podría volver a constatar un hecho, del aroma que desprende a vainilla, pese al sudor perlando su piel.
Me olvido de todo, de absolutamente todo, porque el único pensamiento que cabe ahora en mi cabeza es que necesito besarla.
Un fuerte pitido nos lo impide.
Ambos giramos la cabeza a la vez, buscando el origen del ruido.
Maggie mantiene el silbato en la boca. No creo que sea siquiera consciente de lo que acaba de interrumpir.
Para mí, el mundo se ha detenido y solo Camille ha seguido formando parte de él.
Para el resto, solo ha pasado un segundo desde que nos hemos caído hasta que Maggie ha pitado.
—¡Ha entrado! ¡Tres puntos para el equipo Jenkins!
—¡No ha entrado! —exclama Liam.
Los jugadores de ambos equipos se enzarzan en una discusión para ver quién tiene razón. Yo me levanto del suelo y tiendo la mano a Camille para ayudarle a hacer lo mismo.
—¿Estás bien? —pregunto con interés. He tenido cuidado a la hora de derribarla, pero no sé si se ha hecho daño.
—Perfectamente. Y mejor ahora, en cuanto muerdas el polvo.
Me río, divertido. Me gusta la competitiva que es.
—Juegas con ventaja.
—Si lo dices por la árbitra…
—Lo digo porque me distraes —replico antes de que termine la frase.
No sé qué me pasa hoy. Me siento tan feliz que no puedo contenerme.
—¡Última jugada! —exclama Maggie, dando por finalizada la conversación—. A partir de ahora, las reclamaciones de arbitraje se harán a mis dos nuevas compañeras. Molly, Helen, atendedlas.
Las ancianas miran a los jugadores con una sonrisa siniestra en los labios. Dan incluso más miedo que Camille. Por supuesto, nadie se atreve a objetar nada, por lo que tomamos posiciones en el campo. Reúno a mi equipo para la charla motivacional.
—Todavía no está todo perdido —afirmo con rotundidad—.
Vamos por detrás, sí, pero ahora sacamos nosotros.
Necesitamos un touchdown y un punto extra, así que vamos a continuar la jugada.
Cuando me pasen el balón, Becca, quiero que salgas corriendo tan rápido como puedas, directa hasta la zona de anotación.
Liam, Esther, Hannah, Ryan, vosotros os vais a encargar de cubrir a su equipo.
Tenéis que despejarle el camino para que nadie se acerque a ella.
—¿Estás seguro? —pregunta Liam—. Creo que yo puedo escaquearme con facilidad.
—Anthony no te quita ojo, no vas a poder llegar tan lejos. Voy a hacer un pase directo.
—Puedo hacerlo —dice la niña—. Correr y coger el balón.
—Yo me encargaré de Camille —añado—. Becca, Caden saldrá corriendo detrás de ti, pero no te pares. Solo tienes que atrapar el balón antes de que él.
—Soy más rápida.
—Vamos a ganar. —Pongo la mano en el centro y todos se van sumando, colocando sus manos sobre la mía—. ¡A por la victoria!
—¡A por la victoria!
La jugada empieza tal y como hemos hablado.
Hannah me pasa el balón. Después, cada uno toma posiciones para detener al resto del equipo contrario.
Sostengo el balón en alto, como si estuviese pensando a quién pasárselo.
Solo le estoy dando tiempo a Becca, que corre a toda velocidad hacia el lado contrario, esperando a que se lo entregue.
Camille se abalanza hacia mí para derribarme, pero, antes de que lo haga, lanzo el balón con todas mis fuerzas, apuntando directamente al lugar al que se dirige la niña.
Camille se gira para mirar la jugada, igual que hago yo. Caden y Harper corren casi a la par, ella un poco por delante de él. Estamos tan pendientes de ellos, de quién de los dos llegará primero, que cuando advertimos el peligro ya es demasiado tarde.
Un coche se sale de la carretera y va directo hacia ellos.
Becca lo esquiva por centímetros.
A Caden lo arrolla en el acto.
Mi mente se disocia en ese momento, movida por el shock traumático, y vivo todo a cámara lenta. En realidad, solo lo escucho.
A mi lado, el grito desesperado de Camille rompe el mundo en dos. Nace del miedo, del dolor, de la incertidumbre. Un sonido desgarrador que penetra más allá del oído y se clava directamente en las entrañas.
A la vez, como un eco que lleva años y años repitiéndose dentro de mi cabeza y de mi pecho, escucho otro grito. Uno que no se pronuncia, pero ni siquiera sé si se pronunció en algún momento o es un invento mortífero de una mente trastornada.
El grito de una niña.
El grito de Lucy.